Los niños salvajes

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¿Puede una persona criada por fieras integrarse en la sociedad? Pedagogos, médicos y psicólogos lo han intentado con mejor o mayor éxito desde el siglo XIX

(Reportaje publciado en la Revista Historia y Vida, núm 489)

Los habitantes de Saint Sernin no daban crédito a sus ojos. Pese a la crudeza del invierno, aquel chico, que apenas tendría 12 años, se erguí ante ellos completamente desnudo, con la cara y las manos llenas de magulladuras y cicatrices. Todos los intentos de comunicarse con él eran en vano; el niño no articulaba palabra y ni tan sólo se inmutaba cuando le hablaban. Parecía no entender nada y su comportamiento era más similar al de una bestia que al de un chiquillo de su edad: olisqueaba todo lo que le daban; emitía gruñidos; rechazaba la comida que le ofrecían y se alimentaba a base de pequeños animales crudos.

Aquélla no era la primera vez que los habitantes del Languedoc, una región del sur de Francia muy próxima a los Pirineos, veían al muchacho. Hacía ya dos años que se lo habían ido encontrando merodeando por la zona, excarvando en la tierra en busca de raíces o tubérculos que comer, o bebiendo agua en los arroyos. Incluso habían logrado atraparlo en un par de ocasiones, aunque, al final, el chico había conseguido escapar. Pero aquella vez era diferente; aquel 18 de enero de 1800 el “pequeño salvaje” había entrado en una granja de Sant Sernin en busca de comida, sin imaginar que perdería su libertad definitivamente.

La noticia de la existencia de Víctor, como llamaron al niño, se extendió rápidamente por Francia, que se hallaba en plena ebullición intelectual y transformación de la sociedad tras la Revolución Francesa. El caso provocó todo tipo de conjeturas y especulaciones que fueron a avivar un debate que había comenzado mucho antes, a mediados del siglo XVIII, en un periodo en el que la ciencia comenzaba a reemplazar a la especulación mística a la hora de hallar razones que explicaran el mundo. Filósofos e intelectuales, como Kant y Rousseau, discutían sobre cuestiones como cuál era la naturaleza esencial de los seres humanos; o si las cualidades, el comportamiento y las ideas que definen a hombres y mujeres son innatas o adquiridas. Sus disquisiciones abrieron un nuevo campo de estudio antropológico y científico que durante los dos siglos posteriores se centró en investigar qué efectos ejercía la socialización durante los primeros años de vida de una persona y si se podía superar su carencia. De ahí el interés que generaban los niños salvajes, que habían crecido sin ningún tipo de contacto social.

Itard, el primer educador de niños inadaptados

Víctor de Aveyron, al que bautizaron así por la región de Francia en que lo hallaron, despertó el interés de un ministro del gobierno francés con inquietudes científicas y ordenó el traslado del muchacho a París, a donde llegó a finales de septiembre de 1800. El objetivo era que el estudio de su caso pudiera ampliar los conocimientos sobre la mente humana que había en aquella época. Después de someterlo a varios estudios y observaciones, e incluso de recluirlo en un centro de enfermos mentales, el chico fue finalmente a parar a una escuela de sordomudos, donde un joven médico de 26 años, Jean-Marc Gaspard Itard, interesado en una nueva rama de medicina mental que se estaba forjando, la psiquiatría, quiso hacerse cargo de su caso. A pesar de que los médicos que habían trabajado antes con Víctor habían concluido que el chaval no tenía la capacidad para aprender nada, Itard no se daba por vencido y creía firmemente en la posibilidad de educarlo, de manera que se lo llevó a su casa y, durante los cinco años siguientes, se consagró a tratar de educarlo.

Este médico francés pronto se percató del enorme poder pedagógico que tenía el principio de imitación para modificar y condicionar el comportamiento del chico y Fue así cómo logró que realizara progresos notorios, como que aprendiera el nombre de muchos objetos y que incluso fuera capaz de leer y escribir frases simples, de expresar deseos, de aceptar órdenes e incluso de intercambiar ideas. Estos métodos que Itard aplicó para intentar reeducar a Víctor para que fuera capaz de integrarse de nuevo en la sociedad eran sumamente pioneros e incluso algunos se siguen utilizando en la actualidad en los tratamientos de niños aquejados por algún retraso mental.

Sin embargo, y a pesar de que el chico progresó mucho, su conducta social no mejoró tanto como Itard hubiera deseado, por lo que se sintió frustrado y acabo desistiendo de su empeño. Y es que el “pequeño salvaje” sólo consiguió aprender sonidos, pero nunca llegó a conseguir hablar ni tampoco a relacionarse por completo. No obstante, los resultados conseguidos por el joven médico francés con este niño salvaje sirvieron como punto de partida para intentar dar respuesta a muchos de los interrogantes de aquella época, entre lo que que se encontraba si las cualidades y el comportamiento de los humanos son innatos o adquiridos, “si el hombre es social por naturaleza”.

