Los humanos son raros

¿No se han preguntado nunca por qué se sonrojan cuando les echan un piropo o los pillan con alguna mentirijilla? ¿Ni por qué se ríen si alguien tropieza? Algunas reacciones del cuerpo humano siguen siendo un misterio sin resolver para la ciencia.

 

(Reportaje publicado en el suplemento ES de La Vanguardia el 14 de noviembre de 2009)


¡Pero qué raritos que somos los humanos! De todos los animales de la naturaleza, sin duda nosotros nos llevamos la palma. Nacemos y somos completamente dependientes de nuestros progenitores. Nos cuesta un año mantenernos en pie; dos, hablar. Nos pasamos nuestra segunda década de vida en constantes turbulencias: se nos deforma el cuerpo, nos cambia la voz, nos salen pelos. Ayudamos a los demás, aunque eso vaya en detrimento propio. Nos enamoramos y nos sonrojamos cada vez que vemos pasar al ser amado, delatándonos. Le escribimos canciones de amor, poemas; dibujamos su cara mil y una veces. Intentamos ser ingeniosos para sorprender al otro. Morimos por un beso suyo.

Aunque todos estos atributos y comportamientos puedan parecer a simple vista insustanciales o frívolos, e incluso poco beneficiosos, lo cierto es que nos diferencian de los animales y explican qué es lo que nos hace personas. Muchos continúan siendo un misterio para la ciencia. Hace algunos meses, la prestigiosa revista de divulgación cientí-fica americana New Scientist publicó una lista de comportamientos inexplicables del ser humano. Estos son algunos de ellos.

1 Sonrojo Sin saber cómo ni por qué, cada vez que te cruzas con el vecino del cuarto sientes un cosquilleo por todo el cuerpo; tus pupilas se agrandan; tu corazón entona una batucada; y… muy a tu pesar, los vasos sanguíneos que irrigan tus mejillas se dilatan, lo que hace que te ruborices y que, inevitablemente, te delates. Parece que nuestro cuerpo, a veces, nos juega una mala pasada, tal como se percató Charles Darwin, el padre de la teoría de la evolución y de la biología moderna. Observó que hay animales que cambian de color, como el calamar, cuando están estresados o debido a un proceso hormonal, pero que sólo las personas lo hacen como una expresión. ¿Curioso, no?

Para Frans de Waal, biólogo de la Universidad de Emory en Atlanta, y uno de los primatólogos más reputados, sonrojarse tendría que ver con la honestidad. “Nos ruborizamos como señal de que hemos evolucionado como especie sumamente cooperadora en comparación con otros animales. Es una manera de comunicarle al resto del grupo que somos conscientes del impacto de nuestras propias acciones, que nos interesa cooperar y nos preocupa la sinceridad”. Los científicos especulan que quizás esta respuesta física que denotaba cierta consciencia social podía hacer que una pareja sonrojada apareciera más atractiva para nuestros ancestros, convirtiéndose en un rasgo positivo – y deseado- en la selección sexual.

Más adelante, ruborizarse se asoció a emociones de autoconciencia como la culpa o la vergüenza. De hecho, algunos investigadores opinan que, como las mujeres tienden a ruborizarse más que los hombres, puede que en ellas evolucionara como una forma de demostrar a las posibles parejas su honestidad y fidelidad y conseguir así que estas las ayudaran con la descendencia.

2 Besos El de Doisneau quizás sea uno de los más populares y reproducidos. Este fotógrafo captó el instante preciso en que una pareja se besa apasionadamente en París y esa imagen se ha convertido casi en un icono del amor. Y es que el beso – apasionado, se entiende- es el protagonista de innumerables cuadros, imágenes, libros, canciones y, en definifitiva, de muchos momentos de nuestras vidas. Aunque, curiosamente, no en todas las culturas los amantes se besan, o no lo hacen tanto como en el Mediterráneo. Eso apunta a que quizás la urgencia de unir nuestros labios a los de otro no esté inscrita en nuestros genes.

