Las semillas de la discordia

Sus detractores ven en ellas una amenaza para la biodiversidad, el medioambiente,  la salud humana y la agricultura sostenible, mientras que sus defensores sostienen que son la única solución para alimentar a un mundo creciente asolado por el cambio climático.  

(reportaje publicado en la revista MUY INTERESANTE del mes de marzo)    

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El África negra tiene hambre crónica. Según cifras de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), cada día millones de personas se enfrentan a la desnutrición y miles acaban muriendo. La agricultura en el continente subsahariano es, además, poco eficiente. Los campesinos disponen de escasos recursos, un clima poco benevolente y, por si eso fuera poco, deben superar un escollo importante: las malezas, que crecen entre sus cultivos y les roban recursos, lo que hace que tengan que duplicar esfuerzos y que se pierda parte de la cosecha. Ahora bien, esa situación podría comenzar a cambiar.

“Las malas hierbas son el principal obstáculo para poder aumentar el rendimiento agrícola de África Sub-Sahariana, lo que mantiene a los agricultores en un círculo vicioso de pobreza”, indica Luis Herrera, investigador mexicano del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad del Centro de Investigación y Estudios Avanzados del IPN (México) que en enero de 2013 ha puesto en marcha un programa para mejorar la producción de maíz en esa región africana.

Hace unos años Herrera y su equipo estaban estudiando cómo optimizar los fertilizantes que las plantas requieren para crecer cuando dieron con un microorganismo que iba a dar un vuelco en su investigación. En general, los abonos están compuestos en gran medida por fosfatos, a partir de los cuales las plantas sintetizan el fósforo, un mineral esencial para el crecimiento y buen funcionamiento de todos los seres vivos que, sin embargo, se está agotando de las reservas de la Tierra. Pero el microorganismo que los investigadores mexicanos encontraron era capaz de sintetizar el fósforo a partir de un compuesto similar al fosfato, el fosfito, más abundante en la naturaleza, totalmente inocuo para la salud de las personas. Aislaron el gen encargado de metabolizar el fosfito y luego lo introdujeron en el ADN del maíz, de forma que el cereal fuera también capaz de usarlo. Y… ¡eureka!

“Como los microorganismos del suelo no se lo pueden comer, como ocurre ahora con los fosfatos, y además es menos reactivo con los componentes del suelo, podemos reducir hasta en un 50% la cantidad de este fertilizante que tenemos que aplicar a los cultivos. Eso tiene dos consecuencias muy importantes: por un lado, le damos un ahorro al agricultor, que no tiene que gastar tanto dinero en fertilizante fosforado. Y segundo, reducimos el consumo de fósforo y alargamos la vida de las reservas de la Tierra, para que mientras se puedan desarrollar tecnologías de reciclado”, explica el investigador mexicano.

Pero eso no es todo. Se percataron de que, además, las malezas que crecían entre los cultivos y que tantos quebraderos de cabeza traen a los agricultores no podían utilizar ese abono a base de fosfito. ¡Aquello era un gran descubrimiento! “Controlas la maleza sin necesidad de emplear herbicida, que es tóxico. Además, como no matas esas malas hierbas, se forma una alfombra vegetal en el suelo que te evita la erosión de la tierra y la evaporación del agua”, señala Herrera. Por el momento, ya han comenzado a implementar este tipo de cereal en Kenia y la idea es poder extender el proyecto a otros países africanos en los que la agricultura resulta esencial para la subsistencia de sus habitantes.

 

Los temidos transgénicos

Este maíz capaz de aprovechar el fosfito que han desarrollado los investigadores mexicanos es un transgénico, un organismo cuyo material genético ha sido modificado mediante técnicas de biotecnología, tal y como define la Organización Mundial de la Salud. Y no es el único ejemplo que existe en África. En Nigeria han creado un cereal que consume menos agua que el común y que ya está en fase de pruebas; y en Uganda y Kenia investigan modificaciones genéticas para blindar los cultivos de yuca de dos virus que suelen diezmar las cosechas.

Querer modificar las características de las plantas en beneficio humano no es para nada algo nuevo. El ser humano lo lleva haciendo desde el Neolítico; durante miles de años ha aprovechado de manera intuitiva las mutaciones espontáneas que aparecían en las cosechas -y también en el ganado- para seleccionar los mejores individuos y cruzarlos sexualmente. Mendel con sus leyes arrojó algo de luz aunque fue el descubrimiento de la estructura del ADN en 1953 lo que abrió las puertas a la revolución biotecnológica; eso propició que se desarrollaran plantas resistentes al ataque de virus, bacterias, hongos e insectos y que a mediados de los 90 saliera al mercado el primer vegetal transgénico.

