“La música nos hace humanos”

La mayoría de nosotros cantamos en la ducha. No podemos evitar seguir el ritmo con los pies al escuchar un tema. Tarareamos melodías cuando estamos contentos. Recordamos con qué canción nos dimos el primer beso. Nos desfogamos saltando y bailando a ritmos de melodías marchosas y energéticas. Y nos sumimos aún más en nuestra miseria poniendo una y otra vez música triste. Aunque la ciencia desconoce el por qué, la música nos resulta sumamente importante. Está enraizada en nuestra consciencia invidivual, desencadena nuestras emociones y es, en buena medida, lo que nos hace humanos. Sin ella, muy probablemente, no hubiéramos consiguido llegar hasta aquí, nos hubiéramos extinguido hace mucho, mucho tiempo.

El divulgador científico Philip Ball, editor de la prestigiosa revista Nature durante más de 10 años, y autor de numerosos libros de ciencia, como La invención del color (Turner, 2004), H2O, una briografía del agua (Turner, 2008) o Masa crítica (Turner, 2008), acaba de publicar The Music Instinct: How Music Works and Why We Can’t Do without it (El instinto musical. Cómo funciona la música y por qué no lo hubiéramos conseguido sin ella), donde trata de explorar los misterios de las notas, y cómo éstas son capaces de domeñar nuestros sentimientos y emociones. Ball visitó Barcelona para participar en unas jornadas sobre masa crítica, redes complejas y cultura móvil, organizadas por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

Entrevista publicada en el número 3 de la revista REDES para la ciencia

Léela en pdf aquí: Philip Ball

¿Recuerdas aquella canción que salía al final de 2001: Una Odisea en el espacio?

Pues ahora mismo, no…

Viene a ser algo parecido a esto [tararea una melodía].

Es de un compositor moderno que tiene piezas que a veces parecen todo un desafío. Y una de ésas es la que cierra la secuencia final de esta película de Stanley Kubrick. Lo descubrí hace poco y su música es para mí toda una revelación, porque hace cosas nuevas, muy interesantes con los sonidos. Crea nuevas estructuras que a veces te desconciertan, pero si le das una oportunidad, por difícil que parezca al principio, vale la pena.

Hay gente con talento musical.

Lo más extraordinario de esto no es que este compositor tenga o no talento musical, sino que todos podamos escuchar música. A veces lo damos por sentado, pero si nos detenemos por un momento a pensar, veremos que es algo tremendamente complicado. La música son señales acústicas que nuestros oído y cerebro decodifican y convierten en algo con sentido. Para ello, involucran a las emociones, que son las encargadas de convertir un sonido en algo inteligible. Y que todos seamos capaces de hacerlo quiere decir que somos seres intrínsecamente musicales. Y, de hecho, en el fondo, detrás de esa destreza humana, se halla nuestro empecinamiento por buscar continuamente patrones.

¿Patrones?

Es así como tratamos de entender nuestro entorno, todo lo que nos rodea. Buscamos también patrones a través de la vista, regularidades, formas. Y de eso se aprovecha la música: nos presenta patrones, especie de puzzles, que el compositor o el músico manipula y es justamente esa manipulación lo que nos interesa, lo que nos atrae y lo que hace que nuestras emociones entren en juego. En los sonidos propios del ambiente eso no pasa. No hay patrones, aunque a veces tratemos de encontrarlos. Por ejemplo, si oímos un sonido fijo de agua que cae, después le sigue una serie de pausas idénticas, la mayoría de personas creerán escuchar algún tipo de ritmo.  Y agruparán los sonidos y formarán probablemente una especie de melodía. Tenemos una tendencia innata a buscar patrones y también a imponerlos a nuestro alredor.

¿Y por qué ese afán por estructurar los sonidos?

Es una estrategia evolutiva. Comportarnos así nos ayuda a entender nuestro entorno, a hacer suposiciones acertadas. Déjame ponerte un ejemplo, aunque no sea un caso prehistórico: si un avión se mete detrás de una nube, evidentemente esperamos que aparezca por el otro lado al cabo de unos instantes. Y si no lo hace, es que algo pasa. ¿Cierto?

Cierto.

Tenemos interiorizadas miles de reglas de este tipo. De esta forma interpretamos lo que vemos. Eso mismo ocurre con la música y los sonidos, anticipamos ciertos patrones. Así adivinamos lo que probablemente está casusando el sonido. En el origen, seguramente tenía un valor de supervivencia, porque si tenías una mejor comprensión de lo que veías u oías, entonces tenías más probabilidades de reconocer animales peligrosos y de huir y salvar el pellejo. Eso también puede explicar por qué la música tiene un efecto emocional.

¿Qué relación hay entre patrones y emociones?

