“La creatividad de miles de personas no puede ser ilegal”

¿Por qué usar las mismas leyes que surgieron hace más de un siglo para proteger la creación cultural? En la era YouTube, el copyright indiscriminado no tiene sentido. La sociedad digital reclama nuevas formas de fomentar la creatividad sin prohibiciones y sin, por ello, dejar de retribuir a los artistas. Derechos de autor, sí, pero no para todo el mundo. Eso es lo que defiende Lawrence Lessig, catedrático de derecho en la Universidad de Stanford (EE.UU.). Ponente en las jornadas Kosmopolis 2010, organizadas por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), Lessig opina que son los creadores los que tienen que poder decidir cómo quieren que se difundan sus obras.

Léela en PDF aquí: Lawrence Lessig

(entrevista publicada en la revista Redes para la ciencia, núm de febrero)


Hace unas semanas,  el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sentenció que el canon digital que se aplica en España es ilegal. Considera que no se puede recaudar una tasa de manera indiscriminada a empresas y profesionales que compran equipos y soportes de reproducción de contenido digital.

En España estáis en medio de una lucha para ver qué modelo se impone para apoyar a la creatividad artística. En Estados Unidos, por ejemplo, se controla cada copia y se prohíbe e impide que la gente duplique y grabe el trabajo de un autor. Pero creo, sinceramente, que ese modelo es absurdo, porque nunca vas a poder controlar por completo la distribución de la cultura. En cambio, en Europa el sistema se basa en recaudar ingresos para repartir entre los artistas en función de su popularidad.

Sin embargo, no podemos copiar ni distribuir material sin violar alguna ley…

La sentencia del Tribunal de la UE ha empujado el debate más allá. Llegados a este punto, tenemos que decidir si optamos por el modelo americano, de prohibir, o por el europeo. Espero, sinceramente, que vayamos hacia un sistema que garantice la libertad de construir, de crear y de compartir la creatividad, a la vez que proporcione a los artistas una recompensa por su trabajo.

¿Tan malo es que me baje un álbum de los Beatles o un capítulo de la serie Lost?

Depende [ríe]. Tiene sentido que te puedas descargar un álbum, que lo escuches y que, si te gusta, te lo compres, como de hecho hace mucha gente.

En España hay algunas discográficas que cuelgan los trabajos de sus artistas gratis en la web, como por ejemplo Aloud Music. Quien quiera, se los puede descargar y escuchar.

Claro, y me parece una opción sensata que la industria debería promover. En cambio, en el caso del cine, sucede algo bien distinto. Porque muy pocas veces volvemos a ver una película, a no ser que sea un clásico o alguna en concreto que nos ha fascinado. A la mayoría de nosotros, la mayoría de veces, con una vez nos basta. Si las grandes compañías colgaran cine gratis en Internet y pudiéramos bajárnoslo y verlo gratis, no habría dinero para invertir en superproducciones y deberíamos contentarnos con cosas más sencillas, que se graban en poco tiempo, que cuestan poco de hacer y que acaban colgadas en el YouTube.

Es decir, habría que elegir entre Avatar o películas tipo Paranormal Activity, ¿no?

Tenemos que plantearnos qué queremos, si preferimos un tipo de creatividad en detrimento de la otra. Llámame conservador, si quieres, pero yo creo en un sistema de copyright que dé soporte a este tipo de creatividad que requiere de grandes presupuestos. ¡No quiero perderme buenas películas! O conformarme con ver sólo serie B en el YouTube. Y eso implica que no podemos optar por un sistema en el que consumimos sin pagar nada a cambio. Un artista no puede crear sin recibir ningún tipo de compensación.

¿Qué propones?

Hay sistemas que empiezan a funcionar en este sentido, como portales de cine en los que pagas uno o dos euros por ver una película. O incluso se puede recolectar algún tipo de impuesto en los cines o en los DVD, y que ese dinero vaya a los creadores de la película. Son dos formas de conseguir un mismo objetivo: asegurarnos de que los artistas son, de alguna manera, recompensados. Además, están las licencias Creative Commons.

Licencias flexibles que otorgan al autor la capacidad de decidir qué derechos y libertades acompañan a su obra.

