Una economía para las personas

Cooperativas dedicadas a la comunicación, a la banca, al textil, al campo; empresas que dan empleo a personas con discapacidad; que persiguen que comunidades rurales de todo el planeta obtengan una remuneración justa por sus productos; o que impulsan las energías renovables. Cada vez hay más iniciativas vinculadas a la economía social y solidaria. Y aunque el movimiento cuenta ya con más de 30 años de existencia, es ahora cuando empieza a estar más en auge que nunca.

El sábado pasado en el suplemento Estilos de Vida de La Vanguardia, hablamos sobre economía social y solidaria. Pues leer el reportaje en PDF en castellano, Economia social (cast) o en català, Economia social (cat).

Captura de pantalla 2013-12-09 a las 11.56.56

 

O si prefieres, puedes leer el texto aquí, seguido. Eso sí, no es la versión final publicada, puesto que se tuvo que recortar por temas de espacio.

Si hace poco más de dos años, cuando arrancaron, alguien les hubiera dicho que en poco tiempo llegarían a los 10,000 socios, seguramente habrían pensado que se trataba de una estimación totalmente optimista y muy poco realista. ¿Cómo iban a conseguir crecer tantísimo en tan poco tiempo? Al fin de cuentas, se dedicaban a las energías limpias, algo que tampoco era super popular como para ganar miles y miles de adeptos. Entonces ellos apenas eran un grupo de 150 personas, de una manera u otra vinculadas a la Universitat de Girona, y durante tiempo trabajaron para unir conocimientos y esfuerzos y así crear Som Energia, la primera cooperativa de consumo y servicios de energía verde en todo el Estado.

Aquello fue en 2010 y “nuestra intención era poder consumir energía de origen 100% respetuosa con el medio ambiente. Y para ello, intentamos crear una réplica de las cooperativas que desde hacía años existían en Europa, en las que la sociedad civil se ha movilizado para promover un cambio del modelo energético e impulsar las energías renovables a partir de la participación ciudadana”, explica Marc Roselló, socio fundador y hoy en día trabajador de esta eléctrica.

Aquel primer grupo de socios sentaron las bases del proyecto que desde entonces ha tenido un crecimiento exponencial. Cada miembro de la cooperativa, al entrar, realiza una aportación única de 100 euros. Con ese capital Som energia, además de buscar productores de energía renovable para comprar kilowatios “limpios” e inyectarlos a la red eléctrica española, pone en marcha proyectos propios de generación de electricidad. Por ahora ya van ocho: siete son instalaciones fotovoltaicas y uno, el más destacado, una planta de biogás en Lleida.

“Queremos ser el motor que propulse el cambio de modelo energético en nuestro país -señala Roselló-.  Podemos llegar a un sistema 100% renovable, pero eso implica también ser eficiente en el uso de la energía, ahorrar, y, sobre todo, cambiar nuestros hábitos de consumo y manera de vivir. No podemos seguir con un consumo exacerbado cuando vivimos en un planeta con recursos finitos”.

Seguramente, buena parte de la clave del éxito de esta cooperativa es la implicación de sus socios, que participan en la empresa a través de asambleas –muchos por videoconferencia- y toman decisiones mediante grupos locales. De hecho, son ellos quienes deciden hacia dónde ir, qué pasos dar, en qué invertir y también quienes ayudan a la difusión del proyecto y a que éste siga creciendo.

Som Energia es un ejemplo de empresa social enmarcada en la llamada economía social y solidaria. Se trata de entidades cuyo principal objetivo es contribuir a un reto social o medio ambiental. “En este tipo de economía, el propósito social es la finalidad y la generación de ingresos es tan sólo un medio que permite la supervivencia de la compañía, que ésta sea sostenible para poder seguir desarrollando la actividad –explica Ignasi Carreras, director del Instituto de Innovación Social de ESADE-. El reparto de beneficios, a diferencia de las empresas convencionales, no es para los accionistas, sino que se reinvierten en el objeto social”.

