Momias, lo que el pasado esconde

Hace ya un año y pico empecé a colaborar con la revista Quo, en su edición mexicana. Y lo cierto es que me hace tremenda ilusión: su editor jefe, Iván Carrillo, es encantador, además de tener muy buen criterio y olfato para escoger los temas. Y Carlos Gutiérrez, con quien trabajo codo a codo, es una delicia de persona. La verdad es que ambos me han apoyado y ayudado muchísimo, y cuando reciben los textos, se encargan de retunearlos para que suenen a español de México. ¡Menuda paciencia!

Vengo realizando con ellos una colaboración mensual en la sección noticias y ahora también me dan la posibilidad de que haga reportajes. Este de las momias es el primero que hago con ellos. De aquí poco, espero que más.

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Especialistas de ámbitos muy diversos, como antropólogos, médicos forenses, biólogos o dentistas, trabajan codo con codo para resolver los misterios que ocultan cuerpos del pasado. Su investigación, que aplica técnicas punteras y modernos métodos de diagnóstico médico, se sitúa en el marco de una disciplina en los confines de varias disciplinas, la paleopatología.

Unos pastores fueron los primeros en hallarla. Como cada día, habían llevado a pastar a los chivos por las laderas del cerro del Doctor, en la Sierra Gorda. Al entrar a la cueva para ir a guardar los animales, se percataron de que entre los excrementos había algo. “¿Pero qué es eso?”, se exclamaron, alarmados. Y es que tal vez alguna de las cabras, escarbando, hubiera levantado parte de la gruesa capa de heces que recubría el suelo y así hubiera quedado al descubierto el cuerpo de la pequeña. Los pastores se miraron, asustados.  “Hay que llamar a la policía”.

Tras el aviso de aquellos ganaderos de la región, la policía judicial estatal se presentó en la cueva, muy próxima al pueblo de Altamira; les habían explicado que había un bebé muerto. ¿Quién sería? ¿Cuánto tiempo llevaría allí? ¿Lo habrían abandonado quizás asesinado? Pero tras inspeccionar la cueva y el cuerpo hallado, el misterio, al menos criminal, se desvaneció. Aquel no era un caso que la policía pudiera resolver, por lo que llamaron al Centro INAH Querétaro para notificarles el descubrimiento.

Corría el 18 de noviembre de 2002 y aunque entonces no podían ni imaginárselo, aquellos pastores acababan de dar con ‘Pepita’, la momia más antigua hasta la actualidad hallada en México, una niña de apenas dos años y medio de edad que llevaba atrapada en aquella sierra más de dos milenios.

Como Pepita, en México se han hallado muchos otros cuerpos y restos momificados de manera natural. La mayoría proceden de lugares con climas áridos o semiáridos, como cuevas, criptas o el subsuelo de algunas iglesias, en los que se crean microambientes que, por una parte, evitan que los cuerpos se pudran y, por otra, provocan que se desequen de manera rápida y se momifiquen. Esos restos y esqueletos descubiertos son fuente de análisis y también de abundante conocimiento acerca de la vida y la biología en otras épocas. Resultan ventanas abiertas a otras épocas que, gracias a los últimos avances tecnológicos, permiten descifrar muchos misterios pasados pero también presentes.

La niña momia

Al equipo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) le bastó un primer reconocimiento de la cueva se la Sierra Gorda para percatarse de la posible gran relevancia de los restos. El cuerpo de la niña momia, que ellos mismos bautizaron como “Pepita”, se encontraba en muy buen estado de conservación, seguramente porque en aquella cueva estaba a resguardo del viento y del agua. Sólo la cara estaba algo descarnada, quizás, creen los expertos, porque quedó al descubierto en varias ocasiones y eso impidió el proceso de momificación natural. Medía unos 45 cm y tenía los brazos y las piernas doblados, casi en posición fetal; la habían amortajado con una fina capa de algodón y colocado sobre una piedra que tenía una talla muy ligera. También la habían atado usando cordeles, quizás para fijarla a aquella especie de cuna, y adornado con plumas y trenzas de cabello.

Pero, ¿quién era aquella misteriosa niña? La arqueóloga mexicana Elizabeth Mejía, al frente del proyecto Toluquilla, lideró las investigaciones para tratar de dar respuesta a esa pregunta. Coordinó a un grupo de más de 35 especialistas de ámbitos muy distintos procedentes de 10 instituciones, que aplicaron potentes y modernas tecnologías científicas y sometieron a la pequeña y a los objetos hallados en la cueva a todo tipo de pruebas, desde tomografías helicoidales, hasta micología médica, arqueozoología o microscopía de barrido. Todas ellas muy poco invasivas. Se trataba de averiguar lo máximo posible de la momia pero sin deteriorarla ni un ápice.