Las emociones son de suma importancia en la cognición. Nos permiten entender y hallarle un sentido a las cosas. Y, sobre todo, cuando oímos algo que puede ser peligroso. En ese caso, nuestro cerebro emocional se activa y comienza a enviar señales químicas de alarma para hacer que salgamos corriendo.

Claro, porque ante un animal hambriento, no hubiéramos tenido demasiado tiempo de pensar qué hacer…

¡Hubiéramos acabado en su estómago! En casos de peligro, hay que actuar y eso es lo que nos permiten hacer las emociones. Quizás, por esa misma razón, la música parece tomar un atajo para colarse directamente en la parte emocional del cerebro. Leon Tolstoi decía que es la taquigrafía de las emociones y el hecho de que puedas escuchar una canción una y otra y otra y otra vez y tener la misma respuesta emocional indica que, de alguna manera, el cerebro identifica de dónde procede…

Como ocurre con los sonidos del ambiente.

… de manera que la información se salta ese paso, toma un atajo y se va directa a las emociones. Y lo hace, al parecer, imitando el comportamiento humano ante una emoción particular. Por ejemplo, la música que, en general, se considera triste, tiende a ser suave y lenta, de la misma forma que una persona triste tiende a hablar bajito y a moverse lento. En cambio, la música alegre es más desenfadada y escandalosa. Y eso es algo universal. Cada cultura en el mundo presenta esas características en la forma de hablar cuando están felices o tristes y tiende a interpretar la música de igual forma.

Pero creo que hay factor más profundo que hace que la música involucre nuestras emociones y que tiene que ver con la forma en que ésta progresa, con los crescendos, o momentos álgidos; con los momentos tranquilos o ritardandos. Y eso parece estar conectado a la idea de que la música es una serie de patrones acústicos que los compositores manipulan para ofrecernos cosas que no esperamos. Cuando eso pasa, nos genera un sentimiento de tensión. En cambio, cuando después sigue el acorde final que esperábamos experimentamos una especie de alivio y de satisfacción. Nuestras emociones se manipulan así, con pequeñas violaciones de lo que esperamos.

¿Qué ocurre cuando esas violaciones son continuas, como cuando escuchamos músicas de culturas muy distintas, como la china o la árabe, con notas e escalas completamente distintas?

Se han llevado a cabo experimentos para ver si somos capaces de encontrar sentido en músicas pertenecientes a culturas que no nos son familiares. Según los resultados obtenidos, siempre buscamos un patrón para intentar entener lo que oímos o vemos, por lo que podemos, de forma muy rápida, percatarnos de cuándo se repite cierta nota, incluso si es diferentes a la que solemos oír. Oímos una nota, entonces otra, y empezamos a organizar todo eso muy rápido. Y con perseverancia podemos finalmente hallar patrones en músicas que no nos son familiares y que nos las hacen más inteligibles. La música china tradicional, por ejemplo, es muy distinta de la que estamos acostumbrados a escuchar y eso, a menudo, puede parecer una barrera a primera vista. No obstante, con perseverancia empezaríamos a encontrar regularidades que nos permetirían apreciarla, aunque quizás no al mismo nivel que un nativo de esa cultura.

En Occidente nos gusta más la música pop…

La mayoría de nuestras preferencias son culturales y están, en buena medida, condicionadas por las cosas con las que hemos crecido.

A mi hermano le pirra el heavy duro; yo me decanto más por cantautores, mientras que a mi madre le gusta la copla y mi padre es bastante heterogéneo.

¡Claro! Es que tiene que ver con aquello a lo que estamos acostumbrados, pero también con una especie de compromiso que cada persona adquiere con la música. Cada uno encontramos una especie de equilibrio óptimo entre la simplicidad y la complejidad de las melodías. Si son demasiado simples, nos aburrimos, por eso los niños de 5 o 6 años ya no quieren seguir oyendo canciones de cuna. Pero si la música es demasiado compleja tampoco nos gusta, porque nos resulta difícil encontrar patrones y, por tanto, implicarnos emocionalmente. La preferencia musical de cada persona parece surgir como resultado de ese compromiso. Queremos la complejidad suficiente, eso es lo que encontramos satisfactorio, ni mucha ni poca.

¿Qué ocurre con el cerebro de los músicos? ¿Más comprometido con la complejidad?

El cerebro de los músicos se modifica tras la práctica. Tienen una especie de mapa mental impreso en sus neuronas del espacio musical y algunas zonas se encienden para responder a diferentes acordes. El cerebro de los músicos establece fuertes conexiones entre ambos hemisferios, lo que creo que es una bella metáfora de los efectos de la música. Solemos pensar que el hemisferio derecho se encarga de los procesos lógicos y el izquierdo, de las emociones. Y ambos están unidos por una estructura denominada cuerpo calloso. Pues bien, esta estructura, esta especie de unión entre las dos partes, es mucho más densa en los músicos, lo que, de alguna manera, mejora el comportamiento humano, une la parte lógica con la emotiva y hace que estén más integradas. ¿No es bello? Y cuanta más práctica, más cambios operan en el cerebro gracias a una propiedad fundamental, la plasticidad. Y eso es genial, porque quiere decir que esos cambios son el resultado de aprender. Que no nacemos con el cerebro configurado de cierta manera, que la música no es innata y que todos, por tanto, podemos aprender.