Como esta energética, en España existen miles de ejemplos de proyectos sociales y solidarios. En 2012, según datos de la Confederación empresarial española de la economía social (CEPES), había 42684 entidades vinculadas a esta economía, que facturaron más de 145 mil millones de euros. Esa cifra supone más de un 10% del PIB español, tal y como se desprende del último estudio publicado –en 2010- por el Centro internacional de investigación e información sobre la economía pública, social y cooperativa (CIRIEC-España). Y aunque hace más de tres décadas que este tipo de economía arrancó en nuestro país, es ahora cuando comienza a estar más en auge.

Tal vez, apuntan algunas voces, eso se deba en buena medida a la crisis, que está haciendo que muchas personas se replanteen la forma de hacer las cosas y busquen sistemas alternativos o complementarios. Tal vez porque este tipo de economía, social, tal y como demuestran los datos de empleo, parece soportar mejor las situaciones de dificultad como la actual, teje red entre los ciudadanos, arraiga en el territorio y trata de revitalizarlos e impulsar la economía local.

Empresas sociales

Cuando se habla de economía social y solidaria, a menudo se mezclan dos conceptos. “Por un lado está la economía social entendida como aquel tipo de economía basada en la participación de los trabajadores, como ocurre con las cooperativas. Y por otro lado están las empresas sociales, entidades que toman la forma de una empresa y que persiguen una finalidad social o medio ambiental”, diferencia Carreras, de ESADE.

En ese sentido, por ejemplo, dentro de economía social estarían, por una parte, cooperativas como el grupo Mondragón, líder mundial en cooperativismo y uno de los principales grupos empresariales de España, cuya voluntad es la de llevar a cabo una actividad económica, sin responder a ningún desafío social o medioambiental. Aunqeu eso sí, sus trabajadores participan en la empresa de forma activa, tienen más protagonismo que en una empresa convencional y son copropietarios, por lo que están muy implicados.

Y por otra parte, se situarían proyectos como Som Energia o La Fageda, una empresa dedicada a la elaboración de lácteos cuyo objetivo es dar trabajo a personas con enfermedades mentales. Entidades que, por utópico que suene, persiguen mejorar la sociedad y contribuir al bien común, ya sea social o medioambiental.

Este tipo de empresas, considera Ignasi Carreras, al frente del Instituto de innovación social de ESADE, son en el fondo un complemento a las tradicionales ONG, fundaciones y asociaciones. “Algunas de estas entidades han visto que pueden contribuir a la finalidad social autofinanciándose a partir de la propia actividad. Por ejemplo, el comercio justo trata de fomentar las capacidades productivas y los medios de vida de personas vulnerables que se agrupan en organizaciones de base, en cooperativas, en pequeñas empresas en todo el mundo. El comercio justo es una forma de comercializar sus productos en condiciones adecuadas para dar un margen a esas personas que les permita vivir. Cuando una organización como Intermón Oxfam fomenta esta actividad, lo hace de forma similar a una empresa: tiene que dar un mínimo de beneficio para que pueda funcionar. Pero esos beneficios se reinvierten en la actividad social, que es dar apoyo a todos esos pequeños productores y también demostrar una forma de comercio distinta”.

“Nuestra filosofía no es sólo ganar mucho dinero a cambio de lo que sea, en poco tiempo y sin ningún tipo de escrúpulos. No buscamos sólo la rentabilidad económica, sino también la social. Trabajamos para mantener nuestros puestos de trabajo pero también para poder ayudar a otros compañeros y compañeras a que creen el suyo”, asegura María Jesús Reina, una sevillana de 60 años que cuando apenas era una chavalilla, montó con un grupo de amigas una cooperativa de confección textil, ‘Trabajadoras Pedrera Sociedad Cooperativa Andaluza’, que estuvo funcionando durante dos décadas. Ahora Reina, vicepresidenta de la Federación Empresarial Andaluza de Sociedades Laborales (Feansal), está embarcada en crear una banca pública andaluza.

