Galileo, el matemático que tuvo la osadía de escudriñar el firmamento

Fue un científico revolucionario que sentó las bases de la física mecánica y del método experimental. Hizo grandes avances observacionales y tecnológicos en astronomía con instrumentos que él mismo había diseñado y construido, como el telescopio. Con sus Abrió el camino a 400 años de descubrimientos al apuntar con su telescopio al cielo y defender que la tierra giraba alrededor del sol. La Inquisición lo condenó a cadena perpetua por hereje.

(reportaje publicado en la revista Historia y Vida del mes de octubre de 2009)

Galileo

Cuenta Vicente Vivia ni, discípulo de Galilelo, que su maestro estaba harto de que no lo creyeran y no quería resignarse a verse humillado por sus colegas astrónomos. Por eso, se dispuso a demostrar que llevaba razón. Una mañana convocó a todos los miembros de la Universidad en la que impartía clases delante de la Torre inclinada de Pisa y se presentó ante ellos con dos esferas en la mano, una de hierro, que pesaba 100 libras, y otra de madera, que apenas llegaba a una libra. Subió al Campanile de la popular torre y una vez arriba, ante la mirada expectante de los incrédulos espectadores, dejó caer ambas a la vez, que cayeron al unísono y tocaron tierra en el mismo instante. El ruido del impacto de aquellas bolas contra el suelo marcó el final para el viejo sistema de la ciencia y el inicio de uno nuevo. Galileo acababa de refusar así la teoría de Aristóteles según la cual los objetos caen a una velocidad proporcional a su peso.

Sin embargo, esa anécdota del matemático italiano encaramado al Campanile puede que jamás se produjera. Quizás jamás lanzara las dos esferas. Puede que ni tan sólo realizara un experimento similiar y éste no sea más que un escenario inventado de los numerosos supuestos experimentos que realizó. Así lo creen los estudiosos de historia de la ciencia que se inclinan a pensar, ante la falta de pruebas y de testimonios escritos, que se trata de una leyenda más que junto a su mítica frase “y sin embargo se mueve”, forman parte de la mitología galileana. Y tal vez fuera incluso el mismo Galileo quien lo extendiera.

Y es que lo cierto es que este matemático italiano no realizó muchos de los experimentos que él mismo describrió y que, siglos más tarde, se convirtieron en la piedra fundacional de la ciencia moderna. Yo, sin hacer el experimento, estoy seguro del efecto tendrá lugar como os digo, porque es necesario que ocurra así”, sostenía Galileo. Pero, tanto si realizó experimentos para comprobar sus teorías, como si no, lo cierto es que Galileo fue un científico revolucionario, que sentó las bases de la física mecánica y del método experimental científico. Fue el primero que escudriñó el firmamento, observó el movimiento de los astros y los describió, ayudado por los instrumentos y aparatejos que él mismo diseñaba y se construía. Sus hallazgos pusieron fin a una época de la ciencia en la que habían imperado las ideas de Aristóteles, completamente adecuadas para una lectura literal de la Biblia, y supusieron el impulso definitivo que necesitaba el modelo de universo de Copérnico, en el que la Tierra, así como el resto de cuerpos celestes de nuestra galaxia, orbitan alrededor del sol. Esas ideas hicieron que lo condenaran por hereje.

De vocación, matemático

“Me parece que aquellos que sólo se basan en argumentos de autoridad para mantener sus afirmaciones, sin buscar razones que las apoyen, actúan de forma absurda. Desearía poder cuestionar libremente y responder libremente sn adulaciones. Así se comporta el que persigue la verdad”. Así opinaba Vicenzo Galilei, padre de Galileo, un músico de espíritu renovador, que defendía el cambio de una música religiosa anquilosada a favor de formas más modernas. Galileo nació en Pisa, el 15 de febrero de 1564, y era el mayor de cuatro hermanos. Su padre tenía grandes esperanzas puestas en él y soñaba con que su primogénito se convirtiera en un reputado doctor. Por eso, en 1581 lo matriculó en la Universidad de Pisa para que comenzara sus estudios en medicina. No obstante, Galileo no se sentía demasiado atraído por aquella carrera y prontó se empezó a decantar por las matemáticas, las que descubriría como su verdadera vocación, sobre todo después de asistir a las clases sobre la geometría  de Euclides que impartía Ostilio Ricci, el matemático de la Corte Toscana.

