Atapuerca, viaje a las entrañas de la humanidad

Considerado el yacimiento arqueológico más importante del mundo y Patrimonio de la Humanidad desde 2000, en este laberinto de cuevas y galerías se han realizado hallazgos excepcionales, claves para entender la evolución humana y que han cambiado las teorías acerca de quiénes fueron los primeros pobladores de Europa.

(Tuve el privilegio de visitar Atapuerca a mediados de julio. Este reportaje es fruto de aquella experiencia. Esta es la versión que se publicó finalmente en el Magazine, el 17 de agosto de 2014. Existe la extended version del mismo, que pretendo publicar en los próximos días. Me gustaría reiterar mi agradecimiento a las chicas de la Fundación Atapuerca y del IPHES, que me ayudaron a conseguir combinar la agenda de los tres directores, casi misión imposible!)

Fotos: Dani Duch

Fotos: Dani Duch

 

 

Apenas quince minutos después de haber dejado la ciudad de Burgos atrás en coche, comienzan a aparecer los bellos campos castellanos, inundados de trigales. Cuesta imaginar que alguna vez por estas tierras se pasearon exóticos animales, como tigres dientes de sable, elefantes, jaguares, enormes leones y osos, hipopótamos. También humanos prehistóricos.

De hecho, los inmigrantes africanos más antiguos que arribaron a Europa hace casi dos millones de años hicieron su hogar de las grutas y cuevas que horadan las suaves lomas de la Sierra de Atapuerca. Tal vez, por eso, sus entrañas, que albergan el complejo arqueológico de la prehistoria humana más importante del mundo, guarden las respuestas a muchos de los grandes enigmas de la ciencia: ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? Y, sobre todo, ¿qué nos hace humanos?

Al llegar a la entrada de los yacimientos, muy cerca del pueblo Ibeas de Juarros, ya se entrevé el estrecho pasadizo que es Trinchera del Ferrocarril, un arco que secciona la sierra de cuajo y que quedó al descubierto a comienzos del siglo XX debido a las obras de construcción de un tren de mercancías. Entonces nadie se percató de los fósiles y restos incrustados que quedaron al descubierto. Hubo que esperar hasta que, a finales de los 70, un ingeniero de minas encontrara algunos huesos que parecían humanos y se los llevara a su profesor, el paleontólogo Emiliano Aguirre, a quien le bastó verlos y visitar el lugar para percatarse de su importancia y poner en marcha un proyecto de investigación científico. Y eso que, en aquel entonces, en España en pleno franquismo poco se sabía de la evolución humana.

Aguirre dirigió el proyecto hasta que se jubiló, en 1990, y cedió el testigo a quienes eran en aquel entonces tres jóvenes científicos prometedores, Eudald Carbonell, José María Bermúdez de Castro y Juan Luis Arsuaga. Un catalán, un madrileño y un vasco. Un arqueólogo y dos paleoantropólogos. Y juntos, gracias a su buen olfato científico y a la calidad de sus investigaciones, han conseguido situar la Sierra de Atapuerca como un referente mundial en ciencia de la prehistoria y evolución humana. Por ello han recibido numerosos galardones, entre ellos, en 1997, el Premio Príncipe de Asturias de investigación científica y técnica.

Carbonell y Bermúdez de Castro se acercan a darnos la bienvenida. “A mí sólo me sacan de aquí con los pies por delante”, nos advierte el primero, medio en broma pero en serio, ataviado a lo Indiana Jones, para asegurar a continuación que “yo nací arqueólogo”. Bermúdez de Castro sonríe con complicidad y nos dice que “Juan Luis estará por llegar”. Y es que el Magazine ha conseguido citar a los tres codirectores para tomarles una foto juntos, algo que no resulta sencillo debido a sus agendas apretadas.

