¿Nacemos buenos?

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(reportaje publicado en el suplemento ES de la Vanguardia. Puedes leerlo en PDF aquí ¿Nacemos buenos?)

Hagan la prueba: pongan las noticias. Se suceden informaciones de violencia, pero también habrá alguna de personas que ayudan a otras. ¿Nacemos buenos y altruistas o aprendemos a serlo? Es el eterno debate filosófico en el que ahora entra la ciencia.

Póngase en situación: Segunda Guerra Mundial. Un grupo de judíos huye de la persecución de las SS. Tratan de buscar un escondrijo entre las ruinas de una casa semiderruida y de esquivar a sus perseguidores, pero uno de los niños del grupo no deja de llorar. Si los nazis lo oyen, los encontrarán a todos y los matarán. ¿Qué hacen? ¿Abandonan al niño? ¿Le tapan la boca hasta asfixiarlo para que no los delate con sus lloros? Piense que está en juego la vida de varias personas. ¿Qué, ninguna de las dos opciones le parece aceptable?

No se preocupe. La situación anterior es real, se produjo durante la II Guerra Mundial, y es un buen ejemplo de dilema moral clásico. Usted, como la mayoría de la población, se quedaría de brazos cruzados, paralizado por el miedo y la angustia que le causaría tenerse que tomar una decisión. Y, desengáñese, no sería capaz de hacerlo, a pesar de que, desde un punto de vista lógico o “útil”, usted sabe que tiene más sentido sacrificar la vida de una persona para salvar la de muchas y más si, como ocurre en el primer caso, su propio pellejo está en juego. Sin embargo, infligir daño a un semejante es tan fuerte que anula nuestro pensamiento racional y nos produce una especie de repulsión natural, de rechazo.

¿Y eso por qué?, se preguntará. Pero si nos habían dicho que el ser humano es un lobo para el ser humano, que somos criaturas egoístas, crueles y capaces de verdaderas barbaridades. Entonces,  ¿por qué incluso en situaciones que pueden ponernos en peligro seríamos incapaces de tomar esas decisiones? ¿Será porque, quizás, en el fondo, somos seres altruistas y cooperadores, buenas personas vamos, por naturaleza? ¿O puede que sea porque nos han enseñado que matar a otra persona es un acto horrendo e inaceptable? Qizás esta última ha sido la idea que ha imperado durante cientos de años, que la moral o la ética era una forma de control que desarrollamos en función de nuestra experiencia, de la educación que recibimos y que está sometida a fuertes variaciones de una sociedad a otra.

No obstante, no parece ser así. Numerosos experimentos en ciencias sociales han demostrado que buena parte de nuestras intuiciones son inconscientes, involuntarias y universales. Sabemos que matar, robar y violar está mal, da igual si somos franceses, de la Polinesia o de Ecuador. Incluso los niños pequeños sospechan que si le pegan a otros niños o le quitan sus juguetes los reprenderán por ello, pese a no tener educación formal. Demos un paso más: ¿se han fijado alguna vez en la conducta de un perro? En ocasiones tienen ciertos comportamientos que recuerdan a la moral humana. ¿Y entonces?

“Nacemos con un instinto moral, una capacidad que crece de forma natural en cada niño, desarrollada para generar juicios rápidos sobre lo que es correcto o incorrecto y basada en unos procesos que actúan de forma inconsciente. Parte de este mecanismo fue diseñado por la mano ciega de la selección darwiniana hace millones de años antes que nuestra especie evolucionase. Otros aspectos fueron añadisos o actualizados durante la historia de nuestros antepasados y son exclusivos de los humanos y su psicología moral”, afirma Marc D. Hauser, profesor de psicología de la Universidad de Harvard y autor del libro La mente moral. Cómo la naturaleza ha desarrollado nuestro sentido del bien y del mal (Ed. Paidós. Barcelona, 2008) y quizás uno de los expertos más importantes en el estudio del comportamiento humano. Es también el principal exponente de una nueva corriente de científicos que se han aventurado a adentrarse en un territorio hasta ahora reservado a los filósofos, como son las cuestiones sobre el bien y el mal, la bondad o la maldad intrínseca del ser humano.  Las reflexiones de estos investigadores no son nuevas, pero sí los son las herramientas y los métodos que emplean para analizarlas: se basan en la biología evolutiva y echan mano de la tecnología de imagen cerebral para tratar de diseccionar en el laboratorio todas esas intuciones morales.