Quizás tenga que ver con alguna reminiscencia de la infancia, puesto que nuestra primera experienciade seguridad, de placer, de amor, procede de la boca cuando mamamos del pecho de nuestra madre. Es más, nuestros ancestros alimentaban a su prole pasándole la comida masticada de boca a boca, como hacen los chimpancés e incluso algunas madres en algunas culturas, una práctica que refuerza la unión de compartir saliva y placer.

Otras explicaciones relacionan su origen con el sexo. Los primeros homínidos se sentían atraídos por las frutas rojas maduras y esa atracción se trasladó a la sexualidad, lo que propició el desarrollo de una coloración pronunciada en

genitales y labios. Y como los labios rojos son más obvios en las etnias escandinavas, algunos investigadores creen que quizá fuera allí donde se originaran los besos y más tarde se expandieran al resto de las culturas. Pero es pura especulación; puede que el beso no se originara ni en un lugar ni en un tiempo, sino que surgiera en varios momentos a lo largo de la historia de la evolución.

Lo que sí está claro es que tiene un papel fundamental en la química del amor. Los labios son una de las zonas erógenas más sensibles de nuestro cuerpo, unidos a miles de neuronas sensoriales que captan las experiencias y las comunican a los centros de placer del cerebro. Besar apasionadamente está demostrado que reduce los niveles de estrés y que desata una riada de oxitocina, la hormona de la socialización y del amor. También está vinculado a la elección de pareja. Cuando besamos a alguien, en esa distancia corta, nuestro cerebro lee y registra la información que emana del olor corporal del otro, una secuencia de más de 100 genes, que forman el complejo mayor de histocompatibilidad, o MHC, una especie de carta de presentación que informa sobre nuestro sistema inmunológico. Las mujeres tienen una mayor capacidad para discriminar elMHCy es un factor que tienen en cuenta, sin percatarse, cuando deciden salir con un hombre. En términos evolutivos, tiene mucho sentido: el éxito reproductivo está más asegurado si eligen parejas con un sistema inmune distinto del suyo porque engendran hijos más resistentes a las enfermedades. Además, besando, se intercambia saliva. Y la de los chicos contiene testosterona, que funcionaría como un gran afrodisiaco para ellas predisponiéndolas para un encuentro sexual.

3 Risa El sentido del humor es uno de los rasgos que solemos destacar cuando nos preguntan qué nos gustaría que tuviera nuestra pareja ideal. Si bien la risa no es exclusiva del ser humano – los primates se ríen-, el humor sí lo es. Empezó en nuestros ancestros seguramente como una respuesta fisiológica a las cosquillas, algo que los primates actuales aún conservan. Aquellas primeras carcajadas fueron evolucionando y, a medida que nuestro cerebro aumentó de tamaño, empezaron a adquirir otras funciones sociales: la risa pasó a ser una especie de pegamento social que unía a los miembros de un grupo; aumentaba los niveles de endorfinas, relajaba la tensión nerviosa, el estrés, la agresividad y fortalecía las relaciones. De hecho, puede que surgiera como una estrategia de supervivencia, pero también para marcar límites: la risa de agresividad servía para manipular o controlar determinadas situaciones.

En la Universidad de Maryland, en Baltimore (EE. UU.), un equipo de psicólogos ha estudiado la risa durante 10 años. De esta investigación se desprende que nos reímos mucho más por comentarios banales que por chistes supergraciosos; los hombres suelen ser más divertidos que las mujeres; ellas suelen desear que su pareja les haga reír, mientras que ellos suelen intentar conquistarlas con el humor, lo que sugiere que puede que la risa también evolucionara como un mecanismo de selección sexual. En este sentido, los hombres con mayor sentido del humor resultan más atractivos y deseables para las chicas, que los consideran más inteligentes. Eso sí, no todos los chistes valen. Investigaciones llevadas a cabo a partir de neuroimágenes tomadas de mujeres muestran que ellas prefieren los comentarios que denotan agudeza e ingenio y que rechazan los tontos sin pestañear. A su vez, los hombres valoran mucho en las mujeres su capacidad para apreciar el humor porque es un indicador de receptividad sexual.

