Emociones desde el útero

El modo en que el bebé se desarrolla en el vientre marcará su vida. Se sabía que el alcohol, el tabaco y una mala alimentación incidían negativamente; ahora la ciencia ha ido más allá y ha descubierto que las emociones de la madre durante el embarazo también desempeñan un papel esencial.

(publicado en el suplemento Es, estilos de vida, de La Vanguardia el pasado 5 de mayo de 2012)

Léelo en PDF en catalán o en castellano: Emociones desde el útero y Emocions des de l’úter

Jorge no deja de llorar. Sus padres, primerizos, están desesperados. Y muy nerviosos. Lo han probado todo. O al menos todo lo que se les ocurre: que si cogerlo, abrazarlo, probar a darle de mamar. La enferma entra en la habitación del hospital en que están y trata de tranquilizarlos: “Está todo bien. Hay niños más inquietos que otros”, les dice. Aunque eso no acalla al pequeño.

El embarazo de Marta tampoco ha sido nada fácil. Al poco tiempo de quedarse en estado, se enteró de que su empresa estaba a punto de cerrar y de que iba a quedarse sin trabajo. De manera que se ha pasado los nueve meses en reuniones sindicales, negociaciones y haciendo números en casa. A veces, le entraban ataques de ansiedad e incluso le costaba respirar.

Se sabe que el desarrollo del feto depende, en buena medida, del bienestar de la madre. De si ésta practica algo de deporte, sigue una buena alimentación, no toma drogas ni alcohol. Pero, ¿y qué hay de las emociones? ¿Afectan los sentimientos de la madre al niño? Durante mucho tiempo se creyó que no, que el feto ni sentía ni padecía en el útero de su madre, felizmente protegido por la placenta.

No obstante, numerosos estudios que se están realizando en las últimas décadas están poniendo de manifiesto que el estado emocional de la madre a lo largo de la gestación va a afectar a largo plazo a la salud mental del bebé. Que una madre depresiva, ansiosa o sumamente estresada puede influir en el coeficiente intelectual de su hijo y predisponerlo para que tenga más riesgos de padecer problemas tales como la hiperactividad o el síndrome de déficit de atención.

 Tomando conciencia

A lo largo del embarazo, el cuerpo de la mujer experimenta cambios que pueden equipararse a los que sufrimos durante la adolescencia, con la diferencia de que en lugar de durar años, se producen en pocos meses. Tras la concepción, los órganos de la madre emigran hacia otras regiones, se amontonan unos contra otros, para dejar espacio libre al cigoto, que se desarrolla a una velocidad de vértigo a través de una serie de mecanismos de diferenciación y proliferación celular, y se transforma en un organismo complejo, con tejidos altamente especializados: el bebé.

También se producen cambios emocionales que se traducen en variaciones bioquímicas en el cuerpo. Porque las emociones están asociadas a la segregación de hormonas particulares. Y aunque no se puede demostrar 100%, existen numerosos y potentes indicios de que el desarrollo del bebé en el útero de la madre va a determinar la vida que tendrá de adulto. Y en esto se ha visto que no sólo influye la alimentación de la madre, o su estado físico, sino también, su salud emocional.

“Existen muchos reclamos comerciales que te dicen que el embarazo es una época muy bonita, pero desde un punto de vista estético. Sin embargo, no se hace hincapié en lo humano”, considera Anna Maria Morales, consultora certificada en lactancia, doula [mujeres que acompañan a otras mujeres durante el embarazo. Su labor fundamental es dar soporte, tanto físico como emocional, durante el parto y el puerperio] y miembro fundador del centro de salud familiar Marenostrum en Barcelona.

“Se empuja a la gente a comprar cosas para el embarazo –prosigue- para estar guapas, para cuidar el cuerpo, pero se informa muy poco acerca de cómo conectar corporal y emocionalmente con el bebé, con la idea de que tienen un niño creciendo dentro y de que sus emociones van a influir en su desarrollo”, prosigue Morales.

“Durante los nueves meses de gestación, la mujer pasa por una serie de controles médicos, pero nadie le pregunta cómo está a nivel emocional o qué tal está con su pareja”, se queja Sara Jort, terapeuta Gestalt especializada en psicología perinatal. Sigmund Freud fue el primero en percatarse de la importancia de los sentimientos de las madres; se dio cuenta de que las primeras etapas de la maternidad tenían efectos a largo plazo en la psicología del niño. Y que la educación emocional de los hijos no empezaban cuando estos nacían, sino mucho antes, en el útero.