Este científico de Harvard ha realizado experimentos con voluntarios de diferentes edad, género, condición social, cultura y religión, a los que les preguntaba si estaría bien, por ejemplo, extraer a una persona viva sus órganos para salvar a otras cinco que necesitan un trasplante. O si, tras naufragar el barco en el que viajan, echarían por la borda a un compañero herido que pone en peligro la seguridad de los tripulantes del bote salvavidas. Los resultados a los que llegó con esos estudios eran fascinantes, puesto que demostraban que todos compartimos una especie de principios universales, de lógica innata, que subyacen a nuestros juicios morales sobre lo que es correcto o incorrecto. El 97% de los entrevistados fue incapaz de matar para extirpar los órganos y también de arrojar al herido al mar. ¿Sorprendido?

Hauser y otros tantos investigadores consideran que venimos preparados de serie con una serie de circuitos que nos permiten asumir el control de los dilemas morales. “Tenemos un órgano de la moral innato, como tenemos el órgano del lenguaje –explica Arcadi Navarro, profesor de investigación ICREA y vicedirector del Instituto de Biología Evolutiva (UPF-CSIC) -. Es como si nos viniera montado el hardware, que nos permite darnos cuentas de las reglas morales,  y de la familia y del resto de la sociedad fuéramos recibiendo el software”. Por tanto, los sentimientos de justicia o moral, o de empatía no serían del todo culturales o aprendidos y tendrían una base biológica. Hauser se basa en la idea del lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky, de que todos los niños al nacer llevan impreso un patrón lingüístico básico, de base genética, una especie de gramática universal que les permite aprender la lengua materna en poco tiempo, y argumenta  las personas también nacemos con un patrón moral que es universal y que la cultura en la que crecemos y nos formamos modifica, ajusta y afina. Así, es universal que matar está mal, pero en algunas culturas la pena de muerte está aceptada. En su libro La mente moral, Hauser establece que, quizás, esa moral universal se basa en conceptos como la justicia, la proporcionalidad y la reciprocidad, entre otras cosas. “Debemos darnos cuenta de nuestra sociedad no es algo inventado, tampoco las reglas morales, sino que son el resultado de la coevolución de nuestros genes y nuestra cultura. Los genes, en lugar de programarnos para hacer cosas concretas, nos han predispuesto para aprender”, subraya el biólogo evolutivo Navarro.

Y en todo este proceso mucho tienen que ver los sentimientos..El portugués Antonio Damasio, Príncipe de Asturias de Investigación científica y técnica en 2005, es otro de los científicos que más luz ha arrojado en el campo de la conducta humana y que ha intentado desentrañar el papel que juegan las emociones a la hora de tomar decisiones de índole moral. Para ello, junto con un equipo de investigadores de la Universidad de Southern California, en Los Ángeles, y Michael Koenigs, de la Universidad de Iowa, estudió a un grupo de personas que tenían dañada la corteza prefrontal ventromedial (VMPC) del cerebro, un área relacionada con la elaboración de juicios morales y que se activa, por ejemplo, cuando vemos fotografías de niños hambrientos o de mujeres que han sufrido malos tratos. También se enciende ante cosas positivas, como cuando llevamos a cabo una acción altruista:  ayudar a alguien o colaborar con una ONG. Damasio y Koenigs confrontaron a los voluntarios a diversos dilemas morales y vieron que estas personas, a diferencia de quienes no tenían esa parte del cerebro dañada, no  tenían ningún tipo de remordimientos ni se sentían culpables cuando optaban por sacrificar a una persona para salvar la vida de varias.

Quizás, consideran los expertos, estos sentimientos procedan de antiguos mecanismos que facilitaron a nuestros antecesores la creación de lazos sociales y la cooperación colectiva, básico para garantizar su supervivencia. Damasio señala que somos humanos porque nuestros antepasados aprendieron a compartir su comida y sus habilidades en una red de compromisos que se cumplían  Si podían compadecerse ante el sufrimiento ajeno y prestar ayuda a sus congéneres, parece lógico pensar que nuestros más antiguos predecesores tenían una capacidad moral innata.