Exacto. Cuando creamos este tipo de licencias pretendíamos construir una infraestructura que permitiera la experimentación, justamente para encontrar modelos que se adaptaran a cada creador. Las leyes del copyright regulan el uso y la copia de las obras. Sin embargo, en el mundo digital cada vez que una persona usa una obra crea una copia. Y eso implica que debes tener una licencia para cada uso. Da igual que seas un chaval de 14 años que estés cogiendo unas imágenes de Van Gogh para un trabajo del instituto. La creatividad de millones se ve como algo ilegal. ¡Y eso es una locura!

¿Por qué?

Hasta hace 10 años, escribir un libro o rodar una película era algo al alcance de unos pocos. Sin embargo, las tecnologías digitales consiguen que millones de personas puedan crear, puedan participar activamente en la cultura. Y las leyes del copyright lo que hacen es intentar frenar esa participación. La intención de las licencias Creative Commons es experimentar, ir probando fórmulas que garanticen tanto la retribución justa a los artistas como la creatividad. Cada autor o creador debe experimentar diferentes modelos y decidir cuál es el que le conviene más. Hollywood, por ejemplo, intenta controlar todos y cada uno de los accesos y usos. En cambio, en la era de la cultura digital, triunfa el modelo de la cultura del remix, que no trata de bloquear los accesos, sino de reconocer el buen trabajo creativo. Un buen ejemplo es Girl Talk, uno de los mejores artistas y más importantes de la cultura del remix; crea sus obras y las pone a disposición de todo el mundo, para que las usen y creen nuevas obras remezclándolas con sus propios trabajos. Es realmente muy interesante.

Póngame un ejemplo.

La película Sita Sings the Blues (2008), fantástica. Tiene una licencia Creative Commons, lo que implica que puedes distribuirla, incluso comercialmente; la única restricción es que, si haces cambios,  los hagas bajo la misma licencia.

Pero, ¿es lícito ganar dinero gracias al trabajo no lucrativo de otros?

Depende de las motivaciones de la gente. Yo soy profesor y me hace tremendamente feliz que mis alumnos cojan mis ideas y hagan dinero con ellas. Ahora, yo nunca le diré a nadie que haga lo mismo. No le pediré a un artista que ofrezca gratis su trabajo. Por eso, en Creative Commons creamos también una licencia no comercial. A muchos artistas les parece bien que la gente, en la escuela o en el trabajo, use sus obras, que las compartan en Internet. Sin embargo, no están para nada de acuerdo en que una gran discográfica las use y las ponga en una banda sonora sin compensarlos por ello.

Es que eso es otra cosa…

Si yo no voy a sacar rendimiento económico de mi trabajo, quien lo use tampoco. Y si alguien quiere usarlo con fines lucrativos, entonces que me pida una licencia de otro tipo. Lo que tratamos de hacer, en Creative Commons, es montar una infraestructura que refleje las diferentes relaciones sociales. ¡Hay que empujar a la gente a compartir!

No lo diga muy alto, no lo vayan a acusar de fomentar la piratería.

Estamos ante un mundo nuevo, de cultura libre. Pensemos en el software libre, como el sistema operativo Linux. Si eres una empresa comercial, como IBM, puedes coger ese sistema operativo, venderlo, modificarlo y hacer dinero. Y no tienes que pagar a nadie por ello. La gente que desarrolla software libre creen que ésa es una libertad importante incluso si, gracias a ella, otros hacen dinero. Wikipedia ha adoptado esa misma filosofía. Tiene una licencia Creative Commons que permite que cualquier persona pueda coger la Wikipedia entera, ponerla en un libro y venderla. O coger un fragmento y publicarlo en un blog. Puedes hacer lo que quieras mientras que todo lo que generes lo pongas a disposición de los demás también en abierto. Eso es la cultura libre.

¿Todo se puede crear a cambio de nada?

Está claro que no vamos a ir hacia un mundo en el que de manera gratuita se puedan producir los mejores trabajos del mundo. Hay algunas cosas que son gratis y son magníficas, como el amor, algo maravilloso que surge entre dos personas. Pero sin pagar no vas a poder hacer buena arquitectura, ni buenas películas, ni buena literatura, ni buena música… Debemos defender un modelo que asegure que el artista obtenga una compensación económica pero sin que ello suponga bloquear la enorme creatividad que corre en la red. Te pondré un ejemplo: mis libros. Todos están disponibles bajo licencias Creative Commons. Y fui mi editor el que me sugirió esta idea cuando publiqué el primero. Me dijo que si poníamos el libro en formato digital a disposición de todo el mundo, habría muchísima gente que conocería mi trabajo y que, sin embargo, de otra forma, no me leerían. Ésa es la ventaja que tiene la distribución libre, que tu trabajo llega a más personas. Y de esos lectores que se descargarían el libro, algunos lo comprarían.