Sin embargo, hay personas con más talento musical que otras.

Sí, aunque desconocemos por qué. Igualmente, creo que en Occidente hemos puesto demasiado énfasis en esto. Consideramos que la música es algo que hace una pequeña proporción de individuos de la sociedad que tienen cierto talento, y que el resto debemos contentarnos con ser meros recipientes. Sin embargo, no es así. La mayoría de nosotros tenemos capacidad no sólo de disfrutar de ella, sino también de tocar un instrumento si así lo deseamos, o de cantar. En algunas culturas esto se da por sentado; y afirmar que ‘no soy musical’ es como decir que no se es persona.

Algunos científicos hablan de un gen musical, que dota a determinados individuos de cualidades.

Quizás haya algunos atributos musicales particulares que tengan bases genéticas, pero no se han identificado todavía.

La capacidad para apreciar la música es universal. ¿Y los roles que le conferimos?

Cada cultura puede tener un uso de la música distinto y darle diferente importancia. En Occidente, por ejemplo, tenemos una visión bastante individualista. Llevo mi reproductor mp3 en el bolsillo, camino por la calle con los cascos puestos. Y es así como, a menudo, escuchamos música. Es casi una actividad hedonística, para placer propio. En cambio, en otras culturas la música es algo que se vive en comunidad y que se hace de forma conjunta. Y no tan sólo para pasar un buen rato, sino que también tiene una función de ritual, de ritualización de las emociones en el contexto de cada día. Por ejemplo, a través de la música puedes canalizar tu rabia.

Y mejor hacerlo así que dándole un mamporro al de al lado…

¡Exacto! En ese sentido, la música cumple un papel en la sociedad muy importante. Algunos expertos creen incluso que se originó como una especie de pegamento social, capaz de proporcionar cohesión social e identidad de un grupo, y de unir a las personas.

The Music Instinct: How Music Works and Why We Can’t Do without it es el último libro que acabas de publicar. Pero antes, vinieron muchos más, sobre el agua, sobre los colores, sobre las estructuras de la naturaleza, sobre cómo las estructuras sociales reproducen leyes de la física…

Me interesa mostrar cómo la ciencia forma parte de nuestra cultura en el sentido más amplio. A menudo ocurre que vemos la ciencia como algo que nos va a hacer mejorar, como si fuera una píldora que hay que tragarse aunque no te guste demasiado. Y a veces las personas tratan de endulzar esa píldora y hacer de la ciencia algo divertido, alegre. Puede que hasta cierto punto eso funcione. Lo que pasa es que, en general, aún tenemos la imagen de: ‘¡Cuidado! Aquí llega la ciencia’. Y tienes que respirar profundo porque sabes que seguro que va a ser algo difícil.

¿Y no es así?

La ciencia está por todos lados, nos rodea, y no debemos pensar sólo en la tecnología, por ejemplo. También hay aspectos científicos en la forma en que se hace el arte. He escrito sobre la ciencia que hay en la música, en el arte visual. Y siempre intento escribir de tal manera que no te des cuenta de que, en realidad, hablamos de ciencia. Quiero que te parezca que aquello de lo que hablo forma parte de algo mucho más amplio, de la cultura en general. Para ello, siempre tengo en mento algo que dijo una vez un periodista británico dedicado a la divulgación científica: “Lo primero que debes recordar es que nadie tiene por qué leer tu artículo”.

Y nuestro artículo compite con muchos otros más en un diario.

Exacto. Es crucial tener eso en cuenta cuando nos sentamos a escribir, porque es demasiado fácil sentir que tenemos una misión que cumplir, informar a la gente, y que, por tanto, la divulgación va a ser como una píldora que mejorará la vida de los otros y que deben consumir. ¡No! Nuestro papel como divulgadores es simplicar la ciencia sin que parezca demasiado simple; hallar el equilibrio. No debemos intentar presentarla como algo ‘divertido’. Es un error común. Porque… ¡la ciencia no es divertida! Algunos divulgadores, por miedo a que parezca demasiado ‘palo’, se van al otro extremo y la presentan así, casi como un juego. Debemos encontrar formas de comunicar el interés, la pasión, el entusiasmo de la ciencia, en lugar de pretender que sea algo ‘divertido’.

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5 Respuestas a ““La música nos hace humanos”

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