¡Mantén tu memoria en forma!

Hace un tiempo, me encargaron desde la Revista Cuerpo Mente un reportaje sobre la memoria. Si bien había escrito sobre el tema en numerosas ocasiones, siempre lo había hecho de forma tangencial, no directa. El encargo de reportaje fue una excelente oportunidad para recopilar todo lo que había aprendido sobre esta, una de las capacidades que nos definen como seres humanos. Es una de las funciones intelectuales que más apreciamos y que nos definen como seres humanos, junto con el lenguaje o la capacidad de decisión.  Nos confiere un pasado, una identidad. De ella -y también del olvido- depende que podamos aprender y desenvolvernos en el mundo. Solemos quejarnos de que tenemos mala memoria, de que olvidamos cosas. Y, sin embargo, hacemos poco para estimularla y conservarla en buen estado.

El reportaje aparece publicado en la revista Cuerpo Mente del mes de febrero. Puedes leerlo en PDF aquí: El almacén de recuerdos

Es una de las capacidades que nos definen como seres humanos, esencial no sólo para aprender, sino para desenvolvernos en el mundo. Y, sin embargo, qué poco sabemos de ella y qué poco la ejercitamos.

Posiblemente, Ireneo Funes fuera el hombre con la memoria más prodigiosa del planeta. Era capaz de recordar absolutamente todo y con increíble lujo de detalles. Todas las palabras, todos los gestos, todas las formas que pasaban antes sus ojos, todas las caras, todos los nombres. Todo. Aquello que veía y escuchaba en un día se almacenaba inexplicablemente en su cerebro y requería de un día entero para poder recordar todo lo que había hecho la jornada anterior. Era tal la capacidad de este individuo para archivar información que en “el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos”, afirma el escritor argentino Jorge Luis Borges del protagonista de su cuento Funes el memorioso. “Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, es abstraer” y la prodigiosa capacidad de Funes era lo que, precisamente, le impedía hacerlo.

La memoria es una de las funciones intelectuales que más apreciamos y que nos definen como seres humanos, junto con el lenguaje o la capacidad de decisión.  Nos confiere un pasado, una identidad. De ella -y también del olvido- depende que podamos aprender y desenvolvernos en el mundo. Solemos quejarnos de que tenemos mala memoria, de que olvidamos cosas. Y, sin embargo, hacemos poco para estimularla y conservarla en buen estado. Vamos al gimnasio para mantenernos en forma, queremos llegar a la vejez gozando de salud, pero no pensamos que la memoria también requiere de tiempo y de dedicación.

Es más, desconocemos incluso cómo funciona. Por ejemplo, ¿no les sorprende poder recordar el nombre de sus compañeros de escuela al ver una foto de cuando eran pequeños y, en cambio,  no ser capaces de acordarse de qué cenaron hace dos noches o dónde han puesto las llaves del coche? ¿Sabían que la mayoría de cosas que vivimos, día a día, no quedan registradas en nuestras neuronas y las perdemos para siempre, sin tan siquiera ser conscientes de ello? Y aunque a menudo solemos compararla con el disco duro de un ordenador, lo cierto es que poco tiene que ver con él nuestro disco blando.

Nuestra memoria funciona como un gran cofre en el que vamos depositando recuerdos sin ningún orden determinado. Las neuronas captan la información pero no la clasifican para que luego sea más fácil recuperarla. Es un poco cajón de sastre. “El recuerdo de una experiencia concreta se compone de fragmentos de información que se guardan en lugares distintos del cerebro. Y cuando recordamos lo que sucede es que esos pedacitos de información vuelven a unirse desde las diferentes parte del cerebro”, explica Daniel Schacter, profesor de psicología de la Universidad de Harvard, especialista en memoria y neuropsicología y autor de Los siete pecados de la memoria (Ed. Ariel, 2007).

El hipocampo, director de orquesta

En todo ese proceso de adquisición de la información y archivado, el hipocampo desempeña un papel fundamental. Se trata de una región con forma de caballito de mar, situada en el corazón del sistema límbico, el llamado cerebro emocional o social. Procesa la información que le llega de las neuronas y actúa como una especie de director, que dice lo que se almacena y lo que no. Luego, aquello que considera valioso y que vale la pena guardar lo distribuye por el córtex cerebral. De manera que los recuerdos se diseminan, se mezclan, se apelotonan. Es un gran embrollo, por lo que el cerebro, necesita pistas para volver a acceder al conocimiento

Esas pistas son los contextos en que se produjo el recuerdo. Funcionan como ganchos con los que pescar los diferentes retazos de memoria del córtex auditivo, del visual, del olfativo, del sensorial, para luego apedazarlos y evocar el recuerdo. Por eso, nos acordaremos mucho mejor de cómo se prepara el pastel de zanahoria y nueces si estamos en la cocina, que si tenemos que contarle la receta a alguien de memoria en un bar o en la oficina.

