El peso de los genes

Cuando hablamos de rasgos físicos, como la altura, el color de los ojos o la forma de la nariz, el peso que tiene la genética nos parece evidente. Cuando hablamos de carácter, es otra historia. Pero ¿y si nuestros genes influyeran en nuestro temperamento? ¿Y si condicionaran tanto nuestras cualidades como los talentos?

(reportaje publicado en el suplemento ES, de La Vanguardia, el pasado 15 de enero)

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Anabel y su hermana Paloma se llevan casi cuatro años y se parecen mucho físicamente, incluso el timbre de voz es tan similar que cuando se ponen al teléfono cuesta saber quién es quién. Ambas estudiaron primero filosofía y después continuaron con periodismo. Y, aunque en ámbitos muy distintos, las dos trabajan actualmente en medios de comunicación. Hasta aquí, nada fuera de lo normal: dos hermanas criadas en el mismo entorno, con los mismos padres, que incluso comparten amigos. No es de extrañar que se parezcan tanto.

En cambio, Alberto y Javi, de 24 y 25 años respectivamente, son la noche y el día. A uno le encanta leer y los deportes. Es reservado, tímido, estudioso; acabó empresariales y siguió con derecho. En cambio, el otro es muy extrovertido, un tanto agresivo, siempre anda metido en líos y de estudiar, ¡nada! Lo mismo ocurre con otros tantos hermanos, radicalmente opuestos de carácter.

A menudo, cuando nos encontramos ante hermanos muy diferentes entre sí, solemos sorprendernos. ¿Cómo puede ser que si se han criado en la misma familia, han ido al mismo colegio, puedan ser tan distintos el uno del otro? Tradicionalmente, se ha atribuido mucha importancia al entorno; se ha dicho que, en buena medida, un individuo sea así o asá dependía de cómo lo hubieran educado sus padres de niño. Pero, ¿y si nuestra genética tuviera algo que decir en todo eso? ¿Y si nuestros genes ejercieran alguna influencia en si somos alegres o egoístas, en si nos gustan más las mates o la historia, hacer deporte o ir al cine, o incluso si somos o no más o menos felices?

¿Cuestión de genes?

En el año 2003 se descifró el primer genoma humano, el gran libro de la vida que contiene toda la información genética almacenada en el ADN de las células. Desde entonces, se han ido desvelando las instrucciones que ese libro contenía y se ha visto que algunas de esas instrucciones determinan las características físicas de los individuos y otras, en parte, las directrices que marcan los rasgos psicológicos e intelectuales del individuo. Hasta entonces, buena parte del consenso científico daba por válida la idea de que existía una correlación entre el comportamiento de los padres y el de los niños. Es decir que si había adultos que maltrataban físicamente a sus hijos, estos serían más violentos; o que si los progenitores hablaban mucho con los críos, los chavales desarrollarían mejores habilidades de comunicación.

Durante décadas, la psicología indagó en esas relaciones paterno-filiales en busca de las razones que explican por qué hay tantas diferencias de capacidades cognitivas y de personalidad entre los individuos. Pero no tomaban en consideración las relaciones entre genes. Algunos científicos empezaron a intuir que quizás el ADN también debían tener algún papel en nuestro carácter. Por eso, siguieron durante años a miles de parejas de gemelos univitelinos (derivan de la fecundación de un solo cigoto), adoptados al nacer por diferentes familias que, incluso, en algunos casos habían ido a parar a países distintos. Vieron que esos hermanos que sólo compartían genética tenían unas capacidades y un temperamento muy similares. Incluso, en algunos casos, se parecían más en cuanto a gustos, aficiones y cualidades que hermanos educados por los mismos padres.