No osbtante, aquella vocación contradecía los deseos de su padre, que seguía sin ver con buenos ojos que su primogénito se apartara de la medicina, por lo que durante el verano de 1583, Galileo decidió invitar a Ricci a pasar unos días con él y su familia, para que le ayudara a convencer finalmente a Vicenzo para que le dejara estudiar matemáticas. Y así fue como a partir del siguiente curso Galileo pudo emplearse a fondo a estudiar los trabajos de Euclides y Arquímedes, y en 1585 dejó finalmente la facultad de medicina.

Un año más tarde, empezó a dar algunas clases privadas en Florencia y escribió su primer libro científico, La Balancitta, en el que describía el método de Arquímedes para encontrar las gravedades específicas de los cuerpos y sustancias mediante el uso de una balanza. Poco después, viajó a Roma para visitar a Clavius, un profesor de matemáticas del Collegio Romano jesuita, al que quiso mostrarle algunos de los descubrimientos que había hecho sobre los centros de gravedad. A pesar de que Galileo le causó una impresión muy favorable a Clavius, no logró el propósito principal de su visita: una plaza en la Universidad de Boloña.

De vuelta a Florencia, Galileo impartió charlas y conferencias, cursos e incluso logró que la prestigiosa Academia de Florencia lo invitara a hablar sobre las dimenciones y la localización del infierno de Dante. Todos estos méritos le valieron para que, en 1589, obtuviera una plaza en la Universidad de Pisa, aunque el trabajo no era exactamente lo que él había soñado: el sueldo era realmente miserable y hacía que Galileo tuviera que compaginar la docencia en la facultad con clases particulares. Aquella época, no obstante, fue muy prolífica para el matemático, que compuso un texto sobre el movimiento en el que criticaba las explicaciones de Aristóteles sobre la caída y el movimiento de los cuerpos, que era la teoría aceptada en aquella época.

De Pisa a Padua

De las matemáticas, apenas se podía vivir y menos aún cuando en 1591 murió su padre. Galileo, como hijo primogénito, tuvo que hacerse cargo del sustento de la familia y, además, de proporcionar la dote a sus dos hermanas. Acumulaba deudas y más deudas. Su situación se vio más agraviada, si cabe, por el nacimiento de sus tres hijos, Virginia, Livia y Vicenzo. Y es que Galileo era un moderno para su época y mantuvo una relación amorosa con Marina Gamba durante 11 años; durante ese tiempo, jamás vivieron juntos ni tampoco llegaron a casarse. Como ser profesor de matemáticas en Pisa no estaba para nada bien pagado, Galileo empezó a buscar otro trabajo algo más lucrativo. Y al final, gracias a las recomendaciones de colegas matemáticos, en 1592 fue a parar a la Universidad de Padua, que era la universidad de la República de Venecia, donde ejerció la cátedra de matemáticas durante 18 años. Nada más entrar, ya tenía un salario tres veces superior al de Pisa.

En la Universidad de Padua, Galileo enseñaba geometría euclidiana y astronomía “estándar”, que en aquella época era la geocéntrica, a estudiantes de medicina que precisaban ciertos conocimientos sobre astronomía para poder hacer uso de la astrología en la práctica médica. No obstante, Galileo no estaba para nada convencido de las teorías de Aristóteles y en sus clases argumentaba en contra de su visión de la astronomía y la filosofía; también lo hizo en tres conferencias públicas. Aquello provocó un escándalo, porque entonces se aceptaban como dogmas las ideas de Aristóteles de que todos los cambios en los cielos habían ocurrido en la región lunar cercana a la Tierra; o que el reinos de las estrellas era fijo, permanente, inmutable.

El mensajero sideral

En julio de 1609, Galileo se encontraba en Venecia para pedir un aumento de sueldo cuando le llegó la noticia de que en Holanda se había inventando un nuevo instrumento óptico que permitía acercar las cosas lejanas. El francés Jacques Badovere, uno de sus antiguos alumnos, le había mandado una carta desde París en la que le confirmaba un rumor que corría como la pólvora por todas partes: la existencia de un aparato que permitía ver estrellas invisibles a simple vista. Galileo se dio cuenta rápidamente de la importancia que tenía y se volcó en cuerpo y alma a la construcción de su primer telescopio. Para ello, utilizó sus propias habilidades técnicas, como matemático y artesano, para diseñar y construir una serie de telescopios que ya de entrada presentaban una eficiencia óptica superior al anteojo holandés: no deformaba los objetos y los aumentaba el doble, esto es seis veces.