La cooperativa L’Apòstrof, dedicada a ofrecer servicios de comunicación, es otro ejemplo de empresa social. “Decidimos constituirnos como cooperativa porque nos gusta poder controlar nuestra vida, decidir cómo tenemos que trabajar, de qué manera nos organizamos, qué tipo de productos queremos hacer e integrar todo eso en un ambiente de igualdad y democracia”, explica García, quien además es miembro de la Red de Economía Solidaria de Catalunya y autor del libro Adiós, capitalismo. 15M-2031 (Icaria Editorial, 2012)

Y aunque por el momento en el sector de la banca y los servicios financieros, la economía social y solidaria tiene poco peso, existen casos de éxito, como Fiare y Coop57. Esta última, que cuenta ya con 18 años de vida, tiene el objetivo de ayudar a impulsar a otras cooperativas de servicios. Y como ocurre con Som Energia, la cooperativa energética con la que comenzábamos este reportaje, aquí tampoco hay clientes, sino socios, que son tanto personas físicas, que aportan sus ahorros, como entidades, fundaciones, cooperativas, asociaciones, grupos de consumo, que pueden recibir préstamos. Comenzaron con un capital de 30.000 euros y este año acabarán con 20 millones.

“Aquí la gente que deposita su dinero sabe a dónde va, puede decidir en qué quiere que se emplee. Tenemos una estructura de organización totalmente democrática, donde los socios tienen voz y voto. Los intereses de los créditos y de remuneración no siguen el Euríbor sino los criterios establecidos en las asambleas que celebramos anualmente. No hay ni intervenciones en bolsa, ni fondos de inversión ni nada. Es puramente economía productiva: recoger el ahorro y financiar. El ingrediente básico para que todo funcione es la confianza”, explica Ramón Pascual, coordinador de Coop57, que añade: “Queremos construir una economía distinta, basada en las personas, más justa y solidaria, sin paraísos fiscales ni especulaciones”.

Tienen, además, muy poca morosidad. El crédito máximo que dan a una entidad es de 300.000 euros, la cantidad límite que han establecido para repartir el riesgo y que todas las entidades puedan acceder a sus fondos. ¿Y si la entidad que ha pedido el préstamo se va a la quiebra? “Pues no la penalizamos. Partimos de la base de que se ha actuado de buena fe y lo único que le pedimos es que nos devuelva como pueda el dinero prestado, sin embargos, ni juicios ni recargo de intereses. Buscamos una fórmula que le sea cómoda, como 150 euros al mes o la cantidad que puedan”, explica Pascual.

A pesar de la buena salud de que gozan estos proyectos, en pleno auge, y de que cada vez aumentan más los proyectos vinculados al tercer sector, lo cierto es que en nuestro país esta forma de entender la vida y el empleo aún está arrancando y tiene que enfrentarse a muchos prejuicios: que si es muy hippie, que si es cosa de cuatro, que si no va a funcionar. En cambio, en Francia, Alemania, Québec o Brasil está muy extendida e incluso refrendada por los respectivos gobiernos.

“En Ecuador, cuando Rafael Correa fue elegido presidente promovió que se volviera a redactar la Constitución pero de forma participada por toda la población y cambiaron el sistema económico, que era una economía de mercado, por una economía social y solidaria”, explica Carlos del Rey, al frente de la secretaría técnica de REAS, red de redes de economía solidaria, una entidad estatal que aglutina a 15 redes, 13 territoriales y dos sectoriales, vinculadas a la economía social.

“En Francia –insiste del Rey- François Hollande ha creado un ministerio de economía social y solidaria. Y la ONU para los Objetivos de Desarrollo del Milenio que establecerán a partir de 2015 está investigando para poder incluir el fomento de la economía solidaria”.