Hace medio siglo, se comenzaron a realizar estudios con ratas y monos para comprobar si el hecho de que las madres estuvieran altamente estresadas tenía efectos en el desarrollo de las crías. Cuatro décadas después, un equipo de investigadores del Imperial College de Londres, liderado por la psicobióloga Vivette Glover, empezaron a indagar sobre la importancia de las emociones en el embarazo. Para ello, llevaron a cabo un estudio con 14.000 mujeres embarazadas. Las monitorizaron durante toda la gestación; se midió su nivel de ansiedad, de estrés y luego, se estudió durante años a los niños que nacieron. Vieron que el 15% de los hijos de las madres más estresadas y ansiosas tenían el doble de riesgo de padecer déficits de atención, y trastornos como hiperactividad. Además, estos niños eran más proclives a ser ansiosos y a tener problemas de conducta.

Más adelante, realizaron nuevas investigaciones, esta vez con grupos más reducidos de mujeres, y corroboraron que si la madre está estresada durante el embarazo, su hijo tiene más tendencia a padecer ansiedad. Y esa tendencia es independiente de la las experiencias que tenga el crío al nacer o de las emociones que comparta con su madre después.

Educación emocional desde el útero

¿Los fetos sienten dentro del útero de la madre? Si entendemos por sentir, sentimientos tales como la tristeza, la alegría, la soledad, el miedo, no. Tal y como señala el profesor de psicología de la emoción y la motivación de la UNED, Enrique García Fernández-Abascal,  el feto carece de la maduración neurológica para tener las emociones que tiene un adulto. “Se requieren al menos tres meses después de nacer para que se desarrollen los tubos neurales necesarios para las emociones”, señala. Sin embargo, lo que sí tienen los fetos son sensaciones. Así, sienten bienestar, placer, saciedad, alarma, sobresalto…

El feto, de alguna manera, percibe las emociones de la madre. Y eso es muy positivo puesto que le da al bebé un abanico de experiencias sensoriales necesarias para enfrentarse a la vida, desde la alegría, hasta la rabia o la tristeza. “Las emociones de la madre son un gran regulador de la fisiología de ella y del bebé. Las que son positivas, por ejemplo, generan una atenuación del sistema cardiovascular y una activación y refuerzo del sistema inmune.  Es decir, que cuanto más alegres estamos, más vacunados, de alguna manera, contra el catarro –comenta  el psicólogo Enrique García-.  En cambio, cuando nos embargan las emociones negativas, segregamos hormonas tóxicas, el corazón se nos acelera y se deprime el sistema inmune, lo que nos deja más vulnerables ante las enfermedades”.

De ahí que sea esencial que la madre establezca vínculos con el niño desde el primer momento de la concepción. Con un gesto tan habitual en las embarazadas como tocarse la barriga, acariciarse, el feto recibe una experiencia positiva sensorial; conecta con la madre y se produce una respuesta bioquímica  de placer, que se traduce en la segregación de hormonas que ayudan a establecer ese vínculo entre ambos.

“Eso no quiere decir que la madre tenga que pasar por el embarazo sin sentir o sintiendo sólo cosas positivas. Hay que sentir felicidad pero también estrés, todo en su justa medida, porque ambas son necesarias. El problema radica en cuando las negativas se cronifican –señala Enrique García, experto en psicología perinatal-. No es malo que la madre se enfade, pero sí que lo esté todo el día, todos los días. La educación emocional del niño empieza en el útero”.

Protección emocional

La placenta funciona como una especie de envoltura protectora. No obstante, estados de emociones negativas continuados pueden afectar su función, sobre todo el estrés. Cuando la madre se encuentra en una situación estresante, se produce en su organismo una cascada bioquímica. Todo empieza en el hipotálamo, que produce una hormona llamada CRH, factor de liberación de corticotropina; ésta le manda a la pituitaria que, a su vez, produzca otra hormona, la ACTH o adrenocorticotropa, que ordena a las glándulas suprarrenales que segreguen cortisol. Éste hace que se libere glucosa en sangre, que va hacia los músculos, los dota de energía y los prepara por si es necesario salir pitando o pelear. Y es que el estrés es una estrategia evolutiva necesaria para enfrentarnos a los peligros de la vida. Si no se liberara en nuestro organismo todas estas hormonas que nos ponen en alerta, seguramente nos hubiéramos extinguido hace mucho tiempo, quizás devorados por algún animal.

