La bola del mundo de Marcos Morau

Le acaban de conceder el Premio Nacional de Danza 2013. A sus 32 años. El más joven de la historia. Con su compañía, La Veronal, está revolucionando el mundo de la danza, con piezas que mezclan movimiento, pero también cine, literatura, teatro, y mucha fotografía. 

(perfil publicado en el suplemento Estilos de Vida, de La Vanguardia, el 31 de mayo de 2014)

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O en texto seguido (difiere algo del texto publicado. Este es más largo y se tuvo que recortar por temas de maquetación)

Marcos Morau (Ontinyent, Valencia, 1982) es hombre de geografía. De la real y de la imaginada. Y sus piezas, y su vida, se mueven entre Suecia, Islandia, Japón, Siena. Soñar lugares, pensar países, proyectar ciudades. Porque Morau se desplaza a esos espacios sólo a través de ideas. Y entonces, crea. “En el puente entre la idea y el espacio físico está mi trabajo. Es un país en mi imaginación. Y es un juego. O yo al menos lo formulo como tal”. Y así ya van nueve piezas topográficas con su compañía, La Veronal, con la que está soliviantando el panorama de la danza nacional e internacional.

Sus obras no son documentales, ni tan siquiera interpretaciones. Son trampas en las que el espectador cae de lleno.“Si vas a ver Siena [una de las piezas de esta compañía que mejores críticas ha recibido] y nada más entrar ves el cuadro de La Venus de Tiziano, conectas con tu idea de Italia, del arte. Lo que hacemos es ubicar al espectador en un contexto que sienta cómodo para entonces llevárnoslo a donde queremos. Es esencial jugar con la percepción del público”.

Así lo ha hecho también en Nippon-Koku, su última pieza, una coreografía geográfica que viaja al imaginario colectivo del Japón de la II Guerra Mundial pero que, en verdad, escarba en conceptos como la maldad, la chifladura, el poder.

La geografía, para Morau, es casi una necesidad. “Cuando viajo a algún sitio me gusta mirar la distancia que hay y una vez allí, me suelo visualizar en el mapa, en un plano picado, me veo donde estoy en relación a mi casa”, explica. Y le fascina una bola del mundo que tiene, que hace rodar por sus brazos. Y le da vueltas. Y juguetea con ella. Y uno tiene la sensación de haberse colado en alguna escena de El Gran Dictador. “En casa tengo también un mapa del mundo enorme, de tres metros, que ocupa toda una pared. Me gusta mucho la geografía, los mapas, jugar a las banderas”, confiesa.

Este valenciano, de mirada curiosa y palabra cuidada, quería hacer bellas artes, pero el movimiento le fascinaba tanto que acabó cursando coreografía, y también  fotografía y dramaturgia. Con algunos bailarines que conoció en el Institut del Teatre creó La Veronal. Y desde entonces, obra que hacían, obra que les premiaban. Hasta ahora, que le acaban de conceder el Premio nacional de danza 2013. “Soy el premio nacional de danza más joven de la historia”, cuenta entre abrumado y orgulloso.

Pero Morau, en verdad, no hace piezas de danza. O no sólo. Hace teatro, cine, artes plásticas, música. Y lo hace con bailarines.  “Para mí el cuerpo es sólo un cuerpo que se mueve y que es tan importante como la forma en que ese cuerpo se relaciona con el espacio, con el entorno. Para mí son esenciales todos los elementos que hay en escena y la escena no está al servicio del texto, de la palabra, ni del movimiento en cuanto a danza, sino que es un todo. No hay una jerarquía, es una democracia de los elementos”. Y apostilla: “La danza es un medio con el que ahora estoy cómodo pero que sé que voy a cambiar”.

 

La importancia del público

Mientras se sacaba la carrera, Marcos Morau, como la mayoría de estudiantes del Institut del Teatre, trabajaba de acomodador en el Mercat de les Flors. Seis años acompañó al público a ocupar sus asientos y seis años vio el mismo espectáculo varias veces, muy atento a las reacciones del público.“Estoy muy obsesionado en cómo el espectador recibe el espectáculo y en cómo ese telón de acero que separa el escenario de los asientos a veces se traspasa y otras no. Sobre todo en danza contemporánea, que a veces resulta muy críptica, pensada y dirigida sólo para entendidos”, cuenta. Morau, para quien el público tiene que entrar a jugar, implicarse, reaccionar a lo que ve, cree que “si lo que pasa en el escenario no llega al espectador es que el espectáculo no existe. Lo interesante no está en el escenario, sino en cómo el espectador reformula aquello que sucede”

El hijo pródigo

Para Morau, el Mercat de les Flors es volver a casa. Conoce a todos y cada uno de los trabajadores, sabe de sus vidas, les pregunta, como si fueran familia, y ellos le responden con cariño. Fue aquí, en este espacio de referencia de las artes escénicas, donde creció y maduró. Donde estrenó su proyecto final de carrera y a donde siempre vuelve para estrenar, para mostrar sus nuevos trabajos.

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