Belgrado underground

Hace tres años estuve por primera vez en los Balcanes. Cuando viajé allí, no sabía qué iba a encontrar. Lo único que sabía era la guerra y las imágenes de crueldad que había visto por la tele. Las matanzas de musulmanes y de gitanos. Los éxodos. El bombardeo de la OTAN. También “tenía claro” -atrevida ignorancia- que los malos de aquella película eran los serbios. Y con todos aquellos prejuicios en la maleta, me planté en Belgrado. Nada más salir del aeropuerto Nikola Tesla, me encontré con un escenario nevado, con una especie de museo al aire libre de aviones militares que daban un poco de repelús, y con un paisaje bastante vacío. La entrada a la ciudad no mejoró la cosa. Edificios destartalados, de tipo soviético, algunos aún derrumbados, ruinas, una luz mortecina y triste, gente que parecía de dos décadas atrás.

Me bastó una noche en esta ciudad para dar al traste con todas mis ideas preconcebidas. Belgrado es una ciudad vibrante, con una energía en ebullición y con una vida cultural espectacular. La gente es amable, dispuesta a charlar contigo y explicarte mil historias y leyendas de su país. La capital serbia está atravesada por dos ríos, el Sava y el Danubio, que le confieren un encanto especial. Y aunque no es especialmente bonita, como pudieran ser París, Venecia o Viena, es muy interesante.

El invierno pasado volví allí, esta vez para escribir para Lonely Planet. Y estas que aparecen aquí, en el reportaje, son las personas que conocí y sus historias. 

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Durante los convulsos años 90 emergió en la noche una rica y variada escena cultural alternativa que hoy en día sigue definiendo el ADN de la capital serbia. Músicos, diseñadores, graffiteros, artistas transforman la ciudad, ocupan edificios y les dan otras vidas convirtiéndolos en verdaderos centros de creación contemporánea.

Son poco más de las siete. Tras recoger a uno de los componentes del grupo unas calles más allá de su casa, Vladimir avanza en su coche hacia los suburbios de la ciudad. La nieve cae sobre Belgrado, la ilumina y también le confiere una pátina de melancolía. La misma que tienen los belgradenses en la mirada aunque sonrían.

A lo lejos se desdibujan enormes edificios de la época socialista, que conviven con descampados llenos de amasijos de hierro y piedras, mamotretos destartalados y algunas fábricas, humeantes. Los chicos se detienen un momento en un supermercado para comprar algo de bebida y al poco aparcan frente a un antiguo matadero.“Ahora éste es nuestro local de ensayo”, explica este joven de 33 años.

Y dentro, un laberinto de habitaciones más o menos acondicionadas como estudios, y gente que entra y sale, con guitarras, saxos, un bajo. Se oyen canciones por todas partes y dan ganas de colarse en algunas de las salas, a escuchar un ratito. En el pequeño rincón que comparten Vladimir y sus compañeros de grupo, de apenas 15 metros cuadrados, hace un frío que pela, que no invita a quitarse ni el abrigo. Los chicos encienden un par de estufas de gas antiguas y mientras se caldea un poco el ambiente, degustan unos pastelillos tradicionales que ha preparado la madre de uno de ellos y café al estilo turco caliente. Al poco llega otro de los componentes del grupo. Y ya sólo falta el teclista.

Hace apenas un año que este grupo, I Duhovi, ensaya allí. “Nos gustaría poder quedar para tocar más durante la semana, pero todos estamos trabajando mucho y algunos tienen hijos, de manera que es difícil dedicarle todo el tiempo que quisiéramos a la música”, se lamenta Vladimir Djordjevic. Aún así, esta banda cuenta con un disco editado y una maqueta. Tocan de vez en cuando en algunos antros y esperan poder grabar pronto su segundo álbum.

Sólo en este antiguo matadero ensayan cerca de 200 grupos, algo que no es de extrañar en esta ciudad, donde la música fluye por todas partes. Muchos, como los I Duhovi, comparten estudio, una práctica frecuente para disminuir costes; y es qye los sueldos no son para nada boyantes en este país, donde el salario medio se sitúa en torno a los 419 euros.

