El mundo está en tu cerebro

El sábado pasado en el suplemento Estilos de vida, de La Vanguardia, publiqué un reportaje sobre nuestras percepciones sensoriales. Me parece un tema fascinante. Hace un par de meses cayó en mis manos un libro del neurobiólogo Ignacio Morgado -que además de ser un científico de primer orden y un excelente divulgador, es una persona encantadora-. Se titulaba Cómo percibimos el mundo (Ariel, 2012) y me pareció muy interesante e incluso provocador. “¿Y qué nos importa si la realidad difiere de lo que construimos mentalmente?”, afirma Morgado. Pues sí. Tiene mucha razón. ¿Qué más da si mientras escribo este post, siento el olor del primer café de la mañana, oigo los pajarillos sobrevolar el patio de manzana al que da la ventana del estudio, y veo cómo entran los primeros rayos de sol, y sé, además, que nada de esto es real? Que el mundo es, en realidad, incoloro, insaboro, insonoro. Y que todo está en mi cabeza. Que es mi cerebro el que se encarga de construir una realidad para mí.

¿Y si la realidad que nos rodea no existiera, o no tal como la vemos? ¿ Y si fuera producto de nuestra mente y de los procesos sensoriales? ¿Qué pasaría si viviéramos en un mundo sin olores, colores, sonidos, sabores?

Léelo en la web de La Vanguardia: Las percepciones sensoriales

Contemplar un atardecer en otoño y deleitarse con los rojizos y anaranjados que tiñen el cielo; el olor a café y tostadas de la mañana; el sonido de las gotas de lluvia al repiquetear en la ventana; el tacto de las sábanas limpias recién cambiadas. ¿Y si nada de esto existiera? ¿Y si las hojas de los árboles no fueran verdes, ni el azúcar dulce, ni de las rosas emanara fragancia alguna? ¿Y si viviéramos en un mundo silencioso, incoloro, insaboro e inodoro y todo aquello que creemos ver, oler, saborear, tocar, oír fuera una invención de nuestro cerebro?

Los seres humanos siempre hemos considerado los sentidos una puerta de acceso al mundo exterior, a través de los cuales explorábamos nuestro entorno y obteníamos información sobre él, básica para poder velar por nuestra supervivencia. Aristóteles clasificó esos rádares naturales del organismo en cinco: vista, oído, gusto, tacto y olfato. Y a esos, hemos ido añadiendo, recientemente, otros como el sentido del equilibrio, la temperatura, el dolor, la posición corporal y el movimiento.

No obstante, nuestros sentidos, como ya sospechaba Descartes –quien afirmaba que no podíamos fiarnos de ellos para conocer el mundo– no son simples captadores de la realidad: transforman los fotones en imágenes, las vibraciones, en sonido y las reacciones químicas en olores y sabores. Tampoco las percepciones que recrea el cerebro a partir de esos estímulos identifican el mundo exterior tal y como es. De hecho, aquello que nos rodea y la imagen mental que tenemos no tienen mucho que ver.

“¿Y qué nos importa si la realidad difiere de lo que construimos mentalmente?”, pregunta desafiante el psicobiólogo Ignacio Morgado, quien acaba de publicar Cómo percibimos el mundo (Ariel). “Para cada uno de nosotros, lo más importante es lo que percibe nuestro cerebro, lo que sentimos, lo que captamos de eso que llamamos realidad, que no es otra cosa que un concepto filosófico; el medio en que vivimos es pura materia y energía.”

Cómo percibimos

Mientras usted lee este artículo, todo su organismo está atento a los diferentes estímulos que hay en el ambiente. Para empezar, sus ojos están recogiendo la información visual y enviándola al cerebro; sus manos están sosteniendo el suplemento, sienten el tacto del papel en las yemas de los dedos; sus oídos están rastreando, quizás de forma inconsciente, el entorno en busca de variaciones, oyen a los niños en la habitación contigua, quizás el silbido de la cafetera alertando de que ya está el café; de la misma forma que su nariz también está atenta a cualquier cambio. Todos sus sentidos envían información al cerebro continuamente y con ella, éste se hace un mapa de la situación.

