El pañuelo de Rafael Álvarez, ‘El Brujo’

Si le preguntan, no duda en responder que él no es actor, sino una especie de juglar moderno que se dedica a leer los textos clásicos para quienes no tienen tiempo. Y  luego se los explica ‘tuneados’. Que no está él para dar lecciones de literatura, sino para entretener y hacer que quienes vayan al teatro se diviertan.

(Perfil publicado en el suplemento Estilos de Vida, de La Vanguardia, el 22 de febrero de 2014)

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Más de una vez le habrán dicho a este sabio de las letras clásicas que tiene pinta de Albert Einstein. Rizos blancos y desbocados, nariz con presencia, mirada curiosa y verbo que engatusa. Calcaditos. Y como el físico inventor de la Teoría de la Relatividad, también Rafael Álvarez “El Brujo” (Lucena, 1950) tiene un don para escudriñar las entrañas del universo, aunque en este caso sea el del imaginario popular.

Desde hace más de cuatro décadas se dedica a desempolvar clásicos de la literatura universal, de esos que las estadísticas señalan que excepto los niños en la escuela –y ni eso-, poca gente lee ya, y los lleva a los escenarios. Desde el Lazarillo de Tormes hasta La Odisea, de Homero. Y por si lo dudaban, llena teatros, un día tras otro.

“¿Que yo qué soy? Umm… Supongo que una especie de juglar moderno”, se define. Y explica que desde siempre se ha sentido atraído por los clásicos. No hay punto de inicio. Siempre es eso, siempre. Tal vez porque explican historias universales, plagadas de simbolismos. O tal vez como le adivinó una señora por la calle en Valencia, porque él ha nacido para esto.

“Me dirigía hacia el Teatro Olimpia, donde iba a actuar aquella noche, cuando aquella mujer me paró y me aseguró que yo había venido a este mundo con una misión: la de acercar las obra clásicas al público general, con humor y sabiduría. Aunque no sé si era vidente o no, lo que me dijo era evidente”, bromea este actor, que también ha protagonizado historias en la gran pantalla bajo las órdenes de José Luis Garci o Carlos Saura.

Puede que el éxito de este Brujo se deba a las vueltas que le da a cada pieza. Porque él las ‘tunea’. Utiliza recursos más propios de Tarantino que de Quevedo para hacer más atractivos y actuales títulos con muchos siglos de vida. Les mete que si un poco de política y de crisis, que si anécdotas, para atrapar al espectador en sus redes y entonces, ¡zasca!, le cuela un Shakespeare, un Quevedo, un Molière.

“Yo no soy un profesor de filología hispánica y no trato de darles una lección de literatura a quienes vienen al teatro, porque para eso ya están las universidades. Yo hago teatro e intento que quien venga a verme se divierta y se lo pase bien. Esa es mi obligación. Para ello, leo y estudio los clásicos para la gente que no tiene tiempo y luego se los explico, pero como un juglar, como un cómico”, considera Álvarez, a quien en 2002 le concedieron la medalla de oro al mérito en las Bellas Artes.

Y nunca le puede faltar un pañuelo anudado al cuello. Siempre lleva. Confiesa que son su obsesión; incluso en verano los usa, aunque se esté asfixiando de calor. “Si no llevo, tengo la sensación de que me falta algo”. Es una medida de protección de la garganta, “mi instrumento de trabajo”, pero también, reconoce pillo, un elemento de coquetería que usa desde que era muy jovencito. En “La Odisea” de Homero, la pieza que estrenó en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida hace un par de años y que está ahora interpretando por los escenarios españoles (hasta el 2 de febrero se puede ver en el Teatro Condal de Barcelona), luce dos, uno negro y otro blanco, que va intercambiando, a conjunto con los trajes que viste en cada momento de la obra. “Sólo la belleza puede transformar el corazón del hombre”, asegura citando a San Francisco de Asís.

—despiece—

“Quítate el Brujo, hombre”

Lo de “Brujo” tiene historia, casi tanta como su carrera en los escenarios. El mote se lo puso un amigo en la universidad porque decía que Álvarez era muy travieso. A saber la relación entre el mote y la explicación. “Tiene una cierta cosa esotérica que me gusta. Cuando empecé en esto del teatro había unos repartos inmensos de gente, que si González, que si Pérez, que si Gómez… ¿Cómo iba a destacar yo así, un ‘Álvarez’? De ahí también que empezara a usar El Brujo, como una forma de destacar, de llamar la atención. De chupar foco, vamos”, recuerda este trovador moderno.

Más de uno ha intentado convencerlo para que se despoje de él. Pero este cordobés, ni caso. Que a él le gusta. Cuenta que hace ya algunos años, en Bilbao, estaban él y María Asquerino en el Hotel Ercilla, en una entrega de premios de teatro, cuando en esas la actriz le espetó a El Brujo: “Tú te tienes que quitar ese sobrenombre, muchacho. Pero si ya eres famoso y a ti no te hace ya falta ninguna…”. Álvarez la escuchaba, sin abrir boca. “Que eso es del apodo es de toreros, de flamencos, pero no de actores”. A la que oyó eso, el Brujo le respondió: “Pero es que yo soy un flamenco infiltrado en el mundo del teatro”.

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