Padres desde niños

A menudo, las vivencias que tenemos como hijos marcan cómo ejerceremos de padres e incluso las relaciones de pareja que estableceremos.

(reportaje publicado en el suplemento Estilos de Vida, de La Vanguardia, el 6 de setiembre de 2014)

Captura de pantalla 2014-09-08 a las 08.43.22

Puedes leer este reportaje online: Somos padres desde que nacemos

En PDF: Padres desde que nacemos o en català: Pares des que naixem

O si lo prefieres, aquí lo tienes en texto seguido:

Arranca el último libro del psicoterapeuta y cofundador del Instituto Gestalt Joan Garriga, La llave de la buena vida (Ed. Destino), con la historia de unos padres que le regalan a su hijo, cuando éste cumple los 18 años, una llave de tres dientes. Le dicen que ese objeto le ayudará a atravesar todas las puertas que le vaya deparando la vida. El hijo toma con fuerza esa llave mágica -que “no es otra cosa que la experiencia de los padres, cómo ellos han vivido las ganancias y las pérdidas, las alegrías y las tristezas, como han afrontado cada episodio de la vida”, explica Garriga- y con ella se dispone a emprender su camino.

Esta escena es una buena metáfora de la forma en que la relación que establecemos con nuestro progenitores desde que nacemos nos va modelando y marcando, configurando en mayor o menor medida el adulto que luego seremos. Nos dota de herramientas con las que afrontar las vivencias a las que nos iremos confrontando. Y poco a poco todo aquello que vamos mamando desde pequeños nos ayuda a forjar esa llave peculiar, única y personal, con la que caminaremos y con la que aspiramos a tener una buena vida, en el sentido de sana, feliz, rica en experiencias y relaciones.

“La forma como te criaron y te enseñaron a ver la vida hunde sus raíces en todo”, asegura Constanza González, psicóloga clínica al frente de Sentit. Procesos transformadores (sentit.es). Si tuvimos unos padres generosos, o unos padres hiperprotectores, o ausentes, o muy rígidos, o distantes, todo eso deja una huella indeleble que nos influye en mayor o menos medida en nuestras relaciones, de pareja pero sobre todo con los hijos. E incluso puede llegar a provocarnos trastornos psicológicos.

En ese sentido, un equipo de investigadores de la Universidad de Atenas realizó un estudio en 2009, que publicaron en la revista Acta Paediatrica, en el que analizaron el caso de 1194 chavales griegos de entre 11 y 18 años. Investigaron los problemas emocionales y de comportamiento de los chicos, así como el estatus socioeconómico de los padres, su lugar de residencia, el estado marital de los progenitores, su educación y salud mental, la cohesión familiar y las relaciones entre padres e hijos. Tras varios años de investigación, vieron que un vínculo y una relación pobres entre padres e hijos se correlaciona directamente con problemas psicológicos en los adolescentes.

Otro estudio publicado el año pasado por la Universidad de Valencia también sobre la crianza de los hijos, realizado con una muestra de 1000 menores de entre 6 y 14 años, analizaba las diferentes estrategias parentales y cómo eso influía en los niveles de agresividad infantil, autoestima del niño, estabilidad emocional, logros académicos y competencias sociales. El estudio acababa concluyendo que lo más beneficioso para los chicos eran altos niveles de afecto e implicación de ambos padres, junto con bajos niveles de control.

No obstante, de la teoría a la práctica hay un largo camino. Y a menudo la relación entre padres e hijos dista mucho de ser una balsa de aceite. Presenta dificultades y escollos. Muchos tienen que ver con nuestra infancia, con los modelos que hemos tenido e interiorizado. Y es que por mucho que nos hayamos dicho una y otra vez que no actuaríamos como nuestros progenitores, cuando llegan los hijos nos descubrimos repitiendo patrones y comportamientos, o tratando de compensar carencias y heridas.

