¡A tus neuronas les va el deporte!

Aquello tan típico y tópico, que hemos escuchado un millón de veces, de mens sana in corpore sano resulta que es comprobable científicamente. Cada vez que practicamos ejercicio, es como si le estuviéramos dando un buen masaje a nuestro cerebro. En Redes, el programa de TVE dirigido por Eduard Punset, entrevistamos hace un tiempo a Fernando Gómez Pinilla, un investigador pionero en estudiar los efectos del deporte en nuestras neuronas. En este reportaje, publicado en la revista Redes para la ciencia, recojo algunos de los apuntes que daba Pinilla; también entrevisto a un equipo de neurocientíficos de la UAB que están trabajando en este tema, los únicos en España que lo hacen. Ya sabéis, si queréis tener una buena memoria y rendir más en vuestros estudios o en el trabajo o en vuestro día a día… ¡al gimnasio!

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Ya lo decían los griegos y los romanos: Mens sana in corpore sano. Y es que la ciencia ha podido comprobar que hacer ejercicio es esencial para mantener nuestra mente en buen estado.

Es un soleado domingo de invierno. Te pones tu ropa de deporte y decides irte a correr un rato por la playa. El tiempo acompaña y te apetece cargar las pilas antes de enfrentarte a una nueva semana. Una vez en la arena, te cruzas con otras personas que también han aprovechado la mañana para hacer algo de ejercicio. Una familia juega a la pelota; una pareja más allá también hace footing, como tú; y en el paseo, mucha gente va y viene en bici y en patines. Tras una hora corriendo por la arena, te detienes frente al mar y te embarga una sensación placentera y de satisfacción.

Sabemos que hacer deporte es esencial para disfrutar de una buena salud; es una garantía para tener un corazón sano. Hemos oído en numerosas ocasiones que con sólo 30 minutos de ejercicio tres veces a la semana, disminuimos el riesgo de sufrir cardiopatías, presión arterial alta, colesterol y algunos tipos de cáncer. Además, sudar un poco la camiseta beneficia a nuestro sistema inmunitario, fortalece huesos y músculos, aumenta nuestra resistencia y energía, a la vez que reduce el cansancio. Nos hace sentir de mejor humor, más alegres y vitales. Y ahora sabemos que, además, es un masaje para nuestras neuronas.

Es lo que estudios científicos han demostrado recientemente: que el deporte es esencial para tener un cuerpo sano pero también un cerebro en forma. Han descubierto que cuando jugamos a fútbol, corremos, o nadamos, se generan nuevas neuronas y se densifican las conexiones entre ellas, algo que durante décadas se creyó imposible. Incluso han hallado evidencias de que el deporte puede ayudar a prevenir la enfermedad de Alzheimer, los trastornos cognitivos e incluso los síndromes de déficit de atención.

Una molécula llamada BDNF

A mediados del siglo XX, los neurólogos empezaron a percatarse de la relación que existía entre el ejercicio practicado de forma regular y el alivio de la depresión, del dolor y del mantenimiento de una buena memoria en edades avanzadas. Sin embargo, hubo que esperar hasta mediados de la década de los 90 para que empezaran a comprender mejor el por qué.

Neurocientíficos como Fernando Gómez Pinilla, de la Universidad de California (UCLA) -uno de los principales expertos en este ámbito y principal portavoz de los beneficios del deporte sobre nuestras neuronas- investigaron qué ocurría cuando practicábamos algún ejercicio. Vieron que cada vez que nuestros músculos se contraen y se relajan, envían al cerebro una serie de sustancias químicas, entre ellas, una proteína llamada IGF-1. Una vez en el cerebro, esa proteína provoca la producción de otras sustancias químicas, llamadas “factor neurotrópico”, proteínas que protegen a las células de enfermedades o daños, las impulsan a crecer y a multiplicarse, y fortalecen las conexiones entre neuronas y otras células nerviosas. De entre todas esas sustancias, vieron que destacaba el BDNF, una neurotrofina muy importante que parece actuar como abono del cerebro. Es esencial durante la formación de todo el sistema nervioso. Abastece casi todas las actividades que conducen a un pensamiento complejo; y actúa como neurotransmisor, ayudando a la comunicación entre distintas células.

