¿Por qué somos tan curiosos?

Dicen que mató al gato. Y cierto es que este dicho popular entraña mucha verdad. Pero la biología humana es un equilibrio continuo entre ventajas y desventajas. Y en nuestro caso, la curiosidad es la llave que nos permite aprender toda la vida. Gracias a ella hemos llegado a la luna, hallado nuevos tratamientos para el cáncer y viajado hasta los confines del planeta. Y, seguramente, hace millones de años nos hizo salir de África y conquistar el mundo.

(Reportaje publicado el 6 de diciembre de 2014 en el suplemento Estilos de vida, de La Vanguardia)

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Léelo en PDF: El gusanillo que no cesa

També pots llegir la versió en català de l’article: El cuc que no cessa

O en texto seguido (esta versión varía un poco de la publicada, que está editada)

Reconózcanlo. Han leído el título de este artículo y les ha picado el gusanillo. Y no es porque este reportaje sea trascendental, ni les vaya a cambiar la vida. Lo cierto es que su decisión, estimados lectores, ha tenido mucho de irracional y de inevitable: sus cerebros están cableados de serie para que sean ustedes unos curiosos empedernidos. Y esa voracidad por saber es lo que los ha empujado a estar ahora mismo embarcados en esta lectura.

Confiesen, ¿no se han preguntado nunca por qué los insectos van irremediablemente hacia la luz? ¿O de dónde salen esas borlas de pelusa que aparecen debajo de la cama? ¿Y la arena de la playa, que viene y va? ¿Por qué nosotros, los humanos, no tenemos pelo en el cuerpo y los primates, nuestros parientes más cercanos, son superpeludos? O ¿cómo es que la luna parece cambiar de tamaño y el arco iris tiene forma de arco? ¿Hablarán los perros? ¿A qué se debe la forma de las nubes? ¿Se dan cuenta? Preguntas y más preguntas. ¿Qué pasa en nuestro cerebro que nos hace ser tan inquisitivos?

Para Luis M. Martínez, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante (CSIC-UMH) la respuesta es clara: “No tenemos otra opción que la de ser curiosos, porque esa es la forma en que funciona nuestro cerebro. Nos encanta saber las respuestas a las cosas, incluso aunque a veces no supongan beneficio alguno”.

Eso es cierto. Esa necesidad constante de saber nos empuja a hacer cosas tan poco productivas como leer sobre personas que ni siquiera conocemos (¿Realmente les importa si Tom Cruise tiene un romance con Miranda Kerr?); visitar y explorar lugares a los que nunca volveremos –somos los únicos animales que hacemos turismo-; o aprender a hacer sketchbooking, a hablar esperanto o a jugar a cricket, aunque ninguna sea una habilidad directamente útil para nuestra supervivencia.

Pero esa manía nuestra inquisitoria es también lo que nos ha llevado a la luna, a dar la vuelta al planeta, a desarrollar antibióticos, a hallar la tumba de Tutankamón, a escribir novelas, a indagar en la historia, a construir un acelerador de partículas, a descubrir los rayos X, a redactar artículos como éste, a formular la teoría de la relatividad. Y hablando de relatividad, decía el físico Albert Einstein que él no poseía ningún talento especial, tan sólo una curiosidad insaciable y alentaba a todo el mundo a no dejar jamás de hacerse preguntas. Porque ese es el motor del progreso de la humanidad. Y, en definitiva, uno de los ingredientes principales -o tal vez el principal-, que ha hecho que hoy hayamos llegado hasta aquí.

¿Cosa de humanos?

La curiosidad no es sólo patrimonio humano, aunque, eso sí, “somos la especie más curiosa del reino animal. Y eso es, precisamente, lo que nos hace únicos”, considera el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga, codirector de las excavaciones en la Sierra de Atapuerca, que apostilla que en el fondo tiene que ver con nuestra necesidad y también capacidad de aprender constantemente, durante toda la vida.

“Los animales de cachorros, sobre todo los mamíferos, son muy juguetones y eso permite el aprendizaje. Se pasan el día explorando, como nuestros niños, probando las destrezas que luego van a necesitar de adultos. Pero una vez conocen las reglas del juego, su entorno, pierden esa curiosidad”, explica este experto en evolución humana, que puntualiza que los animales domésticos son un caso un poco excepcional porque están ‘infantilizados’ (Ver despiece).