“En nuestro país, en cambio, el gobierno apuesta muy poco –indica Ignasi Carreras, de ESADE-. Se habla de emprendimiento social, de economía social, pero se queda en muchas palabras y pocas apuestas decididas para impulsar este tipo de acciones”. En parte, opina Carreras, porque, al menos de momento, las empresas sociales no son una panacea desde el punto de vista de las cifras de generación de ocupación. Y también “porque los gobiernos están más interesados en apostar por los modelos que dominan la economía y la economía social no domina”. Por eso, por el momento, las empresas sociales no son anecdóticas pero tampoco relevantes. “Mueven poco y no tienen un peso significativo en sectores clave, como el financiero”.

A pesar de las pocas ayudas y apoyo que reciben estos proyectos, el número de colectivos que se deciden a emprenderlos va en aumento. “Antes , buena parte de los objetivos sociales se abordaban desde la administración pública y desde las ONG, fundaciones o entidades. Ahora con la crisis, hay menos gente que dona [en el Estado español sólo el 10% de la población colabora de forma regular con ONG], las subvenciones se han recortado de forma drástica y para las entidades que buscan una finalidad social, ésta es la única salida que tienen”, explica Carreras.

Es el caso, por ejemplo, de muchas organizaciones que trabajaban con personas discapacitadas para incorporarlas al mercado laboral. Antes eran fundaciones o entidades, y ahora se están reconvirtiendo en empresas sociales, que tienen que esforzarse por vender productos y servicios que les permita tirar adelante.

Tan antigua como la humanidad

Si bien desde que comenzó la crisis cada vez se oye hablar más de este tipo de proyectos y pudiera parecer que son algo nuevo, lo cierto es que “los ha habido siempre, en todos los periodos históricos”, asegura Carmen Sarasúa, profesora titular de historia económica en la Universidad Autónoma de Barcelona. “Es casi consustancial al ser humano y a todas las sociedades que primero surjan críticas a la organización social y económica, y luego alternativas; en el siglo XVIII ya hay distintos pensadores europeos que desarrollan utopías de sociedades más justas e igualitarias”.

Para Garcia, de la Red de Economía Social de Catalunya, “a menudo nos han querido hacer creer que en este mundo impera la ley de la selva y que la economía es competir unos con otros por los recursos escasos, pero lo cierto es que si el ser humano ha podido llegar hasta aquí, con lo vulnerables que somos como especie, ha sido gracias a la inteligencia y a la cooperación. Los humanos hemos hecho actividad económica en la agricultura y la caza, en la ganadería y han sido actividades colectivas. En todas las civilizaciones han existido estas formas de economía solidaria”, añade.

En Europa, las primeras cooperativas de consumo y trabajo nacieron hacia 1830-1840. Y hace poco más de tres décadas, en los años 80 del siglo pasado,  el movimiento tomó impulso y en América Latina, en Canadá y otros países se empezó ya a utilizar el término “economía social”. En 2009, la norteamericana Elinor Ostrom recibió el premio Nobel de economía (fue la primera mujer en recibir este galardón) por su defensa y análisis de la llamada “acción colectiva”, que recoge en El gobierno de los bienes comunes (Fondo de cultura económica, México 2011. Edición original de 1990).

“La teoría económica clásica dice que la gestión de los bienes comunes y los recursos ambientales (agua, tierra, ganado, bosques, pesca..) sólo puede ser eficaz si interviene el Estado o se rige por el interés privado. En cambio, Ostrom muestra que ha habido y hay comunidades en todo el mundo que gestionan colectivamente sus recursos, con eficacia y éxito, y respetando el medio ambiente. Esta gestión funciona mucho mejor que la de las sociedades de mercado que tenemos ahora, que estamos gestionando los recursos muy ineficazmente, tanto los sociales como los ambientales”, señala Sarasúa, que añade: “Tenemos la capacidad de producir infinitamente y sin embargo hay gente comiendo de los cubos de basura en todas las ciudades del mundo mientras se desperdician recursos de valor gigantesco cada día”.