Que la memoria funcione por contexto, tiene sus ventajas y es que, tal y como ocurre con Google, por ejemplo, prioriza recuerdos y recupera antes los que más se usan. Pero, a veces, también comporta problemas, como cuando experimentamos dos situaciones similares. Entonces, afirma el psicólogo Gary Marcus, profesor de la Universidad de Nueva York, “la memoria tiende a equivocarse”, como si no supiera muy bien cuál de los dos recuerdos es el que tiene que evocar. Por ejemplo, si cada día aparcamos el coche al llegar a casa en un sitio distinto, nos llevará seguramente más tiempo pensar dónde está que si siempre lo dejamos en el mismo lugar.

La memoria también tiende a recordar mejor las tendencias generales que los datos concretos. Por eso nos cuesta memorizar una fecha o un teléfono. Tenemos un cerebro diseñado para buscar patrones, básico para la supervivencia, pero no para guardar detalles.

La importancia de las emociones

Los avances neurocientíficos de la última década han demostrado que existe una estrecha relación entre los sentidos, la memoria y la cognición. De hecho,  cognición, recuerdo y emoción se generan físicamente en el mismo lugar, el hipocampo, por lo que parece lógico que estén relacionados. Roger Schank es uno de los mayores expertos en el mundo de teoría del aprendizaje y está al frente de la empresa Socratic Arts y de la organización sin ánimo de lucro, Engines for Education. Schank defiende que sólo aprendemos de verdad aquello que experimentamos, por lo que ha emprendido una verdadera cruzada contra el modelo educativo tradicional, basado en la memorización y repetición “como un loro”.

“Los recuerdos van ligados a las emociones, a las vivencias. La escuela es lo opuesto a la educación. Porque la educación llega a través de la experiencia en la vida. En lugar de enseñarte el nombre de los ríos, ¿por qué no hacer una excursión con los alumnos por España y visitar ciudades y aprender in situ? Puedes aprender de memoria un montón de datos sobre la ciudad, pero carecerán de sentido. En cambio, una vez has ido, toda la vida recordarás si por allí pasa o no un río, cómo se llama y no se te olvidará”, considera.

Y es que las emociones funcionan como un potente fijador de recuerdos. Eso explica en parte por qué a medida que nos hacemos mayores nos volvemos más olvidadizos. Schacter, autor de Los siete pecados de la memoria, dice que con la edad el cerebro no procesa con tanta intensidad lo que ve y lo que oye, de manera que no guarda de forma tan vívida nuestras experiencias. De ahí que cueste más recordarlas y que nos resulte más fácil rememorar algo que nos pasó con 15 años que hace dos semanas.

Que las emociones estén implicadas en el proceso de grabación de memorias pone de manifiesto también el hecho de que los recuerdos sean maleables. Cada vez que recordamos algo, lo reescribimos; la memoria no es un fiel registro de las experiencias vividas. Por eso muchos psicólogos ponen en tela de juicio la validez de los testimonios en casos como asesinatos o violaciones. Las emociones pueden incluso llegar a generar falsos recuerdos, como ocurrió en 1992 en Holanda. Un avión israelí se estrelló contra un edificio en Amsterdam. Murieron 43 personas y desató el pánico en la ciudad. Un año después, uno de cada dos holandeses afirmaban que habían visto la catástrofe en la televisión y explicaban con todo lujo de detalles cómo había sido el accidente, qué había pasado. No obstante, no existen imágenes en vídeo del accidente y jamás se pasó por la televisión. Los holandeses estaban tan afectados por el siniestro que con las noticias que leyeron en la prensa y las fotos que vieron días después fabricaron un recuerdo.

Además de las emociones, que la información que nos rodea quede registrada depende también de la atención que prestemos. Centrarnos en una cosa ayuda a nuestro cerebro a codificar la información, que luego, si no es trivial, se consolida. A nuestro consciente se le da francamente mal realizar varias tareas al mismo tiempo, por lo que dividir nuestra atención puede ser garantía de error.

¡En forma!

Nuestro cerebro madura durante las primeras dos décadas de vida. En ese periodo, asimilamos nuevos conocimientos sin esfuerzo. No obstante, llegada una edad, de la misma manera que ocurre con otras partes del cuerpo, nos cuesta más fijar cosas en la memoria. Y es que el cerebro también envejece y con los años disminuye nuestra capacidad de procesamiento, de aprendizaje y de retención. Pero es no quiere decir que debamos aceptar resignados el deterioro de la mente. Hasta hace apenas 30 años, se creía que nacíamos con un número determinado de neuronas y que éstas, llegada cierta edad,  iban muriendo irremediablemente, por lo que se pensaba que éramos capaces de aprender nada nuevo, de retener conocimiento.

