El ukelele de Quimi Portet

El que fue el “guapo de El Último de la Fila” acaba de sacar un nuevo disco, el séptimo en solitario; en dúos y conjuntos ya ha perdido la cuenta, pero cree que lleva más de veinte. Quimi Portet es, ante todo, un bromista que disfruta jugando y aporreando instrumentos casi de mentira que le sirven para imprimir ese toque de humor a sus canciones.

(Perfil publicado en el suplemento ES de La Vanguardia, el 21 de noviembre de 2009)

“Tachún tadatá, aguachipei iaaa, guachi yuuuu”. Así podría comenzar cualquiera de las canciones en vikingo que salen del ukelele de Quimi Portet, el que fue el “guapo de El Último de la Fila”, como le gusta presentarse, guasón. Para este músico, que ya lleva siete discos en solitario y más de veinte en bandas, dúos, cuartetos y quintetos, todo empieza en una habitación repleta de juguetes y otros instrumentos musicales que tiene en su casa, en un pueblecito más allá de Vic. Pianos pequeños de pilas, guitarras de mentirijilla, instrumentos de percusión raros de países indeterminados, chorradas varias y el ukelele, un regalo especial.“Mis amigos se ríen de cómo a veces puedo componer con una cosa tan minúscula”, bromea, al tiempo que asegura –ahora algo más serio– que también echa mano de la guitarra y de los teclados más tradicionales. “De hecho, compongo canciones con todo tipo de instrumentos. Todo lo que hay en el estudio me sirve. Son juguetes que utilizo de una manera muy infantil, porque para mí la música es algo lúdico,  irresponsable, inconsciente y divertido, sensual. Y eso es lo que me hace ser músico ”.

Y desde esa cacharrería, Quimi Portet nos hace viajar a Montserrat, acabar con los martes y los viernes, jugar a hockey sobre piedras. Primero va la música, siempre o casi. Las letras llegan después. Y primero son en vikingo, un idioma inventando por Portet que dice así: guachi guá, guachi guá guá guááá´. “Un año antes de que salga el disco, lo tengo prácticamente acabado y cantado en vikingo, con coros y todo.Melo paso en grande”, afirma, aunque no hace falta. Eso se ve. Porque Portet, sobre todo, se lo pasa bien. “El humor forma parte de mi vida, no sé si por educación, por cultura o simplemente por insensatez. Y me gusta usarlo para mirar la organización social, el mundo, sus contrasentidos, las contradicciones de la especie humana –explica–. Es, además, una forma muy fácil de comunicarse con el otro”.

 

Y ese humor y esa mirada crítica es lo que imprime a sus canciones. “Intento que la parte lúdica dure lo máximo posible y, cuando no me queda más remedio, entonces les pongo letra”. Letra de verdad, con nombres, adjetivos y verbos que cuentan una historia. “Una fase literaria en la que cojo mis melodías cantadas en vikingo y me pongo a escribir con papel y lápiz”, cuenta este músico bromista, que no surrealista. “Te mentiría si te dijera que no le encuentro placer, aunque es diferente, un poco intelectual, y recoge esa parte abstracta y queridamente vacía que es la composición”.

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