Sexo en las cavernas

Escena de sexo oral Un día hojeando no sé qué diario vi una columna de un antropólogo que hablaba sobre la imaginación que ya tenían nuestros antepasadísimos en la cama. Muchas de las posturitas y prácticas que creemos haber inventado nosotros resulta que ellos ya las conocían hace miles y miles de años. El columnista hablaba de una expo que se hacía en Atapuerca, en Burgos, sobre este tema e investigando un poco más, vi que era un tema apasionante. En la era de las cavernas, ya conocían todo el proceso fisiológico del embarazo y del parto, tenían juguetes para masturbarse e incluso parece haber indicios de prácticas homosexuales. Y aunque el tema es interesantísimo, durante mucho tiempo ha sido tabú incluso en la ciencia. Aquí os lo dejo 😉

Lo publico en la revista REDES para la ciencia del mes de diciembre

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A lo largo de todo Europa, se han hallado numerosos dibujos, grabados y huesos que muestran los comportamientos sexuales del Paleolítico Superior. Desde besos y abrazos, hasta prácticas de sexo anal, oral, felaciones y homosexualidad.  Escenas que explican por qué el sexo es clave para entender a los seres humanos.

Nos recorre un placentero hormigueo. Se nos dilatan las pupilas. El corazón se nos dispara. Y somos incapaces de dejar de sonreír. Sin darnos cuenta, estamos enamorados.             Nos sentimos atraídos por otra persona y empezamos a experimentar una especie de tsunami hormonal. Todo el cuerpo se nos revoluciona, estamos hipersexuados, como explica Elena Crespi, psicóloga y sexóloga del Instituto de Estudios de la Sexualidad y la Pareja.

En las relaciones humanas, la atracción sexual es muy poderosa, tanto que es capaz de hacernos perder la cabeza y el control. Y, sin embargo, es quizás uno de los mayores enigmas de la vida y un misterio para la ciencia. Para Helen Fisher, investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad de Rutgers (EE.UU.), “la atracción, precursora mamífera del amor romántico, evolucionó para permitir que los individuos busquen a la pareja predilecta o preferida sin gastar energía y tiempo en el cortejo. Lo mismo ocurrió con el gusto por el sexo”.

Venimos de fábrica con un poderoso apetito sexual que nos descubre al otro y nos impulsa a buscar pareja. Y aunque nos parezca que ciertas artes amatorias son muy recientes, lo cierto es que existen desde hace miles de años. En la Prehistoria ya existían los besos y los abrazos, las felaciones, las relaciones homosexuales, y todo tipo de posturas, como muestra la exposición “Sexo en piedra” que estos días puede verse en Atapuerca y que trata de explicar desde la ciencia por qué el sexo –por placer- ha sido un motor constante en la evolución del ser humano. Y nos ayuda a entendernos.

Que la ciencia aborde el tema del sexo no es frecuente. De hecho, el estudio de la sexualidad en la prehistoria ha sido durante mucho tiempo un tabú en todos los ámbitos, incluso en el científico. Tan sólo se consideraba que nuestros ancestros  mantenían relaciones sexuales exclusivamente con fines orientados a la reproducción y se obviaban otros temas, como el gozo y placer, el lesbianismo y la homosexualidad masculina. De hecho, tal y como señala el investigador Marcos García, coordinador de las cuevas prehistóricas de Cantabria y comisario de la exposición de Atapuerca “apenas hay estudios científicos sobre el tema. Es más, en los congresos no se suele tratar el tema del sexo de nuestros antepasados”.

“Es curioso porque no tengo constancia de que ningún científico en el mundo trabaje en el tema del sexo en el Paleolítico –señala Eudald Carbonell, codirector del Proyecto Atapuerca-. Y eso que el sexo es un motor fundamental en el desarrollo y el comportamiento del Homo Sapiens”.

Sexo en piedra

Sin embargo, nuestros antepasados mantenían relaciones sexuales, al parecer muy parecidas a las nuestras. La prueba más antigua y mejor conservada de que esto era así la constituye nuestro propio cuerpo. Hace cinco millones de años empezamos a diferenciarnos de nuestros antepasados primates más cercanos; un millón y medio de años después, ya caminábamos sobre dos piernas. Y 100.000 años atrás, los hombres y mujeres eran físicamente muy parecidos a nosotros. Es más, nuestro cerebro es el mismo desde hace 26.000 años. El hecho de que se parecieran tanto a nosotros puede darnos una pista sobre cómo harían el amor.