“Eso quiere decir que casi todos los rasgos de comportamiento son en parte heredables –afirma Steven Pinker, psicólogo cognitivo de la Universidad de Harvard e investigador del prestigioso Instituto de tecnología de Massachusetts (MIT)-. Aunque nunca por completo”. La psicología evolutiva, continúa señalando Pinker, ha demostrado que los niños tienen un conocimiento precoz de los objetos, de las intenciones, de las caras, de los números, del lenguaje. Que el carácter de una persona emerge pronto y se mantiene casi constante toda la vida; y que, en algunos casos, los genes podrían estar ligados a aspectos de cognición, de lenguaje e incluso de personalidad.

Evidentemente, hay características que no se heredan y que dependen exclusivamente de la cultura o del ambiente en que una persona crezca, como por ejemplo el idioma que hable, la religión que practique o incluso la orientación política. En cambio, los rasgos que reflejan los talentos subyacentes y el temperamento, lo competente que sea uno con las lenguas, el grado de religiosidad, o cuán liberales o conservadores seamos, eso, en parte, es heredable. De ahí que de tal palo, tal astilla.

Eso sí, no es que haya un gen de la timidez, o del egoísmo, o del talento para la música. La ciencia no ha podido asociar genes concretos a rasgos de personalidad. “Es un error de interpretación afirmar que se ha descubierto el gen del alcoholismo, o de la violencia”, insiste Mara Dierssen, “porque casi todos los rasgos complejos son poligénicos, es decir, se deben a la acción combinada de varios genes”.

La importancia del entorno

Nuestra genética nos prepara para observar el mundo; conforma los detalles más sutiles del cerebro humano; crea las infinitas complejidades de la mente humana. Pero necesita del entorno para expresarse. La epigenética, una nueva rama de la biología, estudia justamente eso, cómo el ambiente puede activar ciertos genes o desactivarlos. Y eso pasa en todas las etapas de la vida, desde la gestación hasta la etapa adulta.

Un buen ejemplo de cómo el ambiente puede o no activar un gen determinado es el cáncer de colón, que se suele asociar con un gen defectuoso. Hay pacientes que son portadores de este gen en todas sus células y que, sin embargo, no desarrollan jamás la enfermedad. En cambio, cuando las bacterias en el intestino segregan una serie de toxinas que actúan como detonante, la persona sí acaba padeciendo cáncer. Eso mismo ocurre con determinados tipos de cáncer de mama y otros tantos.

“Sabemos que hay una interacción entre genes y entorno ya incluso desde etapas prenatales”, señala Mara Dierssen, neurocientífica que dirige un grupo  de investigación en el Centro de Regulación Genómica de Barcelona (CRG). El primer esbozo de nuestro cerebro se construye a partir de una programación genética, pero después, crece y se desarrolla gracias a los estímulos del ambiente.

“Cuando naces, aunque el esbozo de las estructuras cerebrales está formado, esas estructuras carecen de los elementos necesarios para funcionar como en un cerebro adulto. Por ejemplo, las conexiones entre las neuronas están por establecer, sus funciones, e incluso el número de neuronas es diferente al que finalmente será. En los primeros años de vida, esa fase que los psicólogos llaman ‘época crítica’, el cerebro de los niños comienza a desarrollarse en función de estímulos ambientales.”, explica esta científica.

Algunos niños nacen con un don para la música, una habilidad musical innata que en muchas ocasiones se asocia con el llamado oído absoluto. Muy pocas personas en el mundo lo poseen. Y las que lo hacen, son capaces de reconocer la afinación perfecta de un tono musical sin tener ninguna otra nota de referencia. Las personas con este don suelen tener familiares que también poseen esta capacidad. Estudios recientes han demostrado que es un rasgo heredable. Ahora bien, para ser un buen músico no basta con poseer determinados genes. Se requiere un entrenamiento musical temprano, antes de los seis años, para que se activen todas las potencialidades y ese entrenamiento musical, a su vez, redunda en cambios de expresión génica. Es decir, posiblemente lo que existe son genes de predisposición musical. Y como la habilidad musical, hay infinidad de rasgos de personalidad que no dependen exclusivamente de nuestros genes o de la educación que recibamos, sino de una combinación de ambos.