Pero entonces Galileo aprendió a pulir sus propias lentes y fue así como en agosto de ese mismo año ya disponía de un instrumento de hasta nueve aumentos. Y fue ese segundo telescopio el que llevó ante el Senado Veneciano para hacer una demostración de algunos de sus usos. En la cima del Campanile de la Piazza San Marco, Galileo hizo que Murano, situado a 2km y medio de distancia, pareciera estar a apenas 300 metros.  Los espectadores quedaron totalmente fascinados y a Galileo aquella jugada le salió que ni pintada, al menos de momento, porque el senado, exultante, convino a aumentarle el sueldo, sobre todo después de que Galileo les cediera en exclusiva los derechos para fabricarlo y comercializarlo. Aunque la dicha le duró poco, porque el Senado pronto le congeló el salario, enfadado: Galileo les había cedido unos derechos que no tenían valor alguno porque el telescopio… no era invención suya.

Aunque no le sacó provecho económico, sí consiguió extraer del aparato un rendimiento científico brutal. A finales de 1609, escrutaba los cielos nocturnos con él e hizo descubrimientos increíbles que en sólo en dos meses supusieron avances astronómicos que cambiarían el mundo. Realizó las primeras observaciones de la luna y estableció similitudes entre la orografía lunar y la terrestrte, interpretando lo que veía como la prueba de que en aquel satélite había montañas y cráteres. Aquello ponía en entredicho las teorías imperantes de Aristóteles sobre la perfección del mundo celeste y la esfericidad de los astros. Y no fue su único hallazgo: a través del telescopio encontró que Júpiter tenía cuatro satélites, lo que contradecía la idea de que la Tierra era el epicentro de todos los movimientos que se producían en el cielo.

Galileo estaba exultante ante sus hallazgos, tanto que redactó a toda prisa un texto que se publicó en marzo de 1610, que daría la vuelta a Europa y con el que el matemático causó sensación en todo el continente por sus ideas revolucionarias. Se trataba del Sidereus Nuncius o “El Mensajero Sideral”. En él, Galileo explicaba que la luna tenía montañas, que la Vía Láctea estaba formada por muchísimas pequeñas estrellas, describe la composición de la constelación de Oriol y constata que ciertas estrellas visibles a simple vista son, en realidad, cúmulos de estrellas.

Una de las observaciones más relevante fue la que realizó el 7 de enero de 1610, cuando remarcó tres pequeños cuerpos cercanos a Júpiter. Después de varias noches de observación, se dio cuenta de que eran cuatro y que orbitaban alrededor del planeta. Se trataba de los satélites de Júpiter. Galileo, con un ojo puesto en obtener una posición en Florencia, bautizó a aquellos cuerpos como Planetas Medíceos –hoy llamados satélites galileanos-, publicó en Florencia un breve texto con sus descubrimientos, dedicó el librito a los Médici y le envió un ejemplar a Cósimo II de Medici, el gran Duque de Toscana. Tras aquel gesto, Galileo, claro, obtuvo su nombramiento como matemático y filósofo de la corte toscana y pudo así regresar a Florencia. El Duque le había ofrecido, además, una cátedra honoraria en Pisa, sin responsabilidades docentes.

De nuevo en Pisa, Galileo continuó escrutando los cielos, descubrió que Venus mostraba fases como las de la luna, por lo que dedujo que el planeta debía de orbitar alrededor del sol y no de la Tierra. Todas aquellas observaciones reforzaban el modelo heliocéntrico del universo de Copérnico y se distanciaban de las teorías del astrónomo Tycho Brahe, cuyas ideas eran apoyadas por la mayoría de la comunidad científica de la época, y que había formulado un modelo de universo a caballo entre la teoría geocéntrica de Ptolomeo y el heliocentrismo de Copérnico. Para Brahe, el Sol y la Luna giran alrededor de la Tierra inmóvil, mientras que Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno orbitan alrededor del Sol. Y ése era el modelo apoyado por la mayoría de la comunidad científica del momento.