Por fortuna, Pepita aún conservaba un pelo en el cráneo, que los expertos recuperaron y mandaron a un laboratorio de los Estados Unidos a analizar, junto con un pedazo de tejido de 75gr de la ropa con que estaba envuelta cuando la hallaron. Ambas cosas fueron sometidas a un acelerador de partículas con espectrómetro de masas que determinó con precisión que la niña momia tenía 2300 años, aunque al morir no alcanzaba ni los tres.

De esta investigación, que duró tres años, se desprende que Pepita seguramente falleció debido a una infección intestinal o a problemas respiratorios. Aunque lo más importante que aportó el hallazgo de este infante no fue aquello, sino que su estudio cambió por completo los conocimientos que hasta entonces se tenían sobre el poblamiento temprano de la Sierra Gorda querétara.

Y es que, si bien existen distintas teorías, los trabajos de investigación realizados en América más aceptados señalan que los primeros pobladores del continente llegaron en cuatro grandes migraciones desde la región de Siberia, en Asia, a través del estrecho de Behring y se fueron dispersando por todo el territorio. Eso en teoría sucedió al inicio de la cuarta glaciación, entre 40.000 y 12.000 años atrás. El haber podido recuperar y analizar el ADN de Pepita ha permitido a los paleoantropólogos realizar un estudio entre individuos para establecer comparaciones y secuencias de material genético y así saber más sobre cómo y cuándo se produjeron esas olas migratorias.

Además, se ha visto que hace 2300 años, cuando vivía Pepita, ya había relaciones tempranas con poblaciones del norte de México, como los chichimecas, un grupo cazador recolector que no penetró hasta el Valle de México hasta el siglo XII; por otra parte, los textiles usados en el fardo funerario, de confección compleja y delicada, demuestran que la industria de manufactura estaba muy desarrollada. El hallazgo también arrojó luz sobre las prácticas funerarias de aquel pueblo.

 

Lo que el pasado esconde

Son muchas las cosas que podemos aprender de los muertos. No sólo nos ayudan a componer el puzzle de civilizaciones pasadas, sino que, además, pueden esclarecer cuestiones relacionadas con la biología. Es el caso de la momia de Ötzi. Fue descubierta por una pareja de alpinistas en los Alpes de Ötzal en 1991, en la frontera entre Austria e Italia. Aquel hombre de los hielos llevaba durmiendo 5300 años en un glaciar y constituye la momia humana natural más antigua de Europa. Su estudio permitió, además de recopilar abundante información sobre los habitantes de la Europa de la Edad de Cobre, desvelar la cura para una de las enfermedades parasitarias más importantes, la verminosis, que sigue afectando en la actualidad a miles de personas en todo el mundo.
Al investigar a Ötzi, los científicos vieron que la momia tenía un parásito intestinal causante de la enfermedad; en el zurrón que llevaba consigo encontraron un hongo que, tras analizarlo, descubrieron que tenía una serie de propiedades beneficiosas, hasta aquel momento desconocidas, para combatir el parásito. Fue así como la verminosis comenzó a tener tratamiento.

Para Assumpció Malgosa, antropóloga y directora del Grupo de Investigación en Osteobiografía de la Universidad Autónoma de Barcelona (España), “mirar al pasado tiene cada vez más una aplicación directa hacia el futuro. Poder obtener y analizar el ADN de un agente infeccioso de hace 4000 años posibilita, por ejemplo, que estudiemos la variación de este agente a lo largo del tiempo, que veamos qué lo producía, qué reacción provocaba en las personas. Y quizás eso nos lleve a encontrar una cura para el futuro”.

Malgosa forma parte de la Asociación Internacional de Paleopatología, una disciplina situada en los confines de diversas disciplinas científicas -como la medicina, la antropología, la arqueología, la física, la química o la biología- que se dedica al estudio de las huellas que las enfermedades del pasado han dejado en los seres humanos y también en los animales. El término ‘paleopatología’ es una palabra compuesta procedente del griego, de paleo que significa viejo, y patos, que quiere decir sufrimiento. Y aunque puede parecer una disciplina nueva, lo cierto es que las primeras sociedades de paleopatología datan de finales del siglo XIX.

