¿Infieles por naturaleza?

portada(reportaje publicado en el suplemento ES de La Vanguardia, el 5 de setiembre de 2009)

Hasta la mitad de los hombres y un 20% de las mujeres heterosexuales admiten haber sido infieles en algún momento de su vida. La monogamia actúa como pegamento social y mecanismo de cohesión, pero algunos expertos creen que no tiene raíz biológica.

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¿Quién no quiere enamorarse? ¿Conocer a alguien especial, conectar? ¿Domingos por la mañana de café y diario compartidos, tardes de cine, viajes, y por qué no, hijos? Componemos canciones y poemas, escribimos novelas, cuentos. Somos capaces de recorrer medio planeta, de trasladarnos de ciudad, de dejarlo todo “si tú me dices ven”. Somos capaces de cualquier cosa por amor. Pero, si eso es lo que parece que la mayoría de los humanos deseamos y perseguimos, ¿por qué, cuando a veces lo conseguimos, lo arriesgamos por un revolcón?

Vivimos en un mundo adúltero. Entre el25% y el 50% de los hombres reconocen haber sido infieles a sus parejas al menos una vez y dos de cada 10 mujeres confiesa haber tenido una aventura. En España, según la última y única encuesta sobre adulterio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), de 1995, el46% de los españoles admite haber tenido alguna relación extraconyugal, frente al 17% de las españolas. Aunque esas cifras, seguramente, no se corresponden del todo con la realidad. Porque puestos a hablar sobre nuestras conquistas amorosas, hombres y mujeres actuamos de forma distinta. Ellos tienden a sumar, y ellas, a restar. Sea como fuere, somos infieles.

La razón: pues que “la monogamia no es natural”, afirma con rotundidad el zoólogo y psicólogo evolucionista de la Universidad de Washington David O. Barash, quien junto a su esposa, la psiquiatra del Centro Médico Sueco en Washington, Judith Eve Lipton, ha escrito el libro El mito de la monogamia: fidelidad e infidelidad en animales y personas añade Lipton-. El adulterio es, de hecho, un riesgo durante toda la vida”.

También ha sido, desde siempre, uno de los grandes temas de interés y preocupación de la humanidad. La primera gran obra de la literatura occidental, La Ilíada,de Homero, narra las consecuencias del adulterio de Helena y en la Odisea,Ulises vuelve a casa tras 20 años combatiendo en la guerra de Troya y tiene que deshacerse de un enjambre de pretendientes que tratan de seducir a su fiel esposa, Penélope [ aunque, en cambio, ejem, el héroe griego había caído rendido a los encantos de la bruja Circe, y había olvidado por completo patria, mujer e hijos; eso sí, ese tiempo sabático no se consideraba adulterio. La doble moral viene de lejos]. Hay muchas más grandes obras literarias que recogen los fallos en la monogamia, comoAnaKarenina,de Tolstoi; Madame Bovary,de Flaubert; El amante de Lady Chatterley,deH. D. Lawrence o La letra escarlata,de Hawthorne. Por no mencionar el cine, como Infiel,de Chabrol (2002), y las series de televisión que describen las sucesiones de asuntos amorosos de sus protagonistas. ¿Se acuerdan de MelrosePlace?

Los antropólogos destacan que el 85% de las culturas humanas antes de la homogeneización judeocristiana eran polígamas. Ylo cierto es que, actualmente, la tendencia es que nadie se suele restringir a una pareja sexual durante toda la vida: la gente mantiene varias relaciones, se casa, tiene aventuras y líos, se divorcia, se vuelve a casar. “La monogamia es un mito, igual que lo es para los animales”, afirman la pareja Lipton y Barash. Y es que parece ser que, al contrario de lo que se había creído hasta hace relativamente poco, en la naturaleza, la fidelidad sexual tampoco existe. Los biólogos pensaban que algunas especies, sobre todo de pájaros, se mantenían junto a la misma pareja toda la vida. No obstante, las pruebas deADNhan ido demostrado que si bien algunos animales son socialmente monógamos, establecen relaciones estables, sexualmente apuestan por la poligamia; incluso los cisnes y los gansos, que hasta ahora se tomaban como ejemplos de fidelidad en el reino animal, les ponen los cuernos a sus cónyuges.

