Neorrurales, ¡vámonos al campo!

Es como un runrún. “¿Y si viviéramos en un pueblo? Sería mucho más tranquilo, dejaríamos atrás el estrés de Barcelona… Pero, ¿y si resulta demasiada tranquilidad?”. Hace años vivía en “pueblos” de más de 40.000 habitantes… y aún así, tenía la sensación de disfrutar más del día, sobre todo llegado el fin de semana. Porque en Barcelona, las horas vuelan.

Para el suplemento ES, de La Vanguardia, entrevisté a diversas personas que por un motivo u otro decidieron colgar el asfalto y mudarse al campo, a pequeñas poblaciones o a masías en medio de la naturaleza. Intenté buscar perfiles que se salieran del tópico “hippy”. Porque cada vez hay más gente que se decanta por el pueblo sin necesidad de dedicarse a la ganadería, la agricultura y la artesanía. Internet y las nuevas tecnologías les ha facilitado la vida.

Esta es la historia de Itziar, de Marta, de Xavi, de Clara, de Eva, de Ángel y la de tantos otros miles que han hecho las maletas y se han convertido en “neorrurales”.

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Xavi, por amor. Clara, porque tenía ganas de un contacto directo con la naturaleza; Itziar, porque por fin las piezas del puzzle encajaban; Ángel y MariMar necesitaban un cambio de vida; Eva, porque siempre fue de pueblo, la ciudad no va con ella. Son algunas de las razones que han empujado a algunos neorrurales a cambiar el asfalto por el campo.

“Siempre nos había gustado mucho estar en contacto con la naturaleza y nos atraía la idea de salir de Barcelona e irnos a un entorno más rural. Al final nos liamos la manta a la cabeza y nos fuimos a vivir a una masía en Ollers, un vecindario prácticamente aislado en el que sólo hay un par de fincas más y una iglesia, a cinco minutos en coche del primer pueblecito, Esponellà, en Girona. Y lo cierto es que somos muy felices. Tenemos una calidad de vida tremenda.

La gente suele pensar que por vivir en un sitio como éste estamos aislados del mundo. Pero lo cierto es que  llevamos dos años aquí y mis hijos hacen ahora más actividades extraescolares que nunca. Y desde aquí, además, he dirigido varios reportajes de divulgación científica para un proyecto de la Comisión Europea y he viajado a París, a Londres. Bajando un par de días a Barcelona y concentrando todo lo que tengo que hacer, me basta”, asegura Marta, periodista.

Como ella y su marido, son cada vez más las personas que deciden mudarse a un entorno rural con la idea de estar más en contacto con la naturaleza y mejorar su calidad de vida. Algunos se marchan para ponerse a arar la tierra de sus abuelos, pero muchos otros, la mayoría, para continuar con su profesión cambiando de escenario o para hacer de su hobby un oficio. Los hay que conservan las raíces en esos pueblos. También los que se jubilan y deciden volver al lugar en que crecieron; y quienes, en cambio, necesitan huir de las prisas, alejarse del ritmo frenético del despertador y de las agendas colapsadas.

Según el último censo de habitantes, la población de municipios de menos de 100 habitantes ha aumentado casi un 13% en la última década. Y desde 1998, año en que el Instituto Nacional de Estadística comienza a contabilizar este indicador, cada vez hay un número mayor de ciudadanos que se trasladan de  poblaciones de más de 100.000 habitantes a municipios de menos de 10.000. Aunque, también es cierto, desde que estalló la crisis, ese goteo de personas se ha frenado un poco. Hace dos años, por ejemplo, 23.398 personas cambiaron la ciudad por el campo y 21203 optaron por lo contrario.

No sólo de la tierra

Hasta hace relativamente poco, la agricultura, la ganadería, la artesanía o una vida hippy parecían las únicas opciones que ofrecía el pueblo. Sin embargo, hoy en día, gracias a la implantación de las nuevas tecnologías, el medio rural también se ha convertido en una opción para arquitectos, abogados, diseñadores, periodistas, escritores, y un sinfín de profesiones liberales, que pueden ejercer su labor en cualquier lugar. Tan sólo necesitan una buena conexión a internet.

“Están surgiendo negocios prósperos, modernos, que desarrollan nuevos talentos y que permiten que se genere progreso en la zona. Porque hay que revitalizar el tejido social, que está muy envejecido, pero también el empresarial y emprendedor”, asegura Eva María González, coordinadora de Abraza la Tierra, una entidad sin ánimo de lucro que nació en 2004 con el objetivo de contribuir a frenar la despoblación que sufría el medio rural interior de España y que actúa en seis comunidades autónomas, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cantabria, Aragón, Madrid y Extremadura.