“La investigación sobre los vestigios de las enfermedades de la antigüedad  -apunta Josefina Mansilla Lory, investigadora especialista en antropología física del INAH-  ha ido cobrando cada vez más interés a nivel mundial, como demuestra el creciente número de artículos científicos y el surgimiento en 1992 del primer congreso internacional de estudios sobre momias. En México, si bien la investigación  sistemática es reciente, la primera referencia se remonta a 1889, cuando Leopoldo Batres, pionero de la arqueología moderna mexicana, describe el cuerpo incompleto de un hombre momificado que tenía dibujos geométricos en los brazos y que fue hallado en Comatlán, en Oaxaca”.

De hecho, desde 1998 en México se está desarrollando un ambicioso proyecto que ha liderado la doctora Mansilla desde el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH). Se llama “Las momias de México” y “pretende estudiar y entender el fenómeno de la momificación en nuestro país y buscar fundamentalmente ampliar el conocimiento del ser humano, además de sus enfermedades, relacionando los hallazgos patológicos  de los tejidos preservados con episodios históricos y socioculturales”. Uno de los principales resultados del proyecto fue rescatar del olvido la colección de momias del Museo Nacional de Antropología, que ascendía a al menos 40 piezas, entre cuerpos completos y fragmentos procedentes de varias regiones del país. La intención era identificar la procedencia, la temporalidad y recuperar datos arqueológicos de la mayoría de dichas momias.

Enfermedades del pasado

La paleopatología permite evaluar el estado de salud de una población al completo e informa sobre el estilo de vida que llevaba esa sociedad, sus usos y costumbres, las relaciones sociales que establecían, qué tipo de dieta seguían, qué trabajos realizaban. En la mayoría de casos, estos especialistas deben contentarse con el estudio de restos esqueléticos, aunque a veces las momias conservan algo de tejido, lo que multiplica exponencialmente la información que los expertos pueden recopilar.

Por ejemplo, “con Ötzi, el poder disponer de tejido nos permitió ver que tenía los pulmones como si fuera un fumador pasivo –explica Malgosa, investigadora de la UAB-. Eso nos llevó a descubrir que en la Edad del Cobre nuestros antepasados vivían en cuevas repletas de humo, puesto que hacían hogueras dentro de ellas, ya fuera para cocinar o calentarse. Determinadas marcas en los huesos también nos dan pistas acerca de los trabajos del pasado, puesto que pueden ser el resultado de movimientos repetitivos. Es realmente fascinante. Somos como detectives del pasado”.

Uno de los casos de paleopatología tal vez más excitantes de la historia fue el estudio de los restos de Herculano, en Nápoles, Italia. El 24 de agosto del año 79 dC, el volcán Vesubio comenzó a rugir y a temblar. Muchos de los habitantes de los pueblos de la zona huyeron despavoridos hacia la playa. Pero ni así salvaron el pellejo. Al caer la noche, el volcán empezó a escupir ceniza y roca ardiendo que cayeron sobre Pompeya y los pueblecitos de los alrededores, como Herculano. Buena parte de los habitantes de la zona murieron sepultados bajo las brasas. Y los que habían huido a la playa, respiraron la ceniza volcánica que había en el aire, a cerca de 800ºC de temperatura, lo que hizo que sus pulmones estallaron en el acto. Más de 200 personas quedaron sepultadas bajo una capa de ceniza, que los congeló en el tiempo.

“Había niños abrazados a sus madres, personas que yacían tapándose los ojos, gente sentada alrededor de una mesa comiendo pan y queso”, explica Luigi Capasso, director del Museo Universitario de Chieti y uno de los mayores expertos del mundo en esta villa napolitana de Herculano. Aquella catástrofe dejó atrás una especie de trágica radiografía de la sociedad, lo que ha permitido estudiar el estado de salud de una población completa. Las primeras excavaciones se realizaron a mediados del siglo XVIII, aunque fue hace 20 años cuando tuvo lugar la campaña más importante, que duró nueve años y cuyos resultados ocupan un volumen de nada menos que 1400 páginas.