Los primeros homo sapiens que llegaron a Europa ya eran anatómica y cerebralmente iguales que nosotros y que, por tanto, cabría pensar que tenían nuestros mismos gustos. En el continente europeo, se han hallado numerosos dibujos en piedra, huesos, grabados y carbones que datan del Paleolítico y que proceden de las últimas sociedades cazadoras-recolectoras; constituyen verdaderos documentos para entender cómo vivían. Estas pinturas datan de hace entre 40.000 y 10.000 años de antigüedad y constituyen las primeras muestras de arte prehistórico. Y entre estas primeras muestras, hay un pequeño número de figuras humanas que aparecen en actitud sexual.

En ellas se puede ver la evolución de la sexualidad y cómo ésta fue pasando de un mero encuentro de apareamiento al sexo por puro placer y al amor. Cuándo el sexo se convirtió en erotismo y la cópula se transformó en un fenómeno sociológico, se desconoce. Aunque las pinturas halladas en cuevas demuestran que llegado un cierto momento, hombres y mujeres tenían un comportamiento sexual como el nuestro, incluso, quizás, más desinhibido. Un ejemplo: un gravado en el que aparece un pene con una mano al lado y en el que salen rayas del glande. ¿Masturbación?

Las imágenes más antiguas del Paleolítico tienen más que ver con la reproducción, que era el motivo único. Por ejemplo, en un gravado hallado en una cueva francesa se explica el proceso de parto; aparecen tres vulvas, con una línea. De izquierda a derecha, se puede ver el proceso del parto; la línea cada vez es más dilatada y en la última imagen, se observa la cabeza del niño saliendo. “Eso demuestra que esta gente tenía un conocimiento del proceso fisiológico del parto”, indica el científico Marcos García, co-comisario de la exposición Sexo en piedra, en Atapuerca, y coautor del libro homónimo (Ed Luzán, 2005)  .

Otro ejemplo de la relación original entre sexo y reproducción son las estatuillas encontradas en las cuevas de Grimaldi, en Italia. Tienen entre 10 y 15 cm y corresponden a tres imágenes de mujeres: una tiene el vientre muy hinchado , con la vulva abierta. La siguiente, tiene menos barriga y de la vulva aparece una cabeza que la figura agarra con las manos. Por último, la tercera estatuilla representa a una mujer con la vulva dilatada y el vientre fofo, como si acabara de parir. Las tres figurillas aparecieron juntas y demuestran que nuestros antecesores tenían conocimientos sobre la biología humana.

No obstante, conforme avanza el Paleolítico, las imágenes cambian y comienzan a mostrar escenas en las que hombre y mujeres practican sexo por placer. “Son el primer Kamasutra”, bromea García. Y en cierta manera, así es, puesto que se han hallado imágenes que muestran posturas muy diversas –y modernas- del coito. “Si la finalidad es reproductiva, ni juegas ni experimentas, y esos dibujos muestran diversión”, añade este investigador. “En una escena, un hombre le coge la pierna a la mujer, para conseguir una penetración más intensa. En otras, hay escenas de sexo oral e incluso se conserva una imagen en la que parece un mirón: un hombre de rodillas, una mujer en postura de cuatro patas y un tercer personaje los mira”.

 

¿Sin pudor?

Dibujos y grabados de penes gigantes con grandes escrotos, y de vulvas abiertas podrían señalar, según los paleoantropólogos, que la sexualidad estaba ya basada en un juego de atracción sexual, de búsqueda de experiencias, como ocurre en la actualidad.

Si bien ahora el sexo es un tema medio tabú en nuestra sociedad, en la Prehistoria era bastante diferente. Todas las imágenes sexuales aparecen en espacios de uso cotidiano, donde vivían, lugares comunes, lo que denota que el las relaciones sexuales formaban parte del día a día, de su cotidianidad.  Hay incluso muchas figuras situadas en lugares de paso, lo que lleva a pensar a los científicos que probablemente el sexo no estaría vinculado a la intimidad, que nuestros antepasados no se escondían para copular, sino que era algo más social. De hecho, señala Marcos García, hay grupos primitivos actuales que mantienen relaciones sexuales en sus tiendas, o cabañas, que están abiertas, de manera que cualquiera que pase por delante puede verlos.

