¡Guerra por la arena!

Hace algún tiempo vagando por Youtube di con un documental que se titulaba “Sand Wars“. Empecé a verlo, un poco por curiosidad, y al poco estaba totalmente impactada. En la introducción se explicaba que dos de cada tres playas del mundo estaban en peligro de desaparecer; que había mafias que ¡mataban! por robar arena; que habían desaparecido islas enteras en el Pacífico; que casi todo lo que nos rodea está fabricado con arena, desde la pasta de dientes, hasta la comida deshidratada o los DVD, el cristal.. y sobre todo, los edificios, carreteras, puentes que nos rodean.

Comencé a buscar información, vi que apenas había nada y me decidí a contactar con Denis Delestrac, el realizador francés autor del documental Sand Wars. La conversación fue realmente interesante, Denis me explicó cosas que ponen los pelos de punta acerca de este recurso, el segundo del mundo más usado por detrás del agua. Y me decidí a proponer un reportaje al Magazine.

La verdad es que he disfrutado muchísimo haciendo este tema. Me parece que es, desgraciadamente, desconocido y sin embargo, deberíamos todos ser conscientes, para poner algo de freno a esta ruina que es el expolio de la arena.

(Reportaje publicado en el suplemento Magazine, de La Vanguardia)

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Léelo en PDF: El expolio de la arena

O en texto seguido (difiere algo de la versión final impresa; por motivos de espacio se tuvo que retocar)

Tres de cada cuatro playas están desapareciendo y se calcula que para 2100 no quedará ni una sola en todo el planeta. Muchas son robadas literalmente a diario por mafias, que extorsionan, matan, sobornan, para extraer hasta el último grano de sílice que luego venden de contrabando. De hecho, se calcula que el tráfico mundial de este material, usado para fabricar desde pasta de dientes a tecnología o edificios, roza las 18.000 toneladas anuales. Y es ya el segundo recurso natural más usado, por detrás del agua.

Con las vacaciones a la vuelta de la esquina, muchos ya deben estar soñando con la playa en la que descansarán y disfrutarán del verano. Sol, relax, baños en el mar, lectura, paseos al atardecer por la orilla, tumbona, un mojito. Es, de hecho, el destino turístico por excelencia: una de cada tres personas lo escoge para pasar su asueto estival. Puede que incluso usted, lector, esté ahora leyendo este reportaje con la mente ya puesta en Ibiza, Lanzarote, Cádiz, o tal vez Cancún o las Maldivas.

Si es así, ¡aproveche! Porque, desgraciadamente, dentro de muy poco no quedará ni una sola playa en todo el planeta a la que pueda escaparse. ‘Ah, ¡el cambio climático!’, tal vez esté pensando. Y en parte tiene razón. Pero sepa que el motivo principal de la desaparición de este bello ecosistema natural no será ese, sino la arena, que se acabará. O mejor dicho, que nos la acabaremos. ¿Sorprendido?

“Vamos a la playa, ponemos la toalla, tomamos el sol, tal vez hacemos un castillo de arena con nuestros hijos. Y nos vamos a casa tan contentos, sin plantearnos nada de nada. Pero si rascas un poquito te encuentras con que el 75% de las playas del planeta están desapareciendo. Que en 2100, de seguir así, no quedará ni una sola. Que hay mafias que matan por conseguir arena, que hay contrabando. Y que si la voracidad de ciertos países continúa, acabaremos viendo a indonesios, indios, malayos defendiendo a tiros sus costas no tardando mucho”.

Quien así habla es Denis Delestrac, un realizador de documentales francés que investigó durante tres años a fondo qué estaba ocurriendo con este recurso natural. En 2013 estrenó un documental sobre el tema, “Sand Wars”, en el que denuncia la sobreexplotación de esta materia y las gravísimas consecuencias que acarrea para el planeta. Su film ha sido premiado en numerosos festivales e incluso ha propiciado que recientemente la ONU, en el marco de su programa de medio ambiente (UNEP), haya publicado un informe, basado en su investigación, titulado “Arena, más escasa de lo que pensamos”, en el que alerta sobre la situación, que clasifica de ‘emergencia’.