La genética puede marcarnos una cierta predisposición a ser de determinada manera o a padecer alguna enfermedad. Pero dependerá de los factores del entorno que desarrollemos o no ese rasgo o esa patología. Eso mismo ocurre con los trastornos mentales. Se sabe que hay factores genéticos que afectan o influencian la probabilidad de desarrollar psicopatologías como la esquizofrenia, el autismo, la dislexia, el trastorno bipolar o el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). “Eso no quiere decir que si tenemos un padre o un gemelo esquizofrénico vayamos a serlo. La probabilidad varía en cada caso, pero la genética no nos determina por completo. El ambiente influye muchísimo”, explica Dierssen.

La eterna discusión

Durante buena parte del siglo XX, se negó la influencia de la naturaleza humana en la persona. Si éramos como éramos, se debía solamente a factores ambientales. Incluso Ortega y Gasset afirmaba que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Y se había extendido la idea de que todos nacíamos como una tabla rasa,  que se iba escribiendo poco a poco con las experiencias. Esa era la piedra angular sobre la que se sustentaba la psicología conductista. Y la idea resultaba muy atractiva porque, señala Pinker, en su libro La tabla rasa (Ed Paidós, 2003), las diferencias entre personas de diferentes clases sociales, etnias, culturas en lo que respecta a talento, temperamento, potencialidades, desaparecían. Si nada era innato, quería decir que había esperanza de progreso social. Y que cualidades poco positivas, como el egoísmo, la violencia, la avaricia, no tenían por qué ser propias de la naturaleza humana.

No obstante, en 1975, el eminente biólogo Edward O Wilson, profesor de la Universidad de Harvard y pionero en el campo de la biodiversidad, tiró esos argumentos por tierra en su libro Sociobiología. En él describía que había comportamientos humanos que estaban modelados genéticamente. Sus colegas científicos, evidentemente, se le echaron encima y lo tildaron de determinista. Alegaban que de ser así, la idea de Wilson amenazaba los principios de políticas de igualdad de derechos y de una sociedad más justa. ¿Cómo aceptar que buena parte de nuestros comportamientos y talentos vienen marcados de nacimiento?

Hablar del peso que tienen los genes en cómo somos (determinismo genético), ha sido durante mucho tiempo muy polémico, e incluso un poco tabú en ciencia. Hoy en día, la mayoría de la comunidad científica está de acuerdo en que somos como somos debido a una compleja ecuación en la que tienen el mismo peso los factores genéticos y ambientales. Tras las secuenciación del genoma, en estos últimos siete años, se ha descubierto que toda la complejidad del cerebro humano se la debemos tan sólo a unos 40.000 genes, que se combinan, se encienden y apagan, para lograr que seamos divertidos, que se nos den bien las lenguas, o que tengamos facilidad para las matemáticas. De ahí que los científicos crean que tal vez nuestro cerebro sea el mecanismo más complejo del universo conocido.

Está claro que hay muchas cosas que son innatas. De hecho, para poder aprender necesitamos venir dotados de circuitos de serie, como los chips y los cables de un ordenador. Esos circuitos son la base a partir de los cuales se producirá el aprendizaje, en los que iremos instalando software a lo largo de la vida. Pero, a diferencia de los ordenadores, nuestro hardware, el cerebro, se puede modelar, modificar y adaptar a las circunstancias. Y no se queda obsoleto. Al nacer, señala Pinker, el cerebro ya “viene programado con muchos aspectos de nuestro carácter, incluido el talento. Pero lo que es innato no es un set de instrucciones rígidas de comportamiento, sino una serie de programas que cogen la información de los sentidos y dan lugar a nuevos pensamientos y acciones”.

Por ejemplo el lenguaje. Nacemos con la capacidad de aprender una lengua pero no con un determinado idioma. Una vez lo adquirimos, ya sea alemán, inglés, japonés, ese idioma no es una lista de palabras y estructuras fijas, sino que va cambiando, modificándose y permite un número infinito de combinaciones que nos permiten expresar pensamientos.