Buena parte de las imágenes que se han encontrado son muy explícitas y muestran la penetración; también la excitación de la pareja, con figuras masculinas con el pene erecto y vaginas femeninas con los labios mayores abiertos y secreciones. Es más, muchas de las prácticas actuales, que quizás creemos “modernas”, tienen miles y miles de años de antigüedad. En el Paleolítico, por ejemplo, ya se practicaba el cunnilingus y el annilingus, tal y como puede verse claramente en algunos dibujos que se han encontrado en cuevas repartidas por toda Europa. Eso refuerza aún más la idea de que las relaciones sexuales no perseguían únicamente la reproducción, sino también el placer.

También se masturbaban, además de con las manos, con otras partes del cuerpo y con instrumentos que fabricaban. Los bastones de mandos, con forma fálica, tienen una potencial ergonomía como elementos para obtener placer sexual que hace que los científicos consideren la opción de fueran usados para practicar el onanismo. E Incluso se ha hallado una imagen explícita de bestialismo, en la que se ve a una figura masculina a escasa distancia del culo de una cabra, con el pene erecto.

Besos y abrazos

“Por un beso de la flaca daría lo que fuera”, “bésame, bésame mucho”, “Sealed with a Kiss”. La mayoría de canciones de amor, de boleros, hablan de los besos, el que quizás sea el comportamiento más teñido de romanticismo de todos los que tiene el ser humano. En algunas culturas, como las del Mediterráneo, incluso se saluda con un número determinado de besos a los amigos y familiares. Es una práctica tan común y habitual que se ha convertido en un gesto social.

En el Paleolítico nuestros ancestros ya habían descubierto este placer. Diversos dibujos grabados en piedra escenifican un beso; el más evidente, destacan los investigadores Javier Angulo y Marcos García, autores de Sexo en Piedra (Ed. Luzán 5, 2005), es una placa caliza ubicada en la cueva francesa de La Marche, en la que se ve dos figuras en posición frontal, cuyas bocas están tan juntas, que hace pensar que están en posición de besarse.

Y no sólo besos. Nuestros antepasados hace más de 25.000 años, también se abrazaban. Esas muestras de cariño destierran la imagen del hombre primitivo arrastrando por el pelo a una mujer hasta la caverna, como a veces se ha solido representar el ‘amor’ en la prehistoria.

 

Los gays de Piedra

“Aunque no hay ni un solo documento que pueda certificar al 100% que hubiera homosexualidad, lo cierto es que hay algunas imágenes que así lo sugieren, como un grabado en una placa de piedra de la cueva francesa de La Marche, que muestra una figura femenina haciendo un cunnilingus a otra, también femenina. En otra piedra caliza del abrigo rupestre de Laussel, en Dordoña-Perigord (Francia), una imagen de hace 27.000 años enseña a dos mujeres con las piernas entrelazadas (la postura conocida como ‘la tijera’). En Gonnersdorf, un yacimiento alemán a la orilla del Rin, decenas de placas muestran parejas de mujeres, una de ellas, de 12.000 años de antigüedad, se trata de dos féminas frotándose los pechos en actitud ciertamente amorosa.

Y no sólo hay escenas de mujeres en actitud erótica, también los hombres protagonizan numerosos dibujos. “En Francia, en un grabado aparece un hombre con el pene en erección y otro de rodillas con la boca cerca del miembro viril del otro”, comenta Marcos García. Para el arqueólogo y paleontólogo Eudald Carbonell, la homosexualidad está claro que ya existía en las sociedades primitivas. Para este investigador, en los mamíferos, y en concreto en los primates, se da la homosexualidad y nosotros hemos heredado toda la variabilidad del comportamiento sexual del Homo.

Y el sexo social

El sexo también fue un factor de relación social, que ayudó a establecer nuevas relaciones y comportamientos.  Tuvo un papel en el desarrollo de las sociedades primeras de nuestros ancestros, quizás como moneda de cambio o como forma de resolver conflictos, como hacen los bonobos, que solucionan con la cópula problemas de territorialidad. Grupos distintos se juntan, copulan y se masturban para equilibrar cuestiones de ámbito social. Y eso mismo han hecho los seres humanos durante milenios. En la Edad Media, los reyes casaban a sus hijos para ampliar sus territorios, evitar guerras y buscar equilibrios sociales. Se sabe que incluso hoy en día varias tribus primitivas se reúnen en determinados momentos del año para llevar a cabo prácticas de intercambio de parejas. Los científicos creen que puede que eso también existiera en la prehistoria.

