Amar lo que aprendemos

(Esta breve reflexión se publicó en la revista Cuerpo Mente, en el número de septiembre de 2014)

La vida nos depara aprendizajes permanentemente a diferentes niveles. Algunos de ellos son dolorosos, nos lastiman, pero abrazarlos en lugar de rechazarlos y tratar de cerrarles la puerta, puede convertirse en una divisa extraordinaria que nos permita seguir creciendo como personas.

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A lo largo de la vida, vamos hallando en nuestro camino un sinfín de vivencias. Algunas de ellas las abrazamos rápidamente, porque nos alegran, como el nacimiento de un hijo o una nueva y bella amistad. Otras, en cambio, nos cuesta aceptarlas, porque nos han herido, como la pérdida de un ser querido. Y cuando el dolor es profundo, incluso puede que lleguemos a cerrarles nuestro corazón en un intento de protegernos.

Si bien en un primer momento, ante una experiencia que nos ha lastimado, como una enfermedad, una ruptura con la pareja o un despido laboral, es totalmente normal y legítimo intentar apartarla, cuando nos oponemos demasiado tiempo a aquello que nos depara la vida nos instalamos en posiciones de rechazo, de sentimientos de injusticia, tal vez de rencor o de rabia, que son las galerías del sufrimiento humano. Y así dejamos de crecer como personas y de enriquecer nuestro abanico de experiencias.

“Llegar a apreciar o a aceptar, a incluir en nuestro corazón, las experiencias que hemos tenido, incluso aquellas que fueron difíciles, es a la larga una buena estrategia. De esta manera también nos mantenemos más abiertos a la vida y nos enraizamos más en nosotros mismos”, considera Joan Garriga, cofundador del Instituto Gestalt y autor de “La llave de la buena vida” (Ed Destino, 2014).

Intentar aceptar, apreciar, aquellas cosas complicadas que la vida nos ha deparado no implica que dejen de hacernos daños, de pellizcarnos. Pero se trata de no luchar, sino de aceptar y seguir avanzando. En el fondo, es cuestión de agradecer aquello que nos va ocurriendo e ir soltando lastre, para movernos sin carga. Porque tomar consciencia y dejar ir genera amplitud, espacio para observar y a partir de ahí elegir qué hacer, qué pasos dar, dónde poner la mirada.

Abrazar los aprendizajes

Ser delicado y cuidadoso con los procesos de aprendizaje, amar lo que surge y lo que se adquiere en cada momento, aunque a veces duela, nos reconcilia con partes valiosas de nuestra humanidad. Amar aquello que se aprende, amar sin la dimensión que tiene amar a un hijo o a un amigo, sino más bien como sinónimo de conformidad, de no oposición, de aceptación. De tratar de extraer alguna semilla fértil de aquello que fue difícil. Porque entonces sí que puede brotar amor, que no es tanto un estado emocional, sino una actitud de acogimiento, de bienvenida de las cosas tal como se manifiestan.

Porque todo en la vida puede tener un lugar. Hay quienes consideran que padecer enfermedades tan graves como el cáncer es lo que genera un verdadero aprendizaje; no obstante, todo en la vida es una puerta abierta a aprender, desde casarse a tener un hijo o comenzar una nueva etapa laboral. Y llegar a amar todo esos variados aprendizajes, en diferentes niveles, que la vida nos depara permanentemente es una meta, un largo camino con diversas fases.

Y cada uno tiene unos tiempos y procesos para avanzar en ese viaje. Si algo le sucede a un hijo o a la pareja, eso nos sumerge en una especie de remolino emocional interno y se requiere un tiempo mayor para recuperarnos de esa vivencia y poder emprender el camino de nuevo, para poder separarnos un poco de nuestro dolor y continuar, que si lo que nos sucede es, por ejemplo, una mala experiencia laboral.

