¿Quién inventó la radio?


Marconi ha pasado a la historia como el padre de la radio pese a las reivindicaciones de Tesla. La justicia sólo reconoció el mérito de éste a título póstumo.

(reportaje publicado en el número 500 de Historia y Vida)

“Marconi te la está jugando”, le espetó Otis Pond, un ingeniero que entonces trabajaba a las órdenes de Nikola Tesla a éste cuando se enteró de que el físico italiano había conseguido transmitir el primer mensaje de radio de parte a parte del Atlántico. “Es un buen tipo, déjemosle continuar. Está empleando 17 patentes mías”, le replicó tranquilo y confiado. Lo que Tesla,  considerado uno de los inventores más prolíficos de la historia, no se podía imaginar era que el italiano se aprovecharía de sus descubrimientos. Se le avanzaría de tal manera que tres años después, en 1904, le concederían la patente por la invención de la radio y que en 1909 obtendría el Premio Nobel de Física. De hecho,  pasó a la historia como el inventor de la la radio, mientras que Tesla  quedaba relegado  al olvido.

Como ocurre con tantos otros inventos, el de la radio no fue cosa de un único individuo, sino de un buen número de investigadores que, con sus avances, propiciaron su desarrollo. Sin embargo, el paso más determinante se vio marcado por una dura lucha de patentes, la protagonizada por Marconi y Tesla.

Una red de contactos eficaz

Guglielmo Marconi es popularmente conocido como el inventor de la radio gracias a su talento, pero también a su suerte, su clarividencia y, sobre todo, su agudeza empresarial. Nacido  en Bolonia, en 1874, pertenecía a una familia italo- irlandesa. Desde muy joven se interesó por los trabajos de Heinrich Hertz sobre las ondas electromagnéticas y se dedicó a estudiarlas y a experimentar con ellas para emitir señales. En aquella época, el telégrafo por cable era la forma más rápida de enviar y recibir mensajes en código Morse.  Con apenas 20 años, en un precario laboratorio que se había montado en el ático de la casa de campo familiar, fabricó el primer transmisor de telegrafía sin hilos, con un alcance de cerca de 2,5 km. Acababa de convertir un experimento científico en un sistemna de comunicación inalámbrica. Su madre, Annie Jameson, pronto intuyó los talentos de su hijo y se percató de la trascendencia que podían tener sus trabajos. De ahí que, en 1896, se lo llevara a Londres, donde residía un primo suyo, Henry Jameson, un coronel del ejército muy bien situado y con vínculos en la alta sociedad británica. Éste les presentó a Sir William Pearce, Ingeniero Jefe del Ministerio de Correos, que había trabajado en el campo de la telegrafía. Quedó tan fascinado por las ideas del joven italiano para montar una red de comunicación de telegrafía sin hilos que no dudó en proporcionarle  ayuda económica. Al año siguiente,  Marconi utilizó las propiedades de las ondas radioeléctricas para transmitir señales a 6 km de distancia sobre el mar, entre Lavernock Point y la isla de Flat Holm, en Gales. Y no tardó en  registrar una patente provisional de su rudimentario sistema radiotelegráfico. Era la primera vez que se describía de qué modo las las ondas de radio podían utilizarse para la comunicación.

Viento en popa

La fortuna le sonreía y creció su popularidad. El diario The Times publicaba extensos artículos sobre sus descubrimientos, el Ejército le respaldaba e incluso la reina Victoria de Inglaterra se interesaba por sus proyectos. Marconi fundó su propia compañía de telegrafía sin hilos.  En 1898 montó una emisora permanente en la isla de Wight, desde donde se transmitían mensajes radiotelegráficos hasta Bournemouth, en la costa sur de Inglaterra, a 68km. Y el año siguiente consiguió  enlazar Inglaterra con Francia a través del Canal de la Mancha.

El panorama era inmejorable. Su compañía salió a bolsa y  las excelentes relaciones de la familia Marconi con la aristocracia inglesa contribuyeron en buena parte a que las acciones subieran de 3 a 22 dólares. La fama del italiano crecía internacionalmente. Incluso el popular filántropo estadounidense Andrew Carnegie se fijó en él y decidió invertir en su empresa. Y Thomas Alva Edison pasó a ser consultor en ella.