Como señala Eudald Carbonell, que acaba de publicar El sexo social (Ed. Now Books, 2005), las relaciones sexuales tenían en muchos casos un valor de moneda de cambio entre grupos, intercambio genético, porque en aquel periodo había una densidad poblacional baja, lo que hacía necesario un flujo genético que la endogamia de los grupos, compuestos por entre seis y 12 miembros, no permitía. Como en otras épocas, el intercambio sexual también se usaba como elemento de cohesión entre grupos. Fue así, posiblemente, como apareció la pareja, para estabilizar a aquellas sociedades primitivas.

Pero sobre todo y ante todo,  nuestros ancestros querían querer y ser queridos. Por ello la evolución cultural superó a la evolución biológica. El sexo no era sólo una forma de reproducirse para así garantizar la supervivencia, sino que se convirtió en una forma de comunicar. La selección natural dicta que los individuos más fuertes son los que se aparean más y tienen más oportunidades de tener descendencia, pero sabemos que no es así; que no  nos importa tanto que el otro sea super atractivo como que sea cariñoso, cuidadoso con los hijos, buen compañero; por eso, a veces los individuos que son más sociables y aquellos que son mejores compañeros sexuales tengan más probabilidades de perdurar en nuestra especie. Quizás eso explica, opinan los paleoantropólogos, por qué el sexo es tan importante en nuestras vidas y es el motor de la evolución.

 

—–Despieces——–

Las Venus

Se han encontrado numerosas figurillas que representan a mujeres voluptuosas y que datan del Paleolítico. Los expertos tienen diferentes interpretaciones de qué significan. Algunos creen que representan la fertilidad y otros, en cambio, les atribuyen un papel de fetiche erótico. La mayoría miden entre 10 y 15 cm, tienen grandes pechos y las caderas anchas y con celulitis, símbolos de la fertilidad.

Y todas ellas, además, presentan la vulva elevada. Normalmente, si una mujer está de pie, la vulva está escondida. En estas figuras, en cambio, cambian la perspectiva. “Muestran esa obsesión por la importancia de esa figura en el proceso reproductivo. Es la esencia del mantenimiento de la especie”, considera el investigador Marcos García, coordinador de las cuevas prehistóricas de Cantabria. Esas imágenes refrendan la idea de la importancia de la mujer como mantenedora de la especie. Es comprensible en una sociedad en la que la mortalidad infantil era altísima; tres de cada diez niños que nacían no llegaban al año de vida; y entre uno y cinco años, la mortalidad era del 20%.

Aunque la mona se vista de seda…

Hoy en día, antes de una cita nos acicalamos. Nos ponemos ropa que sabemos que nos favorece, que nos queda bien; nos peinamos, nos maquillamos, nos echamos colonia. Arreglarse no es nada nuevo, nuestros ancestros también lo hacían; se han hallado numerosos ejemplos de adornos prehistóricos y se sabe que les gustaba embadurnarse el cuerpo con ocre; que por estética trenzaban las pieles que se colocaban encima; que no llevaban el pelo de cualquier forma. En definitiva, que se cuidaban y se ponían guapos para lo mismo que nosotros hoy en día, gusta a nuestras parejas. Y así alimentar esas necesidad de estar juntos, de compartir los días con las personas que elegimos.

 

Consoladores prehistóricos

En Gorge d’Enfer, en Francia, se halló una figura de un doble falo que mide 9.5 cm de ancho y 11,5 de alto, si se observa como si fuera una L. Podría haber sido un juguete sexual para mujeres, aunque resulta imposible demostrarlo. Los expertos creen que este tipo de objetos sólo pudieron tener dos usos: o decorativo o como consolador. En el Museo Nacional de Prehistoria de Francia, en Dordoña hay, de hecho, una colección de falos de entre 20 y 30 cm que sólo, dicen los investigadores, pudieron tener una de esas dos funciones.

