Ciencia a pie de calle

El sábado pasado publiqué un reportaje sobre ciencia ciudadana en el suplemento Estilos de vida de La Vanguardia. El tema no me era nuevo, lo había tratado un poco antes. Lo que me impulsó a proponerlo y escribir sobre él de nuevo son la gran cantidad de iniciativas que desde hace un año aproximadamente están surgiendo en este campo y que te permiten jugar a ser científico. Además, coincidía con que en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona hay estos días y hasta octubre una exposición sobre Big Bang Data en la que también recogen experiencias de ciencia ciudadana, y me pareció muy interesante.

¡Armas de ciencia masiva!

Clasificar galaxias, avistar medusas, localizar los lugares de cría del mosquito Tigre, estudiar el comportamiento de las abejas o documentar el impacto de la caza furtiva en parques naturales. Son algunos de los miles de proyectos científicos en marcha, sólo posibles gracias a la participación altruista de miles de ciudadanos.

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Léelo online: http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20140805/54412782273/ciencia-a-pie-de-calle.html

O en PDF: Ciencia ciudadana

O si ho prefereixes, en català:  Ciència Ciutadana

Parecen abanicos, rojos, liláceos, amarillos, entre los que danzan y se esconden numerosos peces y algas. Tapizan el fondo del Mediterráneo formando verdaderos bosques submarinos y constituyen el hábitat ideal para una gran diversidad de especies. Las poblaciones de gorgonias son, sin duda, uno de los paisajes más emblemáticos del Mare Nostrum. Sin embargo, el aumento de la temperatura del agua del mar junto con el impacto de otras actividades humanas como la pesca o la contaminación están poniendo en peligro su supervivencia.

Desde hace años los biólogos trataban de investigar el estado de conservación de estos animales, pero se topaban con diversas dificultades a menudo insuperables; para empezar, que no disponían de cartografías de su ubicación, ni tampoco podían realizar muestreos en toda la cuenca mediterránea. Afortunadamente, han encontrado a unos aliados muy eficientes capaces de ayudarlos a solventar esta situación: los submarinistas aficionados.

Estos apasionados del mar a menudo se sumergen entre gorgonias atraídos por su belleza. Ya el año 2011 propiciaron un descubrimiento importante al alertar a miembros del grupo de investigación MedRecover, coordinado desde el Instituto de Ciencias del Mar (ICM-CSIC), de que habían visto a estos animales reproducirse en mayo, cuando lo habitual es que ocurra en junio. Los científicos, sorprendidos, se desplazaron hasta el punto de la costa que los submarinistas les indicaron y comprobaron que, como sucede con otras especies terrestres como las aves e incluso con plantas que adelantan la época de floración, las gorgonias también habían comenzado la reproducción antes de tiempo. Un efecto más del cambio climático.

“No podemos llegar a investigar a todos los sitios. En cambio, hay gente que vive del mar, que trabaja con sus recursos como los pescadores o buceadores, que tienen un bagaje de conocimiento muy valioso para la ciencia. Con este proyecto buscamos la manera de implicarlos en la investigación para llegar a obtener un mapa global más fiable de los cambios que están sufriendo nuestros ecosistemas. Porque no es lo mismo tomar datos de tres lugares que tener miles de ojos en el mar cada día”, explica Elisabetta Broglio, responsable de divulgación del ICM-CSIC.

Hace casi dos años que este centro de investigación cuenta con proyectos para los que pide la colaboración de ciudadanos de a pie, la mayoría de los cuales carece de conocimiento científico. La primera iniciativa de este tipo que lanzaron se centraba en avistar medusas en la costa; la gente les enviaba información acerca de dónde y cuándo las había visto, las describía y a ser posible les enviaba una imagen. Con aquellas primeras participaciones lograron dibujar un mapa de la distribuciónn de estas criaturas por el litoral.

El éxito de aquella primera convocatoria hizo que el Instituto de Ciencias del Mar-CSIC pusiera en marcha poco después una plataforma, Observadores del mar (observadoresdelmar.es), en la que recogen diversas investigaciones abiertas a la participación de la ciudadanía: desde avistamiento de medusas y algunas especies de peces invasoras, hasta localización de plásticos que contaminan el agua.