De eso sabe mucho Francisco Palacio-Espasa, psiquiatra y psicoanalista, que ha dedicado más de 40 años a estudiar los trastornos de los niños y adolescentes, y a tratar a familias con problemas de parentalidad, eso es dificultades entre padres e hijos. Para este alicantino excatedrático de la Universidad de Ginebra y que dirige el Servicio de Psiquiatría del Niño y el Adolescente del Hospital Universitario de Ginebra, “las vivencias que tenemos como hijos suelen determinar en buena medida cómo ejerceremos de padres, de manera que si no conseguimos un cierto equilibro, podemos hacer que nuestros hijos sufran trastornos psicológicos, como baja mentalización, que no es otra cosa que la poca capacidad de comprensión de las vivencias propias y del otro. Y estos casos, hay más riesgos de que los hijos desarrollen problemas”.

Para este experto, que precisamente participó hace unos meses en un taller sobre conflictos de parentalidad organizado por el Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona, empezamos a aprender a ser padres desde que nacemos. “En ocasiones, en terapias con madres y bebés, a veces estamos por ejemplo hablando con una mujer que ha perdido a su madre recientemente y se pone a llorar. Y el bebé, de un añito o poco más, la mira, la acaricia y trata de consolarla como a él lo consuelan. El bebé ya tiene una dimensión parental, se identifica con los aspectos de la madre protectora”, explica este psiquiatra.

De tal palo, ¿tal astilla?

En 2010, el Instituto de Estudios sobre violencia Centro Reina Sofía presentó un informe en el que señalaba que cuatro de cada diez maltratadores habían sido antes víctimas, bien habían sufrido malos tratos o habían sido testigos de violencia doméstica de niños. Situaciones tan traumáticas como ésta son capaces de influir en la biología del cerebro, aseveraba el estudio.

La organización norteamericana National Fatherhood Initiative cuenta con un informe en el también que alerta sobre las repercusiones que tienen diversos tipos de crianza sobre la salud mental de los futuros adultos; así, avisa que los hijos de padres ausentes tienen tres veces más probabilidades de fracasar socialmente por la escasa tolerancia a la frustración; 10 veces más posibilidades de consumir sustancias adictivas y son 20 veces más propensos a la depresión.

Así visto, ¿es pues un destino ineluctable el que tenemos por delante en función de como nos hayan educado? “Afortunadamente, no es 100% determinante. Hay muchos otros factores implicados y que nos eduquen de una forma concreta no quiere decir que seguro que repetiremos ese patrón”, matiza Garriga, psicólogo cofundador del Instituto Gestalt.

Sin embargo, qué hacer con esa maleta de recursos que heredamos de los padres suele ser un motivo de preocupación; en ocasiones, sorbe todo cuando tenemos hijos, solemos repetirnos frases como “yo no quiero ser como mi madre”, “tengo miedo de hacer con mis hijos lo mismo que mis padres hicieron conmigo”, “no quiero ser un padre hipercontrolador y rígido como el mío”, “mi padre no estuvo presente en mi infancia y yo quiero estarlo con mis hijos”.¿Les suenan?

“Mal empezamos si al tener un niño ya comenzamos diciendo que lo haremos mejor que nuestros padres. Porque con los años es muy posible que nos acabemos pareciendo mucho a ellos. Y además, hay que darse cuenta de que la mayoría [de padres] no lo hicieron tan mal. No tenían tantos libros ni revistas como tenemos ahora, pero le echaron ganas”, opina Javier Urra, psicólogo y pedagogo terapeuta, autor de libros como El pequeño dictador. Cuando los padres son las víctimas o Respuestas para padres agobiados.

“Eso sí, también hay que reconocer que hay padres malos, que anteponen las drogas a los hijos, o el egoísmo, que maltratan a los niños. Aunque asimismo hay padres que quieren mucho a sus hijos pero no saben cómo relacionarse con ellos, son muy patosos”, añade Urra, quien, además de haber sido el primer defensor del menor de España, desde hace tres años dirige un centro en Madrid, recURRA-Ginso, en el que tratan a chavales conflictivos, que suelen agredir verbal y físicamente a sus padres. En este centro, Urra junto a un equipo de educadores, psicólogos, pedagogos, tratan de ayudar a (re)tejer de lazos –de entendimiento- entre los chicos y sus progenitores.