Pero, ¿qué pasa?, ¿qué en los pueblos no hay crisis? “Claro que la hay, pero la situación está mucho peor en la ciudad”, considera González. “En un pueblo todo es más barato. Las cosas valen casi la mitad que en Barcelona –afirma Marta -. Nosotros vivimos en una masía de más de 100m2, por 600 euros al mes. Todo es más económico, el pan, la carne, incluso las actividades extraescolares de los niños.”

Que sea más barato no quiere decir que la vida en un pueblo sea regalada. Algunas personas, cuando deciden cambiar el asfalto por el campo, tienen una imagen idealizada y romántica de lo rural, muy poco realista, que no casa con las estadísticas.

“Es cierto que las cosas son más sencillas que en la ciudad, pero hay que trabajárselo mucho”, explica Ángel González, autor de elblogalternativo.com junto a su mujer, María del Mar Jiménez. Esta pareja, él catalán, ella, vasca, veraneaban en Préjano, un pueblecito de La Rioja Baja de donde eran sus padres. Tras uno años viviendo en Castelldefels, un municipio en la costa barcelonesa, en el que trabajaban en empresas de investigación de mercados, decidieron dar el paso.

“Para subsistir, hemos continuado con nuestro blog, en el que tratamos temas sobre ecología, desarrollo personal, crianza sana. Obtenemos ingresos por publicidad. También hemos abierto otro dedicado a la cocina alternativa. Además, he escrito un libro y estoy a punto de publicar otro, “Bienvenidos al campo”, justamente sobre el neorruralismo”, afirma Ángel.

“Uno tiene que tener muy claro a qué se va a dedicar cuando se va a un entorno rural a emprender. Su proyecto de vida debe implicar un proyecto económico, sino está destinado al fracaso absoluto. Irse al campo no es nada fácil. La gente que lo hace y triunfa es, en la gran mayoría de casos, porque se dedica a lo suyo pero en otro entorno. Y profesiones que lo permitan son muy pocas, se pueden contar con los dedos de la mano – afirma el geógrafo e investigador del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Ángel Paniagua-. También ha habido quienes han tratado de cambiar de actividad. Un nicho de entrada fue el turismo rural, pero ahora eso ya, alertan, está más que saturado. Y dedicarse a la agricultura es impensable, incluso aunque cuentes con tierras de tu familia, porque puede que no tengas los derechos para cultivarlas”.

“Con lechugas del huerto no vas a hacer frente a las facturas del agua, la electricidad, el teléfono, que son la mismas que tienes en la capital”, añade Eva, de Abraza la Tierra. La misión de esta entidad es asesorar a las personas interesadas en trasladarse a un medio rural. Desde que abrieron sus puertas, el número de solicitudes ha ido en aumento y ya han tramitado alrededor de 9000. “Pero no regalamos pisos ni nos sacamos trabajos de la manga”, puntualiza González, muy seria. “La gente tiene que venir con un proyecto claro de negocio”.

Eso hizo Itziar Azkona (Bilbao, 1970), quien tras estudiar una carrera, viajar por medio mundo y vivir en Londres, en Madrid, y luego en Bilbao, trabajando como analista de mercado y consultora, lo dejó todo y se marchó a un pueblecito en los Picos de Europa, Potes, donde ha montado una empresa de conservas naturales (liebanatural.com). “Siempre digo que son mermeladas con alma rural, cocinadas a fuego lento. A pesar de que ya llevamos 10 años con este proyecto, aún no podemos vivir de él, por lo que lo compagino con mi tarea de coaching y con un trabajo como recepcionista en un hotelito que sólo abre unos meses al año y que está a 1600 metros de altitud. Siempre digo que son como mis vacaciones pagadas”, bromea.

¡Qué bien se vive en el campo! ¿O no?

“Al principio, no podía ni cerrar la boca del asombro que sentía al ver salir la luna por un lado de la ventana y ver cómo se paseaba hasta que desaparecía. Y no me refiero a mirarla un momento, sino estar observándola, embobada, toda la noche, porque nada me tapa la vista. O escuchar a los ruiseñores desde que llegan en abril y se van en junio. Son pequeños lujos”, exclama Clara Garí (Finisterre, 1955), directora de la Nau Côclea, un centro de creación, producción y difusión de proyectos de arte contemporáneo, en Girona. Garí primero vivió en Camallera, de 500 habitantes, y de allí pasó a la masía en que se ubica este centro artístico, a un kilómetro a las afueras del pueblo.

“El cambio más grande de mi vida, después de haber vivido en Galicia, Alemania, Barcelona, Madrid, fueron estos 900 metros que hice de Camallera a la Nau Côclea. En el pueblo, vivía en una casa con un pequeño patio; había calles, gente.. En el fondo, no era muy distinto de vivir en una población urbana. Ahora bien, fue hacer ese kilómetro y pasé a estar de repente en medio de la naturaleza. Cambió totalmente mi vida, mi percepción de las cosas”.