También Darwin fracasó en esta empresa. En uno de sus viajes a bordo del Beagle por el cono sur, el naturalista británico vio asombrado cómo unos hombrecitos, prácticamente desnudos a pesar del duro clima, con el pelo sumamente largo y el rostro sucio y embadurnado de pintura, gritaban y proferían gritos ininteligibles. A Darwin le parecieron unos completos salvajes y quiso realizar un experimento social. Recogió a tres de aquellos indios nativos de Tierra del Fuego y se propuso educarlos en la cultura británica. Para ello, se los llevó con él a Londres y los sometió a clases de religión católica, los vistió conforme a la moda de la época y les quiso enseñar buenos modales y decoro en la mesa, así como conocimientos básicos de lengua, matemáticas, historia y literatura. El experimento fue un completo fracaso: los fueguinos nunca encajaron en la sociedad occidental, que incluso le costó la vida a uno de ellos.

Homo Sapiens Ferus

El de Víctort de Aveyron no es el primer caso de “niño salvaje” que se conocía. De hecho, existe constancia de episodios similares desde el siglo V aC y en 1344 se documentó por primera vez la aparición de uno de estos pequeños, el “niño lobo” de Hesse; cuatro siglos más tarde, en Francia, en una zona boscosa cercana a la población de Chalons-sur-Mame, se halló a una chiquilla de no más de 10 años de edad cubierta únicamente con pieles de animales , a la que apodaron “niña esquimal”. En la India, a comienzos del siglo pasado, apareció Shamdeo, otro niño lobo, y a mediados de los años 50, también en ese país, en las cercanías de la ciudad de Lucknow, los vecinos  encontraron a un niño desnudo, muy agresivo y que sólo llegaba a articular sonidos animales. Tenía aproximadamente nueve años, era incapaz de caminar erguido, se alimentaba de carne cruda y para dormir se acurrucaba en una esquina protegiéndose la cabeza con las manos, como hacen los lobos en sus guaridas. El crío, al que llamaron Ramu, permaneció cinco años al cuidado de un equipo de médicos llegados de todas partes del país para estudiar su caso. No obstante, el joven nunca llegó a aprender más de 40 palabras.

Como Víctor, los relatos sobre el comportamiento de esos niños salvajes son muy similares: mudos o capaces de articular tan sólo unos cuantos sonidos o palabras; sin posibilidad de integrarse en la sociedad ni de aprender conductas humanas; con comportamientos propios de animales. Ese patrón que se repetía en todos los casos llevó, en 1758, al naturalista sueco Carl von Linne -quien sentó las bases de la taxonomía moderna, en su Systema Naturae- a describir a una nueva clase de hombres, los Homo Sapiens Ferus, los niños ferales o salvajes. Para ellos, Linne se basó en nueve casos documentados de chavales abandonados o perdidos que habían sido criados por animales y que habían logrado sobrevivir en la selva.

Sin embargo, durante mucho tiempo la posibilidad de que un animal pudiera “educar” a un ser humano fue objeto de polémica y debate hasta que se conoció el caso de las niñas lobo de Midnapore, en la India: en 1920, un misionero halló a dos pequeñas desnutridas y salvajes, de seis y tres años, agazapadas en la madriguera de una loba, que las defendía como si fueran sus propias crías. Las llamaron Kamala y Amala. Eran agresivas, arañaban, mordían y atacaban a quienes se les acercaban; tenían las mandíbulas afiladas y los caninos más largos de lo habitual; dormían una encima de la otra y aullaban por las noches. Y estas niñas no han sido las últimas “pequeñas salvajes” que se han hallado. Los últimos casos conocidos son de mediados de los años 90.

¿Qué nos hace humanos?

A pesar de todos los esfuerzos de educación, Kamala y Amala, como Víctor de Ayveron y el resto de niños salvajes, y aunque aprendieron algunas palabras, no fueron nunca capaces de manejar el idioma ni tampoco de integrarse socialmente. El cerebro del ser humano viene preparado genéticamente con la capacidad de aprender a hablar. A pesar de que hace más de 100.000 años que hablamos, el lenguaje sigue siendo un enigma para la ciencia. La capacidad neurológica de producirlo se concentra en el área de Broca, a un solo lado del cerebro, en el pliegue del lóbulo central, encima y delante del oído, así como en el área de Wernicke, una estructura ubicada en el lóbulo temporal y parietal. Durante los seis primeros años de vida es cuando el cerebro tiene la capacidad para que, si es estimulado adecuadamente, aprenda el lenguaje del grupo al que pertenece. Superado ese período, pierde esa elasticidad y se hace sumamente difícil sino imposible la adquisición de la lengua.