Para poder sobrevivir en el entorno en que viven, todos los organismos necesitan poder reconocer las características de ese entorno; percibir el mundo que los rodea a través de los sistemas sensoriales y crearse una representación del mismo que les permita hacer valoraciones rápidas, detectar posibles depredadores, peligros, si éste o aquel alimento es dañino, etcétera.

El sistema perceptivo del ser humano es, seguramente, el más complejo en su conjunto de todos los animales. Y es el salvavidas que nos ha permitido llegar hasta aquí. Quizás, si no hubiéramos sido capaces de detectar sabores amargos, nos hubiéramos extinguido hace miles de año al ingerir frutas o plantas venenosas. Y de descifrar la información que envían los sensores se encarga la mente. No registra todo lo que hay fuera de nosotros, sino que selecciona aquello que considera importante para la supervivencia y la reproducción. A todo lo demás le hace mucho menos caso. Y con la información que recoge teje una representación del mundo.

Cuando una de las células sensibles o receptores sensoriales que recubren nuestro cuerpo detecta un estímulo en el ambiente, lo capta y para poder enviarlo al cerebro, lo traduce en una señal eléctrica. Una vez llega allí esa información, el cerebro se encarga de organizarla, interpretarla y darle significado mediante un proceso denominado percepción.

Y eso lo hace por fases. En primer lugar, las señales que envían los receptores llegan a una primera área de procesamiento, donde se extraen las primeras características básicas de la información, como si se tratara de un primer procesado de los datos. Luego pasa al tálamo, donde se compara la nueva información con la antigua almacenada para poder interpretarla. Y desde allí, se redirige a distintas áreas sensoriales en el córtex cerebral, donde se acaba de determinar el significado y la importancia del nuevo estímulo, mediante un proceso de identificación. Y así se genera la percepción.

Por ejemplo, ante una taza de café recién hecho, antes de que demos el primer sorbo, las moléculas volátiles olorosas se cuelan en la nariz, llegan hasta la pituitaria, recubierta de una especie de alfombra de células receptoras que fijan esas moléculas y envían señales eléctricas al cerebro con la información. Primero llegan al bulbo olfativo, que percibe el olor aunque no lo identifica; luego pasan por el sistema límbico, donde se desencadenan las emociones. Y, por último, arriban al córtex cerebral y al hipotálamo, donde se comparan con la información que el cerebro guarda en la memoria para poder identificar aquello que olemos. Si se trata de algo nuevo, el cerebro lo registra y clasifica de manera que si nos volvemos a topar con ese efluvio, seamos capaces de reconocerlo. Y si es conocido, el cerebro lo asociará a un alimento: ¡café!

“El conocimiento que tenemos del mundo depende del cerebro, que filtra la información que recibe, la procesa y la hace consciente, a su modo”, explica Morgado. Experimentamos ondas electromagnéticas pero no como tales, sino como imágenes y colores. Experimentamos compuestos químicos disueltos en agua o en el aire, pero como gustos y olores. Y todo eso, los colores, los sabores, los olores, con productos de nuestra mente construidos a partir de experiencias sensoriales. “Si un árbol se derrumbara en medio del bosque, no existiría un sonido. La caída del árbol crearía vibraciones. Sólo si esas vibraciones son percibidas por un ser humano ocurriría el sonido –apunta este psicobiólogo–. La mente humana tiene mucho de virtual por el modo en que transforma la realidad. La complejidad o la belleza que apreciamos en las cosas tienen que ver con la mente misma y sus posibilidades, y también con sus limitaciones”. Es la manera como el cerebro hace que percibamos las diferentes formas de energía que circundan nuestro entorno. Fuera de nosotros, no hay luz, sólo energía electromagnética; ni tampoco olores, sólo partículas volátiles.

