Lo que el pasado esconde

Médicos, arqueólogos, biólogos y antropólogos trabajan conjuntamente aplicando tecnologías punteras y métodos de diagnóstico médico actual para desvelar los misterios que albergan los restos de cuerpos del pasado. Se sitúan en una disciplina en los confines de varias disciplinas, la paleopatología.

(reportaje publicado en la revista Redes para la ciencia del mes de marzo)

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El día en que iban a morir nada hacía presagiar a los habitantes de aquel pueblecito del sur de Italia su desgracia. Unas 8000 personas vivían en Herculano, a los pies del Vesubio. Y aquella mañana del 24 de agosto del año 79 dC, como cualquier otra, se levantaron y empezaron con sus quehaceres diarios. Entonces, el volcán comenzó a temblar y a rugir, por lo que la mayoría decidió abandonar la ciudad y se dirigió hacia la playa. Por la noche, el Vesuvio finalmente desató su furia de fuego y lava, arrasó Pompeya y otros muchos pueblecitos de los alrededores. Buena parte de los habitantes de la zona murieron abrasados.


Los que se habían resguardado en la playa no corrieron mejor suerte. Respiraron ceniza volcánica que entró en sus pulmones a unos 800ºC y quedaron sepultados bajo una capa de ceniza, que los congeló en el tiempo tal y como se encontraban en el momento de perecer. “Había niños abrazados a sus madres, personas que yacían tapándose los ojos, otros sentados alrededor de una mesa, comiendo pan y queso”, explica Luigi Capasso, director del Museo Universitario de Chieti y uno de los mayores expertos del mundo en esta villa napolitana de Herculano; junto a Pompeya, son las dos poblaciones enterradas bajo el polvo volcánico del Vesubio.

Las primeras excavaciones de los restos de esta catástrofe comenzaron a mediados del siglo XVIII, aunque fue hace 20 años cuando tuvo lugar la campaña más importante. Fue entonces cuando se investigó el área cercana al puerto de esta ciudad romana y se encontraron más de 200 esqueletos de diversas edades y sexo. Aquel hallazgo era muy importante, puesto que se trataba de los primeros esqueletos encontrados de la Antigua Roma del siglo I. Y es que los romanos incineraron a sus muertos hasta el siglo III, de ahí que no se haya dado con restos óseos anteriores a esa fecha.

“Encontramos los cuerpos a 30 metros bajo el polvo –cuenta Capasso, uno de los participantes del XI Congreso de Paleopatología, organizado por el departamento de Antropología de la Universidad Autónoma de Barcelona y celebrado en Andorra hace unos meses-. A diferencia de Pompeya, la forma en que murieron los habitantes de Herculano nos ha permitido estudiar por completo el estado de salud de la población. Es como una enorme radiografía con la que hemos podido reconstruir la estructura de esta ciudad, ver qué porcentaje de mujeres y niños había, cuál era la esperanza de vida, entre otras cosas”.

Los restos y esqueletos descubiertos aquí son fuente de análisis y también de conocimiento acerca de la vida en aquellas ciudades del Imperio Romano. Así, las investigaciones, que han durado nueve años y cuyos resultados ocupan un volumen de nada menos que 1400 páginas, revelaron, por ejemplo, que casi el 30% de la población presentaba lesiones óseas. Tras analizar los huesos de las víctimas, y también los excrementos que hallaron en las cloacas de la ciudad, y practicarles análisis de ADN,  los expertos vieron que estaban causadas por una enfermedad infecciosa, la brucelosis o “fiebre de Malta”, originada por un microorganismo llamado Brucella que se halla en las secreciones y los excrementos de vacas, ovejas, cabras y cerdos. Se suele adquirir al ingerir leche de estos animales o también por contacto directo con sus excrementos, de ahí que sea una enfermedad común entre granjeros.

Ese hallazgo sorprendió a los investigadores. ¿Cómo era posible que una población costera, que vivía de la pesca, padeciera una enfermedad propia de pueblos ganaderos? “Encontramos queso carbonizado –exclama satisfecho el profesor Capasso-, lo analizamos y vimos que contenía el microorganismo. La mitad de la población padecía esa enfermedad puesto que consumían el queso elaborado con la leche de las cabras que pastaban en las laderas del volcán”.