Esos padres con los que Urra trata suelen tener a menudo un enorme sentimiento de culpa, algo frecuente en la mayoría de personas con hijos. Según un informe titulado “Comunicación y conflictos entre hijos y padres” y publicado en 2003 por la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), el 15% de los padres y madres no se sienten satisfechos con la educación de sus hijos, ya que creen que estos resultan pocas veces o nunca en como ellos quisieron educarles.

El estudio, además, recoge y plasma la dificultad de algunos progenitores para entender y por tanto relacionarse con sus hijos, sobre todo durante el período de la adolescencia. Y arroja más datos interesantes, como por ejemplo que prácticamente todos los padres –el 97%- considera muy importante mantener unas buenas relaciones familiares. Y cuatro de cada 10 confiesan que a menudo se suelen sentir desbordados debido a los problemas con sus hijos.

 

Perdonar a los padres

Decía el dramaturgo inglés Oscar Wilde que los hijos comienzan por amar a los padres; cuando ya han crecido, los juzgan y, algunas veces, hasta los perdonan. “Sólo te puedes alejar del modelo si consigues estar en paz con tus padres”, considera Joan Garriga, cofundador del Instituto Gestalt. “Hay quienes se recubren a los 40 diciendo ‘me prometí que no le gritaría a mis hijos y les estoy gritando como mi madre hacía conmigo’. Es esencial poder hacer las paces con aquello que viviste de niño, porque repetirnos una y otra vez que no repetirás algo que hicieron tus padres es acabar repitiéndolo”.

Hay quienes intentan ser padres desde la razón y tratan de incorporar elementos de inteligencia emocional que leen en libros y manuales. Pero esa estrategia, aunque puede aportar herramientas, no suele ser demasiado eficiente. “Muchas personas se enfrascan a leer mil libros porque tienen una mayor sensación de seguridad, de control, si tienen conocimientos. Pero lo interesante, y sobre todo cuando se trata de los hijos, es poder conectar con la experiencia, con la vivencia”, añade. Detenerse, filtrar aquello que nos ocurrió, aprender y pensar de qué manera podemos ser nosotros padres para los hijos.

El vínculo que establecemos con los padres es sumamente importante en la vida y tiene mucho peso aunque no seamos en muchas ocasiones conscientes de ello. De ahí, señala el psicólogo Joan Garriga, la importancia de saber gestionarlo y de manejar la relación actual que tenemos con ellos de la mejor manera posible. A veces esa gestión de la relación consiste en poner distancias y límites, porque hay padres que han sido muy difíciles o que nos han herido.

 

Malentendidos frecuentes

Cuenta Francisco Palacio-Espasa que el amor a los hijos es fundamental, porque sin él, está claro, si el niño no se siente querido, las cosas no van a ir bien. “Debemos decirle a los hijos que los queremos”, insiste Urra. Ahora bien, el amor no es el único ingrediente que va a mediar en las relaciones entre padres e hijos. Y además, a veces amar se confunde con otras cosas, como por ejemplo sacrificarse por el otro.

“Es un conflicto de parentalidad que tratamos muy a menudo. Madres y padres que quieren ser supra óptimos, hipersolícitos. Freud, aunque habló muy poco de la infancia, sí se refirió al niño que hay en el adulto. Y en su Introducción al narcisismo se refería a Su Majestad, el Bebé, en el sentido de que a menudo proyectamos sobre los hijos nuestro ideal de hijo y acabamos convirtiéndolos en pequeños tiranos. Y también culpabilizándolos con la sensación de haber esclavizado a los padres”.

Durante tiempo, considera Garriga, el sacrificio tuvo cierto prestigio y parecía que si alguien se sacrificaba por ti, eso le otorgaba algún derecho. “La de hijos que han sufrido eso de que sus padres se sacrificaban tanto por ellos y la deuda que eso les generaba”, se lamenta este psicoterapeuta, que añade que “está claro que criar a un hijo genera una deuda, que se paga no con los padres, sino teniendo una buena vida. De esta forma se equilibra todo, porque hay veces en que dentro de una misma familia se producen juegos psicológicos, en que los padres parecen no disfrutar de la vida por culpa de los hijos y los cargan con esa deuda”.