Un poco más allá, bajo los andamios que se clavan en las paredes de la Trinchera una veintena de arqueólogos, biólogos, geólogos, paleontólogos, restauradores e incluso médicos ya están dale que te pego con buriles, picos, palas, cepillos. Los dos codirectores nos explican que el complejo de Atapuerca cuenta con diversos yacimientos como éste.“En una misma campaña podemos estar descubriendo cosas de la época de los neardentales [aparecieron en Europa hace unos 300.000 años] y de hace un millón y medio de años a la vez Y eso es excepcional”, destaca Carbonell.

Las campañas de excavación se realizan durante un mes y medio, en verano, y suelen participar unas 200 personas. El material extraído se limpia y se lleva al laboratorio, donde se estudia durante el resto del curso con el objetivo de intentar ir completando y descifrando, poco a poco, el inmenso puzzle de la evolución que es Atapuerca.

“¡Hombre, pero si ya estáis todos aquí!”, exclama Juan Luis Arsuaga mientras avanza hacia nosotros, risueño, con una camiseta pirata con calavera y dos huesos cruzados. ¡Menudo personaje! Los tres se saludan entre bromas. La escena rezuma complicidad y como se suele decir coloquialmente, buen rollo, el mismo que hay entre el resto de miembros del equipo. Y eso es muy probablemente parte del éxito, también, de Atapuerca.

En buena medida, la singularidad de estos yacimientos viene concedida por la ubicación de la sierra, un paso usado desde la prehistoria para moverse entre el valle del Ebro y la cuenca del Duero. También al hecho de que sea un karst formado por rocas carbonatas porosas que hace 10 millones de años el río Arlanzón fue perforando y dejando a su paso galerías, cuevas y túneles naturales, como si fuera un queso emmental, que desde entonces animales y humanos han usado como cobijo.

La temperatura y la humedad constante en su interior han propiciado la conservación excelente de los restos. Tanto que incluso a finales de 2013 el equipo de Atapuerca ponía patas arriba lo que se sabía de sobre la evolución humana al dar a conocer que, en colaboración con el Instituto Max Planck alemán, habían podido extraer ADN mitocondrial –heredable sólo por vía materna- de un fémur de hace medio millón de años hallado en Sima de los Huesos. El análisis del material genético mostraba que los heidelbergensis hallados en España parecen estar más relacionados con los denisovanos, un nuevo grupo de humanos descubierto en 2010 en una cueva de Siberia, que con los neardentales, que era lo que se creía. Pero, ¿cómo es eso posible?

Y si hallar ADN prehistórico es una proeza, hallarlo de esa antigüedad es un hito sin precedentes. Uno más que se suma a la larga lista de Atapuerca. Como cuando en 1994 hallaron en Gran Dolina restos de hasta 11 individuos que vivieron hace unos 800.000 años; los compararon con el registro fósil humano mundial, comprobaron que no guardaban similitudes con ninguna otra especie hasta el momento descrita, y decidieron proponer una nueva, a la que llamaron Homo antecessor, un pionero que se adentró en Europa desde África hace un millón de años.

“No vivían tan mal como a veces imaginamos –asegura Juan Luis Arsuaga, codirector del yacimiento-. Tenían comida a su alcance e incluso hemos encontrado restos de un león devorado por humanos. ¡No eran para nada unos pringados!, sino cazadores sociales, muy potentes y fuertes, físicamente y también como grupo”.

Los restos de estos antecessor, además, han permitido documentar la práctica de canibalismo cultural más antigua hasta ahora registrada, ya que mostraban marcas de corte. Y el ser humano es el único animal que come carne ‘con cuchillo’. Estos antecessor disponían ya de rudimentarias ‘navajas suizas’, con las que cortaban la carne en trozos pequeños para poder masticarla. Y que se comieran unos a otros no era por necesidad. Lo más probable es que se zamparan las crías de grupos rivales.

Muy cerquita de allí, en Sima del Elefante, se produjo otro descubrimiento clave unos años después. En 2007 aparecieron restos aún más antiguos, de 1,3 millones de años, pero son muy poquitos -cuatro dientes, un trozo de mandíbula, la falange de un dedo-, insuficientes para saber si se trata de un pariente de los antecessor o tal vez de otra especie. Habrá que esperar a ver qué se descubre en próximas excavaciones en este yacimiento.

