Redes sociales para ser felices

Con la irrupción de internet, hemos trasladados las comunidades a las que pertenecemos al ciberespacio. Seguimos haciendo las mismas cosas que antes y usamos la tecnología, en definitiva, para no sentirnos solos.

(Reportaje publicado en el  núm 1 de la revista Redes para la ciencia)

Redes sociales para ser felices

Redes sociales para ser felices

Hace días que te levantas cabizbajo. No sabes qué tienes. Estás triste, con ganas de llorar y tiendes a verlo todo negativo. Aunque no te apetece salir de casa, ayer te llamaron unos amigos para ir a tomar una cerveza e insistieron tanto que al final accediste. Al llegar todos te reciben con alegría, con una sonrisa de oreja a oreja, charlan, ríen, te preguntan, y poco a poco notas que te relajas e incluso que te asoma una pizca de buen humor. Y es que la felicidad es contagiosa. Rodearte de amigos felices aumenta tus probabilidades de serlo: por cada uno feliz, tienes un 2% de posibilidades más de sentirte bien. De hecho, que tus amistades estén contentas influye más sobre ti que te suban el sueldo 4.500 euros al año, que sólo aumenta tu nivel de felicidad en un 2%. ¿Increíble, no?

Pero no sólo las emociones se extienden entre los miembros de una red social como si fuera el virus de la gripe. Lo mismo ocurre con nuestro comportamiento. Si fumamos y el resto de nuestro entorno no aprueba ese hábito, tenemos muchos números para dejar d hacerlo. Y es que no somos islas independientes, sino que necesitamos formar parte de comunidades, sentirnos integrados e integrantes de un grupo. Desde la aparición de Internet, esas redes sociales a las que pertenecemos –la familia, los compañeros de trabajo, la comunidad de vecinos de tu bloque-  las hemos trasladado también al ciberespacio y, al parecer, ejercen los mismos efectos sobre nuestras emociones, pensamiento y comportamiento que las tradicionales.

Las emociones se contagian

Poco podían imaginar los habitantes de Framingham, un pueblecito de Massachusetts, que el estudio científico de sus quehaceres cotidianos iba a revolucionar las ciencias sociales. En 1948 un grupo de científicos de diversas universidades y centros de investigación pusieron en marcha un experimento para estudiar los riesgos asociados a enfermedades cardiovasculares, como el tabaco o la hipertensión. Un equipo de investigadores reclutó a 5.209 participantes, hombres y mujeres de edades comprendidas entre los 30 y los 62 años. Tras una primera ronda de exámenes físicos exhaustivos y de entrevistas sobre su estilo de vida, empezaron a buscar patrones comunes relacionados con patologías cardiovasculares. Más adelante, incluyeron también a sus hijos y nietos.

Los investigadores anotaron minuciosamente quién conocía a quién y de qué manera se relacionaba cada participante con sus vecinos, hasta trazar un mapa detallado de las relaciones humanas en aquel pueblo. El experimento, por un lado, arrojó una serie de resultados interesantes en cuestiones de salud. Y, por otro lado, se puso de manifiesto, por primera vez y desde una perspectiva científica, la influencia física y emocional que ejercen sobre nuestro comportamiento las redes sociales a las que pertenecemos: si tienes un amigo obeso, aumentan tus probabilidades de serlo.

Seis décadas más tarde, Nicholas Christakis, científico social de la Universidad de Harvard, y James Fowler, científico político de la Universidad de San Diego, utilizaron esos mismos datos para corroborar una teoría: ¿y si las emociones pudieran contagiarse entre los individuos de un grupo? ¿Y si nuestro bienestar emocional dependiera de nuestro círculo de amistades y familia? En 2003, empezaron a rebuscar entre las miles de hojas –la mayoría manuscritas- del proyecto; analizaron datos durante cinco años y al final descubrieron que lo que piensan nuestros amigos o familiares tiene mucho más peso sobre nuestra conducta de lo que hasta entonces se creía. Además, de ellos depende en buena medida nuestra felicidad. “El individuo es un mito romántico. De hecho, ningún hombre es una isla”, consideran estos científicos, que han publicado las conclusiones de su estudio en el libro Connected: The Surprising Power of Our Social Networks and How They Shape Our Lives.