Para Scott Atran, antropólogo y director del centro nacional de investigación científica (CNRS) en París, esa idea tiene mucho sentido y que la moral nació como una especie de pegamento social. “Necesitamos cooperar para competir –afirma Atran-. Hace 200.000 años, nuestros antepasados necesitaban mucha proteína para poder desarrollar sus cerebros y tenían que cazar mucho y, además, tenían que defenderse de otros grupos –había mucha rivalidad- y animales más fuertes que ellos. El ser humano llegó a ser su mejor presa y también su peor enemigo y tuvo que aprender a cooperar para sobrevivir”. Eso sí, remarca Atran, “nuestra moral para cooperar está limitada al parentesco y al grupo. Si consideras que alguien no es de los tuyos, no lo ayudarás”.

Por tanto, la moral habría surgido para beneficiar a la especie humana. Otorgaba cierta ventaja a quienes la poseían respecto de sus competidores y era una garantía para quienes formaban parte de esas comunidades. Los individuos que no observaban comportamientos morales eran expulsados del grupo y fuera de él tenían escasas o nulas posibilidades de sobrevivir y menos aún de reproducirse, por lo que sus genes tendrían pocos números de pasar a la siguiente generación, que es el instinto básico de todo ser vivo, perpetuar la especie. “De ahí que en nuestros genes haya inscritos una especie de principios universales de colaboración o de penalización ante conductas perjudiciales para la comunidad”, señala Arcadi Navarro, del Instituto de Biología Evolutiva (UPF-CSIC).

Pero, ¿cuánto tenemos que remontarnos en la cadena evolutiva para hallar a los primeros individuos que albergaron cierta noción de lo que era o no justo? Eso es justamente lo que tratan de averiguar en la Universidad de Viena, donde han realizado una serie de experimentos con mamíferos y han comprobado que si, por ejemplo, recompensas a un perro cada vez que hace un truco, éste lo seguirá haciendo. Pero si lo hace bien y recompesas a otro perro, el animal se siente decepcionado y te lo hace saber: lloriquea, deja de colaborar y no te mira a la cara. Los monos se comportan de modo similar.”Hay un experimento muy divertido en el que a un mono se le da un pepino y a otro, uvas. El mono al que le ha tocado el pepino mira su premio y el del otro mono y, enfadado, reacciona tirándoselo a la cara del tipo que hace el experimento; después se vuelve, se cruza de brazos y les da la espalda. Se siente indignado: a él le toca un pepino y al otro… ¡uvas!. ¿Es eso sentido de la justicia? -se pregunta el antropólogo Atran-. Seguramente sí”.

Hauser  ha dado una vuelta de tuerca más y ha logrado atisbar ciertos comportamientos éticos o morales en animales. Ha visto, por ejemplo, que ciertos primates evitan comer si eso implica que un compañero recibe una descarga eléctrica. “Los animales cooperan, por ejemplo, para cazar y capturar una presa –explica Arcadi Navarro -CSIC-. Y tienen muestras de altruismo, de reparto de comida. También demuestran actitudes que vemos en las sociedades humanos, como después de una lucha entre dos miembros de la comunidad, un subordinado y un dominante, ambos de abrazan para reconciliarse, tranquilizar al resto de individuos y evitar que suban los niveles de estrés. En cambio, hay una cosa que parece ser sólo nuestra, que es la capacidad de correspondencia: ‘Yo te doy algo a ti hoy y dentro de un tiempo tú me lo darás a mí”. Es decir, que de altruistas porque sí, nada de nada. Hoy por ti, mañana por mí.

Vale, muy cooperadores, solidarios, y buenos por genes pero cuando uno enciende la televisión o leer las noticias en el diario, no deja de ver que se producen a diario asesinatos, violaciones, malos tratos, guerras… comportamientos para nada éticos ni morales. Resulta  paradójico que el ser humano, capaz de conductas solidarias y altruistas, también pueda ser el artífice de las crueldades más inimaginables; basta pensar en la guerra de los Balcanes, o Josef Fritzl, el austríaco que durante 24 años violó a su hija que mantenía encerrada y con la que tuvo siete niños. Para Arcadi Navarro, desde hace un siglo, “vivimos en un estado de excepción, al menos en Occidente”. Este biológo considera que desde que la Revolución Industrial se humanizó, la sociedad nos impuso nuevas reglas morales. “¡Lo normal es lo que ocurre entre hutus y tutsis! Que es lo que ha pasado siempre en la historia de la humanidad. Basta ir a un museo de historia y contemplar algunos de los intrumentos de tortura para darse buena cuenta de ello. Tenemos que ser muy conscientes de que hemos sido entrenados por nuestra sociedad de forma extraordinaria para que esto no ocurra”.