Y es que tiene que ser así. Porque, como reza el dicho popular, la curiosidad mató al gato. Luis Martínez, investigador del Instituto de Neurociencias de Alicante, cuenta que los córvidos, los llamados pájaros de “mal agüero”, como los cuervos, los grajos o las urracas, de polluelos son unos cotillas temerarios. Sólo en el momento en el que han aprendido lo suficiente sobre el entorno en que viven, su cerebro desactiva esta capacidad. Off.

“Cuando estos pájaros son jóvenes no saben con qué pueden alimentarse y se tienen que arriesgar; pero una vez lo conocen, dejan de probar cosas nuevas, porque se pueden por ejemplo intoxicar y morir. Lo mismo ocurre con otras conductas. Por eso hay una especie de fecha de caducidad para la curiosidad”, añade este experto. ¿Y qué pasa con nuestra especie? Porque somos los únicos que, de adultos, “aunque nos volvamos más serios y menos juguetones –considera Arsuaga-, mantenemos cierto grado de curiosidad infantil toda la vida”. ¿Seremos acaso kamikazes?

Tal vez un poco, aunque no es esa la razón última de que conservemos ese rasgo de nuestra infancia. Para empezar, debemos diferenciar entre la curiosidad del resto del reino animal y la nuestra, que “transciende la mera supervivencia”, opina el investigador ICREA del Instituto de biología evolutiva (CSIC-UPF) Tomàs Marquès, quien estudia el genoma de los grandes simios y lo compara con el humano para comprender mejor nuestra propia historia.

“Los primates son curiosos, sí, pero no se preguntan acerca de cosas abstractas, de qué hay más allá. Cuentan con un lenguaje pero dudo de que se puedan responder la pregunta del por qué de las cosas. Un rasgo propio de los humanos es que gracias a la abstracción de la palabra podemos aprovecharnos de la curiosidad de generaciones anteriores para saciar nuestra necesidad de conocimiento. Como cuando los niños pequeños nos interrogan acerca del mundo, por qué pasa esto o aquello. Y eso los grandes simios no lo pueden hacer, por falta de lenguaje verbal abstracto”, razona este investigador.

 

Curiosidad para aprender

Que tengamos una mente inquisitiva de por vida que nos permita interesarnos por todo aquello que nos rodea es posible porque alargamos más que ningún otro animal el periodo de infancia. Es decir, somos según una teoría formulada y probada hace más de un siglo en el campo de la biología del desarrollo, ‘neotenios’, adultos con muchas características juveniles, tanto físicas como mentales, entre ellas la curiosidad.

Alison Gopnik es una psicóloga cognitiva de la Universidad de California-Berkely muy conocida por sus estudios con bebés y ha indagado acerca de esta teoría. Para esta neurocientífica, el hecho de poder disponer de un período muy extenso de vida como es la niñez en que nuestros padres cuidan de nuestras necesidades de supervivencia nos permite mecanismos de aprendizaje más poderosos y eso, a su vez, nos ayuda a crear modelos mentales consistentes del mundo que nos rodea. De alguna manera, es como si tuviéramos un bonus extra de tiempo en un laboratorio para testear la vida antes de salir a jugar de verdad la partida.

A diferencia de los animales, señala Gopnik, que juegan practicando habilidades básicas como cazar o luchar, los niños se divierten creando escenarios posibles con reglas artificiales en que van testeando hipótesis. “Durante la infancia construimos el cerebro y la maquina cognitiva que necesitamos para explorar el mundo”, considera esta investigadora.

Para Luis Martínez, del IN, “si no fuéramos curiosos, no podríamos acumular la información que necesita el cerebro sobre probabilidades de que un determinado suceso ocurra. Y entonces, nos sería francamente complicado sobrevivir”.