Cada sensor de nuestro cuerpo está especializado en detectar un tipo de estímulo; las células receptoras de los ojos se concentran en captar la luz pero no procesan información auditiva. Y lo fascinante es que podemos captar numerosos estímulos a la vez. En una fiesta, pongamos por caso, estamos saboreando un cóctel, a la vez que hablamos con alguien y bailamos al ritmo de la música que suena.Además, los receptores, tal como señala Jorge Matins de Oliveira, neurocientífico coordinador del Departamento de neurociencias del Instituto del ser humano en Río de Janeiro, registran la cualidad de cada señal; es así como podemos detectar la luz en términos de brillo y color; o un sonido, con su tono y su timbre; y los receptores espaciales pueden informarnos de la intensidad de cada estímulo, su origen, cuándo empezaron, cuándo acabarán.

Cruzando sentidos

Hasta hace poco, se solía pensar que los sentidos actuaban de forma individual y que el cerebro los procesaba por separado. Cada uno se encargaba de un tipo de percepción. Los ojos veían, la boca degustaba, las manos tocaban. Y así. No obstante, descubrimientos realizados en la última década parecen contradecir esa idea. En el año 2000, neurocientíficos de la Universidad de California llevaron a cabo un experimento en el que mostraban a una serie de individuos un flash de luz, al que acompañaban de dos breves tonos sonoros. Curiosamente, la mayoría de los participantes afirmaban ver dos flashes de luz en lugar de uno.

Los mismo sucedía cuando los investigadores, en vez de usar un estímulo sonoro, daban dos suaves toquecitos en el brazo de los participantes mientras se disparaba el haz de luz. ¡Era fascinante! La vista, que es quizás el sentido en el que más confiamos y el que domina sobre el resto, se podía alterar y confundir a través del oído y del tacto. Eso no es todo.

Existen más estudios que demuestran cómo unos sentidos influyen sobre los otros. ¿Sabían que, por lo general, tienden a encontrar más sabrosos aquellos alimentos que al comerlos generan un ruido agudo y crujiente, como la zanahoria o los cereales? ¿O que pensarán que una lasaña es más o menos deliciosa en función de la música o del ruido en el ambiente? Incluso su opinión sobre la textura de un plato se puede ver modificada por un… ¡olor!

Aún hay más. Se han realizado experimentos con niños de cinco años. Estos empeoraban su habilidad para realizar un puzzle cuando, de manera subliminal, se esparcía por la habitación en que estaban un olor desagradable. En cambio, en las salas de espera de dentistas, se ha visto que la ansiedad disminuye notablemente –sobre todo en las mujeres, más sensibles a los olores– usando un simple ambientador de naranja. Nuestros sentidos interactúan entre ellos. Desde que comienza una percepción, se encargan de aumentar, potenciar a otros sentidos, de competir incluso entre ellos, y de alterarse unos a otros de formas asombrosas, como acabamos de ver. Esa mezcla de información sensorial es esencial para que el cerebro componga una imagen del mundo exterior.

El neurocientífico Charles Spence, al frente del laboratorio de investigaciones crosmodales de la Universidad de Oxford lleva años estudiando cómo los estímulos pueden afectar no sólo a la percepción sino también al comportamiento. A través de numerosos estudios, ha demostrado cómo, por ejemplo, el tacto, la visión e incluso el sonido influencian el sabor de la comida. En un experimento halló que los participantes opinaban que una mousse de fresa era mucho más dulce cuando la comían en un plato blanco que cuando lo hacían en uno negro.