Aprendiendo de los muertos

Los descubrimientos realizados en Herculano no sólo explican cómo era aquella civilización, sino también arroja luz sobre algunas cuestiones relacionadas con la biología y la ciencia. Por ejemplo, señala Luigi Capasso, algunos escritos de Plinio relataban el método de conservación de la granada: se disponía un estrato de paja, a continuación la fruta, luego otra capa de paja y así. Al final de la semana, decía Plinio, la granada se deshidrataba. En Herculano, los investigadores hallaron esta fruta conservada tal y como describían los textos del autor romano. La analizaron y vieron que al cabo de siete días, tras la deshidratación, se producía un hongo que contenía antibiótico natural. Examinando los huesos de los cadáveres encontrados, vieron que ninguno presentaba infecciones y los investigadores llegaron a la conclusión de que era a causa de este antibiótico del hongo de la granada.

“Esto tiene un interés médico evidente”, exclama Capasso, puesto que ese descubrimiento ha servido para dar con un nuevo y eficaz antibiótico. Otro ejemplo similar acaeció con el estudio de la momia de Ötzi. Descubierta en 1991, en los Alpes de Ötzal, en la frontera entre Austria e Italia, estuvo durmiendo 5300 años en un glaciar y es la momia humana natural más antigua de Europa. Además de haber arrojado mucha luz sobre los habitantes de la Europa de la Edad de Cobre, Ötzi supuso una cura para una de las enfermedades parasitarias más importantes, la verminosis, que sigue afectando a miles de personas en todo el mundo.

Los investigadores vieron que tenía un parásito intestinal, el causante de la enfermedad. Analizaron el zurrón que llevaba consigo y encontraron un hongo que vieron que tomaba como medicamento para combatir al parásito y que hasta aquel entonces se desconocía. Fue así como la verminosis comenzó a tener tratamiento.

“Mirar al pasado tiene cada vez más una aplicación directa hacia el futuro -asegura Assumpció Malgosa, antropóloga y directora del Grup de Recerca en Osteobiografia de la Universitat Autònoma de Barcelona-. Por ejemplo, poder obtener y analizar el ADN de un agente infeccioso de hace 4000 años posibilita que estudiemos la variación de este agente a lo largo del tiempo, qué lo producía, qué reacción provocaba en las personas, ver cómo ha evolucionado eso, y quizás ayudarnos a encontrar una cura en el futuro”.

Malgosa forma parte de la Asociación Internacional de Paleopatología, una disciplina situada en los confines de diversas disciplinas científicas que se dedica al estudio de las huellas que las enfermedades del pasado han dejado en los seres humanos y también en los animales. El término es una palabra compuesta procedente del griego, de paleo que significa viejo, y patos, que quiere decir sufrimiento. Y aunque puede parecer una disciplina nueva, lo cierto es que las primeras sociedades de paleopatología datan de finales del siglo XIX.

Enfermedades del pasado

La paleopatología permite evaluar el estado de salud de una población al completo e informa sobre la vida que llevaba esa sociedad, sus usos y costumbres, las relaciones sociales que establecían. Desde médicos hasta biólogos, pasando por antropólogos, arqueólogos, dentistas o forenses, estudian los restos óseos pero también analizan tejidos en el caso de las momias. “Con Ötzi, disponer de tejido nos permitió ver que tenía los pulmones como los de un fumador pasivo. Eso nos llevó a descubrir que en la Edad del Cobre vivían en cuevas repletas de humo. Determinadas marcas en los huesos también nos dan pistas acerca de los trabajos del pasado, puesto que pueden ser el resultado de movimientos repetitivos, y nos cuentan qué tipo de vidas llevaban nuestros antepasados. Es realmente fascinante”, asegura Malgosa.

Esta antropóloga y su equipo han llevado a cabo la investigación más ambiciosa que se ha hecho sobre un monarca catalán, Pere el Gran. Mediante tecnologías avanzadas, estudiaron la tumba del rey, que databa de 1302 y no había sido profanada. A través de un pequeños orificio introdujeron una sonda con la que analizaron la atmósfera del interior de la tumba y midieron los gases. Radiografiaron al monarca dentro y fuera del sarcófago y, a continuación, llevaron el cuerpo al hospital Joan XXIII de Tarragona, donde lo sometieron a un TAC.

 

Desvelando misterios

Las nuevas tecnologías y los avances científicos de las últimas dos décadas facilitan estudiar los restos del pasado y desvelar los secretos ocultos en cuerpos de hace miles de años sin resultar invasivas. Es el caso del Hombre de Tollund, una de las llamadas momias de las ciénagas. La encontró en 1950 una familia de granjeros en una turbera cercana al pueblecito danés de Silkebourg. Allí había estado enterrada durante más d dos mil años. Los primeros estudios que se le practicaron apenas hicieron otra cosa que confirmar las hipótesis que los investigadores y conservadores del Museo Nacional de Dinamarca tenían: que había sido ahorcado y arrojado a la ciénaga como sacrificio a los dioses. No obstante, las pruebas a que se ha ido sometiendo a este danés prehistórico a lo largo del tiempo han ido desvelando muchos más secretos acerca de cómo vivían aquellos pueblos del norte de Europa durante la Edad del Hierro.