¿Qué pesan más, las ventajas o las desventajas?

Para mí, obviamente, las ventajas. Cuando publiqué Por una cultura libre (Ed. Traficantes de sueños, 2005), en tan sólo dos años se lo descargaron medio millón de personas, y además vendí un montón de copias en papel, además de todas las traducciones que otras personas hicieron y que hicieron posible que mis libros hayan llegado a países que jamás hubiera imaginado, como la República Checa o China. Es una forma de dar poder a parte de la sociedad para que participe en la difusión de tus ideas.

Hay escritores a los que les da bastante repelús digitalizar sus libros para que se vendan en formato electrónico. Temen que les pase lo mismo que a los músicos…

Es completamente lógico y normal que tengan miedo porque todos estos cambios que estamos viviendo van a cambiar el mundo. La pregunta que deben hacerse los escritores es: ¿cómo puedo continuar siendo relevante en este nuevo escenario? Cada vez hay más personas que usan dispositivos como los e-books, los móviles o las tabletas para leer. ¡Los autores que no quieran estar en estos nuevos formatos se volverán invisibles! Si sólo piensan en que publican dos mil copias de su libro, y que obtienen cuatro euros por copia, y que ésa es la cantidad de dinero que quieren percibir, entonces están decidiendo que quieren ser irrelevantes para las siguientes generaciones.

Dicho así, suena muy grave.

Pero es que no tenemos ni la libertad, ni el privilegio, ni el poder para detener a la tecnología. De manera que si queremos pertenecer a este mundo tenemos que ajustar nuestra forma de relacionarnos con ella. La manera de relacionarnos con la cultura ha cambiado. Es apasionante. En los siglos XVII, XVIII y XIX había muchísima creatividad. Los trovadores iban de pueblo en pueblo, producían cultura, y las personas participaban activamente: cantaban, aprendían a tocar el violín o el piano, y los acompañaban. De esta manera, eran consumidores y productores al mismo tiempo.  La cultura se reescribía, en el sentido de que la gente escuchaba y luego producía. En el siglo XX se produjo un cambio de paradigma y la cultura se volvió algo pasivo, algo que vemos, un disco que compramos, un libro que leemos. La idea de que tenías el poder, o incluso la obligación, como miembro de una sociedad, a crear, a generar cultura, se perdió. El siglo XXI nos va a devolver esa capacidad. Volveremos a ser sujetos activos culturalmente.

¿Cómo?

Vivimos en la era YouTube. Los jóvenes de hoy en día no se conforman con escuchar una canción en su reproductor mp3, sino que se convierten en “recreadores”: la remezclan, hacen vídeos con ella. Eso es una cultura mucho más participativa que la que hemos tenido durante mucho tiempo. No podemos matar esa creatividad ni criminalizarla.

La culpa es de la industria.

No podemos hablar de industria, así en general. Es simplificar demasiado. Hay algunas industrias que tratan de probar nuevas formas de abrirse paso en este nuevo mundo digital, mientras que otras tratan de detenerlo por todos los medios. Las que están intentando adaptarse, hallar nuevas formas de distribuir la cultura y de fomentar la creación, son aliadas. En cambio, las que están ancladas en el pasado, dirigidas por burócratas multimillonarios, que se dedican a cobrar derechos de autor y tratan de frenar la distribución de la cultura, son el enemigo. Creen que pueden preservar su mundo bloqueando esta evolución de la tecnología, pero no se dan cuenta es de que no tienen el poder suficiente. No debemos resistirnos. Todo está yendo hacia aparatos tecnológicos muy potentes. Imaginemos la revista del futuro. La leeremos en nuestro lector digital y nos aparecerán anuncios personalizados, de manera que, cuando vea algo que me interese, tocaré encima y compraré. Y la revista se llevará un porcentaje de esa compra. Es un modelo de negocio con un enorme potencial. Si sólo pudiéramos tener una generación de editores que no estuvieran tan anclados en el pasado… ¡ay!


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