Y para alentarnos a acumular conocimiento, la evolución nos ha dotado de un mecanismo muy útil, el placer. De la misma manera que ocurre con otras conductas que garantizan nuestra supervivencia, como comer, relacionarnos con los demás o el sexo, básico para la reproducción, resulta que satisfacer una curiosidad es gustoso, nuestro cerebro nos recompensa con un baño de dopamina, un neurotransmisor responsable de la sensación de fruición.

“Es el momento ‘¡ajá!’ o ¡Eureka!’ que te da subidón, como si hubieras ganado la lotería. Y seguramente es la misma sensación que experimentas cuando llevas días sin comer y encuentras alimento. Cualquier proceso cerebral que conduce a la supervivencia está primado con una recompensa placentera en todos los animales”, explica Martínez.

Además, se ha visto que cuanto más curiosos somos sobre un tema, más fácil es recordar información. En 2009 un equipo de investigadores la Universidad de California Caltech publicaron en la revista Neuron los resultados de un estudio acerca de la curiosidad. Hicieron un experimento con 19 estudiantes a los que sometieron a preguntas de trivial del tipo ‘¿Qué single de los Beatles se mantuvo más semanas en la lista de éxitos?’ O ‘¿Qué significa dinosaurio?’.

Tras leer cada pregunta, los estudiantes debían intentar adivinar en silencio la respuesta mientras los sometían a un escáner cerebral. Los científicos vieron que somos más curiosos cuando sabemos un poquito sobre el tema y que la curiosidad activaba varias áreas del cerebro relacionadas con el sistema de recompensas y la memoria. Los investigadores también se percataron de que si a los participantes les picaba el gusanillo, eran capaces de aprender más cosas a la vez, aunque no estuvieran en el foco de su interés.

“La curiosidad puede poner al cerebro en un estado que le permite que aprenda y que retenga cualquier tipo de información”, afirmaba Matthias Gruber, principal autor del estudio, en un comunicado de prensa de Caltech. Y ponía un ejemplo clarificador: según lo que han descubierto, si eres muy fan de Juego de Tronos o de Breaking Bad y estás viendo el episodio final, tiempo después te acordarás no sólo de lo que ocurrió, sino también de qué estabas cenando mientras lo veías y qué hiciste antes o después. Esto podría ser muy útil de cara al sistema educativo. Atraer la curiosidad de los chavales abre una ventana al aprendizaje, defiende Francisco Mora, neurocientífico y autor de “Neuroeducación. Sólo se puede aprender aquello que se ama” (Alianza Editorial, 2013).

 

Por qué no existe un gen de la curiosidad

De acuerdo, todos venimos de serie con un cerebro curioso, pero es cierto que hay individuos que lo son más y otros menos. Hay científicos que han tratado de buscar un sustrato genético en esa diferencia, ver si esa especie de urgencia que sentimos por saber tiene que ver con nuestro genoma y han descubierto que hay una mutación que podría tener algo que ver. Todos los seres humanos contamos con un gen llamado DRD4 que ayuda a controlar la dopamina, esa molécula del placer que tiene un papel esencial en el aprendizaje y en el sistema de recompensas interno del cerebro. Al parecer, existe una variante de ese gen, un alelo, el DRD4-7R, que está relacionado con una mayor predisposición hacia la inquietud intelectual. Quienes tienen esta mutación, han hallado estos estudios, son más proclives a tomar riesgos, explorar nuevos lugares, ideas, comidas, relaciones, oportunidades sexuales.

Pero hay científicos que incluso van más allá y afirman que este alelo es el responsable de que los humanos decidiéramos salir de África. Un estudio realizado en 1999 por investigadores de la Universidad de California halló que esta variación era más común en sociedades migratorias. En 2011 se realizó un nuevo estudio que confirmaba esta idea: descubrieron que este alelo junto con otro llamado 2R solían ser más comunes en aquellas poblaciones cuyos ancestros habrían migrado mayores distancias tras el éxodo africano. ¿Quiere decir que ese alelo es el responsable de la curiosidad? “Ni mucho menos, son variantes de genes asociadas, pero en ningún caso deterministas”, matiza Marquès, que es también investigador del Centro Nacional de Análisis Genómicos (CNAG).