4 Adolescencia Mario tiene 12 años y su madre ya empieza a echarse las manos a la cabeza. “¡Está entrando en la edad del pavo!”, se lamenta, mientras el chaval escucha música a toda pastilla en su mp3 y juega a la consola sin hacer caso a su progenitora. A partir de los 12 o 13 años, los humanos entramos en una fase compleja de cambios. El cuerpo se deforma, se estira, se cambia para moldear un ser adulto; nos salen pelos en los genitales y axilas; a los chicos, barba, a las chicas les crece el pecho; a ellos les cambia la voz, a ellas se les ensanchan las caderas y les viene la regla. A nivel hormonal, la adolescencia es una montaña rusa continua. Y hasta hace poco se creía que la segunda década de vida era una especie de aprendizaje sexual reproductivo y que comportaba tantas complicaciones debido a ese baile de hormonas.

Sin embargo, tal como explica la científica británica Sarah Blakemore, del Instituto de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Londres, “es una época complejísima de cambios drásticos en la estructura del cerebro para adaptarlo y prepararlo para la vida adulta. La neurobiología muestra que se produce una reorganización completa de este órgano en los adolescentes, junto con una vasta poda neuronal”. No cambia de tamaño, pues más o menos es igual a los 12 que a los 20, sino que reestructura sus funciones y neuronas para que podamos hacer muchas más cosas con él en la edad adulta.

Lo curioso es que ninguna otra especie animal tiene adolescentes. Ni los primates, que pasan de la niñez a la fase adulta suavemente, pero sin transiciones como los humanos. Además, no siempre ha habido adolescentes; a partir del estudio de huesos y dentadura de los homínidos fosilizados, los científicos han datado el surgimiento de esta etapa entre 800.000 y 300.000 años, momento en el que se produjo la última gran expansión del cerebro para adquirir el volumen actual.

5 Vello púbico ¿Nunca se han preguntado para qué sirve el pelo de los genitales? Seguramente, pensarán que procede de una época anterior más peluda. No obstante, el vello que cubría el resto del cuerpo de los primeros homínidos se ha ido cayendo; ¿por qué el de estas zonas no? Es más, un primate tiene un pelo fino alrededor de los genitales, mucho más sutil que en el resto del cuerpo, al revés que nosotros, que apenas tenemos el cuerpo cubierto de vello y, en cambio, tenemos un arbusto espeso de pelo púbico.

La explicación parece hallarse nuevamente en la propia evolución y en la selección sexual. En los genitales se concentran las glándulas sudorípicas apócrinas, encargadas de propagar moléculas olorosas volátiles; y las ecrinas, que sirven para refrigerar la zona. Algunos científicos consideran que la función del vello púbico es, por una parte, retener los efluvios corporales que señalan la madurez sexual de la persona, y por otra, dispersarlos. Esos olores junto con otros signos actúan

como una especie de señales que enviamos a los otros para decirles que ya somos adultos sexualmente maduros. Otras hipótesis aducen razones más prácticas: una buena mata de pelo protege los genitales durante las relaciones sexuales, reduce el peligro de rozaduras cuando andamos y ayuda a mantener nuestras pudorosas partes a una temperatura y humedad agradables.

Pero si nuestros parientes más cercanos carecen de este matorral, ¿cuándo apareció en los humanos? Pues hace 3,3 millones de años, que es cuando los piojos humanos se diferenciaron de una especie cercana que vivía en el grueso pelo corporal de los gorilas y saltaron del cuerpo al pubis. Si no hubiera habido pelo suficiente, no lo hubieran hecho.

6 Arte Componemos canciones. Escribimos poemas. Dibujamos. Tomamos fotos. Pintamos. Nos inventamos una película. Bailamos. Somos los únicos animales que sienten la necesidad imperiosa de crear piezas de arte. No se trata de supervivencia en términos de arriesgar la vida, pero sí de supervivencia emocional. Necesitamos crear y consumir arte. ¿Y eso por qué? Para Darwin, las manifestaciones artísticas podrían tener un origen sexual y funcionar de igual modo que la cola de un pavo real, puesto que la creatividad se considera un rasgo muy positivo.