Ésta es una de las cuestiones fundamentales para la ciencia, averiguar en qué medida las capacidades para el lenguaje y las intelectivas asociadas a él dependen de la genética y en qué medida del entorno. El ser humano nace con una organización cerebral prácticamente inactiva y necesita estímulos para desarrollarse, tal y como la neurociencia actual ha demostrado mediante el estudio de imágenes procedentes de la tomografía computerizada, que muestran cómo las conexiones neuronales se multiplican en cerebros sometidos a estímulos interesantes, atractivos y cercanos; mientras que, por el contrario, la falta de estímulos ocasiona que el cerebro sea más pequeño y con malformaciones. Genética y entorno, lo innato y lo aprendido, son esenciales para hacernos ser lo que somos. Sin el entorno social, los niños son sólo la potencia de ser humano.

(despiece)

Los niños salvajes en el cine

El caso de Víctor sirvió a François Truffaut para llevar al cine en 1970 la leyenda de los niños ferales con El pequeño salvaje. Se basó en las notas del médico Jean Marc Gaspard Itard para plantear la sustitución del hombre natural, que defendía la tesis rousseauniana, por el hombre moral, forjado a partir de un largo proceso integrador y dotado de un sentido de la justicia incuestionable. La figura de Víctor, en el film de Truffaut, refleja la fascinación que los salvajes ejercen sobre los civilizados y plantea el debate sobre cómo educarlos. La película apareció el mismo que año que se conoció el caso de Genie, una niña privada de entorno social por sus padres, que la habían tenido recluida en un sótano en Los Angeles, EEUU, y que compartía los mismos patrones de comportamiento que el resto de niños salvajes; quizás por ello, el equipo de expertos, médicos, psiquiatras, lingüistas y sociólogos que se hizo cargo de su caso, estudiaron a fondo la cinta de Truffaut para plantear el caso de Genie.

¿Animalización o humanización?

En junio de 1931, el psicólogo estadounidense Winthrop Niles Kellogg introdujo a un nuevo miembro en su familia, a la chimpancé de siete meses Gua. Kellogg pretendía comparar científicamente la evolución de su hijo Donald, de 10 meses, con la de Gua, por lo que intentó criarlos como si fueran hermanos. Los resultados fueron sorprendentes: a la chimpancé le llevó menos tiempo que al bebé aprender a comer con cuchara y a dejar de mojar los pañales. Y el niño empezó a imitar a Gua, de manera que cuatro meses después de vivir con su nuevo hermanito, empezó a emitir gruñidos para indicar que tenía hambre; a lamer los restos de comida del suelo y a mordisquearse los zapatos. Pero no quedó ahí la cosa; al año y medio, una edad en la que la mayoría de niños dicen al menos medio centenar de palabras, Donald sólo sabía seis y utilizaba para comunicarse sonidos propios de un mono, que había ido aprendiendo de Gua. Llegados a ese punto, Kellogg decidió detener el experimento, al ver que el niño estaba en pleno proceso de animalización.

¿Qué somos, naturaleza o cultura?

En 1976, el científico de la Universidad de Oxford Richard Dawkins acuñó el término memes, procedente del griego mimeti, para referirse a los hábitos, conductas, técnicas e inventos que los humanos adquirimos desde niños por imitación. Para Dawkins, se trata de una vía de información que esculpe nuestra mente y cultura, incluido el lenguaje. Son “la unidad teórica de información cultural para su transmisión de un individuo a otro o de una mente a otra”. El cerebro y el sistema nervioso procesan la información cultural y la aprehenden por imitación (mímesis) o asimilación.  Según esta teoría, la especie humana evoluciona bajo la acción de los genes y de los memes, lo que nos distingue de los millones de especies que pueblan el planeta. Los memes priman a los genes que, a su vez, nos dotan de una mayor capacidad mimética.

Para saber más:

Niños Ferales: Web en inglés con abundante documentación y bibliografía sobre casos de niños salvajes. Buena parte de la información que recoge procede de diarios y revistas, así como de tesis universitarias e investigaciones de facultades de psicología.

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3 Respuestas a “Los niños salvajes

  1. Si la la inteligencia y capacidad del lenguaje, se desarrollan solo en presencia de instructores formados en estas capacidades, la teoria de evolución de Darwin queda desmentida, pues nunca hubiera sido posible adquirir estas características paulatinamente ni por un precursor mutante superdotado.

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