En los mamíferos, de cerca de 4.000 especies conocidas, pocas son socialmente monógamas: roedores, murciélagos, algunos zorros, ungulados. “En los primates, por ejemplo, existen diversos grados de monogamia – explica el investigador del ICREA Arcadi Navarro, vicedirector del Institut de Biologia Evolutiva (UPF-CSIC)-. Enel caso de los mamíferos y otros organismos, establecen parejas estables de por vida o temporales. Hay casos espectaculares en los que esta monogamia puede tener unas ciertas influencias del entorno, como en nuestro caso, y en otros, unas bases genéticas”.

De hecho, se han realizado experimentos que han arrojado luz en este sentido. Existe un mamífero, una clase de ratón de campo llamado campañol, en el que se ha comprobado que se establece cierta relación entre determinados genes y el comportamiendo sexual. De este tipo de roedor conviven dos especies muy próximas: una sumamente promiscua y otra monógama. Los científicos, intrigados por esta diferencia de conducta, identificaron un gen relacionado con la actividad sexual y lo apagaron en los ratones promiscuos. Y éstos se hicieron más fieles. Hicieron la operación contraria en los monógamos y descubrieron que éstos, al contrario, comenzaban a tener más escarceos. “Es un gen muy interesante – considera el biólogo Navarro-. Un equipo del Instituto Karolinska, de Estocolmo, genotipó este gen en más de 1.000 hombres y también se les preguntó por su grado de fidelidad en la pareja. Curiosamente, quienes tenían una versión determinada del gen afirmaban ser menos fieles y, de hecho, habían tenido más crisis de pareja a lo largo de su vida”.

La poligamia parece que también pudiera estar relacionada con el dimorfismo sexual, con la diferencia de tamaño entre machos y hembras, que suele ir acompañada de diferencias de forma. Explica Arcadi Navarro, de laUPFque “cuanto más acusado es el grado de dimorfismo, más poligamia”. Por ejemplo, los gorilas. Los machos pueden llegar a pesar oe hasta un 100% más que las hembras y compiten entre ellos por hacerse con los favores sexuales del otro sexo, porque el ganador transmitirá sus genes a la siguiente generación. En otros primates, como el chimpacé común, las diferencias de tamaño entre machos y hembras son mucho más reducidas; de hecho, ellos pesan apenas un30% más que ella y no compiten tanto por acceder a los favores sexuales femeninos como por el liderazgo del grupo. Antes que la competencia sexual, potencian la sociabilidad, lo que les permitirá hallar alimento antes y defender territorio y grupo frente a ataques de otras bandas de chimpancés. En los humanos, el dimorfismo es casi residual; los hombres abultan sólo un10% más que las mujeres, y la capacidad de cooperación entre machos ha prevalecido sobre la posible competencia por las hembras.

Lo que no se sabe a ciencia cierta es si siempre ha sido así. “Desconocemos si las primeras sociedades de homínidos eran polígamas o monógamas. Analizando el grado de migración del cromosoma Xy del ADN mitocondrial, transmitido de madres a hijas, sabemos que la estructura que ha dominado a lo largo de la historia de la humanidad parece ser patriarcal, en la que un macho se establecía en un lugar e intercambiaba a la hembra entre poblaciones”. Ellas parece que son quienes se han desplazado más. “Ese dato nos permite especular sobre una cierta base: las hembras son las portadoras de la cultura, del lenguaje, pero también pudieron haber sido moneda de cambio entre grupos más o menos dominantes de machos. Lo que podría indicar que había una cierta poligamia, aunque resulta difícil en biología hacer esta afirmación”, apunta Navarro.