Que gestionan mejor los recursos parece evidente a juzgar por las cifras de la evolución de este tipo de empresas. En buena medida, tienen una mayor capacidad de resiliencia, lo que hace que en épocas como la actual, de gran dificultad, resistan mejor.

Para Garcia, cooperativista de L’Apòstrof, “si estás en una empresa cooperativa en la que los propietarios son los trabajadores, estos están más implicados, por lo que son más productivos que una persona con contrato temporal, y su objetivo es cobrar a final de mes y tener unas condiciones de trabajo dignas. Y si hay una situación de crisis, como la actual, las personas se apretarán el cinturón para tirar hacia adelante. En cambio, un empresario tiene como obtener el máximo rendimiento posible del capital que tiene invertido. Por lo que cuando un negocio no obtiene los beneficios esperados, cierra. Y si familias y trabajadores se quedan en la calle, no es su problema. Nuestro umbral de lo que es viable es inferior a lo que puede considerar un empresario capitalista. Y ésta es una razón que explica por qué cierran más empresas de la economía convencional que de la social y solidaria”

Pero no simplemente por ser una empresa perteneciente a la economía social significa que ese proyecto vaya a funcionar mejor. “No siempre las cooperativas son eficientes”, cree Carreras, de ESADE. “Suelen funcionar mejor a pequeña escala –con excepciones como Eroski- y sólo llegan a sobrevivir si tienen una producción con calidad, bien especializada, con mercados muy trabajados”. Y eso no siempre ocurre.

¿Complementaria o alternativa?

Para algunos, la economía social y solidaria podría llegar a representar una alternativa al sistema capitalista, que consideran caduco o agotado, algo que la crisis, afirman, está exacerbando aún más. “Se está acabando –cree Carlos del Rey, de REAS-, aunque sólo sea porque implica un crecimiento ilimitado de la producción y el consumo y eso choca frontalmente con un planeta que es finito”.

Para Ignasi Carreras, es demasiado atrevido afirmar que el capitalismo se agota y que la economía social es la alternativa. “Es cierto que son un tipo de empresas más humanas, más inclusivas, que escuchan las inquietudes y voluntades de los trabajadores, y en donde el capital no tiene el poder, sino los trabajadores. Pero de ahí a decir que son una alternativa al capitalismo… Eso sí, sin ellas, la sociedad tendría una carencia importantísima. Porque puede que la economía social no sea relevante en cuanto a grandes números, pero lo es y mucho para algunos sectores, como el rural, y también para algunos colectivos que encuentran en ella un trampolín para poder acceder al mercado laboral, como el de personas discapacitadas”.

Jordi García, cooperativista en L’Apòstrof, valora la situación de diferente manera: “No hay ninguna civilización que dure mil años. Tampoco la capitalista. El modelo de la economía social y solidaria podría ser una alternativa, porque estamos viendo que funciona. Ese es el reto que tenemos por delante”.

No obstante, no todo el mundo es tan optimista respecto a la economía social. Algunos la consideran un modelo complementario. Otros cuestionan su significancia. “Todos estos proyectos e iniciativas tienen un gran interés, pero ¿qué impacto real están teniendo? -se cuestiona Carmen Sarasúa, profesora de historia de la economía de la UAB-. Las prácticas un poco más positivas y respetuosas implican por el momento a un porcentaje muy pequeño de la población y los cambios van realmente muy lentos. Además, si se quiere construir una propuesta que transforme el sistema de producción y de consumo, no podemos basarla en que todos nos hagamos un huerto con dos tomates en la terraza de casa y creer que eso va a cambiar algo”.

“Es cierto –responde Garcia- que estas experiencias embrionarias son una minoría, que la mayoría de gente no trabaja en una cooperativa ni consume productos de comercio justo ni tiene su dinero en entidades de finanzas éticas como Fiare o Coop57. Desde este punto de vista queda mucho por recorrer. Ahora bien, también podemos mirar las cosas desde otro punto de vista y pensar que desde los años 80 que arrancó este movimiento hasta ahora se han generado muchísimas iniciativas exitosas. Tenemos experiencias que son motivo de esperanza, pero es cierto que hay que tomarlas con cautela”.