Y eso mismo ocurre también ahora en el mundo virtual. Desde que Internet irrumpiera en el hogar, vivimos vidas digitales en entornos digitales. Hemos trasladado nuestro día a día a la Red y tratamos de mejorarlo: mantenemos más contacto con nuestros amigos, compartimos enlaces de música, enseñamos las fotos de la escapada del fin de semana, nos dejamos mensajes en el muro. En definitiva, nos comunicamos de forma más intensiva a como lo hacemos a través de las redes tradicionales. Y lo que Christakis y Fowler descubrieron es que, tal y como intuían, las redes virtuales se rigen por las mismas reglas que las analógicas.

Tribus online

Y es que necesitamos formar parte de un grupo para aprender, desarrollarnos y, en definitiva, ser felices. Seguramente, las primeras comunidades surgieron como una estrategia evolutiva. “Para sobrevivir, el ser humano tuvo que aprender a cooperar, a ayudarse unos a otros, a formar equipo para defenderse de animales más fuertes que él”, explica Scott Atran, antropólogo y director del Centro Nacional de investigación científica en París (CNRS).  Hasta no hace tanto, esas comunidades se tejían a diario con la interacción entre las personas y estaban limitadas a un espacio y a un tiempo concreto. No obstante, con el avance y el desarrollo industrial las relaciones comenzaron a estar mediadas por la tecnología; primero a través del telégrafo, luego del teléfono y ahora del mail, el chat, Twitter o Facebook.

Las comunidades actuales se crean segundo a segundo, bit a bit, desde lugares remotos del planeta, entre amigos, conocidos e incluso gente que no se ha visto jamás pero que comparte aficiones. Para Sherry Turkle, profesora de Psicología de la ciencia en el Massachusetts Institute of Technology, y autora del libro La vida en la pantalla. La construcción de la identidad en la era de internet (Paidós, 1997), “el sistema de redes […] enlaza a millones de personas en nuevos espacios que están cambiando la forma con la que pensamos, la naturaleza de nuestra sexualidad, la forma de nuestras comunidades, nuestras verdaderas identidades. Estamos aprendiendo a vivir en mundos virtuales”. “Con la tecnología, -añade Edgar Gómez, investigador del Oxford Internet Institute– lo que sucede es que aprendemos de nuevo a ser humanos pero de forma distinta”.

Cuando la web social comenzó a popularizarse, algunos utópicos, como Howard Rheingold, crítico y ensayista estadounidense conocido por haber acuñado el término ‘comunidad virtual’, vaticinaron que el mundo estaría lleno de gente feliz, puesto que podríamos relacionarnos con todo el mundo y construirnos una identidad transcendiendo las limitaciones que impone lo físico y el contexto de cada uno. Así, decía, se eradicaría la soledad de la faz del planeta. Años después, otra corriente de expertos demostró la ingenuidad de esta idea; alegaban que la tecnología minaba nuestra forma tradicional de construir identidad, de establecer las bases de la sociabilidad, y que provocaría un mundo de gente sola y desdichada.

Ahora sabemos que ni una cosa ni la otra. “La tecnología nos ofrece nuevas opciones que van calando y posibilitando otras formas de sociabilidad. Crea nuevos espacios de interacción, pero no decanta relaciones –subraya el sociólogo Fernando Garrido, miembro del Observatorio de la Cibersociedad y director de marketing de la EOI-. La gracia de las redes sociales es que se han anclado en modelos de relación ya existentes y los han llevado más allá. Permiten construir nuevas comunidades en función de afinidades distintas, pero el vínculo básico continúa siendo físico. El éxito de Facebook es que te relacionas con personas que ya conoces. Y a pesar de que compartes información aparentemente sin utilidad, como que te duele un pie o que tienes al niño malo, construyes sociabilidad”.

No es que hagamos nada nuevo. De hecho, hacemos lo mismo que seguramente hacían los habitantes del experimento de Framingham, pero de forma más intensiva: estamos más en contacto con nuestros conocidos, puesto que la tecnología nos permite saltarnos las restricciones del aquí y del ahora; y así nos sentimos más unidos al grupo. Y eso, claro, influye en nuestra felicidad. “¿Qué hemos cambiado con el uso de la tecnología?”, se pregunta el investigador del Oxford Internet Institute, Edgar Gómez. “Seguimos enamorándonos, seguimos teniendo los mismos miedos, sabemos lo mismo de nosotros mismos… No hemos cambiado nada. Usamos las tecnologías para las mismas cosas que antes utilizábamos las cartas, el teléfono: para enojarnos, para comunicarnos, para charlar… Para, en definitiva, no sentirnos solos”.