Aquella investigación, dirigida por Capaso, averiguó que casi el 30% de la población presentaba lesiones óseas causadas por una enfermedad infecciosa llamada brucelosis o “fiebre de Malta”; está originada por un microorganismo, Brucella, que se halla en las secreciones y los excrementos de vacas, ovejas, cabras y cerdos. ¿Cómo podía ser que una población pesquera padeciera brucelosis, una enfermedad propia de los pastores? “La solución a este enigma la encontramos en un trozo de queso carbonizado –cuenta satisfecho el profesor Capasso-. Al analizarlo, vimos que contenía brucella. De ahí que la mitad de la población padeciera esa enfermedad, ya que comían el queso elaborado con la leche de las cabras que pastaban en las laderas del volcán”.

 

Últimos avances

Para el estudio de los restos esqueléticos y momificados se suelen emplear muchas de las técnicas que están pensadas para el diagnóstico de las persona, eso sí, sin resultar demasiado invasivos, puntualiza Mansilla Lory, del INAH. “Estos pacientes se quejan menos cuando les hacemos una endoscopia que la mayoría de pacientes”, broma el italiano Capaso, aunque a diferencia de los seres vivos, no se les puede practicar una exploración ni tampoco se dispone del historial clínico.

El desarrollo de las nuevas tecnologías de las últimas dos décadas han propiciado grandes avances en esta ciencia. La tomografía axial computerizada (TAC), por ejemplo, permite obtener imágenes de alta resolución del interior de la momia sin tocarla. Este método consiste en radiografiar cada milímetro del cuerpo momificado, como si fuera una cebolla y se tomar una imagen capa por capa. Después, un programa informático coge esa información, la procesa y genera una figura en 3D. Se obtiene una imagen muy rica en detalle, por lo que los científicos pueden ir explorando capa por capa de información. Luego, se suele tomar una muestra de la momia para analizarla y ver si corrobora los datos ofrecidos por el TAC.

Es el caso del misterioso Hombre de Tollund, una de las llamadas momias de las ciénagas, cuerpos atrapado en el tiempo durante miles de años, testimonios de los misteriosos rituales de sacrificio que los pueblos del Norte de Europa, como Alemania, Irlanda, Reino Unido, Países Bajos y, sobre todo, Dinamarca, llevaron a cabo durante la Edad del Hierro.

Lo encontró en 1950 una familia de granjeros que recogía turba a las afueras del pueblecito danés de Silkebourg. Desde entonces y hasta la actualidad, se ha ido sometiendo a esta momia a numerosas pruebas que han ido desgranando información acerca de la Edad del Hierro, una época muy desconocida puesto que no hay ninguna referencia escrita. “Como [el hombre de Tolluns] conserva tejidos, eso nos permite saber muchas más cosas. Estudiándola, analizando las marcas en la piel del cuello, averiguamos, por ejemplo, que fue ahorcado y luego tirado en la ciénaga –explica Niels Lynnerup, profesor de la Universidad de Copenhague y uno de los mayores expertos en el mundo sobre las momias de los pantanos -. En ese período, en Dinamarca así como en el norte de Europa, se solía sacrificar a la gente así, estrangulándolos o cortándoles el pescuezo. Y luego simplemente, los tiraban a las ciénagas. Seguramente, esas personas eran los escogidos y es posible que tuvieran una buena vida, mejor que la del resto de su grupo, antes de ser sacrificados”.

En 1977, gracias al método del carbono 14 averiguaron que aquella momia de Tollund murió entre el siglo III y IV aC. Hace una década, le realizaron una endoscopia, lo sometieron a luz ultravioleta y a infrarrojos, y además a un TAC con el que obtuvieron más de 16.000 imágenes de su cuerpo. Ahora los investigadores esperan que la tecnología avance más para que algún día se pueda recuperar moléculas del tejido celular; si bien desconocen si la acidez de la turba puede haber alterado el material genético, quizás en unos años gracias a la biología molecular se podrá obtener una muestra de ADN de la médula o de algún diente y así saber cuál era su tipo de sangre o recuperar sus genes; eso sería sumamente útil para trazar, mediante relaciones de parentesco, flujos migratorios.

No cabe duda de que hay una historia en cada momia y que cada momia nos abre una ventana al pasado. Y si se les presta la atención suficiente y se las escucha atentamente, están dispuestas a revelar sus misterios. Seguramente, el avance científico y tecnológico posibilitará que cada vez entendamos más cosas de los aspectos de la vida de nuestros antepasados y de sus costumbres. Nuevos descubrimientos e investigaciones harán posible que el estudio de las momias  enriquezca nuestros conocimiento del pasado y que se despejen cada vez más incógnitas para poderlas integrar en nuestro presente.