Una de cada cuatro playas en todo el planeta ya muestran los efectos de la extracción masiva de arena. Y paradójicamente, el impacto global de este fenómeno pasa desapercibido tanto para la mayoría de ONG, como gobiernos, científicos y medios de comunicación. Y eso a pesar de que la extracción de arena en muchos sitios ha resultado en la destrucción de playas y de ecosistemas enteros, y ha tenido graves impactos en el turismo de esas zonas y en el medio de vida de muchos pescadores. ¿Había oído usted hablar antes de que hay una guerra en marcha por la arena?

La nueva ‘fiebre del oro’

Vamos a la playa y solemos dar por sentado que la arena va a estar ahí. Miramos a un lado y otro y vemos grandes extensiones doradas, nos parece un recurso inacabable, infinito. ¿Cómo se va a acabar la arena? Pero lo cierto es que tiene los días contados. Este elemento se ha colado en todos los rincones de nuestra vida.

Se estima que cada año el tráfico mundial de este material es de cerca de 18.000 millones de toneladas, según señala un informe de la International Union of Geological Sciences. Y esa cantidad es nada menos que seis veces superior al consumo de petróleo, que ronda unos 3400 millones de toneladas.

“Al ser un material a priori tan abundante, se ha utilizado tradicionalmente en muchos procesos industriales –explica el profesor de geología de la Universidad Autónoma de Barcelona, Joan Poch-. Se usa para hacer desde pasta de dientes, a pintura, productos de limpieza del hogar, alimentos deshidratados, vidrio. Y por las capacidades semiconductoras del silicio, el elemento principal de la arena, también se emplea para fabricar chips, ordenadores, móviles”.

Aunque los sectores que, sin duda, más cantidad devoran son la construcción y el turismo. El primero lo hace de forma muy voraz en todo el planeta: el 80% de las autopistas, puentes, edificios y otras obras públicas están hechas con ingentes cantidades de arena. Esto se debe a que desde hace medio siglo se usa el hormigón armado como material de construcción, sumamente eficiente y de bajo coste. “Construcciones como parkings subterráneos o bloques de muchas plantas o rascacielos sólo son posibles gracias a este material”, indica Albert Cuchí, arquitecto y profesor de la Universidad Politénica de Catalunya (UPC).

El hormigón se elabora con agua, cemento y… gravas y arena, que en España procede de canteras en montañas (que revientan y destrozan), porque la ley de costas prohíbe que se obtenga del litoral, pero que en otros países se obtiene del fondo marino y de las playas. El problema es que las cantidades que se necesitan para edificar y también para hacer puentes o carreteras son astronómicas. “Si cogiésemos un edificio recién construido, lo arrancásemos de raíz, llevándonos los cimientos y lo pesáramos tendríamos más de dos toneladas de material por metro cuadrado. Y más de la mitad sería de arena y gravas”, señala Cuchí.

Singapur es uno de los países –sino el que más- que más arena consumen del planeta. Es una de las naciones más ricas del mundo pese a su reducido tamaño, apenas 700 km2, una superficie similar a Madrid o Barcelona aunque con cerca del doble de habitantes. “Para mantener su estatus de hub financiero internacional desde los años 60 ha aumentado un 20% su superficie. ¿Cómo? Echando tierra al mar. Y para ello ha importado arena de Indonesia, Vietnam, Malasia”, denuncia Megan MacInnes, responsable de campaña de la ONG británica Global Witness.

Primero usaron legalmente la arena importada de sus vecinos, hasta que estos se percataron de que sus costas estaban devastadas y prohibieron la exportación de este recurso. Pero eso no detuvo a Singapur, que empezó a ir más lejos a comprarla. También, entonces, comenzó el tráfico ilegal.

“Hay ladrones que van por la noche a playas paradisíacas de Malasia, de Indonesia, y se llevan toneladas de arena de la costa en pequeñas barcas. Luego van directos al puerto de Singapur, donde la venden, sin que la policía los intercepte”, cuenta el realizador Denis Delestrac. También hay barcos que anclan en la costa y se dedican a dragar grandes cantidades de arena a la superficie, lo que tiene también unas consecuencias devastadoras al acabar con el ecosistema del fondo del mar, afectar a la pesca tradicional y poner en jaque la subsistencia de muchas familias.