En este sentido, el antropólogo Scott Atran apunta que “sólo somos morales con quienes consideramos que forman parte de nuestro grupo.  Que la esclavitud o el canibalismo, por ejemplo, vayan contra la naturaleza es totalmente falso. Durante 200.000 años han existido, eran algo corriente para el ser humano. De hecho, si miramos las escrituras sagradas de cualquier cultura, te dicen que seas bueno con los de tu grupo. En la Biblioa se dice que no matarás al otro sí, pero en el antiguo testamento, en el Libro de Malaquías, en el Deuteronomio, no sólo matas al otro sino también a sus hijos, a sus animales. Lo aniquilas todo. Dios dice: ‘Con mi espada voy a devorar la carne de esos tipos’. Alisha, el profesta, estaba con unos niños que lo estaán ridiculizando y Dios entonces envió un fuego y los quemó. Jesús dice: si no estás conmigo, estás contra mí. No fue hasta el siglo de las luces que en Europa se impuso la idea de humanidad como grupo y se nos inculcó que todos pertenecemos a ese mismo grupo. Pero eso no es innato. Tenemos una parte moral para cooperar pero eso es muy limitado al parentesco, al grupo, pero nada con extraños. De ahí muchos de los conflictos que hay hoy en día”.

Eso no quiere decir, no obstante, que tal como decía Hobbes y se ha repetido hasta la saciedad, el hombre sea un lobo para el hombre. “¡Se ha demostrado que no es cierto! –exclama Navarro-. Lo que pasa es que durante miles de años de humanidad hemos ido montando civilizaciones basadas en los prejuicios de moda: que si el hombre era malo, que si el sistema político debía controlar y castigar al ser humano… Pero nada estaba basado en la evidencia.  Si algo estamos aprendiendo hoy en día es que los humanos no somos como pensábamos. No somos ni especialmente buenos ni esencialmente egoístas. Y saber esto es nuevo y sumamente sorprendente y puede abrirnos un nuevo camino de investigación. En realidad, no nos conocemos”.

Despieces

¿Cuán moral eres?

Un equipo de investigadores del Laboratorio de Neurociencias Cognitivas de Primates de la Universidad de Harvard ha diseñado un test online, Moral Sense Test (encuesta de juicio moral) para saber más sobre la naturaleza de las intuiciones morales. El test, que se puede contestar desde la dirección http:// moral.wjh.harvard.edu, trata de arrojar luz a cuestions como cómo los humanos decidimos lo que es bueno o malo. Para ello, han diseñado una serie de dilemas morales con la intención de desentrañar los mecanismos psicológicos que manejan nuestros juicios éticos. El objetivo de estos investigadores al poner las preguntas en la web es averiguar cuáles son las diferencias y cuáles las similitudes entre las intuiciones morales de personas de edad, cultura, sociedad, creencias religiosas y ocupaciones distintas. En este test ya han participado varios cientos de miles personas de más de 120 países. Estos investigadores incluso cuentan con antropólogos que les suministran las respuestas de gente que vive en pequeños poblados indígenas remotos y aislados de poblaciones de Bolivia, Tanzania, Papúa Nueva Guinea y Guatemala.

Neuronas altruistas

Que seamos más o menos empáticos con quienes nos rodean, que podamos comprenderlos, solidarizarnos con ellos, tiene que ver con nuestra genética. En concreto, con un grupo de neuronas denominadas “espejo” que están alojadas en la corteza premotora del cebrero. Se sabe que existen desde hace muy poco; las descubrieron un equipo de biólogos italianos en 1996 y su existencia ha ayudado a entender buena parte de la forma en que nos comportamos y aprendemos. “Se trata de un conjunto de neuronas que están situadas en una zona motora del cerebro, una zona primaria, que no se ocupa directamente del movimiento de los músculos, sino de planificarlo. Esas neuronas, simplificando un poco, además de planear el movimiento, imitan el comportamiento de otros seres de la misma especie”, explica Paco Tornay, profesor del departamento de Psicología experimental y fisiología del comportamiento de la Universidad de Granada.