¿Y cómo se puede explicar, pues, que hay gente más curiosa que otra? “En general –explica el neurocientífico Martínez, del IN-, la variabilidad en cuanto a la curiosidad es como una campana de Gauss [como una U al revés]; la mayoría de población se sitúa en el centro, suele ser muy curiosa de pequeña y luego de adulto esa curiosidad remite, puesto que el cerebro ya tiene suficientes estadísticas del mundo. En el extremo izquierdo se sitúa la gente que no es para nada curiosa, que se acomoda rápidamente a cualquier información; y en el derecho aquellos que sienten una curiosidad insaciable”.

Seguramente las mentes más brillantes estén en ese último extremo, inquisitivas insaciables. Son también las más atrevidas y temerarias, las que se lanzan a explorar el mundo sin saber qué hay más allá. Aunque les cueste la vida. Pero “son los que van a hacer que la sociedad avance, evolucione, porque se van a atrever a probar cosas nuevas, a diferencia de la mayoría de la población. Desde un punto de vista evolutivo, tiene que ser así. Si nadie se hubiera atrevido en las sociedades cazadoras recolectoras a probar cosas nuevas, los recursos se hubieran acabado y todos hubieran muerto de hambre. Pero si todos se hubieran arriesgado a comer alimentos desconocidos, probablemente muchos hubieran muerto intoxicados. La naturaleza busca un cierto equilibrio, así se garantiza la supervivencia de la especie”, añade Martínez.

Eso sí, o la curiosidad se estimula de adulto o… se pierde. Cuanto más acomodemos el cerebro a un tipo de comportamiento, menos curioso va a ser. En cambio, cuanto más lo acostumbres a buscar respuestas alternativas, mayor curiosidad conservará. “Esa es una de las razones por las que la educación convencional no funciona. Porque acomoda a los niños a una única respuesta continua y los fuerza a perder la curiosidad, lamentablemente”, considera el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga.

Yin y yang

Quizás, este impulso que sentimos por explorar cuestiones para las que no tenemos respuestas es uno de los rasgos que nos definen como seres humanos. “Hay diferentes áreas en ciencia que intentan abordar la complejísima cuestión de qué define la humanidad. Y una de las cuestiones que toman en consideración es la curiosidad, aunque es sólo una hipótesis”, comenta Tomàs Marquès, del IBE.

Para Svante Pääbo, director del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, ubicado en Leipzig (Alemania), que, como Marquès, usa la genética para estudiar los orígenes del ser humano, la curiosidad propicia que “saltemos límites, nos adentremos en nuevos territorios, incluso cuando tenemos recursos donde estamos. Otros animales no lo hacen. E incluso hay humanos que tampoco”. De hecho, puntualiza Marquès, los neardentales estuvieron en el mundo durante cientos de miles de años pero no se expandieron. Tampoco los chimpancés.

Y en cambio nosotros conquistamos el mundo. ¿Qué nos sacó de África, nos hizo caminar por territorios desconocidos? ¿Qué nos empujó a echarnos a la mar sin saber qué había más allá? ¿O construir naves para ir a Marte? “La curiosidad ha tenido que ser un factor muy importante en nuestra evolución. No es sólo un tema de capacidad intelectual, de lenguaje, de cooperación. Para llegar hasta donde estamos, tiene que haber algo fundamental, que es que te preguntes qué hay más allá, con los peligros que comporta”, considera Marquès.

Seguramente, nuestra biología se caracteriza por una especie de yin y yang constante. Tenemos ventajas que nos cuestan compensaciones. Vivimos muchos años, pero enfermamos. Tomamos riesgos para avanzar; algunos fracasan, incluso mueren. Pero otros abren nuevos caminos y son los que hacen que la sociedad avance.

 

DESPIECES

Cosas de niños

“¿Por qué con unos ojos tan pequeños vemos cosas tan grandes?” le preguntó su sobrino de cuatro años al neurocientífico Luis Martínez. “Me quedé totalmente alucinado, sobre todo porque yo estudio en mi laboratorio el sistema de visión. Y el niño tenía razón, tenemos sensores en los ojos muy pequeños, como una cámara fotográfica, pero nuestro mundo es enorme. ¿Cómo se resolvía aquella paradoja?”, explica este investigador.