Los restaurantes y algunas marcas alimenticias, lo saben. Y lo utilizan, claro. Numerosas empresas invierten muchos recursos en el empaquetado de sus productos, en que tengan buena pinta, en que huelan bien, puesto que eso puede mejorar nuestra percepción acerca del sabor. Se ha demostrado que añadir colorante rojo a una bebida hace que nos parezca más dulce, por lo que algunas compañías reducen la cantidad de azúcar que incorporan a sus productos y optan por usar un colorante.

Esta influencia entre sentidos también puede tener aplicaciones en el ámbito escolar, o en las empresas. Se puede ayudar a mejorar el rendimiento gracias a determinados olores, por ejemplo. Y en el campo de la medicina, la plasticidad del cerebro, la capacidad innata que tiene para cambiar y adaptarse a las nuevas circunstancias, abre nuevas puertas para tratar a personas que padecen lesiones cerebrales.

Esta habilidad de nuestro cerebro para mezclar las informaciones procedente de diversos sentidos no es innata, sino que la aprende tras nacer. Y que sea capaz de integrar de forma rápida los sentidos nos capacita para hacer juicios al instante. La importancia de sentir y de percibir tiene, desde un punto de vista evolutivo, mucho sentido puesto que nos preparan para enfrentarnos al entorno. No sólo nos permite saber qué comer, de qué defendernos, si algo es o no peligroso, también hace que podamos entender el mundo en que vivimos.

Y curiosamente, aunque es el cerebro el artífice de todas las percepciones, sentimos en el cuerpo, en la parte que haya sido estimulada. Si nos dan un golpe en una pierna, a pesar de que la percepción de dolor se genera en el cerebro, el dolor lo sentimos en la extremidad. Es curioso porque en personas que, por ejemplo, pierden una pierna o un brazo, durante tiempo siguen teniendo la sensación de tacto o de dolor en el miembro fantasma, que ya no tienen, lo que demuestra, señala Morgado, que las percepciones son puramente cerebrales.

¿Las mismas percepciones?

Los humanos compartimos la mayoría de percepciones, porque muchas de ellas son innatas. Es más, tenemos el mismo sistema fisiológico, que nos permite captar estímulos del ambiente y procesarlos. Si olemos a quemado, seguramente nos pondremos en alerta; igual que si a media noche nos despertamos por el ruido de cristales rotos, nos sobresaltaremos. Pero que percibamos las mismas sensaciones, no quiere decir que lo hagamos del mismo modo. Excepto las personas con algún problema visual, todos coincidimos en que los plátanos o los limones son de color amarillo; ahora bien, si todos vemos el mismo amarillo es imposible de saber, porque para comprobarlo deberíamos meternos en la piel y en la mente de los otros. Y eso es imposible.

Pero bueno, que diferentes personas tengan diferentes cualidades perceptivas ante los mismos estímulos, tanto dan. Lo importante es que coincidamos y podamos comunicarnos. De alguna manera, todos vivimos en un mundo imaginario, que creamos cada día, y los realmente asombroso y fascinante es que podamos compartirlo con otros.

——

¿De quién es esta pierna?

Se cuenta que Sigmund Freud era un completo desastre para la música. Desafinaba y no era capaz de distinguir entre un vals y un foxtrot. Lo mismo le ocurría a Charles Darwin, quien tampoco era demasiado hábil para lo musical. Y al Che Guevara, del que dicen que incluso tenía graves dificultades para distinguir La Internacional, la canción más famosa del movimiento obrero. Todos estos personajes padecían amusia, un deterioro de la capacidad del cerebro para distinguir las características básicas de las notas. Es un trastorno que padece un 4% de la población y forma parte de los desórdenes neurológicos conocidos como agnosias. De éstas hay de muchos tipos, desde personas incapaces de reconocer la cara de sus familiares o la suya propia, hasta aquellas que no pueden clasificar los colores, o las voces, o que no reconocen partes de su cuerpo. No sienten, por ejemplo, que el brazo o la pierna sean suyos.