Al hacer deporte de forma regular, aumentan los niveles de BDNF y, como consecuencia, las células nerviosas del cerebro empiezan a diversificarse, a unirse, a comunicarse de formas nuevas, explica David Costa, neurocientífico del departamento de psicobiología del Instituto de Neurociencias de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Y eso resulta esencial para aprender. Porque para que podamos adquirir nuevos conocimientos, el cerebro tiene que poder cambiar. No se trata de grandes cambios, señala Costa, pero sí de pequeñas modificaciones a nivel sináptico en los circuitos implicados en la tarea que estamos aprendiendo. Cada cambio en las uniones entre células significa un nuevo hecho o habilidad que hemos adquiriendo y que almacenamos para uso futuro.

Y el BDNF hace ese proceso posible. Fomenta la capacidad plástica del cerebro, para que se adapte mejor a las situaciones y pueda modificarse en función del ambiente. Cuanto más BDNF, mayor capacidad del cerebro para aprender. Y cuanto menos BDNF, más cuesta más adquirir información nueva. Justamente eso es lo que investiga el neurocientífico David Costa y su equipo; comparan la habilidad de diferentes grupos de ratas para resolver problemas. Algunas llevan una vida tranquila, y otras en cambio hacen ejercicio.  Aunque la investigación aún se encuentra en una fase incipiente, los científicos empiezan a ver que las que corren en la rueda solucionan los problemas antes. El siguiente paso será trasladar ese estudio a las personas para tratar de encontrar tratamientos que mejoren los procesos de aprendizaje y memoria.

Hasta mediados de la década de los años 90, la ciencia creía que, llegada cierta edad, nuestras neuronas morían irremediablemente, por lo que perdíamos la capacidad para aprender. Los estudios realizados en la última década han demostrado que eso no es así, que es posible la neurogénesis, la formación de neuronas en algunas áreas del cerebro, y que se puede estimular mediante el deporte. Por ejemplo, el hipocampo, una región con forma de caballito de mar, implicada en los procesos de aprendizaje y memoria, responde mucho a los efectos del BDNF. Parece ser que el deporte provoca que se formen nuevas neuronas, densifica las conexiones sinápticas en esa región y, además, devuelve al hipocampo a un estado más joven.

No obstante, eso no pasa en todo el cerebro. Pero, aunque no se generan neuronas nuevas en todas las regiones, el ejercicio las puede beneficiar de formas secundarias. Con el deporte, aumenta el volumen de sangre, así como el cerebral. Donde se crean nuevas neuronas, aparecen nuevos capilares para irrigarlas bien. Se ha visto, por ejemplo, que los atletas tienen más astrocitos, una célula grande en forma de estrella que se encarga de mantener a las células nerviosas en su lugar y de ayudarlas a desarrollarse y a funcionar correctamente. Incluso los niveles de neurotransmisores, como la dopamina, la serotonina y la norepinefrina, son más elevados en aquellas personas que practican deporte a menudo. Y esas sustancias hacen que estemos más centrados, que podamos calmar la impulsividad, la ansiedad.

Se ha visto que bastan tan sólo tres meses para que aumenten los niveles de BDNF en el cerebro. Eso sí, del mismo modo que ocurre con los músculos del cuerpo, hacer ejercicio intenso durante un tiempo y después abandonarlo, sirve de bien poco porque los niveles de BDNF, al abandonar el deporte, también se reducen.

Tampoco todos los tipos de ejercicio influyen de igual forma. El neurocientífico de UCLA Fernando Gómez-Pinilla explica que algunos deportes ejercen un mayor efecto sobre el cerebro que otros, más diseñados para aumentar músculo. Así, se sabe que correr, jugar un partido de baloncesto o de fútbol, nadar, o ir en bici, actividades en las que se ponen en marcha coordinación y pensamiento, tienen efectos mucho más positivos sobre la plasticidad neuronal que hacer pesas. Para David Costa, del Instituto de Neurociencias de la UAB, se precisa sobre todo ejercicio aeróbico, que aumente el flujo sanguíneo en el cerebro. Eso es lo que hará que determinadas regiones cerebrales disparen unos mecanismos de expresión génica que aumentarán la segregación de moléculas de BDNF, que provocarán que esas zonas estén más plásticas y que se puedan modelar mejor con el deporte.