“Los problemas que abordamos son problemas globales y su análisis requiere miles y miles de datos. Los recortes en inversión en ciencia no ayudan tampoco en esta dirección”, señala Broglio que destaca que en este tipo de proyectos uno de los objetivos fundamentales es divulgar el conocimiento, por lo que realizan numerosos talleres abiertos a la sociedad. “Los científicos comparten e intercambian sus inquietudes con los ciudadanos y estos ciudadanos aportan su tiempo, sus experiencias y su entusiasmo para conseguir entre todos una gestión más sostenible de nuestros océanos”.

Un ejército para la ciencia

“Observadores del mar” es un ejemplo de ciencia ciudadana, un término cada vez más popular usado para designar a aquellos proyectos de investigación en los que participan miles de individuos anónimos. Algunos tratan de clasificar galaxias, otros células cancerígenas; los hay que estudian el comportamiento de las abejas y los que tratan de predecir cómo se expandirá el virus de la gripe por Europa.

A pesar de la diversidad de temas, todas estas iniciativas tienen en común que generan o manejan una cantidad tan ingente de datos que equipos de científicos profesionales no podrían obtener ni procesar en toda una vida. Y que se basan en el tiempo, la capacidad y la energía de una comunidad distribuida de científicos ciudadanos, que colaboran de forma altruista.

“Es una forma de expandir la ciencia, de democratizar el proceso científico, de compartir y contribuir al aumento del conocimiento. En definitiva, de empoderar a la sociedad”, afirma Josep Perelló, profesor de física fundamental y líder de Open Systems, un grupo de la Universitat de Barcelona que investiga el arte y la participación ciudadana como elementos básicos para hacer ciencia.

Desde hace dos años se viene produciendo un verdadero boom de proyectos de este tipo. ¡Hay miles por todo el planeta! Y aunque a veces se presentan como un fenómeno novedoso, lo cierto es algo tan viejo como la propia curiosidad del ser humano. “Lo raro en ciencia es que haya científicos profesionales”, bromea Fermín Serrano, al frente de la fundación española Ibercivis para el fomento de la investigación ciudadana. “Hasta hace 100 años –prosigue- la gente en sus ratos libres se iba a mirar el cielo, a los animales. Esos eran los científicos. Incluso el propio Darwin era un biólogo amateur”.

La popularización de Internet, los dispositivos móviles y las redes sociales han hecho que la ciencia ciudadana que se expanda de forma exponencial. Ahora cualquiera lleva un móvil en el bolsillo equipado con sensores, cámara, GPS, conectado a la red que le permite tomar fotos de muestras, georreferenciarlas, incorporar etiquetas y enviarlas al momento a centros de investigación.

“Las nuevas tendencias en educación basadas en la filosofía de ‘se aprende haciendo’, también le han dado un buen empujón a la ciencia ciudadana”, considera Serrano. Y ahora ya no participan unos cuantos aficionados, sino miles repartidos por todo el planeta y que se encargan de tareas mucho más sofisticadas que censar mariposas, como identificar cuásares o partículas subatómicas en el LHC.

“La revolución digital también fomenta la emergencia de la inteligencia colectiva –considera Perelló-. No hace falta que sepas de bioquímica o de astrofísica, porque el propio proceso te da las herramientas para que aprendas, conozcas y descubras”.

Impacto social

Hay proyectos para todos los gustos. Una de las iniciativas pioneras y de la que seguramente hayan oído hablar es SETi@Home, que empleaba la computación compartida de millones de personas para buscar vida extraterrestre. O GalaxyZoo, en que los ciudadanos ayudan a los astrónomos a clasificar galaxias por su forma, sin moverse del sofá.

FoldIt es otro de los proyectos más populares y un caso singular porque al principio sólo usaba el procesador de los ordenadores de los voluntarios para encontrar de qué manera se pliegan las proteínas. Estos empezaron a ver que eran capaces de resolver antes que la máquina los puzzles que les aparecían en pantalla y así, por iniciativa social, en 2008 FoldIt se convirtió en un juego online con cientos de miles de jugadores que acumulan puntos y suben niveles.