Estos músicos forman parte del rico entramado cultural underground belgradense, una escena que empezó a tejerse hace 20 años, al poco de estallar la cruenta guerra en los Balcanes. A pesar de que el conflicto bélico se desarrolló en Croacia y en Kosovo, durante los 10 años que duró y bajo el mandato de Slobodan Milošević, Serbia sufrió duras sanciones, bombardeos por parte de la OTAN y un aislamiento total del resto del planeta. La situación en el país era asfixiante para los jóvenes. Los medios de comunicación estaban completamente controlados por el estado, que emprendió una campaña para imponer un tipo de cultura, la oficial. Se cerraron centros culturales, instituciones, museos, clubes, galerías. Sólo quedaron aquellos que estaban estrechamente controlados por el Estado.

La cultura alternativa, crítica con la situación que vivía el país, reivindicativa, reflexiva, se quedó sin espacios, al menos durante el día. Pero no sin voz. Y emigró a la noche y comenzaron a proliferar cientos de pequeños antros en los que cada día había desde conciertos, hasta recitales de poesía experimental, teatro, exposiciones. Se editaban cómics, se ilustraban novelas, se hacían jams de música, de versos, de dibujo, performances. Eran lugares de creación, de experimentación, pero también de encuentro para los jóvenes, de reivindicación, de gritar “Yo no soy como vosotros” y de lucha pacífica.

Con la llegada de la democracia, parte de esa escena underground realmente prolífica se diluyó. Tal vez porque algunos ya no supieron contra qué rebelarse. Tal vez porque otros se pasaron al mainstream para comenzar a ganar dinero por su arte. Por suerte, muchos otros continuaron moviéndose en lo alternativo y alimentando esta subcultura urbana que caracteriza, por encima de todas las cosas, a la capital serbia y que se basa, ante todo, en el entusiasmo y la pasión. Desde músicos a graffiteros, editores de cómics, productores, conductores de radios, realizadores, artistas.

Belgrado es, sin duda, la capital europea de la off cultura, la más alejada de las instituciones públicas, de los convencionalismos y la tradición. Quizás por eso sea más fresca, muy creativa e innovadora. Y toda una declaración de intenciones.

 

La ciudad que renació mil veces

Para entender mejor a los artistas y sus piezas, basta con sumirse un poco en la historia de la ciudad. Porque, seguramente, Belgrado sea la ciudad más veces devastada, construida y reconstruida, al menos en Europa. Su situación privilegiada -y también maldita-, en una ubicación estratégica entre Occidente y Oriente, en la confluencia de los ríos Sava y Danubio, y a tiro de piedra del mar Adriático, el Egeo y el Negro, ha propiciado que haya sido escenario frecuente de una infinidad de batallas y que en sus 7000 años de historia la hayan invadido romanos, otomanos, astrohúngaros. Cada una de esas conquistas ha dejado cicatrices que salpican toda la ciudad. También el carácter serbio y su cultura, muy influenciada por una amalgama de tradiciones.

Sus barrios, sus calles, sus edificios son un reflejo de su convulsa historia. Basta apartarse de la bulliciosa y transitada Kneza Mihailova, la principal arteria comercial de la ciudad por la que transitan los turistas, para toparse con bloques de cemento y hormigón del realismo socialista, pero también con hermosas mansiones astrohúngaras del siglo XIX y encantadoras casitas de colores que ribetean las orillas de los ríos. Y solares en ruina. Y espléndidos hoteles modernistas como el Movska en los que disfrutar de un buen ágape. Y otros como el Jugoslavija con la fachada llena de metralla, abandonados, esqueletos de edificios.