Desde entonces, en casi todo el planeta se cosechan este tipo de cultivos y se estudia cómo dar un paso más: ya se están desarrollando desde patatas capaces de inmunizar a la población contra el cólera o las diarreas bacterianas hasta arroces que combaten el déficit de vitamina A que provoca ceguera en el sudeste asiático.

Estados Unidos es el país que más hectáreas dedicada a este tipo de cultivos; en el extremo opuesto se sitúa la Unión Europea, que por el momento sólo permite que se plante un tipo de maíz después de que hace tan sólo unos meses prohibiera la patata transgénica Amflora, de la empresa alemana BASF. No obstante, puede que en los próximos meses dé luz verde a un segundo tipo de maíz transgénico, el TC/507, que lleva 12 años esperando ser aprobado.

Dentro de la UE, España es la que más terreno dedica a los transgénicos. Según datos aportados por el Ministerio de Agricultura, en 2013 en nuestro país se han sembrado casi 137.000 ha de maíz MON 810, desarrollado por la multinacional americana Monsanto, una cifra que supone un incremento del 18% con respecto al año anterior.

Este maíz es capaz de resistir el enviste de la plaga del taladro que azota, sobre todo, la cuenca del Ebro en Aragón y Cataluña, y arruina las cosechas de muchos agricultores. Ya supone un 32% del maíz cultivado en España, calcula la Fundación Antama, una organización que persigue la promoción de las nuevas tecnologías aplicadas a la agricultura, la alimentación y el medio ambiente.

Esas cifras son para muchos un avance y para otros tantos un sinónimo de desastre medioambiental y sanitario. Hablar de transgénicos es meterse, siempre, en un buen berenjenal. Estos cultivos son polémicos, controvertidos, generan rechazo –al menos en Europa- y a menudo se hallan en el centro de encendidos debates. Por una parte, científicos y empresas de biotecnología defienden su rentabilidad e inocuidad; señalan que son un paso más en la cadena de producción de alimentos, una forma eficiente y respetuosa con el medio ambiente de dar de comer a un mundo creciente en el que cada vez hay menos recursos.

Pero, por otra parte, grupos ecologistas así como muchos agricultores y consumidores denuncian que este tipo de cosechas suponen una amenaza para la biodiversidad y el planeta; que causan la muerte a insectos como las abejas o las mariquitas; que provocan la aparición de nuevas alergias y enfermedades; que aumentan el uso de insecticidas, tóxicos para el medio, y que convierten a los agricultores en esclavos de las grandes compañías semilleras.

Y entonces, ¿son los transgénicos una amenaza para el ser humano y la naturaleza? ¿O, por el contrario, un avance y una solución? Con frecuencia aparecen noticias –en medios y en blogs, muchos con informaciones no contrastadas ni rigurosas- de que estos cultivos son el causante de la muerte de las abejas, están detrás del aumento de casos de cáncer y de que muchos agricultores de todo el mundo pierdan sus cosechas. ¿Qué hay de cierto en todo ello?

 

La controvertida transgenia

Poca realidad científica y mucha leyenda urbana interesada, afirma Josep Casacuberta que es, seguramente, una de las personas que más saben de biología molecular en España. Investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el CSIC, trabaja en el Centro de Investigación en Agrigenómica, ubicado dentro del parque científico de la Universidad Autónoma de Barcelona y durante años ha formado parte del panel de seguridad alimentaria de la Unión Europea que se encargaba de evaluar los informes sobre nuevos transgénicos que se pretendían lanzar al mercado europeo.

Al preguntarle acerca de los controvertidos OMG, como también se les llama, por las siglas de organismos modificados genéticamente, se encoge de hombros y responde: “¿Controvertidos por qué? Son una técnica más. Los avances en ciencia y tecnología han aportado conocimiento que nos ha permitido obtener nuevas variedades, mejorar las que ya teníamos, hacerlas más eficientes. ¿Por qué ahora no podemos usar una nueva técnica como es la transgenia?”