Jóvenes conectados

A menudo pensamos que los chavales están enganchados a las nuevas tecnologías. Que se pasan el día jugando a la consola, enviando mensajitos por el móvil y conectados a páginas como Tuenti, y que eso los aísla porque hace que dejen de pasar el rato con sus amigos de carne y huesos. Sin embargo, eso es sólo un tópico, según un estudio realizado por la Universidad del País Vasco, en 2006, titulado “Cómo usan internet los jóvenes: hábitos, riesgos y control parental”. Este informe señalaba que la actividad social de los chavales no acababa en el colegio, sino que continuaba en la red y se hacía mucho más intensa con las herramientas digitales, que les sirven para relacionarse más y estar más en contacto con sus amigos. “Los adolescentes que tienen mucha vida social digital son los que presentan mejores destrezas sociales en su entorno analógico”, indica Aníbal de la Torre, profesor de secundaria del Instituto Palma del Río (Córdoba), muy avanzado en la implantación de las TIC en las aulas.

Yo quiero tener un millón de amigos

Con las redes sociales virtuales es posible tener cientos e incluso miles de amigos, aunque, paradójicamente, los seres humanos tenemos una capacidad limitada de establecer relaciones intensas con más de entre cuatro y siete personas. “Una de las grandezas de las redes sociales es que sean globales, aunque es imposible mantener una relación muy constante en el tiempo. No obstante, aún así te sientes conforme, satisfecho, con sólo saber que la otra persona está a un clic de distancia. Es soft communication o comunicación débil”, señala Jose Manuel Jarque, profesor de periodismo y coautor del libro El mito digital (Ed- Anthropos, 2008). “Falta cierto compromiso detrás. Quedar con un amigo implica dedicar un tiempo para ir a tomar un café. En Facebook, un amigo sólo te requiere un clic”.


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6 Respuestas a “Redes sociales para ser felices

  1. Cris,

    Creo que las redes sociales están revolucionando nuestra manera de relacionarnos en todos los ámbitos. Soy optimista y me siento fascinada por esta era digital, yo he estrechado lazos de amistad gracias a que las nuevas tecnologías de alguna manera acortan las distancias, aunque no físicas, sí mentales. Y esa es una conexión muy importante. Creo que si sabemos sacarles partido, nos pueden ayudar mucho.

    Enhorabuena por la nueva publicación. Y como siempre, un excelente artículo, un muy buen trabajo!

    Un abrazo!

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  3. Muy buen articulo, la era que debemos controlar no es menos complicada que la de nuestros padres pero tampoco es mas que la de nuestros hijos. Sobre todas estas cosas lo que necesitamos es el equilibrio para saber conducirnos en el mundo virtual y en el real sin cofundir lo bueno de lo uno con lo otro.

  4. Muy interesante. Sin duda, el ser humano siempre ha buscado no estar solo, aunque sea a nivel psicológico, incluso más que a nivel físico.
    En ese sentido me gustaría dar mi visión personal, y es que detrás de esta nueva forma de relacionarse mediante redes sociales digitales se encuentra instalado una especie de conformismo, de sensación de comodidad, que está haciendo que muchas veces se sustituyan las formas tradicionales de relacionarse (por ejemplo, lo de salir a tomarse un café) porque gran parte de la satisfacción que recibíamos de esas citas ya se ve satisfecha por la relación vía red social. Es decir, yo creo que el límite está entre utilizar estas redes como complemento de nuestra vida social o hacerlo como sustituto de nuestras relaciones, digamos… “tradicionales”.

    Por supuesto que es una visión personal, pero creo que en gran parte, en líneas generales, las redes sociales no se están sabiendo utilizar y, de seguir así, llegará un momento en que cualquier excusa sea buena para quedarse en casa, conectarse y dejar de lado para siempre las relaciones en persona. Y, tal vez, no nos damos cuenta de que hay pequeñas cosas que solo el “contacto real” con nuestros amigos y familiares es capaz de otorgarnos, porque en la red hay algo característico a la hora de actuar, y es la máscara constante con que muchas veces representamos nuestra vida, creando muchas veces un entorno que, por muy bien que pueda hacernos sentir, muchas veces no tiene nada de real y a la larga acaba perjudicando a todo individuo.

    Es mi humilde opinión.

    Felicidades por el reportaje.

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