También las entrañas de la urbe cuentan mucho acerca de todas las vidas por las que ha pasado Belgrado. Existen más de 40 km de túneles subterráneos, excavados y utilizados desde los tiempos de los romanos, muchas veces para esconderse y salvar el pellejo. Algunos de los tramos de este “Beograd Underground” se han reconvertido hoy en museos, salas de conciertos e incluso en una bodega en la que degustar vino belgradense. Hace poco más de un año que se han abierto al público algunos tramos de estos túneles, y merece la pena recorrerlos, puesto que constituye un buen curso intensivo de historia de los Balcanes.

Una de las cosas quizás más curiosas que se pueden visitar es un búnker de la época del mariscal Josip Broz Tito. Lo mandó construir justo después de que acabara la II guerra mundial, porque temía que los rusos quisieran invadirlos para integrarlos en el bloque soviético. Hundido en la colina sobre la que se asienta la fortaleza medieval de Kalemegdan, hasta hace un par de años era todo un secreto en Belgrado, nadie sabía de su existencia. Además del búnker, las numerosas cuevas subterráneas de caliza usadas por los serbios para escapar del asedio turco impresionan. Aún se puede sentir en ellas el horror.

Esa historia convulsa que cuenta el subsuelo de la ciudad se lee también en su superficie, aunque no con palabras. Junto con Berlín, esta metrópolis, llamada ciudad blanca, en la que habitan casi dos millones de personas, alberga el movimiento de street art más vivo de Europa. Artistas urbanos de guerrilla salen a diario con sus botes de esprai y sus stencils con la intención de transformar algunos de los rincones más sórdidos de la ciudad en espacios para la reflexión.

“Intento cambiar lo más feo, como edificios derrumbados, en algo bello” asegura TKV o The Kraljica Vila, que en serbio quiere decir ‘la reina de las hadas’, el nombre artístico de una de las pocas mujeres grafiteras que hay, no sólo en Serbia, sino en el mundo, y una de las más conocidas internacionalmente. Junto a otros artistas de la calle, como “Kata”, ha ayudado a impulsar la escena underground de Belgrado.

Y si en los convulsos años 90 los graffitis estaban relacionados con la política y la situación de desasosiego que atravesaba el país y transmitían violencia y rabia, ahora esta nueva generación elabora imágenes más poéticas inspiradas en Edgar Allan Poe, Frida Kahlo, la poesía francesa, o personajes de ficción como Amélie Poulain, para tratar temas como la soledad o la identidad en un mundo cambiante.

Aunque no todos los artistas de Street Art pintan campanillas y geishas como TKV. En Nuevo Belgrado, una zona bastante desangelada, plagada de edificios altos y grises, casi idénticos, verdaderas cajas de cerillas, los graffitis son futuristas, más reivindicativos, más bomber. Hace medio siglo, los planificadores urbanos socialistas consiguieron atraer hasta esta nueva área de la ciudad a miles de médicos, profesores, arquitectos, a los que prometieron cosas como calefacción central, zonas verdes y las mejores escuelas para sus hijos. Con la caída del comunismo, la zona se convirtió en un páramo urbano en el que malvivían las clases sociales más bajas e inmigrantes procedentes de todo Serbia.

Y durante mucho tiempo fue así, hasta que una nueva generación de jóvenes empezó a transformarlo de nuevo, convirtiéndolo en una verdadera galería de arte urbano al aire libre. Muchos de los graffitis que recubren este barrio están firmados por Srdjan Dimic, un chaval de treinta y pocos que desde su minúsculo cuarto, en el que apenas cabe un colchón mal doblado y un ordenador, diseña y construye diminutas maquetas que luego pasa a los muros, algo bastante singular. “Prefiero el trabajo artesanal, con las manos, a diseñar mis graffitis con el ordenador”, asegura.

 

Reciclando edificios

Tal vez uno de los aspectos más positivos que ha dejado tras de sí la movida underground belgradense sea la recuperación de edificios. Por ejemplo, de aspecto industrial y algo sórdido, en el barrio de Savamala la actividad cultural no se detiene. Sus edificios, antiguos almacenes, granjas, herrerías, fábricas, se han transformado en clubes, galerías de arte, centros culturales y de diseño, bares, por los que cada noche discurre un buen número de belgradenses hasta altas horas de la madrugada. No en vano dicen las malas lenguas que esta ciudad cuenta con el ambiente nocturno más animado de Europa. Y seguramente así sea.

