Coworking, espacios de trabajo compartidos

18.02.13

Hace más o menos unos 10 años que soy freelance, es decir, periodista autónoma que trabaja para diferentes medios de comunicación. Eso implica que la mayoría de días trabajo desde casa. Y que muchas semanas, a no ser que tenga alguna cosa de televisión o alguna entrevista por hacer, no me muevo de mi despacho. Al principio, habituarte es duro. A la soledad, a la distracción continua, a los horarios que se estiran como chicles.. Y a diferencia de lo que la mayoría de personas piensan, eso de trabajar para uno mismo tiene muchos inconvenientes.

Hace un par de meses, tal vez, leí un reportaje sobre espacios de trabajo compartidos. De hecho, tenía una amiga que se dedicaba a cosas de cine, que ya hace un tiempo cogió un escritorio en un lugar de estos y me hablaba de las bonanzas: que si te concentras más, que si no te sientes sola, que si compartes gastos, etc..  Y al ver la verdadera proliferación de este tipo de espacios en Barcelona, me decidí a proponer a La Vanguardia un tema sobre ello. Al acabarlo, estoy aún más convencida de que tarde o temprano me mudaré a uno de ellos.

Reportaje publicado en el suplemento ES, de La Vanguardia, el 16 de febrero de 2013

Puedes leerlo en PDF: Cocorking, espacios de trabajo compartidos

O llegir-lo en català: Coworking, espais de treball compartits

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Tal vez desde fuera parezca atractivo eso de no tener un horario fijo ni jefe directo, o poder trabajar desde casa en pijama o desde una playa o un café. No obstante, no es oro todo lo que reluce y  cada vez son más los freelances que optan por combinar las ventajas de ser autónomos con un ambiente de oficina. Nuevas formas de trabajar para nuevos tiempos.

Cuando Ileana y Andrea decidieron poner en marcha el·local48 no tenían ni idea de que aquel concepto ya existía, ni de que en Estados Unidos comenzaba a popularizarse. Tampoco podían imaginarse que apenas unos años después incluso se pondría de moda en todo el mundo. En aquel momento, en 2006, estas dos arquitectas sólo sabían que estaban cansadas de trabajar en una gran empresa, que querían establecerse por su cuenta y abrir su propio despacho. Y les parecía que sería enriquecedor hacerlo junto a otros profesionales autónomos de distintos ámbitos. Tal vez así podrían generarse relaciones e intercambio de ideas, incluso darse aportaciones entre proyectos.

Se pusieron manos a la obra. Comentaron la idea con más gente, vieron que a todo el mundo le parecía genial y tras buscar espacios durante algunos meses, finalmente encontraron un antiguo taller textil y de confección, en un pasaje cerca de la Plaza Urquinaona de Barcelona, que se adecuaba a sus necesidades. Lo acomodaron, respetando la estética del lugar y tratando de optimizar al máximo el mobiliario que había, y al poco abrieron el·local48, de dos pisos y espíritu bohemio, en el que diseñadores, fotógrafos, escritores, periodistas, arquitectos, coachers e incluso una escuela de comunicación y una asociación de reflexólogos, trabajan codo con codo.

“Cuando empezamos a darle vueltas a la idea no habíamos ni oído hablar de coworking– confiesa Ileana García, cofundadora de el·local48-. Nosotras queríamos montar un espacio en el que la gente no sólo viniera a trabajar, sino que además pudiera participar en actividades paralelas, ya fueran lúdicas o de formación: desde un cine fórum a un curso de pilates o de contabilidad para autónomos. De ahí que al poco de abrir el lugar, también pusiéramos en marcha una asociación cultural con la que programamos talleres, eventos y cursos”.

Puede que el·local48 sea uno de los primeros espacios de coworking que se abrieran en España. O puede que no. Quizás la gente compartiera lugar antes pero simplemente no existiera la conciencia de que aquello fuera algo novedoso; o quizás no hubieran bautizado de ninguna manera esta práctica. Lo cierto es que hace tan sólo un par de años o tres que se oye hablar de esta práctica de compartir espacio de trabajo y de que proliferan cada vez más locales de este tipo en todas las ciudades españolas.

De hecho, en 2010, apenas había una treintena de estos sitios, repartidos entre Madrid y Barcelona. En cambio, hoy hay cientos repartidos en San Sebastián, Sevilla, Valencia, Bilbao, Gran Canaria, entre otros, y la cifra va en aumento. De hecho, según un estudio realizado por Coworking Spain, el mayor directorio de espacios de este tipo que existe en España, en 2102 se abrieron la mitad de los espacios que existen hoy en día y el número de lugares de cotrabajo se ha ido triplicando cada año desde 2010.