 

Castigos sexuales

Aunque se desconoce cuándo se empezaron a estereotipar las relaciones sexuales, se sabe que llegado cierto momento se empezaron a establecer tabúes y normas, y que se castigaba a aquellos que las quebrantaban. En la República Checa se ha  encontrado a tres jóvenes enterrados juntos en una misma tumba. La escena es clave para entender los orígenes de la sexualidad humana. Uno de los cuerpos presenta una estaca clavada en los genitales, y otro, un cuchillo apuntando también hacia los genitales. Los tres están cubiertos de polvos ocres.

Esta singular tumba que data de hace 16.000 años se descubrió en 1956 en una expedición arqueológica. Y desde su hallazgo, los científicos han elaborado varias hipótesis sobre su significado. ¿Se trataría de un crimen pasional? ¿O de un castigo por violar las normas sexuales de la época? Los tres cuerpos corresponden a dos hombres y una mujer, de entre 17 y 25 años, en plena edad reproductiva. La mujer está en el centro, rodeada por los dos hombres. Y todo indica que fueron ejecutados por motivos sexuales. Quizás la sociedad de entonces no tolerara su conducta, quizás actuaron de manera depravada para la época. Es un misterio.

 

Sexo por placer

Los seres humanos somos unos afortunados. A la mayoría de seres vivos con los que compartimos la Tierra, el sexo los deja fríos. No les produce ningún placer. Y la procreación se produce cuando las condiciones del entorno lo propician; además, están determinados por los ciclos de celo, por su instinto de reproducción. Las personas, en cambio, para mantener relaciones sexuales no estamos sujetos a determinaciones biológicas; tampoco para reproducirnos. La actividad sexual no pasa sólo cuando es más probable que la mujer se quede embarazada. Y ambos disfrutan durante la cópula durante muchos años, cosa que no se corresponde con la fase fértil biológica.

El sexo nos produce placer a través de una serie de neurotransmisores endorfínicos que baña nuestro cerebro. Quizás, opinan los científicos, ésa sea una garantía para que mantengamos relaciones y acabemos teniendo hijos. Reproducirse supone un gran esfuerzo y un desgaste energético. Sobre todo para la mujer. Para Arcadi Navarro, investigador ICREA de biología evolutiva de la Universidad Pompeu Fabra, el organismo que va a hacer una inversión mayor a la hora de reproducirse, el que va a proporcionar los óvulos, va a comportarse de manera distinta al organismo que va a hacer una inversión menor, que produce los espermatozoides. La mujer tiene que pasar por un embarazado de nueve meses y luego debe hacerse cargo de alimentar y cuidar a los hijos. “De ahí que en la mayor parte de los casos sean los machos los que tienen que esforzarse para conseguir una hembra, porque por regla general son las hembras las que hacen una mayor inversión y por tanto las que son más selectivas, las que aplican una mayor presión de selección sexual a los machos”, afirma Navarro.

Así, mientras que la presión de la selección sexual ha hecho que los hombres compitan en aspectos como la fuerza, la mujer lo ha hecho en belleza. El desgaste energético de las hembras para engendrar y criar hizo que necesitaran de la ayuda de los machos. Y así fue como empezó un proceso de transformación que ha modelado su cuerpo y que ha sido su mecanismo de especialización evolutiva. “Los cambios en el cuerpo de la mujer hacen suponer que el sexo desempeñó un papel muy importante en todo el proceso evolutivo”, señalan Marcos García y Javier Angulo, autores de Sexo en piedra (Ed Luzán, 2005).

Para atraer a los machos, las hembras ocultaron las señales de su ciclo de fertilidad, lo que hacía que siempre estuvieran receptivas. Para Eudald Carbonell, al frente del Instituto catalán de paleontología humana y evolución social y codirector del Proyecto Atapuerca, la receptividad continua maximiza las garantías para que la hembra sea fecundada a la vez que conlleva unos lazos de unión de pareja que posibilitan el cuidado compartido de la descendencia. El amor sensual y el apetito sexual son, pues, dos tendencias innatas en el ser humano.

 

 

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Una respuesta a “Sexo en las cavernas

  1. Muy interesante el escrito, no se cuánto hace de haberse editado, pero me gustó encontrar estas notas que hacen a nuestra historia como humanidad. Felicitaciones señora Cristina, estaré atento a los otros artículos suyos.
    Desde Argentina: Juan C. Pomar

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