La batalla del copernicanismo

Con sus ideas, Galileo se granjeaba adeptos a la par que enemigos, sobre todo entre las filas de la Iglesia Católica. En 1611 un jesuita alemán, Christof Scheiner, había observado las manchas solares y había publicado sus conclusiones bajo seudónimo. Galileo, que ya las había estudiado con anterioridad, creía que el jesuita se equivocaba, por lo que en 1613 salió al paso de la interpretación que hacía Scheiner, para quien se trataba de estrellas próximas al sol que se interponían entre éste u la Tierra, con Historia e dimostrazione interio alle macchier solari. Aquel texto desencadenó una agria polémica y convirtió al jesuita en un enemigo acérrimo de Galileo, lo que tendría consecuencias en el proceso que más adelante le abrió la Inquisición.

Sus teorías comenzaron a meterle en imbricados y conflictivos embrollos con la Iglesia, por lo que Galileo comenzó a defender que era preciso establecer una total y absoluta independencia entre la fe católicas y los hechos probados científicamente, aunque también admitía que no podía haber contradicción alguna entre la ciencia y las sagradas escrituras. Y sin embargo, el movimiento de la Tierra, que no podía demostrar con ninguna prueba, entraba en contradicción con la Biblia. La Inquisión condenó el 23 de febrero de 1616 las teorías de Copérnico, amonestó a Galileo y le prohibió que las  enseñara en sus clases.

Poco después, en 1618, el matemático se vio en vuelto en una nueva polémica con otro jesuita, Orazio Grassi. En esta ocasión, la causa fue las ideas de Galileo sobre el origen de los cometas, que plasmó en Il Saggiatore (1623), un texto en el que reflexiona sobre la naturaleza de la ciencia y el método científico, y en el que desarrolla su idea de que el “libro de la naturaleza está escrito en lenguaje matemático”. Para los jesuitas, los cometas eran objetos celestes reales, mientras que para Galileo no eran más que ilusiones ópticas, en ocasiones provocadas por fenómenos meteorológicos.  Dedicó el libro al nuevo Papa, Urbano VIII, anteriormente el Cardenal Maffeo Barberini, que sentía por Galileo un especial afecto.

Pero ni con esas salvó el pellejo. El Santo Oficio, que miraba con lupa todo lo que hacía y decía Galileo, no tardó en abrirle un proceso que se saldó con una condena a cadena perpetua, pese a que el matemático se retractó formal y públicamente. Pasó cinco años de su condena en una casita cerca de Florencia, desde donde continuó publicando estudios sobre la ciencia del movimiento. Y luego otros cuatro años más, los últimos de su vida, confinado en otra casa en Florencia, cerca de sus médicos.

A su aflición moral, se sumaron la ceguera, la artritis y otras dolencias que fueron minando su espíritu, aunque, aún así, consiguió completar la última y más importante de sus obras, Discorsi e dimostrazioni matematiche intorno à due nueve scienze. En ella, sentó las bases físicas y matemáticas para un análisis del movimiento que le permitió demostrar las leyes de caída de los cuerpos en el vacío y elaborar una teoría completa del disparo de proyectiles. Aquella obra se convirtió en la base de la ciencia de la mecánica desarrollada por la siguiente generación de científicos, con Isaac Newton a la cabeza. Finalmente, el 9 de enero de 1642, Galileo falleció en Arcetri, en compañía de sus dos discípulos, Vicenzo Viviani y Evangelista Torricelli, con los que había convivido en los últimos años.

Muchos historiadores convienen en que la política tuvo un peso muy relevante en la condena de Galileo, quizás incluso más que la religión. Otros opinan que al Papa Urbano VIII no le gustó nada verse parodiado por el personaje de Galileo de Simplicius en Il Saggiatore o que la Iglesia Católica se sintió traicionada tras autorizar a Galileo a publicar el libro sin que éste les hubiera confesado sus inclinaciones copernicanas.El 31 de octubre 1992, 350 años después de su muerte, el Papa Juan pablo II ofreció un discurso en nombre de la Iglesia Católica en el que admitió que se habían producido erores por los consejeros religiosos en la condena de Galileo y declaró el caso cerrado. No obstante, no admitió que la Iglesia se hubiera equivocado al condenarlo por hereje por pensar que la Tierra orbitaba alrededor del sol.

Anuncios

Una respuesta a “Galileo, el matemático que tuvo la osadía de escudriñar el firmamento

  1. Hola Cristina. No he pogut evitar fer una mica el tafaner pel teu bloc. Em sembla molt bo. De fet aprofitaré per linkarte al meu, ja que veig que som de la mateixa tribu de wordpress.

    Una abraçada

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s