Las Naciones Unidas y la FAO, la Organización para la alimentación y la agricultura, estiman que la población mundial en 2050 estará en torno a los 9300 millones de personas. Dar de comer a esos 2000 millones más pasará inevitablemente por malgastar menos alimentos; según el estudio Global Food, Waste Not, Want Not’, de una organización británica, casi la mitad de la comida producida en el mundo va a parar a la basura, lo que supone cerca de 2000 millones de toneladas anuales. Una barbaridad.

No obstante, recalca Casacuberta, también habrá que producir más comida. Sí, pero  ¿cómo? Porque la superficie de cultivo de la Tierra es la que es y las condiciones meteorológicas futuras no se prevén nada halagüeñas, sobre todo por la escasez de agua que los expertos auguran que empeorará y mucho.

“La única solución es producir más por área de cultivo -responde Soledad de Juan, ingeniera agrónoma al frente de la Fundación Antama-. Y eso sólo se puede conseguir usando transgénicos”.

A muchos esa respuesta no les vale. Gregorio Álvaro, profesor de ingeniería química de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro de la entidad Científicos por el medio ambiente se muestra contundente: “los OMG mercantilizan la vida en forma de patentes de seres vivos. Son un robo de patrimonio genético a los países del Sur mediante la biopiratería y dejan el control de la soberanía y seguridad alimentaria en menos de cinco multinacionales biotecnológicas. En el plano exclusivamente científico existen numerosas incertidumbres acerca de su seguridad para la salud humana y para el medio ambiente”, afirma.

Vayamos por partes. Desde que en 1996 se dio luz verde al primer transgénico, elaborado en Estados Unidos, según datos aportados por la multinacional Monsanto se han sembrado en todo el planeta más de 425 millones de hectáreas de estos cultivos, una cantidad que supone unas 57 veces la superficie agraria de España y que supera en ocho veces la de la Unión Europea. Sólo el año pasado, más de 17 millones de agricultores plantaron 170,3 millones de hectáreas de cosechas biotecnológicas en 28 países de todo el planeta, señala la ISAAA (isaaa.org), una organización internacional no lucrativa que se dedica a la adquisición de aplicaciones agrobiotecnológicas.

En todo este tiempo y tras trillones de comidas con ingredientes MG ingeridas, se han publicado numerosos estudios que avalan la inocuidad de los transgénicos para la salud y el medio ambiente, la mayoría de ellos no han llegado a los medios de comunicación, que en cambio sí que han publicado otros que alertaban de que estos nuevos alimentos eran responsables de alergias e incluso de enfermedades como el cáncer. Uno de los últimos informes en este sentido fue el del profesor francés Gilles Séralini hace poco más de dos años. Con su equipo de la Universidad de Caen (Francia), Séralini llevó a cabo un estudio durante dos años con 200 ratas de laboratorio a las que dividió en tres grupos: a unas las alimentaba con maíz transgénico Nk603; a otras les suministraba Roundup, un herbicida al que la modificación genética hacía resistente; y finalmente, a un tercer grupo les daba maíz no transgénico. Pues bien, pasados 17 meses, habían muerto cinco veces más animales alimentados con transgénicos que roedores que comían maíz tradicional.

Séralini publicó en la revista Food and Chemical Toxicology su estudio, en que aseguraba que las ratas que habían ingerido transgénicos desarrollaban tumores tan grandes como una pelota de ping pong y establecía una relación entre cáncer y transgénicos. Nada más publicarse numerosas sociedades científicas de todo el mundo alertaron de que contenía numerosos errores, que habían usado un número muy reducido de animales y que además, el tipo de ratas usado era especialmente sensible a generar tumores. “Ese informe fue descalificado por las principales sociedades científicas del mundo, porque era un absoluto fraude”, señalan todos los entrevistados para este reportaje que avalan las virtudes de estos alimentos.

“Si es un fraude –se pregunta Luis Ferrairim, responsable de la campaña “Agricultura y Transgénicos” de Greenpeace, una de las entidades más beligerantes contra la implantación de estos cultivos-, ¿por qué no lo repiten para asegurar que esos datos no eran correctos? Séralini usó los mismos métodos y técnicas que se emplean para hacer los estudios que supuestamente avalan la inocuidad de los transgénicos”. Lo cierto es que a finales de 2013 la revista que publicó el estudio envió una carta a Séralini pidiéndole que se retractara del artículo. Y que, de no hacerlo, ellos mismos lo retirarían.