Uno de los centros emblemáticos de este barrio es el Kulturi Centar Grad, ubicado bajo la sombra del enorme y emblemático puente Branko, en lo que en 1884 era un gran depósito de mercancía. El lugar tiene su qué, con paredes de ladrillo vista y muros de cemento. Cada día hay un concierto distinto y se pueden ver exposiciones, asistir a debates y conferencias (algunos en inglés) e incluso comprar algunos objetos diseñados por artistas locales. En verano, la terraza es uno de los lugares más concurridos.

En la otra punta de la ciudad, en el barrio industrial de Senjak, se alza el Bigz, epicentro de la cultura alternativa de la capital serbia. Una gigantesca mole, destartalada y fea, pero fascinante. Construido entre 1934 y 1942, durante décadas fue la sede de la mayor imprenta de los Balcanes y en él trabajaban unas 3000 personas. A pesar del estado de abandono en que se encuentra, es patrimonio de la Unesco y un ejemplo de estilo Bauhaus ‘a lo Belgrado’. Hoy cientos de jóvenes lo han ocupado: desde compañías de circo, hasta estudios de cine, músicos, grupos de teatro, diseñadores. Es un lugar realmente singular que vale la pena visitar.

En la séptima planta se encuentra, además, el jazz club Cekaonica (que significa ‘Sala de espera’), que ejerce un papel esencial en la noche de Belgrado. Y es que ha apostado por una programación diaria de jazz en directo. Es, realmente, uno de los lugares más increíbles de los Balcanes y ofrece las mejores vistas de la ciudad.

El Cekaonika, que hace tiempo fue la cantina de los trabajadores de la imprenta, es hoy punto de encuentro de muchos músicos, como Srdjan Zdravkovic, quien hace un año y poco decidió poner en marcha una radio online alternativa, llamada B-ton. Y ya es una referencia en la escena under. “Se trataba de ofrecer música alejada del mainstream. Empezamos unos cuantos amigos y ahora nos siguen miles de personas de todo el mundo”, cuenta este joven fascinado.

No es para menos, porque en poco tiempo, se ha ganado el respeto de los músicos locales y también internacionales. Por el cuchitril en el que tiene el ordenador desde el que va lanzando los temas, pasan bandas y artistas de todo el planeta. “Hay algún tipo de energía que atrae a músicos de todas partes a venir aquí, a tocar”, comenta con orgullo. Tal vez lo que los atraiga sea esa energía y atmósfera vibrante e hipnótica de la que habla Srdjan la que atrapa a quien visita la capital serbia y hace que siempre anhele volver. Mientras, fuera, la nieve sigue cayendo sobre Belgrado, iluminándola y confiriéndole una pátina de melancolía.

 Ficha Hazlo realidad

 Belgrado

Bañada por los ríos Danubio y Sava, es una ciudad en ebullición que cuenta con más de 7000 años de historia. Su mezcolanza de estilos, con mansiones astrohúngaras que conviven con iglesias ortodoxas y bloques soviéticos, la hacen muy interesante.

Debes saber

Cómo llegar

En la actualidad no hay ningún vuelo directo entre España y Serbia, por lo que siempre se deben hacer escalas en alguna otra capital europea. La combinación a través de Frankfurt o de Zurich es la más habitual, por rápida y económica.

Cómo moverse

Por el centro de Belgrado, lo mejor es moverse a pie, y usar el transporte público, bastante eficiente, para cambiar de barrio. Existe una buena red de autobuses, tranvías y metros. En verano, se puede alquilar una bici para disfrutar de los caminos que bordean el Sava. Desde hace muy poco, ya no se necesita pasaporte para entrar en Serbia, basta con el DNI.