Este tipo de trastornos se producen debido a una lesión en el cerebro, aunque a veces son de nacimiento. Una de las más curiosas es la agnosia visuoespacial, personas que no tienen consciencia de que existe, por ejemplo, el espacio izquierdo, por lo que comen sólo la parte derecha del plato, ven sólo los edificios de la parte derecha de la calle, o se maquillan sólo la parte derecha de la cara.

Escuchar los colores

Dijo una vez el premio Nobel de física Richard Feynmann que “cuando miro ecuaciones, veo todas las letras en colores”. Aquello no era una metáfora de la pasión que sentía por la ciencia, o tal vez sí, sino una descripción de una facultad poco común que tienen algunas personas de mezclar sentidos. Los sinestésicos pueden percibir colores al tomar alimentos con determinados sabores; tocar texturas y oír melodías; o ver colores en las letras o alrededor de las personas.

Vladimir Nabokov, el escritor ruso que dio vida a la popular Lolita, veía colores al escuchar los nombres de las letras y afirmaba en su autobiografía (Habla, memoria, 1967) que “La a larga del alfabeto inglés […] tiene para mí el color de la madera a la intemperie, mientras que la a francesa evoca una superficie de ébano”. Esta capacidad del cerebro para enriquecer los sentidos es más frecuente entre los artistas que en cualquier otro grupo de personas. Franz List, Sibelius, Duke Ellington, Bernstein, Rimbaud y Baudelaire fueron sinestetas, entre otros muchos.
En los últimos años, gracias a las tecnologías de imagen cerebral, se ha podido estudiar qué es lo que ocurre en el cerebro de los sinestetas cuando su sistema perceptivo entra en marcha. Fue así como han visto que cuando una persona con sinestesia ve música, su cerebro registra actividad en las partes relacionadas con la vista y también con la audición. Los sentidos de estas personas están comunicados unos con otros.

Los sentidos clásicos

GUSTO Como el olfato, nos permite reconocer los alimentos, su valor nutritivo y evitar aquellos que resultan peligrosos para la salud. A los cuatro típicos, salado, amargo, dulce y ácido, hay que sumar un quinto, umami, que se puede asociar al sabor del caldo de carne. Cada uno de los gustos tiene una función evolutiva: el dulce nos señala alimentos ricos en energía; el salado detecta las sales que regulan el equilibrio hídrico del organismo; los gustos ácido y amargo solían señalar alimentos que podrían ser peligros; y por último, el umami, indica alimentos ricos en aminoácidos.
El sabor es mucho más complejo que el gusto. Es, de hecho, una de las percepciones más complejas que tenemos. Al gusto, se suman el tacto (la textura de los alimentos), el oído (si crujen) y otras cualidades, como la temperatura, el olor. Es una combinación multisensorial.

VISTA La luz y los colores no existen fuera de nosotros. Las células receptoras del ojo –los conos y los bastones–, recogen los fotones y los transforman en impulsos que envían al cerebro. La vista es una de las herramientas principales de percepción y de relación con el mundo. Y aunqueconfiamos casi ciegamente en ella, resulta fácil de engañarla. El cerebro  procesa la imagen, registra la información de forma y color, la codifica, busca en su archivo y relaciona lo que ve con el conocimiento previo de que ya disponía. Es así como identificamos que eso es una naranja y aquello, una persona. Esa primera información visual es “objetiva” y llega hasta la amígdala, una estructura cerebral que forma parte del sistema límbico y que tiene forma de almendra. Está implicada en el procesamiento emocional de la información y es la responsable, en buena medida, de que decidamos si compramos ésta o aquella fruta y que nos la comamos, cuenta el neurobiólogo Francisco Mora, autor de Cómo funciona el cerebro (Alianza Editorial, 2009).