 

Un cerebro en movimiento

Estamos interesados en el ejercicio, dice Costa, porque hemos dejado de hacerlo. Ahora estamos redescubriendo un tratamiento que teníamos de forma natural y que hemos perdido. Y es que el ser humano empezó con grandes dosis de actividad física, de movimiento, para poder comer, para cazar, para huir de los depredadores, para sobrevivir, en definitiva. La locomoción tuvo un papel muy importante en la evolución, señala Gómez Pinilla. Tenía una acción directa en las regiones cerebrales relacionadas con la cognición y cuando dos funciones evolucionan así, no puedes separarlas, advierte el neurocientífico de la UCLA.

Y no hace falta remontarse tan atrás; hace tan sólo un siglo, cuando carecíamos de todos los transportes de que hoy en día disponemos, el ejercicio formaba parte de nuestras vidas. Tenemos un cerebro que se formó a través del movimiento. Es parte de nuestra existencia, incluso hay genes que para funcionar bien necesitan ejercicio. Y ésa es la gran paradoja actual: tenemos un cerebro para el deporte y somos una sociedad que apenas hacemos deporte. Y eso puede generarnos problemas, porque que no se les dé ejercicio a determinados, quizás, apunta Pinilla, podría explicar varias enfermedades, como el Alzheimer; de hecho, no hacer ejercicio se considera un factor de riesgo para la aparición de esta patología cognitiva degenerativa. También con la depresión y la enfermedad bipolar.

Debido a la relación estrecha que hay entre deporte y salud cerebral, muchos científicos empiezan a investigar cómo aplicar el ejercicio para tratar daños neurológicos, como el Parkinson. Practicar algo de actividad varias veces por semana reduce la incidencia de esta enfermedad; es más, varios estudios científicos sugieren que caminar una hora al día hace que sea menos probable desarrollar Parkinson y Alzheimer, e incluso puede aminorar la progresión de esta última. Se realizó un test de memoria con 1740 personas, todas ellas mayores de 65 años; durante seis años, estudiaron la relación que había entre las horas de deporte que hacían y las capacidades cognitivas de esas personas. Y vieron que el ejercicio moderado aumentaba su memoria y reducía el riesgo de padecer demencia senil.

También se está empleando el deporte para paliar daños en la espina dorsal. Hasta ahora, los médicos habían ayudado a los pacientes a recuperar algo de movilidad en los miembros paralizados a causa de una lesión cerebral con ejercicio. No obstante, consideraban que aquellos pacientes en silla de ruedas, inválidos de cintura para abajo, estaban demasiado lesionados como para poder ayudarlos. John MacDonald, director del Centro internacional de daños en la espina dorsal, del Instituto Kennedy Krieger, en Baltimore (EE.UU.) desafió esta idea. Trabajó junto al actor Christopher Reeve y desarrolló para él una terapia especial para tratarle su parálisis. Ideó una bicicleta estática, que estaba equipada con electrodos que estimulaban los músculos del actor para que pedaleara. Usó este mismo sistema con otras 24 personas que hacía más de cinco años que padecían una parálisis; usaron las bicis unas tres veces por semana durante un par de años y el resultado fue que el 40% de quienes habían practicado deporte, habían conseguido recuperar parte de función motora.

 

Cargando las baterías

Que el deporte sea beneficioso para la salud de nuestro cerebro no significa que si ahora nos ponemos a practicar ejercicio con regularidad vayamos a notar cambios espectaculares la semana próxima. El neurólogo Javier de Felipe cuenta que en su época de facultad cuando estaba preparando exámenes, a menudo se iba un rato al gimnasio, a correr un poco, y que al volver estaba más despejado y conseguía concentrarse mejor. Seguro que esa sensación inmediata de liberar tensiones y de claridad mental la hemos experimentado todos. Lo que cuesta notar más son todos los beneficios a largo plazo del deporte.

