Listos para llevar

Desde que Google presentó sus gafas hace tres años, proliferan aparatos que podemos ponernos, como si fueran una pieza de ropa. Conectados a internet y equipados con múltiples sensores, prometen hacernos la vida más fácil, aumentar nuestras experiencias y transformar la manera como experimentamos el mundo. La era de los wearable.

(este reportaje se publicó en la revista Quo México en el número de mayo de 2014)

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O en texto seguido:

Si hace 10 años —e incluso tal vez menos— alguien nos hubiera dicho que consultaríamos el correo electrónico, tomaríamos fotos, grabaríamos vídeos, registraríamos nuestras rutas en bicicleta, navegaríamos por mapas o veríamos películas desde el celular, lo hubiéramos tomado como un loco. ¡Qué poco visionarios hubiéramos sido!

Como consuelo podemos pensar que la historia de la humanidad está repleta de episodios similares. Sobre todo, en lo que a computación personal se refiere. Piénsenlo: en los años setenta las computadoras eran enormes mamotretos que ocupaban habitaciones enteras; aunque sus creadores soñaban y predecían que algún día su tamaño se reduciría y las podríamos llevar arriba y abajo, para la mayoría de las personas de aquella época, eso era una locura inimaginable.

Pero sucedió. Una década más tarde, las computadoras ya habían saltado al escritorio y en los 90 eran por fin portátiles. La historia no se detiene ahí. Con el cambio de siglo, esa tecnología saltó al bolsillo, a los celulares. Y ahora dicen los expertos que estamos a punto de dar un nuevo paso: esta tecnología salta del bolsillo al cuerpo.

“Son una evolución natural de Internet -considera Héctor Milla, experto en tecnología y productor audiovisual con Mondrian Lab– Hemos pasado de conectar ordenadores a conectar todo tipo de dispositivos. Y ahora son los relojes o las pulseras, todos aquellos aparatos que puedan tener una función de conectividad permanente y que funcione según la lógica de la conectividad. Aunque tal vez no será un mercado masivo, como han sido los smartphones”.

Desde que Google presentó sus gafas, un dispositivo de realidad aumentada, en 2011, han proliferado numerosos aparatos inteligentes conectados a la red, que se llevan puestos —como si fueran pantalones de mezclilla— y que son capaces de ofrecernos información de calidad sobre nosotros mismos y el entorno; de cuantificar nuestras constantes vitales y actividad diaria; incluso de controlar nuestro patrón de sueño.

Se trata de dispositivos, como relojes, que nos avisan con un leve destello cuando recibimos un mail o una notificación de Facebook; o pulseras que monitorizan nuestro ritmo cardíaco, las calorías que consumimos o la cantidad de deporte que hacemos; e incluso sensores que analizan diversos parámetros para detectar de forma precoz un cáncer de mama.

Y aunque hay muchos escépticos que no le ven utilidad –por ahora- a llevar estos aparatos inteligentes, lo cierto es que las tecnologías wearable —como se les bautizó— prometen un futuro fascinante: no nos perderemos más, porque consultaremos el mapa que aparecerá en nuestras gafas; tampoco olvidaremos las cosas o las confundiremos, porque podremos grabar todo aquello que vemos u oímos; conectaremos todos nuestros gadgets y los sincronizaremos con nuestra agenda para así monitorizar nuestros niveles de estrés. Dispondremos de sensores repartidos por el cuerpo que se encargarán de medir nuestras necesidades bioquímicas y de sugerirnos qué comer, incluso que nos aconsejarán que por hoy ya es suficiente de hacer deporte y nos pondrán al día de las reuniones que tenemos por delante.

Lo mejor es que nada de esto es ciencia ficción. En el mercado ya es posible encontrar muchos dispositivos —gafas, anillos, pulseras, relojes, colgantes–  que comienzan a permitir realizar esas acciones y que combinan la intimidad de un aparato que llevamos encima con el enorme poder del procesamiento y almacenamiento de datos en la nube, ya que se conectan a internet vía bluetooth, a través del móvil. Además, aprenden de nuestro comportamiento, observan nuestros patrones de conducta y se avanzan a nuestras necesidades.

“Las funciones de la electrónica para llevar puesta se irán incorporando a nuestra vida diaria. Está comprobado que el solo hecho de registrar los pasos que damos nos impulsa a dar más. Y un reloj conectado que nuestra los mensajes del móvil, evita que tengamos que sacarlo del bolsillo tan a menudo. Eso sí, de aquí a un tiempo encontraremos ‘primitivos’ los dispositivos actuales. Y dispondremos de otros que, por ejemplo, dispondrán de aplicaciones de tratamiento de los datos recogidos que vincularán la información con otros datos, como ubicación o agenda, para hacer visibles las relaciones entre nuestra actividad diaria”, considera el periodista y analista especializado en tecnología Albert Cuesta.