La multinacional semillera Monsanto era una de las principales dianas del informe de Séralini y de tantos otros, que la acusan de manipular estudios, investigaciones, de ahogar a los agricultores. Ferrairim insiste en que hace poco salieron a luz unos informes secretos de esta empresa semillera en que se ponía al descubierto daños irreversibles en órganos de ratones alimentados con transgénicos, sobre todo riñones e hígado. “Hay una falta total de transparencia”, alerta este activista de Greenpeace.

“El riesgo cero no existe en nada en la vida – defiende Carlos Vicente, director de sostenibilidad para Europa y Oriente Medio de la multinacional Monsanto, pionera en el cultivo de transgénicos-. Pero el nivel de evaluación y de escrutinio que se hace a estos productos, que no son otra cosa que una mejora vegetal, no se hace a ningún otro tipo de cultivo, ya sean convencionales o ecológicos. Y eso nos debe dar tranquilidad”.

“De eso nada”, responde Ferrairim, que cuando oye hablar de los transgénicos como una mejora vegetal y que debemos estar tranquilos al consumirlos, rápidamente salta: “no son una mejora, sino una manipulación que conlleva muchos riegos impredecibles. No sabemos qué puede pasar cuando insertamos un gen en un organismo. La genética de lo seres vivos es mucho más compleja que un gen igual a una característica. Además, ciencias más avanzadas que la biología molecular, como la epigenética, muestran que el medio en que viven los organismos tiene una influencia en el gen. No es que puedas coger un gen, cambiarlo de lugar y que siga actuando igual”.

Curiosamente, señala Soledad de Juan, de la Fundación Antama, “si entras en la web de Greenpeace de Estados Unidos, no verás que tengan en marcha campañas contra los transgénicos como ocurre en Europa. Allí los ecologistas no ven los cultivos biotecnológicos como una amenaza. Habría que preguntarse por qué aquí sí”.

 

Del laboratorio al plato

Para que un transgénico salga al mercado debe pasar por un período de evaluación científica exhaustiva que dura alrededor de cinco años y suele costar alrededor de cinco millones de euros. En el caso europeo, los requisitos científicos de evaluación de seguridad de la Unión Europea figuran entre los más estrictos del mundo. Se debe garantizar que todos los cultivos biotecnológicos aprobados sean como mínimo tan seguros como los cultivos convencionales, tanto para el consumo humano y animal como para el medio ambiente.

Desarrollar un OMG comienza con la investigación en el laboratorio, que se extiende cerca de tres años. Ante un problema dado, por ejemplo una plaga o estrés hídrico, los científicos busca el gen responsable de una característica, lo aíslan, y luego lo insertan en el organismo que se quiere modificar. Luego evalúan ese organismo, realizan un monitoreo para ver cómo se comporta en el invernadero y si todo va bien, a continuación hacen una liberación controlada en el medio ambiente, que incluso requiere de un permiso de la Comisión nacional de bioseguridad. Tras esas pruebas, la empresa envía un dossier con un análisis científico pormenorizado del OMG a la Agencia europea de seguridad alimentaria (EFSA).

El dossier es revisado por una comisión de científicos, todos los estados miembros tienen acceso y pueden remitir preguntas a la EFSA que, a su vez, se las tramita a la empresa. Se les puede demandar si se considera necesario que haga más análisis, que repita pruebas o que realice nuevos controles y experimentos. Este proceso puede alargarse varios años más. Una vez se dispone de toda la información, la EFSA emite un informe positivo o negativo que va a la Comisión Europea, donde los Estados miembro votan si se aprueba el transgénico o no. Para decidir su comercialización se requiere una mayoría cualificada del 70%. Lo que suele ocurrir es que los estados miembro no se ponen de acuerdo y al final acaba siendo la Comisión la que decide. Una vez aprobada, el permiso dura 10 años. Trascurrido ese tiempo hay que comenzar de nuevo el proceso de validación del OMG.

Para los detractores de los transgénicos, estos estudios son insuficientes, porque los efectúan las propias empresas interesadas en comercializar el OMG y porque el período de tiempo durante el cual se realiza el estudio es demasiado breve. “La EFSA sólo exige a las empresas estudios de tres meses con ratones. Pero el ciclo vital de estos animales de laboratorio es de dos años. Por tanto, si queremos contar con un estudio que permita afirmar con seguridad que no son dañinos, al menos deberían cumplir con esos dos años. Sólo así sabremos los riesgos potenciales a largo plazo que puedan ocasionar”, reclama Luis Ferrairim, de Greenpeace, quien añade: “Además, se necesitan estudios y análisis independientes. Hay una falta total de transparencia y de querer saber cuáles son los efectos potenciales de esos productos”.