Una vez acaba la situación que producía estrés, el cuerpo recupera los niveles hormonales habituales y el organismo vuelve a su estado normal. La placenta actúa como filtro e impide que el cortisol, que es tóxico, llegue al feto. No obstante, cuando los niveles de esta hormona en la madre son muy elevados, consiguen atravesar esta barrera y disparan la respuesta de alerta en el feto. Puede que también sea una herramienta con que nos ha dotado la evolución para prepararnos para enfrentarnos al mundo exterior con que vamos a tener que lidiar. De manera que si el estrés es en momento concretos, es beneficioso.

Sin embargo, cuando es prolongado, llegan los problemas. Si la madre está sumamente estresada, el bebé recibe el mensaje de que deberá hacer frente a un entorno peligroso. Eso los hace mucho más prontos a reaccionar; suelen ser niños más susceptibles a llorar, a estresarse, a sentir ansiedad. Asimismo, tal y como el equipo de neurocientíficos del Imperial College de Londres ha visto, existen indicios de que niveles altos de cortisol afectan al desarrollo cerebral del bebé durante todo el embarazo. Durante los primeros meses, que es cuando las células cerebrales se mueven hasta hallar su ubicación definitiva, se cree que el cortisol puede llegar a afectar ese movimiento. Si los ataques de ansiedad y estrés suceden en los últimos meses de gestación, se eleva el riesgo de que el niño padezca síndrome de déficit de atención o hiperactividad.

Es más, al parecer, la ansiedad de la madre hace que se reduzca el flujo sanguíneo que le llega al feto, por lo que éste dispone de menos nutrientes para formarse; Vivette Glover afirma que, además, cuanto más alto es el nivel de cortisol en el líquido amniótico que rodea al niño en la placenta, más bajo es luego el coeficiente intelectual del bebé. “Niveles altos de cortisol afectan a cerebro y al aprendizaje”, sentencia esta psicobióloga.

Así pues, podemos ayudar a los niños y futuros adultos teniendo en cuenta la salud emocional de sus madres cuando están embarazadas. Si las podemos ayudar a sentirse menos estresadas, ansiosas o deprimidas, estamos reduciendo el riesgo de que los futuros niños padezcan problemas como síndrome de déficit de atención, dificultades de aprendizaje, hiperactividad. Que, además, indica Glover, son factores de riesgo que pueden convertirse en potenciales problemas de comportamiento.

A nivel social, se queja Sara Jort, psicoterapeuta Gestalt experta en perinatal, el periodo prenatal no está bien protegido por la sociedad, que desconoce la importancia que tiene tanto para madre como para bebé. “Debería haber políticas que regularan el cuidado de la gestación y los primeros meses de maternidad”, considera Jort. Se trata de prevenir para evitar que los niños tengan trastornos cognitivos, sí, pero sobre todo para conseguir una sociedad más feliz.

—Despieces—-

¿Me querrá cuando nazca el bebé?

Tradicionalmente, se había pensado que la madre, por su biología, tenía un papel preponderante y casi exclusivo en el embarazo y durante los primeros meses de la maternidad, por lo que el hombre se situaba como mero observador. No obstante, desde hace una generación, el padre comienza a demandar otro rol, mucho más activo. “Muchos padres acuden a nuestro centro [en referencia a Marenostrum] porque quieren prepararse y aprender a participar de todo el proceso –relata Anna Maria Morales, doula-. Ellos necesitan situarse, saber cuál es su papel, porque no se trata de substituir a la madre, que no pueden, sino de proteger, ayudar, estar, crear una especie de útero para la pareja, para que pueda conectarse bien con el bebé y permitir así que el feto se desarrolle bien”.  No se trata de hacer de “mayordomo”, sino de proteger este entorno madre-hijo, tejer una especie de muro de amor alrededor de la compañera y del hijo.

Algunos hombres, no obstante, se sienten desplazados cuando nace el bebé o piensan, equivocadamente, que participar del proceso es substituir. “Los hombres tienen que hacer de hombres”, sentencia Morales, que añade que para un bebé es “muy rico poder diferenciar entre los roles de quienes lo crían”. Para esta doula, el niño, al nacer, debe pasar el máximo de tiempo posible con la madre, pero el padre también debe disponer de ratitos para pasar con él. Una de las cosas que estrechan el vínculo entre padre e hijo es el piel con piel, situar al pequeño con el abdomen desnudo sobre el abdomen desnudo del padre, para que sienta el contacto. Esto le ayuda a regular su temperatura y la frecuencia cardíaca; se tranquiliza y no llora tanto.