Sin embargo, en la última década se ha demostrado que, al contrario de lo que se pensaba, el cerebro se desarrolla toda la vida. Si bien es cierto que mueren neuronas, también se crean nuevas células nerviosas en algunas partes del cerebro, como por ejemplo en el hipocampo. Además, ahora sabemos que no es tan importante la cantidad de neuronas como las conexiones sinápticas entre ellas. Y estas sí se pueden estimular, renovarse, densificarse. Tenemos un cerebro plástico, capaz de modificarse para adaptarse a las circunstancias toda la vida. Y a pesar de la edad, se podemos aprender.

Pero para ello, debemos trabajar nuestra mente. Como dijo el premio Nobel de medicina español Santiago Ramón y Cajal, “es como un músculo, si no se ejercita, se pierde”. La mejor receta para mantener nuestra memoria en excelente forma es una buena alimentación, rica en ácidos grasos omega-3, que favorecen la plasticidad cerebral; practicar deporte con regularidad, como nadar, correr, caminar, montar en bici, porque los científicos ahora saben que está estrechamente relacionado con la salud de las neuronas; apartar el estrés y la ansiedad de nuestro día a día; ocho horas de sueño reparador, esenciales para archivar todos los datos recogidos durante el día; ejercitar nuestra mente con pequeños retos y desafíos. Y, sobre todo, no angustiarnos si no recordamos todo lo que quisiéramos. Tenemos una mente sumamente perfecta e imperfecta a la vez. Y tener descuidos es también muy humano.

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Algunos trucos para mantener tu memoria en forma

A menudo pensamos que hacer crucigramas y sudokus estimula nuestra memoria. Pero lo cierto es que son tareas repetitivas que no aportan nada. La rutina es el peor enemigo que tiene el cerebro. Es esencial hacerlo trabajar con pequeños desafíos a diario, como lavarnos los dientes con la mano contraria o preparar recetas de cocina complicadas a las que no estemos acostumbrados. O incluso aprender un nuevo idioma o a tocar un instrumento. Esto último, además, refuerza el contacto social, otra de las claves básicas para mantener la cabeza en forma.

El estrés y la sobresaturación perjudican a la memoria. Si bien el estrés es un mecanismo de supervivencia que nos hace estar alerta ante una situación determinada, cuando la tensión es continua, afecta negativamente a la memoria y a la concentración.  Si a eso se suma la multitud de tareas que sobrellevamos a diario, como los hijos, el trabajo, las preocupaciones, no es de extrañar que saturemos nuestra actividad cerebral, lo que es garantía segura de que se produzcan errores. Podemos rebajar la ansiedad y el estrés practicando deporte, o mediante ejercicios de relajación, meditación o yoga. De esta forma conseguiremos estar calmados, mejorar nuestro estado emocional, capacidad de concentración y, por tanto, conseguir una mayor lucidez.

Existen, además, algunos trucos para evitar que la memoria nos falle cuando más la necesitamos, como por ejemplo, elaborar listas. Así nos aseguramos de no dejarnos nada: desde lo que debemos comprar en el súper hasta los puntos que debemos tratar en una reunión importante.

Otro buen recurso es fijarnos en qué cosas nos confunden e intentar establecer asociaciones. Si cada día nos cuesta encontrar las llaves del coche, es mejor dejarlas siempre en el mismo lugar.  También podemos fragmentar la información para recordarla mejor y, en lugar de tratar de memorizar un número de teléfono entero, por ejemplo, hacer grupos de tres números. O establecer asociaciones de imágenes mentales con aquello que se quiere memorizar. Nos cuesta menos recordar aquello que podemos imaginar.

El tiempo

A medida que cumplimos años, tenemos la sensación de que el tiempo vuela, que se nos evapora. La memoria está detrás de esta percepción. Es en ella donde se genera la sensación subjetiva del tiempo. De hecho, valoramos el paso de los días, los años, a partir del número de recuerdos que tenemos. Es decir, que en las épocas en que generamos muchos recuerdos, como en la niñez, o la adolescencia, trazamos un extenso mapa de las horas. Es más, esos recuerdos están cargados de más emoción, por lo que los recordamos más vívidamente. En cambio, en la edad adulta, cuando nos sumergimos en la rutina y la repetición, no creamos nuevas memorias, por lo que los días nos parecen iguales y más cortos que cuando teníamos 20 años. Un buen antídoto es emocionarse y vivir la vida con pasión a cada instante.

Tipos de memoria

Poseemos tres clases de memoria: la memoria a corto plazo, que nos permite retener un número de teléfono o una dirección unos instantes, el tiempo necesario para usarla, y luego se desvanece. La memoria sensorial, que procede de la información que envían los sentidos y que lo que hace es apoyar al sistema cognitivo, asegurarse de que le llegan los estímulos necesarios para que los procese. Y por último, está la memoria a largo plazo, que se compone de aquella información que el hipocampo decide almacenar: datos sobre hechos, personas, lugares, momentos, acontecimientos. Cómo montar en bici, o usar los cubiertos. Qué pasó aquel día, etc.

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