En el viejo continente, de momento, sólo se han aprobado para poder ser cultivados en suelo europeo dos vegetales, el maíz MON 810, fabricado por Monsanto, y una patata para uso industrial, elaborada por BASF. Paradójicamente, a pesar de las restricciones para producción de OMG, la UE permite importar hasta 45 variedades, sobre todo soja, así como alimentos preparados con transgénicos y carne de animales alimentados con ellos.

“Es una incoherencia por su parte que nos deja en una clara situación de desventaja”, se queja Javier López, gerente nacional de la Asociación Española de Productores de Vacuno de Carne (ASOPROVAC). Y es que en España la producción de hierba es relativamente escasa y se suele reservar para las vacas reproductores, por lo que los ganaderos han de alimentar a los animales de cebo a base de cereales como el maíz, la soja, la cebada o el trigo.

“En el resto del mundo, se alimenta a las vacas con transgénicos y resulta que aquí no nos dejan, lo que nos obliga a comprar cereales convencionales, que son más caros, y eso incrementa el precio de nuestra producción. Aquí no podemos darles de comer OMG pero la Unión Europea permite importar carne de países en que se ceba a los animales con ellos y que es más barata que la nuestra. ¿Y qué pasa? Que perdemos competitividad y que los consumidores acaban comprando carne de fuera de la UE porque es más económica”.

Muchos, como López, consideran que este doble criterio es hipócrita y que responde únicamente a intereses políticos y de proteccionismo de la UE. “Cuando apareció el primer transgénico en el mercado, Europa no estaba preparada para competir con aquella nueva tecnología y de alguna manera decidió blindarse hasta que pudieran hacerlo –explica Jorge Barredo, de Asebio, la asociación española de bioempresas-. La consecuencia de eso fue que se cargaron todos los estudios e investigaciones propias. Y ahora los transgénicos son una herramienta de juego político importante. Europa se ha cargado un potencial de economía de emprendedores científicos y ha dejado el mercado en manos de unas pocas compañías que no son europeas. Es un caso de auténtico fracaso. Han convertido una carrera de velocidad como es la ciencia en una de resistencia, donde sólo pueden ganar los grandes. Y estoy seguro que en el futuro se hablará de la historia de los transgénicos en España y en Europa como uno de los mayores errores cometidos jamás”, sentencia.

 

Superplantas

Por el momento, la mayoría de las modificaciones genéticas que se realizan en todo el mundo persiguen un fin agronómico: ser tolerante al herbicida, resistente a una plaga, soportar mejor el estrés hídrico, o que la planta pueda aprovechar y optimizar el nitrógeno que hay en el suelo.

Para Greenpeace, emplear un OMG para prevenir una plaga o combatir la falta de agua carece de sentido y no soluciona el verdadero problema. “¿Por qué emplear transgénicos para luchar contra la sequía? El problema es el cambio climático, ¡luchemos contra él! Y ¿por qué usar transgénicos de manera preventiva para combatir una plaga sin saber si deberán enfrentarse o no a ella?”, cuestiona Ferrairim, que apunta que este tipo de cultivos biotecnológicos al final acaban redundando en un mayor abuso de pesticidas y herbicidas, tóxicos para la naturaleza.

“¿Pero por qué iba a usar el agricultor usar más pesticidas y gastar más dinero si la planta que obtiene ya es resistente a plagas? No tiene sentido”, cuestiona Casacuberta.

Muchos agricultores en nuestro país rechazan el cultivo de transgénicos y tienen miedo de que sus cosechas se acaben contagiando. “Se produce contaminación, los genes de los transgénicos saltan a cultivos orgánicos –asegura Víctor González, director técnico e las Sociedad Española de Agricultura Ecológica-. En Aragón, por ejemplo, ha pasado en parcelas separas por hasta cinco km. Y eso supone un grave problema para el agricultor ecológico al que le descalifican la cosecha y no puede vender sus productos en el mercado ecológico. Con el agravante de que no hay nunca culpables porque no se puede demostrar”, se lamenta. “En España cada año al menos se produce un caso”.

