Consumir, consumir y consumir

La revolución industrial propició la producción en serie de productos a precios accesibles para los consumidores. Nacía así la economía del crecimiento en que se basa nuestra sociedad. Sin embargo, dos siglos más tarde, la industria tuvo miedo: ¿y si el filón se agotaba y la gente dejaba de comprar?

(artículo publicado en la revista Redes para la ciencia, número de abril)

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En los seis minutos que usted, probablemente, destinará a leer este reportaje, en algún rincón del planeta se habrán producido dos nuevos objetos, que saldrán de la fábrica listos para ocupar el estante de alguna tienda. Lavadoras, relojes, sillas, ordenadores, coches. Se calcula que en un solo día, unos 480 productos salen al mercado, lo que supone unos 175.200 al año. Y buena parte de ellos están pensados para estropearse y ser reemplazados al poco.

Es la obsolescencia programada, el mecanismo secreto que mueve a nuestra sociedad del consumo, basada en una economía de crecimiento que necesita producir masivamente objetos que sean, a su vez, masivamente consumidos. “El sistema de producción capitalista está basado en la generación de un deseo perpetuamente insatisfecho. Consumimos productos que no necesitamos, pero que deseamos”, afirma Joaquín Rodríguez, videcano de la Escuela de Organización Industrial (EOI). A ese deseo es al que apela la publicidad, el marketing y todas las estrategias de venta de las empresas.

“Está claro que la mayoría de cosas no evolucionan en dos años; por ejemplo los coches –dice Miquel Barceló, catedrático de la Facultad de informática de la UPC -. Les cambian la carrocería, el diseño, pero el motor y la tecnología son iguales. Si vendes un producto que dura 50 años, está claro que pierdes mercado. De ahí que hoy en día se fabriquen coches con placas más finas, que se hagan más complementos de plástico para abaratar costes y estimular que el coche, al cabo de los 10 años, esté obsoleto. En eso se basa la sociedad del consumo”.

No obstante, aunque nuestro deseo puede ser infinito, los recursos de la tierra no lo son. “Estamos dilapidando recursos. Ahora mismo, ya nos hacen falta cinco planetas como el nuestro para mantener el modelo de consumo occidental”, añade Rodríguez, de la EOI.

Obsolescencia programada

Miquel Barceló es catedrático de la facultad de informática de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) y lleva más de 30 años dedicado a la docencia. Durante dos décadas, ha enseñado a sus alumnos qué es la obsolescencia programada y les pone como ejemplo lo que ocurría cuando comenzó a trabajar. “Al estropearse un ordenador, el técnico informático trataba de arreglar la placa, el corazón de la máquina. Ahora, en cambio, directamente la reemplazan y tiran la vieja. Eso genera insostenibilidad”, afirma Barceló.

A menudo, solemos comprar productos que al cabo de un tiempo breve de uso comienzan a fallar. Como, por ejemplo, reproductores mp3 a los que les falla la batería, o impresoras que llegado un número determinado de impresiones dejan de funcionar.  “Cuando llevas las cosas estropeadas al servicio técnico, te aconsejan que las tires y compres otras nuevas. A menudo sale más económico reemplazarlas que tratar de arreglarlas”,  explica Barceló. Y exclama, irritado, que “incluso en las facultades de diseño se suele enseñar que los productos tienen  una vida útil limitada, a partir de la cual es mejor cambiarlos”. Este profesor lleva décadas batallando contra esta idea y ha conseguido introducir en los estudios de informática una asignatura de ética de la tecnología.

“La obsolescencia programa existe en nuestra sociedad desde que los fabricantes comenzaron a pensar en cómo incrementar las ventas de sus productos. Y lo hicieron a costa de la confianza de sus clientes”, cuenta la directora del documental “Comprar, tirar, comprar”, Cosima Dannoritzer. En él, esta alemana denuncia el recorte deliberado por parte de la industria de la vida de un producto para incrementar su consumo.

Durante tres años, Dannoritzer recorrió literalmente medio mundo, entrevistó a expertos y a personas relacionadas con la industria, visitó fábricas, y buscó documentación en archivos. A partir de todo ese material, hizo este documental, que se estrenó en España a finales de 2010, comienza a pasarse por cadenas de todo el planeta y está arrasando en internet.