Nos dirigimos junto a Arsuaga a Portalón de la Cueva Mayor, la entrada a la Sima de los Huesos, que es tal vez el mayor tesoro que alberga Atapuerca. Para llegar hasta ella se deben atravesar diversas salas a oscuras, de suelos resbaladizos, descender por un pozo angosto 13 metros hasta llegar una cavidad de apenas un metro de alzada, a 13ºC de temperatura y 95% de humedad, con muy poco oxígeno. Apenas caben cinco personas a la vez. El acceso hasta este misterioso lugar está reservado a unos pocos privilegiados. Por suerte, Arsuaga y su equipo acceden a que el Magazine los acompañe parte del camino.

“Sima de los Huesos es el mayor misterio de la arqueología mundial. Qué pasó allí abajo hace 450.000 años nadie lo sabe”, asegura Arsuaga mientras acaba de colocarse el traje de espeleología y las botas de goma, su uniforme de trabajo. En esta cavidad desde comienzos de los 90 se han sacado más de 7000 fósiles humanos que pertenecen a 28 individuos que yacen junto a 200 osos, varios leones, linces y otros animales carnívoros. ¿Qué hacían allí todos juntos?

“Puede que no llegaran aquí vivos, sino que murieran en algún lugar fuera de la cueva y que el resto de miembros del grupo, en lugar de abandonar el cadáver, se tomaran la molestia de arrojarlos aquí, seguramente por otra entrada que aún no hemos encontrado”, señala Arsuaga.

De ser así, se trataría del rito funerario más antiguo documentado. El olor de los cuerpos en descomposición atraería a los animales, que acabarían cayendo por el pozo. Muchos morirían en el acto, otros quedarían atrapados en la cueva al ser incapaces de remontar el pozo. Y eso explicaría la concentración de restos de carnívoros.

De esta cavidad han salido elementos clave para comprender la evolución humana. Para empezar, ‘Miguelón’, descubierto en 1992, el cráneo más completo de todo el registro fósil mundial. Y ‘Elvis’, una pelvis completa sin igual. También ‘Excalibur’, la única bifaz –hacha de mano- roja encontrada, que se cree que podría ser parte de un ajuar funerario, lo que reforzaría la idea de que la Sima de los Huesos era una especie de lugar de entierro. “Los humanos somos los únicos animales que dotamos de significado a las cosas. Si estos homínidos fueron capaces de crear Excalibur es que su mente era humana, simbólica”, considera Arsuaga.

Esa idea queda reforzada además por el hecho de que se sabe que tenían lenguaje. De la Sima se han podido recuperar los tres huesecillos que conforman el oído, perfectamente conservados. Una tomografía computerizada de los mismos ha permitido simular a qué frecuencia oían, porque eso, explica Rolf Quam, un paleoantropólogo norteamericano del equipo de Atapuerca, posibilita saber cómo hablaban. “Seguramente si los oyéramos, no entenderíamos lo que dicen, pero identificaríamos los sonidos como lenguaje humano”, nos explica.

Que estos restos sean de Homo heidelbergensis está ahora en tela de juicio desde que en junio el equipo de Atapuerca publicara en la revista Science un estudio exhaustivo sobre 17 de estos cráneos, siete de ellos nuevos para la ciencia, exhumados en la Sima de los Huesos. Al parecer, esta especie, heidelbergenis, se definió hace más de un siglo a partir de una sola mandíbula encontrada en Alemania. Para los investigadores españoles, los individuos de la Sima poco tienen que ver con esta mandíbula y, en cambio, presentan tantas similitudes y coincidencias entre ellos que es plausible que se trate de una nueva especie.