La mayoría de las personas que se mudan a un entorno rural lo hacen buscando, como Clara, un contacto directo con la naturaleza, y también un remanso de paz y de silencio. Hay ruidos, claro, como el que hacen los animales, las campanadas de las iglesias, las máquinas con las que se trabaja el campo. Pero el ambiente no tiene nada que ver con el del tráfico y las obras de una gran ciudad.

“Yo me levanto en mi casa y el único ruido que hay es el de los pájaros y un poco de viento. Y en verano, al atardecer es una delicia sentarse a contemplar cómo el día se va apagando”, cuenta Xavi Ruzafa, quien vive junto a su mujer, la neoyorkina Jennifer Knight, y sus dos hijos pequeños, en ‘Cal Sastre’, una masía en “la Catalunya profunda”, a tres kilómetros del primer pueblo, cerca de Manresa. “Aquí la vida es más sencilla. Gael, mi hijo mayor de tres años puede estar jugando tranquilamente, sin peligro de coches ni de que nadie le pueda hacer daño”.

En entornos rurales, se establecen fuertes redes sociales entre los vecinos. “Somos una gran familia, para lo bueno y para lo malo. Todo el mundo te ayuda. Quienes tenemos campos, vamos un día a echar una mano a unos, luego vienen al tuyo a recoger las olivas y así. También nos tiramos un cable con los niños. El mío, para que podamos trabajar más, un día va a comer a casa de un amigo, otro a casa de otro. Y luego vienen a casa. Nos vamos turnando. En la ciudad tal vez se podría buscar, pero es más difícil”, explica Ángel, de Préjano. Ahora bien, ser una pequeña familia también tiene sus cosas negativas, como por ejemplo que todo el mundo conozca –y hable- de tu vida. “Si llevas mal lo de tener poca intimidad, piénsatelo dos veces antes de venirte a un pueblo”, añade medio en broma, medio en serio

Y aunque el campo invita a un tiempo más pausado es también una “trampa”, porque “siempre tienes algo que hacer. Si no tienes que cortar la hierba, te toca podar tal árbol, si no es que se ha roto algo o hay que recoger las verduras del huerto. Es trabajo continuo”, asegura Xavi. Y eso sí, mejor habituarse a ir en coche a todos lados, porque de transporte público nada de nada. “Si eres un apalancado, mejor no escojas vivir en un pueblo”, piensa Marta.

Ahora, en los pueblos andan de lucha. Les están cerrando algunas escuelas y también centros de salud y de urgencias. “Todos pagamos los mismos impuestos, pero no tenemos todos los mismos derechos”, apunta un tanto indignada Eva, de Abraza la Tierra. “No se dan cuenta pero la despoblación es un problema grave social, que nos afecta a todos. Los alimentos que compramos en el super, se generan el campo. Los incendios se apagan en invierno y es la gente de los pueblos la que cuida el medio natural, y también el patrimonio artístico e histórico riquísimo de estos lugares. Sin gente en los campos, no hay futuro”.

 

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Abandonados

En la actualidad, existen unos 8000 pueblos que tienen tan sólo entre uno y 10 habitantes y alrededor de 3000 en situación de completo abandono. Este fenómeno de despoblación afecta, sobre todo, a las zonas periféricas y remotas de la península, donde las condiciones de vida son adversas.

 

Pueblos recuperados

Desde hace algunos años hay quienes se marchan en grupo y se instalan en pueblos abandonados hace tiempo. Quieren recuperarlos. Sin embargo, esa idea hoy en día es más un problema que una solución. “Que se instalen cuatro implica que los municipios a los que pertenecen esos pueblos abandonados tienen que proveerlos de servicios que antes allí no existían, como luz, agua. Eso tiene un coste muy elevado y estos municipios gestionan unos presupuestos muy bajos”, señala Ángel Panigua, geógrafos del CSIC. Para este investigador, en esta materia hay que dejarse de romanticismos y optar por una visión más reflexiva.

“España tiene una estructura territorial heredada del medievo, con muchas zonas de baja densidad poblacional y mucho municipios diminutos, algunos de los cuales quedan abandonados y sólo se alzan las ruinas, testimonios de otras épocas. ¿Es eso una pena?”, considera este investigador. “No podemos empecinarnos en mantener esquemas de hace 15 siglos”.

 

De los guiones al aceite

Xavi compartía piso con un amigo en Barcelona. Ambos  eran guionistas de ficción y durante unos meses estuvieron yendo y viniendo a Manresa para impartir un curso de escritura. Y allí estaba ella, como en las películas: Jennifer Knight, neoyorkina, quien tras haber estudiado antropología y un máster para ejercer como profesora de inglés, se había recorrido medio mundo y había acabado viviendo en una masía cerca de Manresa.