“Hablan de contaminación como si fuera un problema sanitario, cuando es un tema puramente comercial”, señala Casacuberta, del CSIC. “Es cierto que se deben establecer distancias de separación entre un campo transgénico y uno convencional. En España hemos llevado a cabo de los mejores estudios a nivel mundial con arroz y maíz para ver cuáles eran las distancias que se tenían que respetar para que no pasara. En el caso del maíz bastaba con unos pocos metros, apenas 20m.”

 

Los alimentos biotecnológicos del futuro

Que en Europa sólo se permita sembrar dos tipos de transgénicos no significa que no se esté llevando a cabo investigaciones en biotecnología aplicada a alimentación. Si bien muchas empresas que se dedicaban a este ámbito han decidido irse de Europa, otras se quedan y como hacen también muchos centros de investigación españoles, venden sus patentes a otros países. Es el caso del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia, un centro mixto de la Universidad Politécnica de Valencia y el CSIC. “Patentamos y vendemos patentes de tomates transgénicos a China y a los Estados Unidos”, explica José Pío Beltrán, profesor de investigación del CSIC e investigador del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas de Valencia, quien además pertenece al Comité de Dirección de la European Plant Science Organization, que agrupa a más de 200 centros de investigación de plantas de la UE.

“Esta es la otra realidad aquí, en Europa y en concreto en España. Nos ponen tantas dificultades que algo que se consigue con un esfuerzo público termina revirtiendo en otros países”.

Beltrán y su equipo han desarrollado tomates que crecen independientemente de la fertilización. Esta hortaliza, como ocurre con el calabacín también, por ejemplo, necesita que los órganos sexuales masculinos se desarrollen fertilicen a los femeninos para que se desarrolle el fruto. Además, para que esto ocurra, se necesitan unas condiciones de temperatura ambiente concretas. Lo que han hecho este equipo de científicos valencianos es introducir un gen en la planta que inhibe que los órganos sexuales masculinos se desarrollen, por lo que los frutos crecen sin necesidad que la planta sea fertilizada. Eso permite también que los frutos se produzcan independientemente de las condiciones ambientales adversas.

Estos tomates, asimismo, no tienen semillas, lo que lo los hace ideales para elaborar salsas de tomate o ketchup. Y es que las semillas enrancian la salsa y estropean el producto. Por eso cuando la industria alimentaria tiene que producir puré de tomate, elimina antes las semillas. “Hemos tenido un éxito tremendo –exclama Beltrán-, ¡hemos salido en todos los telediarios de los Estados Unidos! Y en Inglaterra, hemos producido plantas de geranio que no generan polen, así que no generan alergias y encima viven mucho más que las tradicionales. También han sido un éxito rotundo”.

Los expertos en biotecnología prometen que en un futuro cercano se podrá medicar a las poblaciones a que sea difícil hacer llegar un medicamento o un equipo médico, administrándolo a través de frutas. Habrá, por ejemplo, plátanos que vacunen contra la hepatitis, mucho más fáciles de administrar que una inyección y que se podrían cultivar en el propio territorio. En Filipinas está a punto de ser aprobado el arroz dorado, una variedad de cereal con un alto contenido en vitamina A que puede luchar contra enfermedades como la ceguera infantil.

Y los transgénicos no se limitarán a las plantas. Hace 24 años que la empresa norteamericana AquaBounty desarrolla salmones transgénicos que portan múltiples copias del gen de la hormona del crecimiento, lo que hace que estos peces crezcan el doble de rápido que el salvaje. Se cultivan en piscifactorías en las aguas cálidas de Panamá, totalmente aislados. Son, además, estériles “para evitar que si alguno se escapa al mar pueda reproducirse”, explica Josep Casacuberta, del Centro de Investigación en Agrigenómica (CRAG). Y es que se desconoce si estos animales, en mar abierto, serían, por ejemplo, una presa más fácil para los depredadores y desaparecerían inmediatamente, o si por el contrario, tendrían alguna ventaja selectiva sobre los salmones salvajes y se acabarían imponiendo a estos.

De momento, esta empresa ha ganado una pequeña gran batalla, porque recientemente Canadá ha aprobado el cultivo de huevos de estos salmones modificados a gran escala. Será en la Isla del Príncipe Eduardo, en piscifactorias, y luego AquaBounty exportará cerca de 100.000 huevos de salmones desde aguas canadienses  hasta otros viveros que tienen en Panamá. Seguramente, este hecho tendrá consecuencias de transcendencia global, no sólo para la cría del salmón, sino para otras especies de piscifactoria.