“Sabemos que hay algunos elementos de nuestro genoma que pueden modular, que no determinar –insiste Mara Dierssen, del CRG- aspectos concretos de la función cerebral. Por ejemplo, hay cosas que no son innatas, como el alcoholismo, o las conductas violentas, incluso la felicidad que uno puede alcanzar, y sin embargo, estos rasgos de carácter parece que son susceptibles a la genética del individuo. Es decir, hay una cierta predisposición a tener unos determinados rasgos de personalidad y eso es, en cierta medida, modulable por la influencia del entorno”.

Estamos influenciados, pues, por la genética que hemos heredado de nuestros padres, que, en buena medida, fue evolucionando con la propia historia del ser humano. Muchos de esos genes se adaptaron al entorno al que debían enfrentarse nuestros ancestros y son los mismos que ahora tenemos, millones de años después, lo que explica, en parte, algunas de nuestras reacciones y comportamientos. No obstante, esos genes se ven modificador por nuestro entorno, por cómo nos traten en casa, por el ambiente en el que crezcamos. Y a pesar de todo, no hay garantías de nada. Ésa es la gracia de la selección natural. Que es una coctelera en la que introducimos ingredientes sin saber a ciencia exacta cuál será el resultado. Eso sí, saber que somos como somos, en parte, por la genética que hemos heredado, puede ser un alivio en ocasiones. Y ayudarnos a entendernos un poco mejor.

 

—-Despiece——–

Hombres y mujeres

Uno de los ámbitos en que más ampollas provoca el pensar que la naturaleza influye en nuestros intereses y cualidades es en de las diferencias entre sexos. En el año 2002, la investigadora Melisa Himer llevó a cabo un experimento para comprobar si realmente existen condicionantes culturales que determinen los gustos y preferencias de hombres y mujeres. Himer puso al alcance de individuos de muy corta edad de ambos sexos juguetes de marcado sesgo sexista, como un camión, una pelota, una sartén y una muñeca. A esa edad, en la que aún no están condicionados por la sociedad, en teoría, ambos sexos deberían escoger indistintamente cualquiera de los juguetes.

Sin embargo, no fue así. Los sujetos masculinos mostraron una preferencia clara por el coche y la pelota y las féminas, por la muñeca y la sartén. Eso sí, los sujetos eran… ¡monos! El estudio se realizó 20 años después de que fracasaran los experimentos educativos que defendían que, para promover la igualdad entre los sexos, los niños debían jugar con muñecas y las niñas, con cochecitos. Fracasó. Aquella idea carecía de base científica.

“Tiene un sentido evolutivo que esto sea así –comenta la investigadora del CRG Mara Dierssen-. En especies superiores en las que hay especialización funcional por sexos, en las que las crías requieren un cuidado durante mucho más tiempo, lógicamente determinadas cosas tienen que estar programadas genéticamente. Es lógico que las niñas escojan las muñecas, porque luego ellas tienen que desarrollar una conducta de cuidado de las crías. El problema no es tanto aceptar esas diferencias, como que se utilicen con malos fines, como por ejemplo para discriminar”.

 

Genes y redes sociales

Tener más o menos amigos en el Facebook es cuestión de genes. Un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy os Science recoge una investigación llevada a cabo por científicos de las universidades de Harvard y de California. Analizaron los perfiles sociales de 1110 gemelos, algunos idénticos y otros no, que eran alumnos de 142 centros distintos. Contabilizaron el número de contactos de una persona y las probabilidades de que varios contactos estuvieran relacionados entre sí. Los resultados que obtuvieron de aquella comparación desvelaron que el perfil de los gemelos idénticos era mucho más parecido que el de los no idénticos, por lo que los autores consideran que los genes influyen a la hora de determinar el número de veces en que una persona es nombrada como amiga. Según este estudio, la genética tiene que ver en la personalidad, la inteligencia y características que determinan el comportamiento y que quedan patentes en las redes sociales.

 

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