Para David Costa, de la UAB, al hacer ejercicio durante la vida estamos ahorrando lo que quizás necesitaremos recuperar más tarde. Es como si fuéramos depositando ahorros en una especie de banco cerebral. Se ha visto en animales de laboratorio que, si dejan de practicar ejercicio, sus niveles de BDNF vuelven a la normalidad, como ocurre con los músculos. No obstante, el cerebro guarda una especie de memoria, de manera que si el sujeto retoma el deporte un tiempo después, su cerebro recupera los niveles de BDNF antes y mucho más rápido que animales sedentarios.

Eso, dice Costa, es la reserva cognitiva. Probablemente, prosigue, veamos su utilidad cuando tengamos un problema. Según este investigador, es la capacidad que tiene nuestro sistema nervioso de generar circuitos de reserva que no funcionan en todas las etapas de la vida al 100%, sino que entran en funcionamiento sólo en caso de que se produzca una lesión, o de que aparezca una enfermedad como el Alzheimer. La reserva cognitiva, resume Costa, es como una batería de reserva que el cerebro tiene para poder arrancarla durante la vejez o en el periodo vital que la necesitemos.

Eso sí, el deporte no es la panacea. Las funciones cerebrales son extremadamente complejas y no podemos atribuir a un sólo factor la mejora de nuestras funciones. También influye la genética, algo que no podemos escoger, y que nos marca nuestra capacidad. Mediante el trabajo intelectual, podemos favorecer nuestro sistema nervioso y la capacidad plástica cerebral. Pero si no practicamos nada de deporte, advierte David Costa, es como si plantáramos una planta, pero no la abonáramos. Seguramente, esa planta no sería muy grande. El otro extremo, practicar mucho deporte sin realizar trabajo intelectual, tampoco sirve de mucho. Siguiendo con la metáfora de la planta, sería como abonar mucho la tierra, sin echar ninguna semilla. Lo ideal es, afirma Costa, abonar tu mente con ejercicio y trabajo intelectual. Abandona tu cuerpo y tu mente irá detrás.

 

—-Despieces——–

Los niños y el deporte

La mayoría de estudios se centran en la gente mayor, personas que empiezan a preocuparse porque su mente ya no funciona como solía hacerlo. Pero los efectos del deporte no se limitan a ese grupo. De hecho, en los niños tiene  un efecto muy potente, puesto que su cerebro aún se está desarrollando. En varios experimentos realizados con chavales, han visto que aquellos que practican deporte varias veces por semana, tienen un mejor rendimiento escolar que los que llevan una vida más sedentaria. De ahí que los científicos demanden que los críos hagan más horas de deporte en la escuela, porque si desarrollan una afición por el ejercicio físico, serán también unos adultos más activo. Y quizás, así, puedan evitar un destino que ahora sus abuelos afrontan, la pérdida de las capacidades cognitivas.

Y no sólo eso. El deporte también podría emplearse como tratamiento complemento de medicamentos para niños con trastornos de déficit de atención (TDA). De hecho, en Estados Unidos ya se está probando con resultados positivos. En los niños con este desorden, el hipocampo se agranda y puede conectarse con el resto del cerebro de formas anómalas que afectan su función. Hasta los 20 años, no se desarrollan por completo los lóbulos frontales, de manera que el hipocampo de niños con TDA recluta otras partes del cerebro para llevar a cabo funciones como el aprendizaje. En experimentos realizados con niños se ha visto que el deporte acelera el funcionamiento ejecutivo y también amplia una serie de habilidades que van de las mates, a la lógica o la lectura, que se reparten por el cerebro.


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4 Respuestas a “¡A tus neuronas les va el deporte!

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  2. muchas gracias me dio un infarto cerebral y con este reportaje encontrè la respuesta que estaba esperando mil gracias dios los bendiga beatriz

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