Para Héctor Milla, experto en nuevas tecnologías y productor audiovisual con Mondrian Lab (mondrianlab.com), “el hecho de que que los propios dispositivos sean capaces de entenderse entre ellos, de formar red, de compartir o reaccionar ante según que parámetros, hace que la imaginación se quede pequeña para asumir este cambio en las maneras de hacer las cosas o de solucionar problemas. Los wearable nos introducen a ecosistemas muy nuevos y ricos en experiencias diferentes. No son importantes en sí mismos sino en el potencial que nos presentan. De aquí al cyborg estamos muy cerca, a poder tener incrustados nano dispositivos que solucionen o aporten valor a nuestra actividad vital”.

El ‘yo cuantificable’

Estos aparatos se han beneficiado mucho de la guerra entre fabricantes de smartphones, la cual provocó que los chips y sensores sean económicos y eficientes. Eso abrió la puerta a la fabricación de wearables muy avanzados y baratos, pero también a que pequeñas empresas diseñen y vendan gadgets de este tipo.

Un buen ejemplo es Pebble, uno de los relojes con más éxito hasta el momento y quizás, también, el objeto junto a las Google Glasses que ayudó a lanzar definitivamente la era wearable. Pebble vio la luz gracias a una campaña de crowdfunding (financiamiento masivo por internet) a través de Kickstarter, con la que recaudó nada menos que 10 millones de dólares, 10 veces más de lo que pedían, y la cantidad más alta jamás recaudada en esta plataforma.

Tal vez el secreto de su éxito se deba a su sencillez y a su diseño. Pantalla de tinta electrónica iluminada mediante LED (nada de colores), autonomía de entre cinco y siete días, y la información básica y esencial. Pebble se comunica con nuestro celular y con una leve vibración nos avisa de los mensajes, mails, llamadas o notificaciones de redes sociales que nos llegan. Sólo eso. Y basta una mirada a la muñeca para decidir si sacamos el celular del bolsillo o no. Además es bonito, algo que aprece baladí pero que se entiende tras echar un vistazo a la mayoría de relojes inteligentes que por el momento hay en el mercado. El nuevo modelo, Pebble Steel, se aleja de otros smartwatch que tienen un look más de juguete o demasiado deportivos. Por el momento, ya han vendido más de 300.000 unidades en menos de dos años.

Basis Bans es un sofisticado reloj inteligente capaz de monitorizar el ritmo cardíaco, la transpiración, la temperatura corporal, así como el número de pasos que se dan al día y los patrones de sueño; mientras que el reloj Wellograph realiza un seguimiento de la frecuencia cardíaca. Imaginen cuán útil resulta para personas con algún problema de salud. Basta con que lo lleven puesto, para que el aparato recoja los datos y los envíe al médico, quien puede realizar un seguimiento más personalizado del paciente.

Estos instrumentos se están usando más para monitorear el estado de salud del usuario y para ayudarlo en mejorar sus actividades deportivas. Pulseras —también inteligentes—, como la Nike FuelBand, la Jawbone, la FitBit o la Up miden los pasos que damos, el consumo de calorías, el rendimiento físico, registran aquello que comemos e incluso analizan la cantidad y calidad de nuestro sueño.

Algunos aparatos parecen sacados de una película futurista, como los lentes de contacto para diabéticos, diseñados por Google. Se trata de lentes que se colocan en el ojo y —gracias a un sensor y un chip— evalúan una serie de parámetros y envían la información sobre los niveles de azúcar en sangre al teléfono celular de la persona. Sin agujas ni pinchazos, sin kits de análisis. Y Google promete más: la compañía ya juega con la posibilidad de incorporar diminutos LED de colores que avisen al usuario en caso de emergencia.

“La sanidad es probablemente el ámbito en que tiene más sentido la adopción de la electrónico para llevar puesta –considera el experto Cuesta-. Con los sensores adecuados, se puede optimizar mucho el coste de monitorización de pacientes crónicos y mejorar la prevención. Un brazalete con funciones de medición del ritmo cardíaco, el nivel de hidratación, el índice de glucosa y la presión arterial conectado a través del celular al centro de salud puede ahorrar muchas visitas de control a la vez que proporcionan una información precisa y actualizada al médico”.