“Me enamoré de ella, de sus ideas”, confiesa Xavi, quien no se lo pensó dos veces cuando Jennifer le dijo que se fuera a vivir con ella, allí… en medio del bosque. Ahora ambos compaginan los guiones y las clases de inglés con la oliva. Y es que han comenzado a producir aceite. “En esta zona, entre Cardona y Súria, hay un tipo de olivera muy especial, llamada corbella, con la que se obtiene un aceite muy dulce. Empezamos haciéndolo para consumirlo nosotros y ahora queremos empezar a venderlo”.

“Pues vente tú también”

Préjano es un pueblecito de 250 habitantes situado en la Rioja Baja. En verano viene mucha gente, la mayoría hijos de quienes hace años lo abandonaron. Y la conversación, año tras año, siempre se repite. “Todo el mundo nos dice que admira lo que hemos hecho y que qué bien que se vive en el pueblo, y que qué bien estamos aquí. Y yo les respondo siempre lo mismo: hazlo tú también –cuenta Ángel González-. Tienen la visión de las vacaciones, del verano. Pero vivir aquí todo el año es otra cosa. El invierno, por ejemplo, es muy duro. Además, la gente piensa que es llegar a un pueblo y todo solucionado. Y a pesar de que los habitantes son muy majos, eres tú quien tiene que poner de tu parte. Nadie te va a resolver la vida”.

Ángel y Mari Mar tienen un hijo de siete años. En el pueblo, sólo hay 16 críos más y todos van a la escuela al pueblo de al lado. Como no hay niños suficientes para separarlos por cursos, los juntan en dos grupos, grandes y pequeños. Y la maestra trata de hacer muchas actividades todos juntos, como salir al campo a conocer las plantas que hay. También tienen profes especializados, como el de música o el de inglés, que van rotando cada día por diferentes pueblos.

 

“Es una de las mejores decisiones que he tomado nunca”

“Hija mía, con lo lista que tú eres, ¿te vas a ir allí?”, le dijo su madre a Itziar Azcona cuando ésta le anunció que dejaba su puesto en Euskatel como consultora y analista de mercado y se iba a un pueblecito de los Picos de Europa, a Potes, a hacer mermeladas. “En Bilbao me faltaban muchas cosas. No me sentía bien, empecé a cuestionarme mi vida y me di cuenta de que me había perdido en el camino. Un día conocí a una gente de Potes, me llamó la curiosidad y fui a ver. Y descubrí que era un sitio superbonito en el que vivía gente emprendedora, que quería hacer cosas. Encontré a mi actual socia, Alicia, y nos embarcamos a hacer mermeladas naturales, Liebanatural.com. Durante un tiempo, pasaba los fines de semana y las vacaciones en Potes y hacía 400 km para llegar a mi trabajo, en Bilbao. Hasta que vi que no podía más, decidí arriesgarme, me compré una casa allí y me fui. Y es una de las mejores decisiones que he tomado nunca”.

Al principio me costó un poco. No me funcionaba siempre el teléfono, ni tenía Internet. Eso me obligó a parar y a conectar más conmigo. Fue un proceso lento porque hay hábitos que cuesta cambiar. Pero a medida que se van cerrando esos estímulos externos, se abre la posibilidad de estar en contacto con la naturaleza y contigo mismo. Y ahora vuelvo a la ciudad a ver a la familia y a los amigos, para contarles que se puede vivir mejor, más despacio y con menos”.

Tenemos lo rural idealizado

“La vida en la naturaleza la han inventado los de ciudad y está un poco idealizada”, considera Clara Garí, directora de la Nau Côclea, un espacio de referencia de creación y producción artística ubicada en Girona. Siempre tuvo claro que quería irse al campo. Lo intentó de muy jovencita, con tan sólo 19 años, trasladándose a un pueblecito cerca de La Junquera. “Fue muy duro, estaba muy aislada. No era una vida para una chica de 20 años”.

Tras estudiar Historia del Arte, se marchó a Bruselas y regresó a Barcelona. Y gracias a Internet, ha podido compaginar la cultura y el arte contemporáneo, con la tierra, con poder pasear por la naturaleza y tener un huerto. La ciudad me interesa mucho, pero también me cansa. En el campo soy muy feliz, aunque haya dado frutos diferentes a lo que me esperaba. Y tengo una calidad de vida que no se puede comparar. Ahora estoy dos días en semana en Barcelona y cuando voy allí miro escaparates, entro en librerías. Creo que tampoco podría vivir sin ir al cine o comprar libros. Me sentiría muy desgraciada”

 

 

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