Indonesia es seguramente el que país que peor parado ha salido de la avaricia singapurense. Las autoridades locales afirman que han desaparecido ya 24 pequeñas islas de su litoral y Greenpeace Indonesia alerta de que muchas más de las 83 islas que conforman la costa norte de este país podrían ser engullidas por el mar en la próxima década debido al robo de arena.

“El daño que se está produciendo en la costa es irreparable. Y resulta muy irónico, porque Singapur tiene un marco legal muy avanzado para la protección del medio ambiente, pero claro, dentro de sus fronteras. Lo que le ocurre a otros países no parece importarles demasiado”, acusa MacInnes, de Global Witness.

Que islas enteras desaparezcan dragadas resulta catastrófico también para la seguridad de Indonesia, porque las pequeñas actúan de escudos protectores de las más grandes y habitadas antes tormentas y tsunamis. “En algunas comunidades del Océano Índico los efectos del terremoto y posterior tsunami en 2004 fueron peores por la extracción de arena”, señala Claire Le Guern, directora de Santa Aguila Foundation-Coastal Care, una entidad norteamericana que lleva 10 años alertando sobre los peligros de la extracción de arena.

Dubái, en los Emiratos Árabes, es otro voraz consumidor de arena. Este minúsculo país vive un verdadero boom por construir rascacielos. Cuenta con cerca de 200, entre ellos el Burj Khalifa, el más alto del mundo con casi 1 km. Y hay previstos casi medio millar más que, de llegarse a edificar, la convertirán en la ciudad del mundo con más construcciones de este tipo. Y para ello, claro, necesitan más y más arena.

También este país tiró adelante dos estrambóticos proyectos de islas artificiales. Uno de ellos es The World, un archipiélago de 300 islas artificiales que forman el dibujo de un mapa del mundo, donde se preveía construir urbanizaciones, pero que desde está abandonado. Y muy cerca se alza The Palm Jumeira, una isla artificial con forma de palmera, otra excentricidad dubaití. ¿Se imagina los millones de toneladas de arena que necesitaron para crear esas islas?

Resulta paradójico pensar que están rodeados de desierto pero que no pueden usar esa arena. “El grano de la del desierto está muy erosionado por la acción del viento y es muy redondo y pulido. No se enganchan unos con otros. En cambio, el de la playa es más rugoso, desigual y funciona muy bien para construir y levantar pilas”, explica Joan Poch, experto en geología de la UAB.

La mafia de la arena

La India es uno de los principales suministradores de Dubái. Lamentablemente, en este país del sur de Asia la mafia de la arena es la organización más poderosa. Empresas de construcción y material, así como policías y políticos corruptos están detrás del robo de playas enteras. “Hay crimen organizado, con conexiones con las más altas esferas políticas; un sistema bien organizado que va desde la extracción hasta la construcción y la venta. Y las personas que se ven obligados a excavar la arena son muy pobres, una especie de esclavos, a quienes amenazan con matar a sus familias si no lo hacen”, cuenta Delestrac.

No es la única mafia que existe. También en África la ONG Coastal Care ha hallado noticias de organizaciones criminales que matan y extorsionan para hacerse con este recurso. De hecho, Coastal Care ha documentado la devastación de las playas marroquíes del norte. “Antes estas playas eran enormes, muy largas, podrías casi recorrer toda la costa por ellas. Y eran bellísimas, con enormes dunas. Constituían uno de los principales atractivos turísticos del país. Y vimos con nuestros propios ojos cómo se la llevaban día y noche. Hombres e incluso niños la sacaban con palas, la cargaban en burros para meterla en camiones. Ahora toda aquella zona es paisaje lunar. Da muchísima pena”, cuenta entristecida Le Guern.