Animales transgénicos ha habido más, incluso se llegó a diseñar un pez decorativo, pero si hay verdadero interés en la transgenia animal es para la producción de fármacos. “Hoy en día muchas vacunas se obtienen a partir de bacterias en cultivos recombinados. Pero con bacterias. Sería mucho más fácil producirlas en la leche de cabra, porque este mamífero es más parecido al ser humano que una bacteria”, indica Casacuberta. En este caso, la investigación y el desarrollo de animales transgénicos se realiza en laboratorios cerrados, por lo que no hay riesgo de impacto ambiental.

En este sentido, ya se está investigando cómo conseguir la expresión de genes que codifican proteínas de alto valor añadido en la glándula mamaria de diferentes mamíferos con el objetivo de obtener leches enriquecidas en fármacos, como por ejemplo el activador de plasminógeno; el simple consumo de esta leche podría ayudar a prevenir que se produjeran trombosis o alguna cardiopatía. Incluso existen pruebas ya en marcha de vacas que producen leche con un bajo contenido en lactosa, de manera que las personas intolerantes a este azúcar podrían tomarla. Como en el caso de las plantas, todos los casos de animales de laboratorio pasan por un comité ético, que aprueba o no el experimento. Y la EFSA cuenta, además, con un panel de salud y bienestar animal que evalúa cada proyecto.

“A las vacas ya las estamos explotando cuando utilizamos la leche que en principio ellas generan para alimentar a sus terneros. Podemos plantearnos la ética de estas situaciones pero no en el marco de la transgenia. En este caso, hay que preguntarnos si la transgenia le puede provocar al animal algún problema. Y ése es uno de los aspectos que se deberán tener muy en cuenta. Si se le ocasionara a la vaca algún malestar, no se aprobaría el transgénico”, asegura Casacuberta, quien fue miembro durante seis años de un panel de evaluación de transgénicos de la EFSA. Por el momento, en Europa, no hay ningún animal transgénico, ni tan siquiera en vías de análisis para obtener la aprobación para ser comercializado.

“En España, uno de cada 10.000 niños nace con espina bífida, una enfermedad gravísima que se produce por déficit de ácido fólico. ¿Por qué no enriquecer los alimentos para que las mujeres tengan los niveles adecuados de ácido fólico?”, se pregunta Beltrán. Y prosigue: “Los transgénicos van a ser esenciales en el escenario del futuro. Son una tecnología muy potente que nos va a permitir producir más alimentos, mejores nutricionalmente, que alcancen a la población mundial y que las pérdidas por cosecha se reduzcan por el ataque de plagas. Si tenemos la herramienta, ¿por qué no hacerlo? –se pregunta el experto en biología molecular Beltrán-. La posición de los europeos en contra de los transgénicos es la de un ciudadano satisfecho con la barriga llena. Pero eso tiene que cambiar.”

 

 

—-Despiece—-

No sólo en la comida…

Solemos relacionar los transgénicos con el ámbito de la alimentación, pero lo cierto es que también están muy presentes en medicina y en la industria. ¿Sabían que la insulina que tienen que pincharse a diario los diabéticos procede de una bacteria modificada genéticamente? Antes se obtenía a partir de los cerdos, con las consiguientes consideraciones éticas, y provocaba muchas alergias en los enfermos. Y si podemos lavar la ropa a diario usando programas de eficiencia energética es gracias a detergentes que contienen unas enzimas modificadas genéticamente capaces de degradar los componentes orgánicos que componen la suciedad de los tejidos.

Las polémicas patentes

Las semillas para cosechar transgénicos las elaboran unas pocas multinacionales en el todo el mundo. Son más caras que las convencionales y, además, tienen derechos de patente durante 20 años, algo que provoca la indignación de muchos sectores. “Son un robo descarado y suponen dejar la soberanía y seguridad alimentaria en manos del complejo genético industrial, cuyo único objetivo es aumentar beneficios económicos. Aunque los transgénicos no supusieran ningún riesgo, serían inaceptables si tienen que venir protegidos con patentes sobre organismos vivos”, considera Gregorio Álvaro, de la UAB.