“Habrá que ver”, obtenemos como única respuesta precavida de Arsuaga, que matiza que “se trata de ir construyendo y reconstruyendo el relato de la historia de la evolución a partir de los restos que vamos encontrando”. Puede que en el Congreso Internacional de Prehistoria y Protohistoria que acogerá Burgos a comienzos de setiembre el equipo de Atapuerca tenga preparada alguna sorpresa.

Con este estudio, fruto de décadas de trabajo, los investigadores españoles echaron por tierra la visión clásica de la evolución como una línea continua en la que las especies se van sucediendo, claramente, una tras otra. Para ellos, la situación en Europa en la Prehistoria se asemeja más al escenario de la popular saga de novela y serie de televisión ‘Juego de Tronos’ -de hecho, ese es el original nombre con que bautizaron su teoría-, con distintos linajes, algunos emparentados, otros no, habitando en distintos lugares y grupos.

Todos esos restos, además, cuentan historias fascinantes sobre quiénes eran, cómo vivían, se relacionaban y comunicaban aquellos homínidos. Aunque, sin duda, tal vez lo más asombroso es que arrojan luz sobre el origen de la humanidad, entendida como aquello que nos define como seres humanos.

Algunos de los individuos de la Sima estaban enfermos o eran discapacitados, y aún así no los abandonaron. El propietario de ‘Elvis’ tenía las vértebras lumbares herniadas, lo que le provocaría enormes dolores de espalda y le impediría moverse por sí mismo. El pobre ‘Miguelón’ padeció terribles infecciones bucales que incluso llegaron a perforarle la mandíbula. “No podría masticar, eso seguro, pero no murió de hambre, sino seguramente de viejo –cuenta fascinada la bióloga Elena Santos, parte del equipo de Atapuerca-. Eso implica que alguien tuvo que cazar por él, masticarle la comida antes de dársela, cuidarlo. Si lo hubieran considerado un lastre, seguramente lo habrían abandonado. Pero no lo hicieron”.

Como tampoco dejaron de lado a “Benjamina”, una niña de unos 10 años de edad que nació con una lesión craneal. Como explica la veterana Ana Gracia, la paleoantropóloga que se ha encargado de investigar este cráneo, “padecía craneosinostosis, una fusión prematura de las suturas del cráneo que hace que la cabeza sea deforme, lo que le provocaría un retraso mental”. ¿Por qué no la dejaron morir, si sería muy dependiente del resto del grupo? Quizás, ¿la querían? Lástima que los sentimientos no fosilicen.

Lo que todos esos restos y sus enfermedades vienen a demostrarnos en el fondo es que esos homo primitivos ya tenían mucho de humano. Se preocupaban unos de otros, se cuidaban, tenían comportamientos solidarios y de cooperación. Se ayudaban, había una cohesión entre los miembros del grupo. Se tenían, tal vez, una estimación. Y cuidaban de sus muertos. Seguramente sea ésta una de las lecciones más bellas que nos enseña Atapuerca.

Y no será la única. Porque aún quedan por delante, “al menos, dos o tres mil años de excavaciones más en esta Sierra”, asegura Carbonell, para desvelar los misterios y enigmas del pasado que contiene. Apenas sí se conoce un 10% de todo el potencial que encierra, considera este arqueólogo. Y a pesar de que este complejo de yacimientos nos permitirá arrojar luz sobre la historia de la evolución de la humanidad, jamás llegaremos a conocerla por completo.

“Es como si tuviéramos una enciclopedia de 20.000 volúmenes que contuviera la evolución. Nosotros apenas podremos llegar a leer 300. Muchos libros se han perdido para siempre, porque no hay registros, ni depósitos. Jamás podremos abrir esas ventanas -razona Bermúdez de Castro, quien ha dirigido durante ocho años el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana (CENIEH)-. Pero lo que vayamos encontrando nos permitirá hacernos una idea bastante buena de por qué somos así, qué pasó con nuestro cerebro o cómo hemos llegado hasta aquí”. Habrá pues que conformarse.

 

 

 

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