El buen comer de Sergi Lòpez

Disfruta deleitándose con la textura y aromas de cada plato. En cada viaje se aventura a recoger recuerdos gastronómicos con los que aumentar su colección de comidas

(Perfil publicado en el suplemento ES de La Vanguardia, el 21 de marzo de 2009. Puedes leerlo también en PDF. Sergi Lòpez)

Sergi Lòpez. Foto: Carles Castro Sergi no es hombre de colecciones. Al menos, de las que cada septiembre inundan los quioscos. Ha comenzado mil y una y nunca ha conseguido acabar ninguna. La mayoría se le han quedado a medio hacer o a medio deshacer. Como la de ceniceros; consiguió tener cerca de una decena, explica con humor, pero la colección se vio drásticamente reducida a medida que se le iban rompiendo. También lo intentó con los sellos, pero no tenía paciencia, y con los cuchillos, de los que llegó a tener hasta seis, incluida alguna navajilla suiza y ahora un ejemplar japonés que acaba de traer de su último rodaje, a las órdenes de Isabel Coixet.

Pero si hay algo que Lòpez atesora y que no mengua, sino que crece y crece, son aromas, sabores, texturas y experiencias gastronómicas de allí donde va. Para este actor catalán, al que a menudo le tocan papeles difíciles, el estómago mueve montañas. Es capaz de levantarse un día y cruzar media península para satisfacer el paladar con unas patatas enmascaradas o unas pochas. Y tiene la suerte de poder arrastrar a su “novia” y a sus amigos de toda la vida en esas locuras transitorias culinarias. “Me gusta comer, me encanta todo el ritual: ponerme el alimento en la boca, que es un órgano sumamente sensible, paladearlo, disfrutar de la temperatura, del gusto; notar cómo se rompe y se deshace”, explica Lòpez. Eso sí, nada de pijadas, ni de platos enormes con nombres ininteligibles; al pan, pan y al vino, vino, y a ser posible, en cantidad, afirma campechano este actor que se pirra por la cocina “con fundamento”.

Acaba de volver delpaís del sol naciente, de donde se ha traído una buena colección de recuerdos gustativos. Habla maravillas de la gastronomía japonesa, de sus verduras tempurizadas, de sus pescados crudos, deliciosos; de los fideos soba y udon; y de las sopas; y, sobre todo, de la carne de kobe. “Es de una calidad brutal. Me sorprende que aquí no haya nada por el estilo y que no la importemos de forma masiva”. En Tokyo, Lòpez era David, un catalán que regenta una tienda de vinos y al que la novia se le suicida nada más empezar la cinta; y, por si fuera poco, el suegro lo quiere pelar. Entre rodaje y rodaje, Lòpez se escabullía para ir a comer a una pequeña taberna tradicional que había cerca.” Comida sencilla de una calidad excelente”, asegura. Y no se cansaba. “Cuando algo es bueno y me gusta, podría comerlo 200 veces seguidas sin aburrirme”.

Y eso es así desde que era niño. En casa, de chico, no le tenían que insistir demasiado para que dejara el plato como los chorros del oro. “No sabía lo que era ‘hacer bola con el bistec’”, explica y, antes de acabar la frase, estalla en una carcajada, de esas pegajosas, complicadas de esquivar. “Tampoco es que no tuviera fondo, ¿eh? –aclara entre risas- pero la filosofía que había en mi familia era que no había que dejar nada en el plato. Mis padres habían vivido las penurias de la guerra; y también mis abuelos, claro. Después de comer, por ejemplo, si sobraba pan, para que no quedara ni un mendrugo en la mesa, mi abuela acostumbraba a mojarlo en la mezcla de agua, aceite y vinagre que quedaba de la ensalada y se lo comía”.

Y aunque sobre todo le gusta comer y disfrutar del buen comer, confiesa, a veces haces sus pinitos en los fogones. “Me gusta preparar cosas muy simples con ingredientes sencillos, como cebolla y patata al horno, que siempre funcionan”. “Si te invitara a comer, por ejemplo, te prepararía, para empezar, una tortilla de ajetes tiernos, seguida de conejo con patatas y cebolla, al horno, y lo acompañaría de un buen tinto, quizás de la Conca de Barberà. Y de postre, te haría unos higos, que partiría por la mitad y pasaría un poco por el horno, lo justo para que empiecen a caramelizar, y te los acompañaría de mousse de chocolate”. Como para resistirse. Bon appetit

(despiece)

El Negrefum

Tanto le gusta al actor comer que ha decido montar su propio restaurante con su colla de amigos tragones. Se llama Negrefum, en homenaje a todos los vilanovines que se dejaron los pulmones en una sala de la fábrica Pirelli, llamada así, y que estaba más o menos en el mismo lugar que hoy ocupa este local. “Hemos tratado de hacer el restaurante al que me gustaría invitara mis amigos a comer”. Joan es el enólogo y ha aportado su conocimiento sobre vinos; Trilles, hijo de payeses , sabe de verduras, de productos frescos y lleva años en el negocio de la restauración. Y Lòpez… “¡venía de comer! Yo me encargo de decidir las raciones. Soy el que le dice a la cocinera: ‘¡Echa un poco más, mujer! “.

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