Los wearable también pueden ser muy útiles para vigilar a los bebés. Owlet, por ejemplo, es una pulsera que se coloca en el pie del niño y almacena datos interesantes: ritmo cardíaco, temperatura corporal o si se ha dado la vuelta mientras duerme. Es muy útil para detectar si el bebé tiene fiebre o para que el pediatra realice un seguimiento de sus condiciones físicas. Incluso hay ropa inteligente, como el Mimo Baby de Intel, que incorpora sensores de respiración y que en caso de que se produzca algún problema, envía una alerta al teléfono celular de los padres. También hay versiones de esta ropa para mascotas.

Dicen los expertos que en el ámbito de la detección temprana esta tecnología va a dar mucho de sí. “Por ejemplo, ya hay pruebas de electrónica ingerible e inyectable. Qualcomm afirma que se está probando ya en San Diego un sistema con capacidad para pronosticar un infarto con 15 días de antelación”, indica Albert Cuesta, analista experto en tecnología.

Hay más ejemplos. First Biometric Recorder es una especie de almohadilla plana que se coloca en el sujetador y registra información metabólica termodinámica del pecho de la mujer. Esos datos los  envía a la nube, donde se procesan para a continuación mandar los resultados a la usuaria. Es, sin duda, una forma de detección más temprana que la exploración o la mamografía. Y no se terminan ahí las utilidades de estos aparatitos prêt-à-porter, de hecho hay tantas como la imaginación permita.

En breve se espera que salga al mercado el esperadísimo reloj de Apple, que los internautas fans de esta marca han bautizado en la Red de manera extraoficial como iWatch. “ A mí me interesa mucho la evolución a medio plazo de estas tecnologías, en particular la idea de que se puedan incorporar diminutos conectores en wifi en los enchufes de casa, o en la iluminación LED, o dentro de juguetes que pueden revolucionar la inteligencia de los objetos en general de tipo doméstico. Parte de esto serán cosas que podamos llevar consigo y que por tanto son wearables. A largo plazo me interesan como todo esto va a revolucionar al mundo de los contenidos y de las narrativas. Hay que imaginar que vamos hacia la captura permanente de todo lo que ocurre y que añadiendo creatividad y dispositivos conectados y en movilidad se podrían contar historias de forma muy diferentes a los formatos actuales, ¿habrá una narrativa wearable?”, se pregunta Milla, de Mondrian Lab. La era de los wearable no ha hecho más que empezar.

 

¡Ponga un robot en su vida!

Son capaces de explorar las profundidades de los océanos, de recorrer planetas lejanos, de operar a una persona con total precisión, de fabricar vehículos. Los robots están transformando nuestro día a día y han comenzado a colarse con fuerza en el hogar. Algunos nos evitan tediosas tareas, como barrer o fregar los cristales. El Roomba, por ejemplo, recorre el suelo aspirando todo lo que encuentra a su paso. Incorpora una tecnología de orientación por la que escanea el espacio y sabe hacia dónde tiene que ir. No deja ni un rincón sin limpiar.

Winbot es otro robotito muy útil que se presentó en la última feria de consumo electrónico CES, en Las Vegas, la más importante en el mundo de este ámbito. ¿A quién no le da pereza limpiar cristales? Pues con este aparato inteligente ya no hay que preocuparse más por ello. Lo colocas sobre la ventana, pulsas el botón Start y ya está, puedes sentarte, relajarte y ver cómo él hace el trabajo. Se agarra al cristal mediante succión, por lo que puede limpiar por los dos lados.

Hay empresas que ya comienzan a experimentar con la idea de crear robots capaces de asistir a humanos; un ejemplo es Socibot. Se puede interactuar con él mediante pantallas táctiles, en las que vamos señalando qué tipo de conversación o interacción queremos establecer. Lo mejor es que cuenta con una tecnología avanzada de expresión facial: los ojos te siguen, por ejemplo, a través de una habitación y cambia de expresión en función de su humor. Mucho más empático, claro, que Roomba.

Aunque para robots simpáticos los Murata, en versión chico y chica, dos cacharros de apenas cinco kilos de peso y medio metro de alto que son capaces de montar en bicicletas y monociclos. Gracias a los sensores ultrasónicos con que van equipados, no chocan y saben cuándo cambiar de dirección. Incorporan sensores de movimiento y de eficiencia energética. Pueden ir hacia delante, hacia atrás y detenerse sin caerse. La chica incluso puede dar vueltas en círculo.

Y para pasar un buen rato, Ozobot, un robot diminuto que se mueve por encima de las pantallas de la tableta o del teléfono, también en papel, y que juega contigo. Según sus creadores, es capaz de interactuar con juegos leyendo las líneas, los colores, y las luces. De momento, es un proyecto que se está lanzando con una campaña de crowdfunding en Kickstarter. Cruzaremos los dedos para que salga al mercado.

 

 

 

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