De hecho, señala Palacio-Espasa, muchos adultos que han sentido que tenían madres o padres sacrificados y que cargan con esa especie de culpa, no desean tener hijos; temen que los niños también les obliguen a sacrificarse. “Suelen ser esas persona que te dicen que lo de los hijos es una cruz, que se te acaba la vida, que ya no puedes hacer nada debido a ellos… Se han sentido culpables durante su infancia con sus padres e inconscientemente eso los lleva a tomar la decisión de no querer niños”.

En el fondo, no hay ninguna fórmula mágica para ser un buen padre. Y a menudo las lecturas que hacemos de lo que nos gustaría o no nos gustaría como hijos o como padres están muy condicionadas por los modelos aprendidos. “Tal vez, si te puedes detener a pensar sobre aquello que te hizo daño, sobre tus heridas, sobre cómo es que te educaron tus padres, sobre por qué lo hicieron así, y te preguntas y te cuestionas -afirma la psicóloga clínica Constanza González-, puede que eso no te lleve a ser mejor padre, pero sí una persona más libre en la crianza con los hijos”.

 

 

 

 

(Despieces)

Que no se acabe la “vida”

Muchas personas cuando tienen un hijo abandonan su lugar para sólo ser la madre o el padre de. Y en ese cambio de rol pueden llegar incluso a olvidar a la pareja. Para Palacio-Espasa este es uno de los comportamientos más frecuentes que se repiten y que acaban provocando que muchas parejas tengan problemas. “Los padres tienen que estar atentos a preservar su propia pareja, su vida personal, profesional, sus diversiones. Es muy importante porque si no esos padres sin quererlo trasladan al niño el sentimiento de que les está arruinando la vida, de que los está esclavizando”, señala este experto, que añade que es uno de los conflictos de parentalidad que más a menudo tratan, el de “los padres esclavos de los hijos”.

Esos niños, explica Palacio-Espasa, tienen un sentimiento de culpabilidad, que los convierte primero en tiranos y luego, de más mayores, los hace deprimirse porque se sienten muy culpables. “A eso de los 10 años, son niños que tienen muchos problemas en el colegio, que no prestan atención, que son inhibidos. Y luego de adultos no quieren tener hijos porque temen que harán lo mismo con ellos que ellos hicieron con sus padres. Para esas personas tener un hijo es una cruz, aseguran que se te acaba la vida. Se han sentido culpables y lo pagan inconscientemente con sus hijos.”

‘Hijo, yo sé lo que es mejor para ti’

Nuestros hijos no somos nosotros de niños. Aunque parece una obviedad, la frase entraña muchos conflictos de parentalidad con los que Francisco Palacio-Espasa lidia a menudo. Con frecuencia, muchos padres proyectan en sus hijos el niño que les hubiera gustado ser. Y lo apuntan a música, porque a ellos les hubiera gustado tocar el piano. Pero es importante, señala este psiquiatra especialista en infancia, que los críos desarrollen sus propias capacidades y deseos.

“Es cierto que en ocasiones la elección de los padres permite a los niños tener más posibilidades, pero la imposición no es aconsejable. Los pequeños deben desarrollar sus propias capacidades para elegir su propio camino”, opina. La tan manida frase de ‘Hijo, yo sé qué es mejor para ti, lo que es más conveniente que hagas’, para este psiquiatra no tiene mucho sentido. “No es cierto porque lo mejor para él, lo que más le conviene, es la expresión de sí mismo. Imponer algo se puede transformar en una fuente de inhibición y de dificultades de desarrollo o expresión”.

 

El mejor regalo a un hijo, los límites

Hay personas que han tenido padres muy estrictos y rígidos y cuando tienen hijos optan por hacer todo lo contrario: no les ponen límites y son muy complacientes. Para Javier Urra, quien fuera el primer defensor del menor en España, “los padres tenemos que ser como una pared: dura para apoyarse pero que también sirva para chocar”. Querer a los hijos es también educarlos en la frustración, de no poder hacer siempre aquello que deseen; en el dolor y el sufrimiento, porque forman parte de la vida; en el aburrimiento. “El mejor regalo que le puedes dar a un hijo es la frustración, porque es la mejor preparación para la vida”, indica Constanza González, que añade: “Se trata de aprender a poner límites con firmeza pero amorosamente”.

Una respuesta a “Padres desde niños

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s