“¡Pero si eso no es nuevo!”, exclama Luis Herrera. “Existen derechos de ostentor para las variedades agrícolas tradicionales. Los agricultores tienen que pagar a quien obtuvo la variedad que quieren sembrar. Pero no durante 20 años, como en el caso de las patentes, sino toda la vida. Estos derechos de autor vegetales tienen cerca de 150 años. Ahora estamos a punto de finalizar la patente de los genes glisofato [plantas resistentes a herbicida] y la de BT [plantas resistentes a plagas] y se van a poder usar libremente”.

 

MON 810

En España se cultiva el maíz Mon 810 desde 1998. Se basa en un insecticida natural que está en la tierra, una bacteria llamada Bacillus Thuringiensis o Bt, usada incluso en agricultura ecológica y convencional por su inocuidad para el ser humano y el medio ambiente. Esta bacteria produce una serie de toxinas letales para algunas plagas, como la del taladro, que azota a toda la cuenca del Ebro. Hasta hace 15 años, lo que se hacía era cultivar la bacteria, liofilizarla para matarla y rociar las plantas con la bacteria muerta. El insecto, al comerla, moría. El problema era que sólo se podía aplicar cuando el gusano estaba en el exterior de la planta, pero no cuando estaba dentro de esta y hacía túneles dentro de los tallos para alimentarse.

En el caso del transgénico, lo que se hizo fue coger una de las toxinas de la bacteria, tomar el gen que codifica esas toxinas e introducirlo en el ADN del maíz. De esta forma, es la propia planta la que produce su propio insecticida. Esto tiene una ventaja fundamental y es que permite controlar la plaga cuando el gusano está dentro del tallo del maíz, cosa que con el spray no se podía hacer. Desde el punto de vista ecológico también es una ventaja porque sólo se produce una sola de todas las toxinas de la bacteria, por lo que es más específico para algunas especies y más local. Pero también conlleva inconvenientes y es que al ser tan eficaz puede matar a otros insectos que se alimenten de esa planta, como ocurre con las mariposas o las mariquitas. “No hay ninguna hipótesis razonable que diga que ha de ser más dañino que los pesticidas, por ejemplo”, recalca Casacuberta.

 

Etiquetado, ¿sí o no?

En Estados Unidos, no se etiquetan los alimentos MG porque se consideran exactamente iguales a los otros. “Para que una semilla modificada genéticamente sea autorizada y se comience a comercializar tienen que cumplir la equivalencia sustancial, es decir que salvo esa modificación para esa característica concreta, como en el caso de nuestro maíz resistente a una plaga, en todo lo demás son exactamente iguales que las variedades convencionales”, explica Soledad de Juan, de la Fundación Antama.

En Europa, en cambio, la ley obliga a etiquetar aquellos productos que contengan más de un 1% de OMG. Ese porcentaje no se refiere al total del alimento, sino del ingrediente. Es decir, que si unas galletas contienen soja, se etiquetará si más del 1% de la soja es transgénica. “El etiquetado es la base de la libre elección. Esa que deberíamos hacer sin presiones externas, sin información errónea, sin demonizar la biotecnología sólo por los intereses adquiridos –considera el abogado Enrique Marín-. Además, las medidas de trazabilidad (rastreo a lo largo de la cadena alimentaria de todos los productos y transformaciones, desde el campo hasta la mesa), garantizan, sin dudas, que el etiquetado de OMG se hace y que este es correcto”.

 

¿Transgénicos? No, gracias

Los alimentos transgénicos generan rechazo en buena parte de los consumidores europeos. Según el último eurobarómetro sobre biotecnología publicado en 2010, seis de cada 10 europeos se muestran contrarios a ellos. Para muchos, ese rechazo se basa en “poca información y encima sesgada y partidista”, opina el abogado especialista en OMG Enrique Marín. “Los americanos ven más normal un alimento transgénico y el derecho inherente a consumirlo o no hacerlo. Pero sobre todo, consideran normal su coexistencia con otros tipos de alimentos para ser elegido libremente por el consumidor. En Europa hay más oscurantismo a la hora de informar, lo que provoca desconocimiento y el desconocimiento, miedo y rechazo”.

Una de las razones que suelen alegar los consumidores para rechazar los OMG es que no son ‘naturales’. “Mucha gente cuando se come un tomate del huerto de su abuelo piensa que eso es natural pero desconocen que el tomate silvestre, que es la verdadera variedad natural, no sólo no es ni parecido sino que además es bastante tóxico -señala Jorge Barredo, de ASEBIO-. Sólo la leche es un alimento natural”.

 

 

 

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