Junto a su equipo, comenzó a estudiar este problema hasta que a comienzos de 2014, publicaron en la revista Neuron, en portada, la respuesta a aquella curiosidad infantil. “Hemos necesitado 12 años para solventarla”, exclama Martínez. Al parecer, nuestro ojo cuenta con un “sensor”, una capa de fotorreceptores, hipersesible, capaz de captar unos 70 Gigabytes de información por segundo, el equivalente a unas siete películas en HD. Enviar todos esos datos al cerebro sería poco eficiente porque éste necesitaría demasiado tiempo para procesarlos. En su lugar, Martínez y su quipo vieron que “de los 100 megapíxeles de resolución que tiene cada ojo, se envía sólo uno”, explica el investigador que añade que “el cerebro ha encontrado la manera a través de circuitos neuronales muy preciosos de usar un algoritmo que descomprime esa información de nuevo y además la amplía”. Estos científicos hallaron el dispositivo y el algoritmo que se encargan de este proceso en el ojo del gato, donde el problema es similar al del humano. “Aún no se lo explicado a mi sobrino”, bromea Martínez.

Siempre cachorros

Curiosamente, en los animales domésticos se produce un fenómeno de infantilización similar al de los humanos. No sólo en la edad adulta conservan rasgos de cuando eran cachorrillos, sino también algunas características del carácter infantil: son más juguetones, curiosos y menos miedosos de relacionarse con humanos que un animal salvaje.

En un congreso internacional de paleontología celebrado en el Instituto Salk de Estudios Biológicos recientemente diversos estudios constataron que la domesticación de los animales hace que estos se desarrollen más lentamente. De cachorros, los perros, gatos y otras mascotas son menos miedosos y en contacto con humanos, aprender a cooperar. Prolongar este periodo de desarrollo favorece el aprendizaje crucial para la domesticación. Eso explicaría por qué presentan neotenia.

¿Vicio o virtud?

Aunque hoy en día curiosidad se considera una característica positiva que implica un interés intrínseco en el mundo, esta palabra tiene una larga historia y durante siglos fue considerada un vicio desdeñable. El físico, químico y divulgador científico Philip Ball explora en su último libro “Curiosidad. Por qué todo nos interesa” (Ed Turner Noema, 2013) a lo largo de la historia cómo ha variado este concepto. “En la Antigua Grecia y Roma, no tenía para nada una connotación positiva; era sinónimo de ser alguien entrometido, que metía la nariz en asuntos que no eran de su incumbencia. Se consideraba un defecto. Porque auqello que hacían los filósofos, como Platón o Aristóteles, de tratar de entender el mundo, no era considerado curiosidad”, explica este escritor a Estilos de Vida en una conversación telefónica.

En aquella época, la curiosidad estaba relacionada con cosas más triviales y así lo estuvo hasta el siglo XVII, momento en que el mundo, señala Ball, pasó de ser básicamente medieval a algo que ya se parecía más al mundo moderno. Fue entonces cuando los científicos comenzaron a hacer ciencia. “Empezaron a explorar cosas como la gravedad, el magnetismo, la composición del mundo. Se produjo una especie de liberación de la curiosidad, en buena medida porque el Renacimiento que vivió Occidente convirtió en aceptable empezarse a hacerse preguntas y no tratar de buscar todas las respuestas en los viejos manuscriros griegos y romanos. Se impuso una actitud de buscar respuestas a través de la experiencia directa con el mundo, que era lo que se necesitaba para que la ciencia pudiera arrancar”, considera Ball.

Esa incipiente curiosidad científica condujo al avance del conocimiento, así como al desarrollo de herramientas muy poderosas, como el telescopio y el microscopio, por ejemplo, instrumentos que ayudaban a averiguar más sobre el mundo. Un ejemplo reciente, para Ball, es el Gran colisionador de hadrones (LCH), ubicado bajo tierra en Suiza, “una máquina de descubrir […] que puede llegar a cambiar profundamente nuestra concepción del universo, prosiguiendo así con una tradición de curiosidad que es tan antigua como el propio género humano”, considera este autor, editor de la prestigiosa revista Nature durante más de 20 años.

 

 

 

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