El 12 de diciembre de 1901 fue un día histórico. A las 12.30 se produjo la primera transmisión transoceánica, que unió Europa con América del Norte. Marconi recibió en St John’s, en la isla canadiense de Terranova, la letra “S” en código Morse, transmitida desde Poldhu, Inglaterra, a más de 3000 km de distancia. Aquello causó verdadera sensación entre los círculos científicos, puesto que, hasta aquel momento, se creía que la curvatura de la Tierra limitaba el alcance de las transmisiones por radio a unos 300 km. No existía explicación alguna para el fenómeno que Marconi había demostrado, por lo que se postuló la existencia de una capa en los niveles altos de la atmósfera, la ionosfera, en la que rebotaban las ondas de radio. Entre loa primeros grandes beneficiarios de este tipo de navegación en alta mar, que en caso de naufragio, por ejemplo, podía ver aceleradas las tareas de salvamento.

La telegrafía inalámbrica

Ocho años después de aquel logro,  Marconi recibió el Premio Nobel de Física por sus contribuciones al desarrollo de la telegrafía sin hilos, lo que determinó que pasara a la posteridad como el inventor de la radio. Pero lo cierto es que  tuvieron que producirse numerosos avances con anterioridad, de los que el italiano hizo uso con éxito. El físico británico James Clerk Maxwell sentó las bases para este sistema en 1864, al predecir la existencia de ondas electromagnéticas. A partir de sus trabajos, dos decenios más tarde, el alemán Heinrich Hertz demostró demostró de forma experimental la existencia de tales ondas, que son la esencia de la radio. No obstante, Hertz no supo ver el valor de aquel descubrimiento y lo desestimó. Ya en los noventa, el francés Édouard Branly fabricó un cohesor, o aparato para detectar las ondas; el ruso Aleksandr Popov inventó la antena, que facilitó su transmisión a larga distancia; y el británico sir Oliver Lodge creó el sistema de sintonía, que permitía captar diferentes emisiones con un mismo receptor.

Sin blanca para un sueño

Mientras, al otro lado del océano, en los EEUU, Thomas Alva Edison también se hallaba tras la pista, aunque se le adelantó un joven croata asentado en el país, Nikola Tesla, que, casi sin darse cuenta,  inventó la radio trabajando con ondas electromagnéticas.  Sin embargo, Tesla carecía de visión para los negocios y no patentó la radio como invento. Para colmo, años después se convirtió en el hazmerreír de la comunidad científica internacional cuando creyó recibir señales de radio alienígenas mientras experimentaba con corrientes eléctricas de alto voltaje en Colorado Springs. El físico no se rindió y, a comienzos del siglo XX,  se propuso llevar a cabo un ambicioso experimento: construir una torre gigante desde la que emitiría radio hasta el otro lado del Atlántico. Pero con una situación económica pésima, primero debía encontrar financiación. La halló en el empresario, filántropo y coleccionista de arte americano John Pierpont Morgan, quien le ofreció 150.000 dólares a cambio de controlar sus patentes, un trato que el inventor aceptó.

El sueño de Tesla, sin embargo, pronto se hizo añicos. Aquel 12 de diciembre de 1901 la torre aún estaba en construcción cuando Marconi se le adelantó, empleando para ello 17 patentes del croata. Por si fuera poco, Tesla vio, furioso, cómo la Oficina de Patentes de los Estados Unidos otorgaba al italiano la patente de la radio. Quizás influyera en tal decisión la poderosa situación de los Marconi en el país. Tesla demandó a la compañía de su rival, pero carecía de recursos económicos para litigar contra una empresa de aquella envergadura y perdió uno a uno todos los pleitos. No fue hasta 1943 cuando, pocos meses después de su muerte , el Tribunal Superior de Justicia de los EEUU dio marcha atrás en su resolución, reconoció la patente del croata y declaró inválida la del italiano de 1904. Había, no obstante, motivos de interés en ellos. La firma de Marconi había presentado una demanda contra el gobierno de los EEUU por usar sus patentes durante la I Guerra Mundial, por lo que si se concedía la patente a Tesla, el Tribunal soslayaba el problema. Finalmente Tesla  se convirtía en el inventor de la radio, aunque a título póstumo y por pura conveniencia política.

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Acerca de Cristina Saez

Curiosa empedernida y contadora de historias. Soy periodista freelance y desde hace algunos años escribo sobre ciencia, arte, tecnología y pensamiento en varios medios.
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