Marruecos, además, tiene como despensa el Sáhara. Este país exporta cada año unas 50.000 toneladas de arena procedente de territorios ocupados, por lo que la ONU ha dictado que el comercio de este recurso es ilegal. Pero sigue. Y entre sus principales compradores, atención, tal como denuncia la ONG Western Sahara Resource Watch (Observatorio de Recursos del Sáhara Occidental, ), ¡está España! Desde hace treinta años importamos arena del desierto para rellenar playas canarias.

 

¡Vamos a la playa!

Además de la construcción, el otro agujero negro de arena es el turismo. Es una industria muy potente de la que muchos países dependen económicamente. Se calcula que uno de cada tres turistas escogen el litoral cada año para pasar sus vacaciones y eso genera mucha actividad económica, desde alojamiento, hasta restauración y ocio. De ahí que quieran ofrecer playas anchas y bien bonitas a quienes les visitan, aunque eso implique prácticas como robar arena de los vecinos.

En Cancún, en 2009, se registró el caso de un hotel que había vaciado una playa de otra zona turística para rellenar su propia playa. Y no hace falta ir tan lejos, en Cádiz en 2013 la organización Ecologistas en Acción denunció el robo de arena de la playa de Valdevaqueros; fue vendida a Gibraltar, que la usó para crear playas artificiales.

Aunque no hace falta robarla. En España y otros países es muy habitual extraer arena del fondo del mar, de la costa, para rellenar las playas. Poco antes de comenzar la temporada de baño, es frecuente ver enormes barcos anclados frente a la costa dragando arena para luego verterla en la zona en que pondremos la toalla meses después. “Ya apenas quedan playas naturales en el mundo. Casi todas son artificiales, porque si no las rellenásemos cada cierto tiempo, desaparecerían”, explica Jorge Guillén, geólogo marino del Instituto de Ciencias del Mar-CSIC (ICM-CSIC).

La extracción de arena del fondo marino no es inocua. Muchos microorganismos y pequeños animales y algas viven en esa arena y constituyen la base de la cadena alimenticia marina. Si ellos desparecen, peces mayores no tienen con qué alimentarse. Y así hasta llegar a nosotros, los humanos. Además, rellenar las playas es sólo un parche temporal, porque esa arena se vuelve a perder. ¿Y eso por qué?

Las playas son ecosistemas muy dinámicos que cambian con cada estación. En invierno apenas vemos arena y en verano, en cambio, aparecen grandes franjas doradas. Esos cambios en el aspecto de la playa no implican modificaciones de volumen, sino de distribución de la arena. Es un proceso que de manera natural funciona a la perfección, en el que no se pierde ni se gana un solo grano. En geología a este equilibrio se le llama balance sedimentario.

Los problemas comienzan cuando ese balance es negativo. “La pérdida de arena de las playas tiene que ver con la intervención del ser humano”, señala Joan Poch, profesor de geología. La mayoría de los granos que vemos en la playa proceden de la erosión de las montañas y tardan decenas de miles de años en llegar a la costa. Son transportados por el viento pero sobre todo por los ríos. No obstante, la mayoría de los ríos están ahora regulados mediante presas, que detienen el agua pero también el aporte de sedimentos al mar. “En España, se calcula que, antes de construir las presas, el río Ebro, por ejemplo, aportaba unos 20 millones de toneladas de sedimentos al mar. Ahora puede que estén llegando apenas unas 150.000 toneladas”, señala Guillén, investigador del ICM-CSIC.

Esto sumado a la edificación en primera línea de mar, sin respetar la forma de la playa y sus dunas; a la construcción de puertos por toda la costa, que desvían las corrientes submarinas que antes distribuían la arena; y al avance del nivel del mar por el cambio climático, “hace que la gravedad de la situación vaya en aumento. Las playas ejercen de amortiguadores entre el océano y la tierra. Sin esa protección y debido aumento del nivel del mar, las olas están invadiendo la tierra, salinizando la capa freática y contaminando el agua que bebemos y que usamos para la agricultura. Es un auténtico desastre”, alerta Claire Le Guern, director de Santa Aguila Foundation-Coastal Care.