OÍDO Los receptores del oído captan las ondas acústicas y las vibraciones que producen los objetos y las envían al cerebro. Vivimos en un medio acústico muy variable y complejo, que se compone de sonidos procedentes de fuentes muy diversas. Las personas tenemos una capacidad asombrosa para captar e integrar muchos estímulos sonoros que se producen de forma simultánea. Las señales acústicas son muy ricas en información sobre el entorno, además de ser un componente básico en la comunicación. Tenemos también una gran habilidad para discernir entre voces, entonaciones, y música.

TACTO Gracias a la piel sentimos si algo nos toca, en qué parte del cuerpo, si es suave, frío, pequeño, pesado. Somos incluso capaces de identificar objetos por el tacto, y en combinación con los sentidos propioceptivos, nos permiten saber en cada momento cuál es nuestra posición y cómo nos movemos. Estudios recientes apuntan a que la piel podría ser como un tercer oído, puesto que capta las pequeñas corrientes de aire que creamos al hablar. Con las manos exploramos el mundo. Son esenciales en la comunicación emocional y sin ellas y sus capacidades sensoriales y prensiles, muy posiblemente no hubiera sido posible el desarrollo tecnológico de nuestra sociedad.

Cuerpo y mente

Seguramente, en alguna ocasión habrán experimentado la sensación de volver a algún lugar que frecuentaban de niños y darse cuenta de que no era tan grande como recordaban. Eso ocurre porque existe una gran correspondencia entre la percepción que tenemos de nuestro cuerpo y cómo valoramos el entorno. El tamaño con que nos percibimos influye en el tamaño que le atribuimos al mundo que nos rodea y a sus contenidos. También nos sirve de referencia métricapara evaluar distancias.

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7 Respuestas a “El mundo está en tu cerebro

  1. Hola Cristina. Soy de Argentina, y estudio Traducción de Portugués. Caí de casualidad en tu blog porque estoy buscando desesperadamente un término para traducir.
    Sé que no sos una consultura pero cuando vi que eras Traductora, Periodista y especialista en programas de divulgación científica, creí encontrar un oasis! Si pudieras responderme estaría más que agradecida.
    El texto en el que se encuentra esta linda palabrita (“telejornal”) trata sobre un programa semanal sobre informaciones varias, particularmente temas ambientales y de salud pero sin entrar en temas polémicos.
    Yo necesitaba saber, como se le llama a un programa te este estilo. ¿Informativo semanal, quizás?
    Sé que no es lo mismo España, que Argentina, que por ejemplo al programa que emite diariamente noticias se le llama allá “telediario” y acá “noticiero”, pero cualquier cosa que me puedas brindar, dada tu formación, será de gran utilidad.
    Saludos!

  2. Texto de lo más interesante
    Curioso que la página 23 (cuarta en el articulo) es en catalán

  3. Ui! Porque me he colado! He mezclado los PDF de ambas ediciones. Ahora lo corrijo. Gracias por avisar!

  4. Hola Rocío! Pues no sé yo si podré ayudarte mucho! Hace mil años que no traduzco. En España hay un programa de este tipo y se llama así, Informe semanal. Y también hay un par más que se llaman espacio Tierra y cosas así, que van en el sentido de lo que me dices. Yo optaría por informe semanal, porque telediario o noticiero implica que es “diario” y no semanal, como comentas. Suerte!!!! Un abrazo

  5. Muchas, muchas gracias por responderme, Cristina!! Recién veo tu respuesta! Al final opté por “informativo semanal” y parece que estuvo bien…
    Ahora que estoy con tiempo estuve leyendo tu blog y está muy lindo! Ya lo pongo en favoritos 🙂
    Mucha suerte!
    Beso!

  6. Hola. En su artículo sólo he echado en falta al menos una referencia a Schopenhauer, que ya en el s XIX dijo aquello de que el mundo está en el cerebro, a lo que añadía que a la vez el cerebro está en el mundo.
    Un saludo

  7. Muchas gracias, Javier. Me apunto la referencia a Schopenhauer para futuros reportajes. Un saludo

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