De Estados Unidos al resto del mundo

El coworking es una práctica muy extendida entre los freelance de los Estados Unidos; de hecho, se suele atribuir a un programador norteamericano, Brad Neurberg, la invención de esta práctica; en 2005 se le ocurrió que tal vez podía combinar los beneficios de trabajar en casa y ser independiente con la estructura y las ventajas de estar contratado e ir cada día a la oficina; en especial, el poder hablar cara a cara con otros compañeros. Así que alquiló un espacio para varias personas y empezó a reclutar a autónomos.

La idea se popularizó rápido y se extendió por todo el país. Luego saltó a Europa y ahora se abre con fuerza en Asia. “Cuando mi hermana volvió de San Francisco y vio lo que estábamos haciendo, me explicó que se llamaba coworking y que en EEUU era muy común”, cuenta Manuel Zea, fundador de Coworking Spain. Cuando Zea acabó la carrera de arquitectura, montó con unos amigos un estudio en el sótano de los padres de uno de ellos; luego se cambiaron a un taller de motos que tenían sus padres. Lo acomodaron y convirtieron en una oficina. Y como era bastante grande, le propusieron a más colegas compartirlo. Fue así como en 2007 nació WorkingSpace. Al principio eran tan sólo dos arquitectos, un diseñador industrial y, a veces, la hermana de uno de ellos, que era diseñadora gráfica. “Cuando empezamos era complicado atraer a gente. Tenías que explicar mucho qué hacías, por qué aquello de compartir espacio. A la gente le sorprendía que en nuestra oficina no hubiera despachos, que todo fuera abierto”, recuerda Zea.

La idea que hay detrás del coworking es la de que profesionales autónomos de distintos ámbitos compartan una misma oficina y los gastos, claro. Sale mucho más a cuenta: no es lo mismo alquilar un local para un solo y hacerse cargo de luz, agua, gas, Internet y teléfono, que pagar una cuota mensual que oscila entre los 100 y los 300 euros, y disponer de mesa, estanterías, en algunos casos mensajería y todos los servicios que se necesitan para trabajar.

Además, al entrar a formar parte de uno de estos lugares, también tienes acceso a espacios compartidos, como una cocina o una sala de reuniones, e incluso lugares de desestrés: en el·local48 tienen unos sofás y una barra de bar para tomar un café; en La Guarida Creativa, en Móstoles, hay una zona chill out; y en Workether, en Valencia, incluso disponen de un pequeño pitch&putt, una mesa de ping pong y algunas máquinas de fitness. “El bienestar personal te hace ser mucho más productivo en menos tiempo. Es muy filosofía de Google”, explica Zea.

No sentirse solos

Las personas que deciden optar por este tipo de espacios suelen estar, en general, entre los 30 y los 40 años; son freelance y la mayoría tan sólo necesitan un portátil, un teléfono móvil y una conexión a Internet para trabajar. No obstante, por atractivo que pueda parecer desde fuera eso de no tener jefe directo, de poder trabajar en pijama desde la cama o desde una playa, y disponer de flexibilidad horaria, lo cierto es que los freelance, a menudo, echan de menos el trabajo en grupo.

Isabel Pérez, fundadora Meet Barcelona, lo tiene claro. Esta ingeniera dejó de trabajar en una empresa para hacerlo por su cuenta, al principio desde casa. “Estuve tres meses currando así y me subía por las paredes. Me sentía sola, apenas hablaba con nadie en el día a día. Además de que tenía mil distracciones: que si ahora pones una lavadora, que si bajas a hacer la compra, que si visitas la nevera… Y al final del día tenía la sensación de que no había hecho nada, a pesar de que la jornada se había dilatado mucho y hacía más horas”.

Alquilar un espacio de trabajo era inasumible para Isabel, por lo que comenzó a buscar un espacio de trabajo para alquilar que fuera lo suficientemente grande como para poderlo compartir con otros freelance y así abaratar costes. “Un local para uno solo no baja de los 600 euros”. Como no encontraba lo que tenía en mente, acabó montando Meet Barcelona, un centro de coworking ubicado en pleno corazón de la ciudad.

“Para mí la principal ventaja de venir a trabajar en un espacio así es a nivel emocional: poder levantarte por la mañana e ir a un lugar en el que hay otras 10 ó 15 personas que están como tú, que se enfrentan a problemas similares y con las que puedes hablar y comentar tus cosas”, cuenta Isabel.