“Comprar, tirar, comprar”

La idea de acortar la vida útil de los objetos surgió casi a la par que la producción en serie y la sociedad del consumo. La revolución industrial generaba productos de forma masiva a precios económicos, accesibles para los consumidores. El sistema funcionaba a la perfección: la industria fabricaba y la gente compraba. No obstante, casi dos siglos después, los fabricantes comenzaron a temer que se agotara el filón. ¿Y si llegaba un momento en que la gente tuviera de todo y no necesitara cosas nuevas? Fue así como, poco a poco, comenzaron a buscar una fórmula para garantizar la venta de productos.

A comienzos del siglo XX, Henry Ford fabricaba el modelo T, que producía en serie a partir de un único diseño. Era seguro, fiable, estaba hecho para durar y tuvo mucho éxito. No obstante, General Motors pronto iba a cambiar ese hecho. En lugar de competir con un único modelo, se inventaron las modas. Así cada año retocaban el diseño, el color, el tamaño de sus coches y, aunque eran menos fiables y duraderos que los Ford, eran más bonitos y gustaban más al consumidor americano. Aquello hizo caer en picado las ventas del modelo T. En 1927 Ford lo dejó de producir y se unió a la moda de sacar un modelo nuevo cada año. Se había puesto en marcha el motor de la sociedad del consumo.

Tras el crack del 29, que sacudió a la economía americana, surgieron varias ideas para reactivar el consumo, entre ellas la de Bernard London, un agente inmobiliario de Nueva York que propuso hacer obligatoria la obsolescencia programada. Era la primera vez que se ponía por escrito aquel concepto. London defendía que los productos tuvieran una duración limitada y que, una vez agotada, el consumidor estuviera obligado a llevarlos a un punto de recogida del gobierno para que fueran destruidos. Así, creía London, se reactivaría el consumo y, por tanto, la economía americana.

Aquella idea acabaría prosperando en los años 50, cuando el diseñador Brooks Stevens propuso seducir a la gente, generar el deseo de poseer cosas nuevas. “La idea es que el consumidor esté insatisfecho con lo que tiene, para que decida comprarse otro nuevo”, apunta Joaquín Rodríguez, de EOI. La publicidad se encargó de diseminar ese anhelo. La economía el crecimiento comenzó a funcionar a plena máquina. Para ser feliz, había que poseer nuevas cosas.

Concienciados

Paradójicamente, al parecer, el poseer muchas cosas no da la felicidad. Según índices como el Happy Planet (www.happyplanetindex.org/), los países que más poseen, los más consumidores, como Estados Unidos, son también aquellos más infelices. Para Joaquín Rodríguez, de la EOI,  eso se debe a que “cuando generas un deseo que nunca se colma provocas una insatisfacción continua en el individuo, infelicidad. Actualmente, se discute la validez del PIB de los países; se creó para medir la producción de servicios que un país generaba, pero está claro que se necesitan índices alternativos, como los de Human Development Report (http://hdr.undp.org/), que nos dan una visión holística global de todo lo que contribuye al bienestar de la sociedad”.

Además, está el debate ético sobre el impacto que tiene crear productos de vidas cortas sobre el planeta. Tal y como la directora Cosima Dannoritzer muestra en su documental, los bienes que desecha Europa se envían al tercer mundo, a países como Ghana, a donde cada día llegan contenedores a rebosar de basura electrónica. La mayoría van a parar a lugares que antes eran bellos escenarios naturales y que ahora sólo son grandes contenedores de residuos. “Tiene un coste elevadísimo para el planeta, en materias primas, en energía. Aunque se reciclen eso tiene impacto medioambiental grande”, considera Cosima.

Necesitamos un cambio

Para Joaquín, de la EOI, “debemos atrevernos a cambiar el sistema de valores. Si el crecimiento continuo no nos satisface y nos estamos cargando el medioambiente, debemos buscar modelos alternativos”. Un es el decrecimiento, una filosofía de vida que promueve abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento, como propugna Serge Latouche, una disminución del consumo, y una producción controlada y racional, que permita respectar el medioambiente y a los seres humanos. Hay otras opciones, como la que propone Tim Jackson, autor del libro Prosperidad sin crecimiento (Earthscan , 2009), que se basa en promover los valores sociales comunitarios, de crecimiento personal y social.

“Tenemos una cultura basada en la insatisfacción continua de la gente. Compramos, consumimos y descuidamos las redes sociales, el contacto con los otros, que es lo que realmente nos puede aportar alguna clase de satisfacción y que, en definitiva, seamos felices”, opina Rodríguez.

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