De hecho, gracias a ellos, en 2012 se publicó un artículo científico en Nature Biotechnology con un nuevo enzima terapéutico generado de esta forma. Y no es el único caso, en los últimos tres años hay cerca de una treintena de publicaciones científicas sólo en Nature -la que tal vez sea la revista más influyente en ciencia- de investigaciones con participación ciudadana. Y eso plantea un nuevo reto: ¿de quién es el conocimiento, del científico o de todos aquellos que ayudan a generarlo?

Los aficionados, como ha pasado durante toda la historia, sienten curiosidad, quieren aprender, ya sea de proteínas, de galaxias o de malaria. Y, además, desean aportar su granito de arena a la investigación. En muchas ocasiones les motiva también un sentimiento de corresponsabilidad social. Es el caso del proyecto Safecast, puesto en marcha en Japón después del accidente de la central nuclear en Fukushima. Se fabricaron y distribuyeron entre la población sensores de radioactividad de muy bajo coste que funcionaban con código abierto. Se colocaban en los coches y enviaban datos sobre contaminación radioactiva en tiempo real a una página web donde se podían consultar los niveles. La idea se extendió y hoy en día hay una red mundial de monitoreo de radioactividad.

‘Atrapa el Tigre’, del grupo MoveLab del Centro de Estudios Avanzados de Blanes- CSIC, es otro buen ejemplo. Este proyecto persigue trazar un mapa de la distribución del mosquito tigre por la Península para poder diseñar políticas de control de plagas. El año pasado lanzaron una prueba piloto solo en la provincia de Girona y este año, gracias a una beca de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) han podido extenderlo a todo el estado.

“Es una app para el móvil. Si encuentras un mosquito tigre lo puedes geolocalizar, respondes a un cuestionario muy sencillo que te ayuda a clarificar si realmente aquello es o no un mosquito tigre y que facilita que los científicos puedan validar los datos. Esa información se envía a un mapa online que permite ir construyendo en tiempo real la presencia de este insecto en España, así como los sitios de cría”, explica Aitana Oltra, coordinadora del proyecto.

A largo plazo, la idea es desarrollar sistemas de alarma ciudadana. “El problema, como ocurre con todos los proyectos de este tipo, es la validación de datos. No se puede asegurar nunca al 100% que aquello que ha enviado un ciudadano es cierto, porque incluso puede haber mentido. El poder de la ciencia ciudadana y de los sistemas de alerta es muy potente pero siempre tiene que ir acompañado de un sistema de validación detrás”, explica Oltra.

A la cabeza en ciencia ciudadana

En todo el planeta ya han surgido entidades y plataformas que tratan de aglutinar y fomentar proyectos de este tipo. En Europa, por ejemplo, destaca el laboratorio urbano de ciencia ciudadana, llamado Citizen Cyberscience Center, o la European Citizen Science Association. La idea es unir esfuerzos, compartir recursos y datos para solventar problemas científicos complejos. Y “en España estamos a la cabeza en ciencia ciudadana en el mundo”, afirma optimista Fermín Serrano, investigador del grupo Biocomputación y Sistemas complejos (BIFI) de la Universidad de Zaragoza.

Aunque al momento añade que “a la cabeza no en presupuestos, evidentemente, pero sí en grupos de excelencia y en innovaciones. Hemos creado la primera iniciativa estatal, la Fundación Ibercivis [que él dirige], una entidad única para dar soporte a todos los grupos de investigación que lo requieran. Y desde Europa ya nos han pedido que exportemos este modelo de éxito, creado por entidades públicas y centros de investigación”.

La Universidad de Zaragoza, además, lidera y coordina un importante proyecto europeo, llamado Socientize, dedicado a desarrollar y fomentar iniciativas de ciencia ciudadana, desde Cell Spotting, que busca detectar células cancerosas, a Sol para todos, para encontrar y analizar manchas solares.