“Repasan el movimiento que hace otra persona, lo imitan para después poder hacerlo igual. […] Hace que me haga una idea de lo que está haciendo el otro y le pueda dar un sentido. Son pues también las responsables de que entendamos las emociones de los otros”, añade este psicólogo. Es gracias a estas neuronas que nos podemos comunicar y podemos entender la manera de obrar o de pensar de los otros. Es por ello que cuando una persona experimenta dolor, se activa un patrón cerebral que es el mismo que entra en funcionamiento cuando alguien ve a otra persona sufrir. Existe, pues, una correspondencia en las áreas de la empatía.

Hagamos algo… ¿útil?

Un cirujano tiene seis pacientes: uno necesita un hígado, otro un páncreas, otro una vesícula biliar y dos necesitan riñones. El sexto paciente se acaba de operar del apéndice. ¿Debe el cirujano matar al sexto paciente y trasplantar sus órganos al resto de pacientes? Esto violaría, claro, los derechos del sexto paciente, básicamente el derecho a la vida, pero una corriente filosófica defiende que es lo correcto. Se trata del utilitarismo,  una idea propugnada durante los siglos XVIII y XIX en Inglaterra por John Stuart Mill, que se basa en hacer el máximo bien al mayor número de personas posibles y que se sumó a los debates filosóficos sobre el cuál debía ser el comportamiento del ser humano. La moralidad de cualquier acto viene, pues, definida por su utilidad para la humanidad, utilidad entendida como la maximización de las consecuencias positivas. Así, esta corriente, de la que se pueden hallar sus raíces en la Grecia Antigua y en filósofos como Parménides o Epicúreo, recomienda emplear métodos que produzcan más felicidad o aumenten la felicidad en el mundo.

¿Buenos por naturaleza o educados para ser buenos?

A lo largo de la historia, ésa ha sido la pregunta del millón. Pensadores y filósofos han tratado de dilucidar cuál era el origen de las reglas morales que guían nuestra conducta y se han debatido entre la idea de que nuestra moralidad era un don divino que nos era insuflado, lo que explicaría nuestro “buen”comportamiento intrínseco; o, en cambio, resultaba de deliberaciones racionales, conscientes, voluntarias y autoreflexivas sobre lo que está bien y lo que está mal, sobre lo que es moral y sobre lo que no lo es.

Sócrates y Platón identificaban el “bien” con el conocimiento y creían que el ser humano tendía a buscarlo de manera natural; bastaba conocerlo, pues, para obrar correctamente. Durante siglos, el bien estuvo ligado a Dios y fue Thomas Hobbes (1588-1679), en su Leviatán, quien se alejó definitivamente de ese argumento y expuso con firmeza que la moral era una especie de indicador que había de conducirnos hacia una sociedad ordenada en la que, no obstante, la rebeldía innata de los seres humanos obligaba a que el estado ejercería un férrero control y que castigara a aquellos individuos desobedientes.

Otros, como David Hume (1711-1776) se alejaban de tales razonamientos y sugerían que esas reglas morales estaban arraigadas en nuestros sentimientos, por cuanto nos empujaban a actuar, a diferencia de la razón por sí sola. En una postura diametralmente opuesta se hallaba Immanuel Kant (1724-1804), para quien la racionalidad en libertad era la fuerza que movía las reglas morales. O Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), quien opinaba que el estado natural del ser humano era el del buen salvaje y que la sociedad nos pervertía.

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4 Respuestas a “¿Nacemos buenos?

  1. Me gusta creer, intuitivamente, que venimos con el hardware de la bondad de fábrica. El problema es la falta de control del software que adquirmos después:
    Nuestro medio de educación y la famila son una lotería, el colegio también y la propia ubicación de nuestra cultura es la que más puede influir en nuestra supervivencia y en nuestras “improntas” de por vida.
    Si te toca una combinación ganadora…estarás suficientemente despiert@ como para poder gestionar tus ganas, tu curiosidad …..en pocas palabras tu vida.

    Me ha ecantado tu artículo.

  2. Gracias Ricardo 🙂

    Hay evidencia científica que parece indicar que sí, que venimos con un hardware que nos prepara para ser buenos por naturaleza. Es una estrategia de supervivencia como especie. Lo que pasa es que a veces, como dices, el entorno e intereses personales pasan por encima de ese instinto evolutivo, aunque, eso sí, luego nuestro comporatmiento nos haga sentir mal o remordimientos. 🙂

  3. Yo pienso que si tenemos esta parte buena por naturaleza y que en efecto la informacion, la eduacion, la formacion y todo lo que nos rodea influye en la deformacion de esta bondad humana que es intrinseca en cada ser humano.

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