Además, se produce una descarga de oxitocina, tanto en el padre como en el hijo. En unidades de prematuros, donde se practica este contacto piel-piel se ha visto que los hombres responden, como las mujeres, también a nivel hormonal: les baja la testosterona y les aumenta la oxitocina, que es la hormona del amor, y la que ayuda a establecer los vínculos padre-hijo. También se elevan en el hombre los niveles de prolactina, la hormona de la cría y la lactancia.

La importancia de los primeros años

Los primeros años de vida del niño son determinantes, y van a dejar una huella indeleble sobre él. De sus vivencias tempranas va a depender en buena medida cómo será esa persona de adulto. Por ejemplo, a nivel neurológico, un bebé que llora y que no es atendido, se estresa, aumenta el cortisol en su cerebro, que es tóxico, y eso hace que se establezcan más fácilmente conexiones neuronales de ansiedad que en bebés que cuando lloran son reconfortados. Y es que, al nacer, el niño sólo cuenta con un 25% de su cerebro en marcha y las habilidades que posee están limitadas a las que necesita para la supervivencia. Tan sólo durante el primer año se establecen nada menos que cien mil millones de conexiones sinápticas. De ahí que desde diferentes ámbitos de la neurociencia y la psicología, se señale que los siete primeros años de vida son esenciales para el niño puesto que desarrolla los sistemas cognitivos de aprendizaje.

Dime cómo lloras y te diré de dónde eres

Al nacer, no todos los bebés lloran igual. Se han llevado a cabo numerosos estudios y se ha visto que el llanto de los niños contiene las características propias del idioma en que hablan sus padres. Vamos, que un niño chino llora en chino, y uno francés, en francés. Al parecer, el feto es sumamente receptivo a las vibraciones de los sonidos. Percibe las vibraciones de la voz de su madre y también del padre. E incorporan los sonidos propios que oyen durante el embarazo. El bebé es muy sensible a al estimulación auditiva que ha recibido.

El parto también estresa

También el cómo venimos a este mundo puede dejarnos huella. Los científicos han visto que las diferentes formas de nacer influyen en nosotros de manera distinta. Se han medido, por ejemplo, los niveles de cortisol en la sangre del cordón umbilical después del parto y es así como se ha descubierto que para el bebé es también un suceso muy estresante.

Para Vivette Glover, la forma menos traumática de nacer es seguramente la cesárea, aunque ello no implica, recalca, que sea la mejor, puesto que los niños que nacen por esta vía se ha visto que son los que más problemas tienen para iniciar la lactancia materna. Lo más traumática para el niño son los partos sumamente medicalizados, en que se usan fórceps o espátula. Y los partos vaginales, se ha visto que ayudan a los niños a respirar mejor.

“Hay muchos partos de bebés que aún no están maduros. Deberíamos potenciar y apostar por el nacimiento fisiológico. A no ser que sea de extremada urgencia, por complicaciones médicas, el parto jamás debería ser inducido. El bebé debe nacer cuando decide hacerlo”, explica Anna M Morales, doula. Cuando el parto es completamente natural, explica esta experta, se desencadena una respuesta hormonal entre la madre y el hijo, que recibe una descarga de noradrenalina. Eso hace que, al nacer, esté en alerta, para reconocer el entorno en el que está y a su madre. Es una especie de ritual biológico para conectarse con ella. Entonces se produce la primera toma de leche y luego el pequeño duerme una serie de horas, entra en una especie de periodo letárgico. “La epidural, la cesárea o la oxitocina sintética para estimular las contracciones, alteran esa primera respuesta del bebé”, asegura Morales.

En el parto, el padre también tiene un papel esencial. “Comparte con la madre una experiencia muy rica y bonita, y debe procurar que su hijo pueda iniciar la vida desde un punto de vista saludable, permitiendo que se produzca ese diálogo entre madre e hijo”, apunta la psicóloga perinatal Sara Jort. Durante el momento de la dilatación, el padre debe ayudar a la madre a sentirse bien, de manera que ésta segregue oxitocina, lo que hará que el parto sea más rápido. Si la mujer tiene miedo o se estresa, hará que segregue la hormona del estrés, que inhibe la oxitocina.

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