Enla actualidad, muchas sociedades continúan practicando la poligamia, como los musulmanes; el hinduismo, si bien no la fomenta, no la prohíbe. En el estado de Veracruz, en México, en la etnia náhuatl es algo común. E incluso aunque la mayoría de los occidentales no desposan a muchas mujeres, sí tienden a tener hijos con más mujeres que mujeres con diferentes hombres, una práctica que los biólogos convienen en llamar “poligamia efectiva”. “No es algo sorprendente – considera el genetista especializado en evolución Dimitri Petrov, de la Universidad de Stanford, en California. “La poligamia es algo que esperas encontrar. De hecho, decenas de miles de años de poligamia han dejado una marca en nuestro genoma que es una firma que demuestra que pequeñas cantidades de machos probablemente se aparearían con montones de hembras”.

Pero, ¿por qué la fidelidad sexual es tan poco frecuente, sobre todo entre animales que son socialmente monógamos?

Para la mayoría de los biólogos especializados en evolución, la pregunta real es: ¿por qué hembras socialmente emparejadas tienen escarceos amorosos? Tiene cierta lógica, desde el punto de vista de la selección, que los machos lo hagan: fabrican esperma en cantidades enormes y están programados para reproducirse cuanto más mejor para perpetuar sus genes y pasarlos de generación en generación. El sociobiólogo Robert Trives señaló en 1972 que los machos tienden a seguir una estrategia de reproducción mixta: establecen una relación con una hembra, quizás la ayuden a construir el nido, a defenderlo y a cuidar de las crías, puesto que esas actividades aumentan su éxito reproductivo. Pero a la vez están disponibles sexualmente para otras hembras, a quienes, eso sí, no ayudarán a formar un hogar.

Pero en el caso de las hembras es algo distinto. Cuentan con muchos menos óvulos y les cuesta mucho más fabricarlos. Además, invierten más recursos en gestación, alimentación de la cría y su cuidado. Entonces, si una hembra ya tiene a una pareja para fertilizar sus óvulos, ¿para qué quiere ir por ahí teniendo aventurillas? Incluso en las especies en las que el macho ayuda al cuidado de la descendencia, la hembra infiel se arriesga a quedarse sin la ayuda de su pareja. Pues bien, la ciencia no tiene una respuesta a esta pregunta. Enel caso de algunas especies, sobre todo ciertos reptiles e insectos, parece ser una estrategia para aumentar la diversidad genética de la descendencia. Para algunos pájaros les supone un beneficio inmediato, como ser alimentados por sus amantes. Yen los primates, la antropóloga Sarah Hardy sugiere que las hembras mantienen aventuras para lograr un trato de favor por parte de sus compañeros sexuales. Los machos de muchas especies, como los chimpancés y los macacos, a menudo matan a las crías que no son suyas, por lo que al copular una hembra con distintos machos, estos no saben cuál es su descendencia y evitan el parricidio.

¿Y qué pasa con los humanos? Tampoco se sabe con total exactitud. Lo único que se conoce es que las dos especies que más disfrutan con el sexo son los humanos y los bonobos. Estos chimpancés utilizan el sexo como intercambio, que mantienen relaciones estables y copulan de forma frontal, algo insólito en el reino animal. Estudios llevados a cabo por Helen Fischer, investigadora del departamento de Antropología de la Universidad de Rutgers, en Estados Unidos, sobre la evolución, la expresión y la ciencia del amor, apuntan que el placer que experimentan los humanos, y las mujeres en concreto, con el orgasmo es en realidad un mecanismo de cohesión social y de cohesión de la pareja.