No obstante, el arte, coinciden en señalar los expertos, no se puede explicar sólo como un mecanismo para la reproducción. Algunas hipótesis apuntan que es una demostración de una capacidad para adaptarse socialmente. Mediante el arte, el ser humano puede convertir algo, ya sea una historia o un objeto, en especial y los expertos creen que quizás eso ayudó a que el grupo se mantuviera unido. Puede que en esos primeros dibujos se halle el origen de rituales mágicos, que con el tiempo, comenzaron a ser más estéticos. Además, biológicamente nuestro cerebro está diseñado para encontrar ciertas imágenes más bellas, sobre todo aquellas que guardan determinadas proporciones y que muestran mayor simetría. De manera que podemos crear pero también podemos apreciar las creaciones de otros.

7 Altruismo Hagan la prueba siguiente: cojan a dos niños pequeños y repártanles unas chucherías. A uno denle bastante más que al otro. Muy posiblemente, el que ha recibido más se sentirá mal y decidirá compartir las suyas con su compañero. Oal menos eso es lo que ha sucedido en numeros experimentos científicos que se han realizado para determinar el origen de nuestra buena conducta. Esas investigaciones han demostrado que buena parte de las cosas que hacemos son altruistas. “Nacemos dotados con una especie de órgano innato”, afirma Arcadi Navarro, profesor de investigación Icrea y vicerrector del Instituto de Biología Evolutiva (UPF-CSIC). Quizás ese órgano es el que nos permite enfrentarnos y resolver dilemas morales.

En cambio, para el etólogo británico Richard Dawkins, a quien debemos el concepto de gen egoísta,los seres humanos debemos aprender a ser generosos y altruistas porque… somos egoístas de serie. Según este investigador, incluso detrás de los gestos más desinteresados, existe un propósito: somos amables y cooperadores con nuestra familia porque obtenemos cierta contraprestación: compartimos genes con ellos, de manera que al ayudarlos estamos favoreciendo a nuestra inmortalidad genética.

Es muy probable que el altruismo naciera como un mecanismo para favorecer la cohesión del grupo y crear lazos sociales. El neurólogo Antonio Damasio afirma que si somos humanos es, en buena medida, porque nuestros ancestros aprendieron a compartir su comida y sus habilidades. Algunos animales dan muestras de altruismo; ciertos primates evitan comer si eso implica que un compañero recibe una descarga eléctrica, por ejemplo. “Los animales cooperan para cazar y capturar una presa”, explica Arcadi Navarro, “y tienen muestras de altruismo, de reparto de comida”. Pero hay una cosa que sólo aparece en el ser humano, que es la capacidad de correspondencia. “Yo te doy algo a ti hoy y dentro de un tiempo tú me lo darás a mí”.

Y tal vez el altruismo fuera un buen método para asegurarse la supervivencia en el pasado, cuando las sociedades estaban formadas por pequeños grupos. Pero hoy en día, alertan algunos expertos, podría ser un error puesto que la mayoría de las interacciones sociales son con personas que no conocemos y a las que, probablemente, no volveremos a ver. ¿Vale la pena ser altruistas con desconocidos? Al parecer, nuestros genes nos dicen que sí. De hecho, cada vez que nos portamos bien con otras personas, se libera en nuestro cerebro una hormona, la vasopresina, que nos hace sentir bien y que está implicada en el establecimiento de lazos sociales.

Para otros expertos, en cambio, el altruismo no tiene que ver tanto con la evolución biológica como con la cultura. Hemos aprendido a ser altruistas, puesto que era vital para nuestra supervivencia. Beneficiaba al individuo y era positivo para el grupo, porque las sociedades más cohesionadas tenían más probabilidades de sobrevivir. Por eso aparecieron mecanismos de fomento del altruismo y castigo, como la justicia.

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4 Respuestas a “Los humanos son raros

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  4. Muy bueno el reportaje, y comparto lo vertido en el párrafo final.
    Felicitaciones!!!

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