Las fotos de familia de Amparo Moreno

Fue vedette de El Molino y la hemos visto en la gran y en la pequeña pantalla bajo las órdenes de Calixto Bieito, Rosa María Sardà, Ventura Pons o Antonio Mercero. También sobre los escenarios. Se ha hecho con el premio a mejor actriz en numerosas ocasiones. Y no hay carcajada que se le resista. Ahora reta, decidida, a los directores y realizadores a que la pongan a prueba con un buen drama.

(Perfil publicado en el suplemento Estilos de Vida de La Vanguardia)

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‘Mamá, quiero ser artista’. Así tal cual. Eso dice que les espetó, de jovencita, a su madre y a su abuela hace ya cerca de 40 años. Ellas la miraron, se miraron, y le respondieron: ’Pues mira hija mía, el nombre ya lo tienes, ‘Amparo Moreno’, que suena muy bien’.  Y de aquella forma empezó todo.

En aquel entonces, aquella muchacha veintañera de L’Hospitalet era secretaria de dirección pero hacía tiempo que le picaba el gusanillo de subirse al escenario, por lo que se plantó en el Centro Católico de Sants; al poco tiempo ya la llamaron para actuar de forma profesional en el Teatro Victoria. “Fue pimpán. Siempre digo que no he buscado yo esta profesión, sino que me ha buscado ella a mí, afortunadamente”, cuenta risueña.

De mirada franca y abierta, con la sonrisa siempre a punto, humor y muchas ganas de vida y de vidas, Amparo Moreno (Barcelona, 1949) muestra con cariño una foto que guarda como oro en paño en la que aparecen cinco generaciones de mujeres de su familia. Desde la tatarabuela a ella de bebé, que aparece en brazos de su madre.

“Un día se dieron cuenta de que estaban todas vivas y que aquello era excepcional, y decidieron retratarse. Con el tiempo, todas han ido desapareciendo, borrándose, la última mi madre hace poco. Ya sólo quedo yo. Y mirar esta foto es motivo de alegría pero también de tristeza, porque me recuerda lo inevitable. Es un cúmulo de sentimientos muy extraños. Pero, ¿no es eso acaso la vida?”.

Esa no es la única foto que atesora. Conserva también dos imágenes de cuando era muy pequeña que tienen mucho de premonitorias. En una aparece en cueros y en la otra, vestida. “¡Mi madre fue una visionaria! –afirma en tono pícaro-. Yo empecé haciendo cine con Iquino  [Ignasi F. Iquino] y en aquel entonces, él siempre rodaba dos versiones de sus películas: una con la actriz principal desnuda, para el extranjero, claro; y otra con la actriz vestida para España. Y fíjate tú que mi madre, sin saber ni quién era Iquino, ya tuvo esta idea de hacerme dos retratos, ‘por lo que pueda ser, que nunca se sabe’, seguro que pensó “.

Moreno ha tocado todos los palos posibles: cine, televisión, teatro, cabaret. “Soy una todo terreno, aunque confieso que tengo un pesar. Y es que a la gente que hace humor no nos tienen mucho respeto. Los laureles y los premios no vienen por una pieza cómica, hacer reír no se valora tanto como hacer llorar. Y mira que cuesta mucho más lo primero que lo segundo”. Entonces hace una pausa: “A mí aún no me han descubierto mi vena dramática”, asegura mirando bien seria. Y entonces lanza un reto al aire: “Directores y realizadores de España, ¡dadme un buen drama y veréis!“. Ahí queda eso.

—Despiece——–

Con Fellini en el palco

Que Moreno entrara a trabajar en El Molino fue la ilusión de su familia. De pequeña, cuando iba con sus padres en el tranvía hacia la Barceloneta y pasaban por el Paralelo, oía la música y pensaba que daría lo que fuera por entrar. Años después debutó como vedette.  Lo que es la vida… “Fueron años maravillosos, que disfruté mucho y que me dieron popularidad”, afirma. Y cuenta que un día hasta allí fue el mismísimo Fellini, acompañado de su mujer y musa, Giulietta Masina. Al sentarse en su palco vio que justo delante tenía a una pareja de recién casados vestidos aún de novios. “Questo è atrezzo, no?” le preguntó a Amparo, que, resuelta, le espetó: “Ma no, questo è verità!”. Y es que en los años 80 era común que las parejas de recién estrenados marido y mujer pasaran la tarde en El Molino.

En aquel tiempo, también, al camerino a Moreno le llegaban flores y otros regalos más originales, como una butifarra de un metro que le dieron unos chicos de Vic. Los abuelos que iban cada tarde no tenían mucho dinero, por lo que le compraban cigarrillos Nobel y colonia a granel; y se peleaban por tener un asiento fijo en el teatro. “Éramos una gran familia”, recuerda la artista que estos días está de gira por Catalunya con la obra “Recurso de Amparo”.

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