Tal vez, como reclaman numerosos agentes de la economía social, no se trata tan sólo de buscar soluciones al problema financiero actual, sino de analizarlo desde una óptica más amplia que incluya aspectos culturales y una revisión crítica de nuestros valores. Puede que la solución pase por en, primer lugar, por replantearnos el tipo de vida que llevamos y el modelo de consumo exacerbado que tenemos. “Necesitamos un sistema económico que se base en un consumo responsable, de lo necesario –afirma Sarasúa-. Aprender que podemos vivir con menos, respetando el medio ambiente, y pagando dignamente a quienes trabajan para nosotros”. Sí se puede, aseguran. El cambio comienza y depende de cada uno.

 

—Despieces—

Bancos del tiempo

Blanca cuida niños y ancianos, y Bill, que acaba de llegar a España, se ofrece a ayudar con el inglés. Ambos pertenecen a un banco del tiempo, una iniciativa para intercambiar favores mutuos que se mide en cantidad de horas invertidas para hacer un determinado trabajo. “Los bancos de tiempo no son herramientas económicas, sino sociales, y usan recursos que normalmente la economía formal no valoriza, como el trabajo doméstico o el voluntariado. En los bancos del tiempo, se reconocen y se les da valor”, explica Julio Gisbert, experto en economías alternativas y autor del libro y del blog “Vivir sin empleo”.

Este movimiento lleva desde comienzos de 2000 creciendo y tejiendo redes sociales de ayuda mutua. Generalmente, funciona en las ciudades, donde la gente no suele conocer a sus vecinos. Hoy en día, en España, hay más de 300 bancos de este tipo. Gisbert, además de participar en uno de Madrid, asesora y ayuda a montarlos. “Son experiencias muy locales, que cuentan a su favor con la baza de la proximidad, que es fundamental. Son un movimiento vecinal, de barrio, que nos permiten conocer a los vecinos y luego intercambiar servicios. La riqueza del banco es que todos aportamos a todos. Con lo que yo consiga de hacer servicios a los demás puedo obtener favores de otras personas”.

 

Monedas sociales

A pesar de que puedan parecernos algo novedoso, las primeras se crearon en Suiza para hacer frente a la crisis de 1929. Desde hace décadas se utilizan en América Latina y ahora están en auge en España. “Son un paso más allá de los bancos del tiempo”, considera el experto e economías alternativas Julio Gisbert. Permiten a los usuarios intercambiar productos o servicios sin usar euros. “La gracia es que no se puede especular con ella, porque no produce intereses, y tampoco tiene mucho sentido acumularla. Es una herramienta al servicio de las personas y que promueve el comercio local”, afirma este experto.

Así, en Sevilla tienen el Puma, la Jara y la Pepa. En Jérez se usa el Zoquito desde 2007; en Extremadura se puede pagar con EXproncedas, en Madrid con boniatos y en Vilanova i la Geltrú, con Turutas. En total, cerca de 5000 personas usan este tipo de monedas alternativas en todo el Estado. Para ello, la mayoría de usuarios se dan de alta en la plataforma CES (Sistema de Intercambio Comunitario), que se puso en marcha en Ciudad del Cabo en 2002 y que se usa para las transacciones con monedas sociales y tiempo en 56 países.

A pesar de todos los beneficios que suponen y de que están dando un respiro a mucha gente con el agua al cuello por la crisis, no hay que pensar, puntualiza Julio Gisbert, autor de vivirsinempleo.org, que estas experiencias sirven para que la gente pueda comer. “No es el sentido que tienen, porque detrás tampoco hay mucha gente, no se trata de un movimiento de cientos de miles de personas que están tratando de vivir con monedas sociales. Son minoritarias y lo que pretenden es crear sistemas alternativos de vida pero no subsistir hasta que se supere la crisis para luego volver a la economía formal.”

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s