Para Garriga, “resulta más valioso no perder demasiado tiempo en quejas, en preguntarnos por qué a nosotros, sino en aceptar que eso ha sucedido, que ha venido a mí y hacerle espacio”. Eso sí, sin forzar nada. Hay personas que viven una pérdida reciente y al poco tiempo ya hay quienes les preguntan qué aprendieron, sin tener en cuenta que este proceso natural requiere de un tiempo distinto en cada persona, que no se puede imponer ni presionar desde fuera.

 

Caminar por las vivencias

Aprender es casi inevitable. No hay experiencia que de una forma u otra no sea nutritiva y que no deje una huella indeleble en nosotros. Aunque, eso sí, “no es igual ser víctima de la realidad que discípulo, porque éste trata de aprender algo mientras que a la víctima la realidad le pasa por encima”, apunta, sabio, Garriga. Muchas personas que han vivido experiencias muy complicadas hacen el aprendizaje de liberar algunas identificaciones que tenían como parte de sí mismo, y se quedan más vacías, más livianas, pero también, por paradójico que resulten, más luminosas y llenas de vida.

Caminar por ese aprendizaje que nos depara la vida cuesta más o menos en función de las expectativas que tengamos, apunta Constanza González, psicóloga clínica al frente de Sentit Procesos Transformadores (Sentit.es). Si son positivas, si sabemos que de nuestro esfuerzo saldrá algo bello, resulta más fácil atravesar el dolor como cuando empezamos una terapia psicológica que tal vez nos permitirá tomar perspectiva sobre nuestros patrones de comportamiento y cambiar aquellas actitudes que nos están haciendo daño. O como, en otro nivel, cuando nos iniciamos en alguna actividad física, ya sea deporte o baile o incluso yoga, en que debemos vencer la pereza e incluso el dolor físico para continuar realizando esa actividad.

Ahora bien, si las expectativas que hay detrás del malestar son de incertidumbre, entonces caminaremos de manera distinta por ese dolor. También se puede caer en el idilio de pensar que siempre va a salir algo positivo de ese proceso y puede que no sea así, puntualiza González y pone como ejemplo a una mujer que perdió a su madre hace cinco años, en un momento en que la necesitaba mucho; la mujer se lamenta de que su madre no haya podido conocer a sus nietos ni hayan podido compartir juntas su reciente maternidad.

“Seguramente, ella no verá qué tiene que agradecer ahí ni entenderá que debe amar ese dolor con el que vivió su pérdida. El aprendizaje está en el proceso, ver qué hiciste con el momento vital en que estabas. Y depende de la conciencia con la que camines por ese dolor. La gratitud es algo que surge cuando hay un determinado tipo de conciencia, cuando la transformación ha sido profunda y te percatas de ello”, añade esta psicóloga.

Una dificultad necesaria

La vida, señala Joan Garriga, es una dialéctica constante entre nuestros deseos y la realidad. Y este diálogo tenemos que aprender con fuerza a invertir en nuestros deseos pero también a sintonizar con aquello que la realidad plantea, aunque sea distinto a lo que queremos. Porque la vida usa mucho la contrariedad y ésta toma muchas formas. Desde un descalabro amoroso hasta un problema con un hijo o dificultades en el trabajo o la salud. “La contrariedad abre al alma una luz que la prosperidad le niega”, dice Garriga.

Si siempre estamos en expansión, abrazando aquellas experiencias positivas, nos faltará una parte de la realidad. No estaremos viviendo la vida plenamente, porque también hay que saber perder, afrontar la contrariedad, lo doloroso, porque como ocurre con la muerte, puesto que forman parte intrínseca de la vida desde su origen.

En su despertar, a Buda le fueron reveladas cuatro nobles verdades, entre ellas que el dolor forma parte de la vida, pero que el sufrimiento no es inevitable. Le podemos hacer frente no agarrándonos con tozudez a nuestros deseos y miedos. Si siempre deseamos tener un hijo pero no llegó, y nos anclamos en ese dolor, se emponzoñará y no nos permitirá seguir avanzando. Podemos elegir vivir esa situación con amargura o intentar aceptarlo y abrirnos a otras posibilidades que supone estar sin hijos. “Si nos oponemos a la realidad, sufriremos. Si nos abrimos a ella, y la aceptamos, podremos ir más allá”, comenta Garriga.