“Al conservar la momia tejidos, nos permite saber muchas más cosas. Analizando las marcas en la piel del cuello averiguamos que fue ahorcado y luego tirado en la ciénaga –explica Niels Lynnerup, profesor de la Universidad de Copenhague y uno de los mayores expertos en el mundo sobre las momias de los pantanos-. En ese período, en Dinamarca así como en el norte de Europa, se solía sacrificar a la gente así, estrangulándolos o cortándoles el pescuezo. Y luego simplemente, los tiraban a las ciénagas. Seguramente, esas personas eran los escogidos y es posible que tuvieran una buena vida, mejor que la del resto de su grupo, antes de ser sacrificados”.

En 1977, el método del carbono 14 reveló que el Hombre de Tollund murió entre 300 o 400 años antes de Cristo, inmediatamente después de que acabara la Edad del Bronce en Dinamarca. A comienzos de 2002, le realizaron una endoscopia, lo observaron con luz ultravioleta e infrarrojos y le aplicaron un escáner de tomografía axial computerizada (TAC), con el que obtuvieron más de 16.000 imágenes del cuerpo; esta es una de las tecnologías estrella en paleopatología puesto que permite radiografiar cada milímetro de la momia y después obtener una imagen en tres dimensiones, de forma que los expertos pueden estudiar el cuerpo por capas: la masa muscular, los huesos, los órganos, etc.

Además del TAC, el análisis del ADN de los restos también aporta una gran cantidad de información. En el caso de la Momia de Tollund, los investigadores aún no disponen de la tecnología necesaria para extraerlo de los tejidos, pero quizás en el futuro, cuando se desarrollen nuevas técnicas, se podrá saber cuál era su tipo de sangre o recuperar sus genes, lo que aportaría una información muy valiosa porque permitiría trazar, a través de las relaciones de parentesco, los flujos migratorios, por ejemplo.
Estos especialistas actuales del estudio del pasado no sólo centran sus pesquisas en restos milenarios, sino que también han sido claves para desvelar misterios recientes. Hace 23 años, apareció colgado de una soga en un puente de Londres el cadáver de un hombre. Se trataba de Roberto Calvi, al que apodaban el “banquero de Dios” por estar al frente del Banco Ambrosiano, cuyo principal accionista era el Vaticano. En el momento del hallazgo, la policía dijo que había sido un suicidio y dio por cerrado el caso. No obstante, nadie se lo creyó. E incluso el cineasta Francis Ford Coppola incluyó aquel suceso en la tercera parte de El Padrino.

23 años después de la muerte de Calvi, la justicia italiana llamó a Luigi Capasso para hacerle un encargo: analizar el cuerpo y demostrar si fue un homicidio o un suicidio. Capasso analizó meticulosamente los restos del cuerpo, las cervicales del esqueleto y la laringe. “No era un caso para un forense, porque no había tejidos. Era un caso para un paleopatólogo. Demostramos que había sido un asesinato, la justicia italiana reabrió el caso y acusó del crimen a cuatro miembros de la mafia”.  Fue así como aquel caso, uno de los mayores misterios de la historia reciente italiana en el que estaban involucradas las finanzas del Vaticano y la mafia, comenzó a esclarecerse.

—–Despieces————–

Paleontología virtual

Los avances tecnológicos de los últimos años permiten procesar ingentes volúmenes de información y manipular los materiales sin resultar invasivos. Las técnicas de digitalización ayudan a la obtención de modelos en tres dimensiones, que permiten estudiar los restos en mayor profundidad así como realizar simulaciones. Así, se pueden observar las características anatómicas e histológicas (tejidos) de los restos. Estas tecnologías, además, permiten generar modelos virtuales con los que explorar incluso regiones del fósil que no se conservan originalmente.

 

Polvo de momia

Durante varios siglos, se creyó que las momias podían llegar a tener poderes curativos y se comerciaba una especie de polvos elaborados a partir de ellas como medicamento milagroso curalotodo. Algunos monarcas, como Francisco I de Francia, solían llevar polvos de momia consigo puesto que pensaban que así se guarecían de toda enfermedad y que podrían recuperarse rápido en el caso de sufrir alguna herida de guerra. Hasta que no se comprendió el valor que tenían, las pobres momias sirvieron prácticamente para todo: como abono, para fabricar papel, e incluso como divertimento entre las clases altas, que se reunían para destrozarlas.

 

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