Playas de cristal, edificios reciclados

Pero, ¿y qué se puede hacer? Porque el problema, coinciden en señalar todos los expertos, irá al alza. La arena es un recurso natural finito, la demanda seguirá aumentando, continuarán las mafias, el contrabando y los desastres naturales. “Una solución puede ser reciclar lo que ya tenemos. Dedicar más recursos y energías, e inversiones tecnológicas a investigar las posibilidades del reciclaje”, señala Claire Le Guern, al frente de Coastal Care.

En este sentido, en Florida, en los Estados Unidos, están regenerando las playas con vidrio reciclado. En esta zona del país, la costa es clave para la economía, puesto que es el principal reclamo turístico: aguas prístinas, buen clima, arena fina. No obstante, como en tantos otros lugares, aquí también han construido en primera línea de mar, las playas se han erosionado y llevan décadas teniéndolas que rellenar. Pero hace un tiempo se quedaron sin arena.

Entonces se les ocurrió una solución ingeniosa que mata dos pájaros de un tiro. Al parecer una tercera parte del vidrio es imposible de recuperar y en Florida han cogido esa parte, la han machado hasta pulverizarla y la han puesto de nuevo en las playas. “Se comporta exactamente igual que la arena. No hay turistas por ahí con los pies cortados sangrando”, bromea Le Guern, de Coastal Care. Y debe de ser muy similar porque incluso las tortugas han vuelto a estas playas a poner sus huevos.

Aunque donde más tienen que cambiar las cosas es en la construcción. Para Sonia Hdz-Montaño, arquitecta experta en bioconstrucción y fundadora de Arquitectura Sana, “podemos optar por una solución parche y seguir construyendo con hormigón armado aunque buscando alternativas para no tener que seguir reventando montañas o vaciando playas”. En España, cuenta esta arquitecta, se ha llevado a cabo algún experimento con autopistas, en las que se han usado escorias de las industria metalúrgica que no se podían reciclar.

En Sant Cugat, la planta de Union Transmovil dedicada al reciclaje de residuos de la construcción, recoge los escombros de obras de reforma y de derribos, los someten a un proceso de limpieza y así consiguen recuperar material apto para volver a construir. Ya se emplea en carreteras, drenajes, canalizaciones. “Los vertederos son el negocio tradicional, a donde van a parar todos los residuos de la construcción, pero eso contamina, crea canteras y desaprovecha recursos. Hay muchos residuos susceptibles de convertirse en productos para abastecer el mercado. ¿Por qué usar solamente materiales nuevos”, se pregunta Roger Domènech, gerente de esta planta.

Otra opción es introducir más materiales naturales, como la madera laminada, usada en Austria y Alemania, aunque tiene un límite constructivo: no se pueden superar las cuatro o cinco plantas.

Para Albert Cuchí, arquitecto y profesor de la UPC, “la construcción del futuro tendrá que ir más orientada a la rehabilitación y no tanto a la nueva construcción. También tenemos que repensar el modelo de ciudad, sólo así podremos utilizar otros sistemas de construcción. ¿Hace falta que más de la mitad de la población mundial viva en la costa?”. También tendremos que reflexionar sobre el modelo de arquitectura. Para Hdz-Montaño, ahora está globalizada, construimos igual en Dubái que en Finlandia. “Los arquitectos deberíamos tratar de repensar cuál es la arquitectura tradicional de cada lugar, usando los materiales de la zona. No tiene sentido hacer los mismos edificios en todos lados, cuando el clima es distinto”.

Como civilización no podemos detener el mundo que hemos creado y que tenemos en marcha. Pero tampoco podemos seguir haciendo las cosas igual que hace 50 años, porque la situación en el planeta ha cambiado. Somos mucha más población, los recursos naturales menguan y el cambio climático cada vez va a más. “Tenemos que hallar nuevas maneras sostenibles de adaptarnos a las nuevas situaciones. Necesitamos invertir en nuevo pensamiento. De otra forma, ¿qué Tierra le vamos a dejar a los que vienen detrás nuestro?”, se pregunta Claire Le Guern, de Coastal Care.

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