Y ese abrirse a la vida pasa por el corazón, por las emociones y no sólo por la razón. Por mucho que nos esforcemos ante una vivencia dolorosa por intentar entender desde la mente y la razón qué debemos aprender en esa situación, para ahorrarnos el camino y saber qué hay al final y estar tranquilos, la única forma de que haya aprendizaje es caminándolo.

(Despieces)

Elizabeth Kübler-Ross fue una psiquiatra suiza que trabajó a mediados del siglo pasado en hospitales de los Estados Unidos. Ella se percató de que a menudo a los moribundos se los colocaba algo aíslados, como abandonados a su suerte. Esta psiquiatra se empezó a interesar por ellos. Iba a charlar con estos enfermos, les preguntaba qué necesitaban, qué sentían, qué querían. Sin percatarse de ello, fue elaborando una extensa investigación acerca de la muerte que más tarde publicó. También ella fue la impulsora de los servicios paliativos, que intentan que el enfermo afronte la muerte son serenidad, con calma y paz interior. Algunas de las frases de la doctora Kübler-Ross albergan un sabio y profundo conocimiento sobre el aprendizaje continuo que supone la vida.

“Las personas más bellas con las que me he encontrado son aquellas que han conocido la derrota, conocido el sufrimiento, conocido la lucha, conocido la pérdida, y han encontrado su forma de salir de las profundidades. Estas personas tienen una apreciación, una sensibilidad y una comprensión de la vida que los llena de compasión, humildad y una profunda inquietud amorosa. La gente bella no surge de la nada”.

“Aprender a ponerse en contacto con el silencio dentro de ti mismo, y saber que todo en la vida tiene un propósito. No hay errores, ni coincidencias, todos los eventos son bendiciones dadas a nosotros para aprender”.

“La última lección que todos nosotros tenemos que aprender es el amor incondicional, que incluye no sólo a los demás, sino a nosotros mismos”.

 

Ante la enfermedad

La enfermedad es una de las terapias más duras con que nos confronta la vida. Cuando es grave y amenaza nuestra existencia, nos pone cara a cara con nosotros mismos. Y aunque el primer sentimiento puede que sea de rabia y de injusticia, y preguntarnos por qué a nosotros nos ha tocado lidiar con esto, no es aconsejable perder demasiado tiempo ni energía en este proceso. En numerosas ocasiones al Dalai Lama le han preguntado cómo lo hace él para no estar enfadado con los chinos, a lo que él suele responder que le han hecho tanto daño ya a su pueblo, que encima no está dispuesto a regalarles su rabia todo el tiempo. Todos tenemos heridas y hemos atravesado experiencias dolorosas. Ante ellas, podemos o bien quedarnos anclados en el sufrimiento o bien abrazar esas vivencias, aceptándolas, que no quiere decir resignándonos.

 

Flexibilidad

Muchas veces aguantamos en posiciones que nos lastiman, sin atrever a movernos, por miedo al dolor que creemos que vendrá. Tememos soltar, movernos de posición, sin darnos cuenta de que así ya estamos sufriendo.

La flexibilidad es una cualidad muy necesaria para abrazar los aprendizajes que nos depara la vida. Poder cambiar y adaptarnos a las nuevas situaciones, abandonar nuestra tenacidad por mantener firme un punto de vista que tal vez está equivocado.

En ocasiones, hemos aprendido comportamientos durante la infancia que, pese a que no funcionan, seguimos realizando. Un ejemplo sería gritar para que el otro responda. Y si no lo hace, grito más, sin cuestionarme si gritar es el camino.

 

Libros

La llave de la buena vida, de Joan Garriga. Ed Destino, 2014

Vivir en el alma. Amar lo que es, amar lo que somos, amar a los que son, de Joan Garriga. Editorial Rigden-Institut Gestalt

Lecciones de vida. Elizabeth Kübler-Ross, Ed Luciérnaga

La vida viene a cuento. Mercè Conangla y Jaume Soler, Ed RBA libros

 

 

 

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