——-Despieces—————–

La epidemia más mortífera

Los cuerpos de marineros sin vida se amontonaban en aquella nave hedionda que arribó a Mesina, Italia, en 1347, y cambió de forma trágica el devenir del continente europeo. La tripulación que aún seguía viva estaba medio moribunda, cubierta de manchas negras y bultos pestilentes y supurantes. Regresaban de la ciudad comercial de Caffa, en la península de Crimea, a orillas del mar negro, en donde los mercaderes genoveses mantenían una colonia comercial. Lo que no sabían es que llevaban consigo un polizonte, Yersinia pestis, el patógeno de la peste negra y que serían los transmisores de la devastadora enfermedad.

Italia fue el punto de partida pero luego se extendió a España, Francia, Rusia, Escandinavia, Hungría e incluso África del norte. En tan sólo cuatro años murieron cerca de 50 millones de europeos. En la actualidad, esta enfermedad, lejos de estar erradicada, sigue causando estragos en América, África y Asia, según reporta la Organización Mundial de la Salud. Sigue habiendo muchas incógnitas respecto a este patógeno. No obstante, puede que en breve se puedan resolver.

Un equipo de paleopatólogos, liderados por Hendrik Poinar, de la Universidad McMaster (Canadá) y Johannes Krause, de la Universidad de Tubinga (Alemania), están investigando la peste. Para ello, buscaron las sepulturas de emergencia que se abrieron en el cementerio de East Smithfield, en Londres, entre 1348 y 1350, y desenterraron cuatro cuerpos. Algunos conservaban los dientes, de manera que los investigadores fueron capaces de recuperar ADN del patógeno. Tras estudiarlo, se percataron de que era genéticamente muy similar al actual. Esos datos arrojan luz sobre la evolución del bacilo y esa información puede ser muy valiosa para diseñar nuevos fármacos. Asimismo, también implica que si en la Edad Media hubieran podido disponer de la medicación que tenemos ahora, se hubiera podido evitar la catástrofe.

¿Un milagro?

Cuenta Luigi Capaso, director del Museo Universitario de Chieti, que una vez lo mandaron llamar desde el Vaticano: el cuerpo momificado de Santa Rosa se estaba deteriorando. Capaso se llevó a la momia a su laboratorio, procedió a quitarle la capa de barniz que la recubría y descubrió que Santa Rosa estaba en perfecto estado. No obstante, sometieron a la momia a varios análisis científicos y, estupefactos, descubrieron que… le faltaba el esternón, algo totalmente incompatible con la vida. ¿Cómo podía ser? Capaso, que de formación es médico aunque lleva toda la vida dedicándose a la paleopatología, comenzó a investigar en la literatura médica y tan sólo encontró cuatro casos más de bebés que habían nacido sin esternón y que irremediablemente morían a los pocos días. Y sin embargo, la santa había llegado a la edad adulta. Pero no fue eso sólo lo que Capaso halló. Los análisis practicados revelaron que tenía los ventrículos del corazón totalmente separados; y es más, el izquierdo albergaba un tumor benigno. Cómo fue capaz de sobrevivir Santa Rosa, es un misterio. O tal vez, un milagro.

También en el presente

Si bien la materia prima de los paleopatólogos son cuerpos de hace cientos o miles de años, en ocasiones también se centran en el presente para desvelar misterios. En 1982 años apareció colgado de una soga en un puente de Londres el cadáver de  Roberto Calvi, apodado “el banquero de Dios”, por estar al frente el Banco Ambrosiano, cuyo principal accionista era el Vaticano. Cuando encontraron el cuerpo, la policía consideró que había sido un suicidio y dio el caso por zanjado. Pero nadie se lo tragó. Dos décadas después, la justicia italiana reabrió el caso y llamaron a Luigi Capasso para que analizara el cuerpo y determinara si fue o no un suicidio.

Este paleopatólogo al frente del Museo Universitario de Chieti, analizó los restos del cuerpo, las cervicales del esqueleto, la laringe y demostró que Calvi no se había suicidado, sino que lo habían asesinado. “La justicia italiana reabrió el caso y al final acabaron inculpando a miembros de la mafia”. Fue así como por fin se resolvió uno de los más misteriosos casos de la historia reciente en Italia. Pero, ¿por qué la policía fue a buscar a Capaso y no a un médico forense? “Porque el cuerpo ya no conservaba tejidos, de manera que un médico tradicional no puede estudiar nada. Era un caso para un paleopatólogo”.

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