Lecturas adicionales

La guía Lonely Planet de Belgrado y Serbia está en preparación, de manera que por el momento lo más recomendable es consultar la guía en inglés Western Balkans. También existe una página web de turismo muy completa: http://tob.rs/es/ Y si se desea profundizar en la historia de los Balcanes, se puede leer la novela “El puente sobre el Drina”, del premio nobel serbio Ivo Andrić.

 

10 pasos para descubrir el corazón de los Balcanes

1. La ciudadela de Kalemegdan es uno de los principales atractivos de Belgrado. Situada en el barrio de Dorćol, está compuesta por un enorme parque y una fortaleza que data de hace 2300 años, aunque la parte que queda en pie hoy es del siglo XVIII.

2.- Hacer un picnic en verano o tomarse un vino al atardecer en los jardines de Kalemegdan para disfrutar de las mejores vistas de los ríos Sava y Danubio. También merece la pena visitar la pequeña iglesia ortodoxa que hay allí, ya que conserva los mosaicos más antiguos de Serbia.

3.- La calle Kneza Mihailova es la principal arteria comercial de la ciudad, llena de tiendas, cafés encantadores, terrazas, bares. Es recomendable serpentear por las calles aledañas y llegar hasta el edificio de la posada de la princesa Ljubica, del siglo XIX, que hoy es un museo.

4.- El restaurante “?” es el más antiguo de la ciudad. En él se puede degustar la sabrosa y contundente comida tradicional serbia, elaborada a base de carnes y verduras. Hay que probar la gibanica, una especie de pastel salado a base de queso, huevos y crema agria. También los pimientos estofados con feta.

5.- Nikola Tesla es tal vez el inventor más prolífico del siglo XX y en Serbia, todo un héroe nacional. El aeropuerto lleva su nombre y el museo dedicado a su genial figura es realmente interesante, lleno de curiosidades y de sus inventos.

6.- La ciudad de Belgrado cuenta con la iglesia ortodoxa más grande del mundo, Sveti Sava, que se erige en el mismo sitio en que los turcos quemaron las reliquias del santo Sava, hijo de uno de los fundadores de la Iglesia independiente ortodoxa serbia del siglo XII.

7.- Uno de los principales atractivos de la ciudad es dar un paseo por los ríos que la surcan; eso sí, en verano. Se puede pasear por las orillas y cruzar a alguna de las islas que se forman en sus cauces, como Ada Ciganlija, para darse un buen chapuzón. También se puede dar un paseo en barco.

8.- Hay que merendar en el decadente a la vez que encantador Hotel Movska. De estilo art noveau, sus pastelillos tradicionales, selección de zumos y de tés, y los recitales del piano man, hacen las delicias de los visitantes. Además, también es posible alojarse en él.

9.- La música fluye por toda la ciudad y la kafanas, tabernas con música tradicional en vivo, son un buen lugar para empaparse de ella y dejarse llevar por el sonido de la tamburitza, una especie de guitarra propia de los Balcanes. El ambiente suele ser de lo más animado.

10.- Hay que probar una buena rakia. Es la bebida nacional, una especie de licor elaborado a partir de ciruela y membrillo. Existen diferentes tipos de rakia, algunas más fuertes que otras. Para estómagos valientes.

11.- El barrio bohemio por excelencia de la ciudad es Skadarlija, al que suelen comparar con el Montmartre parisino. A comienzos del siglo XX era el refugio habitual de poetas, escritores, músicos, artistas. Hoy es una encantadora callecita empedrada llena de tabernas, cafés, galerías de arte, teatros, las más antiguas de la ciudad.

12.- Subir a Avala, una de las dos montañas de Belgrado. En la parte sudeste de la ciudad, ofrece una hermosa vista panorámica de la capital serbia. Está cubierta de bosques y es un entorno realmente muy bello para pasear, practicar deporte y en i

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Una respuesta a “Belgrado underground

  1. Felicitaciones Cristina, me gusta las vivencias que trasmites. Deseo para ti, tu familia y todos tus lectores una feliz navidad y un mejor año.
    Un fuerte abrazo.
    Ramiro

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