Los libros difíciles de Calixto Bieito

 

Carles Castro

Foto: Carles Castro

Al director teatral Calixto Bieito le pierden los libros. Confiesa leer de todo y a todas horas. Y desde hace algunos años, ha descubierto una nueva pasión: hallar ejemplares especiales, perdidos, olvidados, que rastrea por medio mundo hasta hacerse con ellos.

A Calixto Bieito le gustan los retos. Cirujano literario, en su mesa de operaciones abre y disecciona uno por uno a Shakespeare, Ibsen, Mozart o Verdi, entre otros, y los reordena y los recompone y los modela, a su manera. Y es así como consigue provocar broncas y entusiasmo, a veces incluso pesadillas, pero sobre todo emociones e interés. No es el único reto que asume. De un tiempo a esta parte, se ha convertido en un detective del papel. Se dedica a rastrear e intentar hallar ejemplares de libros raros y difíciles, olvidados en las estanterías de alguna librería de viejo.
Y la historia de cómo empezó a coleccionarlos tiene mucho de cuento, de casualidad y de azar. Porque fue en una partida de dominó, que Bieito ganó y con la que consiguió recuperar una antigua colección de libros que el abuelo de su mujer había perdido muchos años antes jugando a las cartas. “Además del valor sentimental, me hacía gracia que fueran las obras completas de Víctor Hugo”, explica. Y desde entonces, siempre anda enredado tras algún título.


Pero nada de ejemplares caros, ni de pergaminos, ni ediciones medievales ilustradas con pan de oro. Los de Bieito son para leer. “No me atraen los libros de mucho valor, sino los que son difíciles de encontrar, como éste”, dice al tiempo que muestra Camino real, de Tennessee Williams. “Vi esta obra en Chicago hace muchos años, me gustó y quise tenerla en castellano”, cuenta mientras hojea con delicadeza, bibliófilo sin remedio, una edición de bolsillo, chiquita, de los años 60, con las páginas impregnadas de ese olor pastoso que deja el tiempo a su paso.

Otro tesoro, un libro con las tapas de cuero azul, algo descolorida, con letras doradas, papel biblia, una edición de Aguilar de los años catapún. “Es de Selma Lagerdolf, la primera mujer premio Nobel. Sólo había tres traducciones al español: una en Venezuela, otra en Barcelona y la última en Madrid”, afirma orgulloso, aunque admite que el de Lagerdolf no ha sido el más costoso de encontrar, sino uno que necesitaba para preparar la ópera Don Carlo, de Verdi. Le tocó buscar y rebuscar durante más de un mes hasta que, por fin, consiguió dar con un volumen de los 50 que tenía un librero madrileño en un ático de la calle Escorial.

“De chico, en casa me decían que comprar libros estaba bien. Y eso es lo que hago”. De hecho, esa premisa se ha convertido casi en una filosofía de vida que ya ha conseguido inocular en sus hijos, a los que suele acompañar a una librería en la que arrasan de tal modo que cuando los ven venir exclaman “¡Que vienen los Bieito!”, bromea, con la mirada traviesa y risueña, al tiempo que estalla en una gran carcajada, de esas altamente contagiosas.

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