No sentirse solo y abaratar costes son dos de la ventajas del coworking, pero no las únicas. Otra, fundamental, es conseguir separar la vida profesional de la personal y disponer de un ambiente de trabajo que ayude en la concentración. Para Miguel Usabiaga, al frente de Coworking Donosti, “quizás si uno es muy disciplinado puede trabajar desde casa, pero hay muchas distracciones, los compromisos familiares. Un espacio de trabajo compartido es un dinamizador de actividad, un condensador de energía. Venir aquí y estar con otros que están trabajando te hace que te contagies de ese ambiente, y que no despegues la cabeza del ordenador. Consigues un grado alto de concentración, tanto que a veces –afirma bromeando- les digo a mis coworkers que… ¡tendríamos que hablar más!”.

 

Generar comunidad

Uno de los beneficios más importantes de trabajar junto a otros profesionales es que se fomenta la colaboración, el llamado networking y la cocultura: no se trata sólo de compartir oficina y gasos, sino también ideas, conocimientos, creatividad. “Us espacio de coworking no es simplemente un lugar al que uno va a trabajar por las mañanas para no estar solo en casa –señala Manuel Zea, de Coworking Spain-, sino que es un espacio en el que sabes quién participa, conoces a tus compañeros, estableces relaciones laborales y compartes contactos, habilidades, ideas e incluso proyectos ajenos a tu disciplina que de repente te pueden abrir nuevas vías laborales. Hay incluso quien dice que el coworking es la versión física de las redes sociales en Internet”.

De hecho, el estudio realizado por Coworking Spain señala que cuatro de cada 10 coworkers ven aumentados sus ingresos desde que comparten espacio. Y esto se debe a esas sinergias que se establecen. En casa, el freelance tiene que producir trabajo y, a la vez, buscar nuevos proyectos y clientes. De manera que un esfuerzo es igual a un resultado. “En un espacio compartido, todo el mundo sabe a qué te dedicas, por lo que si alguien necesita un arquitecto, un diseñador web, un periodista, un fotógrafo, van a contar contigo antes que con otro”, asegura Usabiaga.

Es el caso de La Bañera, en Sevilla, ubicado en un antiguo corralón en un barrio de artesanos. “La Junta de Andalucía nos encargó un trabajo hace poco y necesitábamos un diseñador gráfico –explica la arquitecta Michela Ghislanzoni, consultora en paisaje al frente de este espacio junto a su marido -, y contamos, claro, con el compañero que teníamos al lado. Y no es el único proyecto en el que hemos colaborado. Siempre salen cosas”.

Eso mismo ocurre en Dcollab Madrid, donde, además, acaban de poner en marcha Dcomake, una incubadora creativa de proyectos colaborativos. “Nuestros coworkers provienen de campos creativos muy complementarios; son fotógrafos, interioristas, diseñadores web y gráficos. De la buena conexión que hay entre ellos ya han salido diversas iniciativas conjuntas y ahora pretendemos lanzar nuevas propuestas bajo el paraguas del centro –explica Noelia Maroto, interiorista y fundadora de Dcollab-. Se trata de coger fuerza para vender un producto o un servicio de forma conjunta”. En la unión está la fuerza.

En este espacio madrileño, como en la mayoría de centros de coworking, celebran eventos enfocados a emprender, a innovar, a aprender de manera más lúdica. Cada quince días, comen todos juntos y aprovechan para exponer las iniciativas que tienen y comentarlas. “Puede que te encuentres bloqueado creativamente, que no te salga algo, o que no veas del todo claro un proyecto. Hablar con alguien te puede ir muy bien para desbloquearte y hacer que las ideas fluyan de nuevo” considera Maroto.

Y como en cualquier oficina convencional, también se forman amistades, y lo más importante, se genera comunidad. Una de las paredes de Meet Barcelona da buena fe de ello: un calendario gigante dibujado en la pared con tizas de colores marca la fecha del cumpleaños de algunos de los coworkers; que de aquí dos viernes se van de cena, o que el próximo jueves hay una presentación de un proyecto de uno de los compañeros. “La energía que se genera en estos lugares es muy importante”, asegura Iliana, de el·local48. “Inevitablemente, te contagias del humor y la actitud de los que tienes al lado. Puede que estés pasando un momento en que las cosas no te estén saliendo bien, que estés alicaído. En casa igual te quedas deprimido, y eso repercute en tu salud emocional pero también en tu rendimiento laboral. En cambio, en un espacio así los compañeros estiran de ti y te acabas contagiando de su energía positiva. O te pueden echar una mano si la necesitas. Somos un equipo”.

 

 

 

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