Quizás, dice la psiquiatra especializada en evolución Judith Eve Lipton, la clave está en que “la monogamia es menos divertida que otras alternativas, porque restringe la posibilidad sin reducir el deseo. Y equivale a la monotonía. A veces, es más fácil encontrar variedad con alguien nuevo que crearla con una pareja”. “Pero que la monogamia no sea natural no quiere decir que no valga la pena – puntualiza David O. Barash-. Hay un montón de cosas que no son naturales y son buenas, como por ejemplo la música barroca, y otras que son naturales y no son demasiado buenas, como la neumonía o el acné”. Según Lipton, algunos aspectos de la monogamia pueden ser socialmente deseables: puede ser, por ejemplo, una buena forma de educar a un niño, puesto que garantiza que dos adultos estén comprometidos en el cuidado de su descendencia. Es, asegura esta pareja de científicos, un buen trato para el hombre medio, que no tiene ni mucho dinero ni es particularmente atractivo. “En las culturas monógamas con ratios sexuales igualitarias incluso los hombres medios tienen una familia”. Eso en la naturaleza sería impensable; sólo los más fuertes y atractivos conseguirían reproducirse.

“No hay razón para concluir que el adulterio es inevitable o que es bueno”, aseveran Barash y Lipton en su libro. El sarampión es natural pero la vacuna para prevenirlo, no. Los animales no pueden evitar seguir lo que sus impulsos les dictan, pero los humanos sí podemos comportarnos de forma contraria a nuestras inclinaciones naturales. Yese es el engranaje que permite que nuestra sociedad funcione. Somos monógamos por sociedad.

DESPIECES

LA PROMISCUIDAD Y EL TAMAÑO

Uno de los tópicos más arraigados en el ámbito de la infidelidad es que ellas son mucho menos promiscuas que ellos. No obstante, observando el comportamiento de las especies se ha visto que no es así. “Aunque no tanto como los machos, sí lo son más de lo que se creía”, asegura Tim Birkhead, profesor de ecología del comportamiento de la Universidad de Sheffield, en Inglaterra. Y una consecuencia de la promiscuidad de la hembra de algunas especies animales es que puede contener esperma de varios machos diferentes. Muchas lo almacenan para utilizarlo posteriormente. Una gallina o ave pequeña puede guardarlo dos o tres semanas; en cambio, los humanos pueden hacerlo por un máximo de cinco días. Y ese esperma compite para fertilizar el óvulo; el espermatozoide que lo consiga transmitirá su material genético a la siguiente generación, por lo que hay una fuerte presión evolutiva sobre los machos para ganar este tipo de competición. En el reino animal, las adaptaciones de los machos para lograrlo son increíbles; en las especies en las que las hembras tienen los niveles más altos de promiscuidad, los machos cuentan con los testículos muy grandes en relación conel tamaño de su cuerpo, para poder contener cuanto más esperma mejor. Cuantos más espermatozoides consigan introducir en la hembra, más posibilidades de llegar al óvulo.

MENTES SEDUCTORAS

Nuestra mente es también un instrumento de seducción sexual. Tanto que para el profesor de ecología del comportamiento de la Universidad de Sheffield, en el Reino Unido, Tim Birkhead, “la función realmente importante de nuestro cerebro tiene que ver con obtener apareamientos”. Pensemos en músicos, artistas, escritores, actores. Generalmente, son vistos por la sociedad como triunfadores, como personas que tienen poder y recursos. “Y en nuestra especie parece cierto que esto es lo que las hembras quieren. Porque si un hombre tiene posición y recursos puede ser un mejor proveedor de recursos, para la descendencia”. Aunque es difícil actualmente dar explicaciones evolutivas convincentes de nuestro comportamiento, la posición social del macho es un rasgo universal que ha ido evolucionando a través de la selección sexual para conseguir maximizar el éxito en sus empresas. “Buena parte de la psicología evolutiva es controvertida e incierta y resulta difícil probar experimentalmente estas ideas. Pero, de hecho, hay pruebas de que en unas cuantas sociedades humanas la posición social de los machos está en correlación con su éxito reproductivo. En las sociedades neandertales, por ejemplo, la posición social que las hembras buscaban era probablemente el éxito en la caza. Si era un buen cazador, también sería un buen proveedor. Su creatividad y habilidad como cazador era la señal que ella usaba”.

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