“Lo interesante de estos proyectos es que pueden funcionar como incentivos tanto para científicos como para voluntarios. Para los primeros porque se podrían cambiar los criterios de evaluación, no ser sólo valorados por publicar un paper o generar patentes, también por investigar aquello que interesa a la ciudadanía”, considera Serrano, coordinador también de este proyecto europeo.

Para los segundos, los voluntarios, esos incentivos podrían consistir en una rebaja de la factura de la luz, del gas o el teléfono. “Se podría hacer y sería muy innovador. ¿O acaso la persona que está contribuyendo al bien común analizando imágenes continuamente no se merece alguna retribución?”, cuestiona este investigador. Además, se genera comunidad, “ eso es muy importante, sobre todo para personas en riesgo de exclusión social”, añade.

Uno de los últimos proyectos incluidos en Socientize es el de “Abejas Urbanas”, desarrollado desde el grupo de la Universidad de Barcelona Open Systems. Estos insectos son indicadores de calidad del lugar en que vivimos y el proyecto perseguía captar y descifrar información sobre la salud del ecosistema urbano aportada por estos animales a través de sensores de código abierto, instalados tanto en el interior como en el exterior de colmenas situadas en la ciudad.

“Abejas Urbanas” se llevó a cabo en Barcelona, la única ciudad española, por el momento, que cuenta con una Oficina de Ciencia Ciudadana impulsada desde el ayuntamiento barcelonés y liderada también desde el grupo Open Systems de la UB. Por el momento, esta singular oficina ya cuenta con cinco equipos de investigación y ocho proyectos de diferentes instituciones, entre los cuales están Atrapa el tigre y Observadores del Mar.

Al final, detrás de todos estos proyectos de ciencia ciudadana hay unos objetivos científicos pero cada vez más una voluntad de contribuir al bien común. Para Josep Perelló, al frente de la Oficina de Ciencia Ciudana de Barcelona, “ya no se trata sólo de investigar y encontrar posibles aplicaciones, sino de ir al origen fundamental de la ciencia: conocer el entorno y actuar en él”.

(Despiece)

La mejor canción

Durante el Festival Sónar, celebrado en Barcelona a comienzos de junio, el grupo BIFI de la Universidad de Zaragoza, llevó a cabo un experimento muy singular de inteligencia colectiva. En colaboración con dos artistas zaragozanos, R de Rumba –el DJ de Violadores del Verso- y Miguel Ángel Mercadal, pusieron a disposición de los asistentes secuenciadores con los que podían componer patrones sencillos de música. Mientras cada uno creaba el suyo, podía escuchar el que habían hecho otros en tiempo real y si le gustaba, lo podía incorporar a su solución. De esta manera, los mejores patrones se iban propagando. Y al final, los músicos dieron un concierto en el que interpretaron la música creada por el público. “La solución del grupo es mejor que la solución mejor de los individuos ”, considera Fermín Serrano, investigador del grupo BIFI y al frente de Ibercivis.

También en Barcelona, en el Centro de Cultura Contemporánea de la ciudad (CCCB), estos días se puede visitar la muestra Big Bang Data, que explora el fenómeno de la era de cantidades ingentes de datos en que vivimos. La muestra es además objeto de un experimento de ciencia colectiva. Desde Open Systems se está monitorizando a los visitantes a través de cámaras con el objetivo de ver cómo nos comportamos en un museo –qué pieza vemos primero, cuánto tiempo estamos ante cada una, entre otros- y así poder proporcionar diseños alternativos de exposición, tal vez más eficientes.

El primer museo de ciencia ciudadana

Zaragoza cuenta con el primer museo de ciencia ciudadana del planeta. Lo han bautizado como “Ciencia Remix” y lo han ubicado en una sala del Centro de arte y tecnología Etopia. Consta de unos 20 ordenadores, cada uno dedicado a un proyecto. La gente va, juega a los experimentos que más le gustan y contribuye a expandir el conocimiento común. “Es un nuevo tipo de museo, donde no sólo miras sino que dejas tu granito de arena”, dice Fermín Serrano, al frente de Ibercivis y Socientize.

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