Estimular la memoria y el aprendizaje

La motivación por lo que se estudia es esencial para abrirse a nuevos conocimientos. Pero el deporte, el sueño y la dieta también afectan al aprendizaje.

(reportaje publicado en la revista Cuerpo Mente, mes de noviembre de 2014)

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Bruno es un apasionado de los mapas. Con sólo cinco años, sabe situar sin equivocarse dónde está Australia, Chile o Islandia y es capaz de dibujar de memoria mapa mundis detallados. Cuando va a la biblioteca, le gusta pasar la tarde mirando atlas infantiles. Y a pesar de que sus padres le instalaron algunas aplicaciones educativas infantiles en la tableta y el ordenador, a él lo que le apasiona es explorar ciudades, barrios, islas en Google Maps. Se puede pasar horas navegando por el mundo.

Su maestra en el colegio ya se ha percatado del interés del niño sobre este tema y lo ha aprovechado para reforzar su escritura y lectura, así como competencias como expresión oral y trabajo en grupo. Suele encargarle que busque información sobre algún país y que luego se lo explique al resto de compañeros. Incluso el curso pasado elaboraron entre todos los alumnos del grupo un mapa del mundo “humano”, en el que dibujaron cómo iban vestidos, qué comían, dónde vivían, entre muchas otras cosas, chavales de otros países de su misma edad.

“Se trata de aprovechar aquello que les interesa para motivarlos y así propiciar el aprendizaje”, explica Gloria León, la maestra de Bruno. Y es que eso que los docentes ya intuían desde hace tiempo lo están demostrando los últimos y recientes estudios en neurociencia: sin emoción, no hay aprendizaje que valga. Podemos hincar los codos y repetir y repetir, tratando de memorizar como loros, pero eso sólo –y tal vez- nos permitirá aprobar un examen, pero no aprender. Y sin conocimientos adquiridos, no hay razonamiento crítico. Ni tampoco intuición, que es la esencia, entre otros, de la creatividad.

“Hasta ahora desde la ciencia habíamos hablado de la memoria, de la atención, del aprendizaje, pero de forma desperdigada sin tener en cuenta los códigos básicos que lleva el cerebro inscritos, tan esenciales como comer o beber. Aprender y aprender bien nos ha permitido sobrevivir y llegar hasta aquí; si no, ya nos hubiéramos extinguido”, explica el neurocientífico Francisco Mora, catedrático de la Universidad Complutenses de Madrid y autor de Neuroeducación. Sólo se puede aprender aquello que se ama (Alianza Editorial), quien intenta concienciar a los docentes de la necesidad de emocionar a sus alumnos en cada clase.

Comenzar a conocer las bases del funcionamiento del cerebro arroja luz sobre el proceso de adquisición de conocimientos y nos puede echar un cable para aprender y también para enseñar mejor. Porque, ¿qué tipo de habilidades son más deseables para estudiar mejor?

 

La motivación

Para empezar, coinciden en señalar científicos expertos en el cerebro y docentes, es esencial la motivación a la hora de enfrentarnos ante una tarea o un aprendizaje. Varía en función de cada edad. Por ejemplo, para los estudiantes universitarios, una buena motivación es pensar que al cabo de un tiempo acabarán trabajando de médicos, arquitectos, profesores. Tal vez, para una persona mayor que se embarca en un curso de un nuevo idioma, su motivación es el puro placer por aprender. En el caso de niños más pequeños, esas motivaciones tienen que venir desde el maestro.

““El maestro tiene una gran responsabilidad, la de cincelar con las mentes de los alumnos, de la misma manera que Miguel Ángel de un trozo de mármol consiguió hacer algo tan bello como el David –opina Mora-. No le puedes decir a Pedrito que esté atento en clase. Tú, como maestro, cuéntale algo curioso, interesante, con ilusión y ya verás cómo abre los ojos de par en par, espontáneamente. Eso quiere decir que está abriendo la puerta del conocimiento, que es la atención. No hay conocimiento sin atención”.

Esa motivación puede venir dada por una gratificación. “Cualquier aprendizaje debe comportar una gratificación. Es una forma de estimular al cerebro a que siga haciéndolo”, considera el profesor de genética de la Universidad de Barcelona y divulgador científico David Bueno. Y para este experto en neuroeducación, la mejor manera de motivar a alguien es mediante reconocimiento social. “Si a un niño o un adolescente le ha costado mucho aprender alguna cosa, una vez lo consigue, lo mejor que podemos hacer para continuar manteniéndole motivado es reconocer su esfuerzo delante de los compañeros de clase y también en casa. Somos animales sociales con un enorme cerebro social. Y eso funciona más que regalarle un pez de colores o cualquier otra cosa”.

¿De memoria?

Aunque solemos pensar que nuestro cerebro es una especie de superordenador que se encarga de archivar aquello que aprendemos de forma ordenada y organizada, clasificando los recuerdos por palabras clave para que luego sea más fácil recuperarlos, lo cierto es que es un poco chapucillas. Y se asemeja más a un enorme baúl en el que se van depositando los recuerdos conforme los adquirimos, pero sin ningún orden preciso.

Y en función de la importancia de esa información o bien se deposita en la memoria a corto plazo, aquella que usamos por ejemplo para recordar una dirección o la lista de cosas que debemos comprar en el mercado. O bien en la de largo plazo, la que necesitamos para el pensamiento crítico y profundo, si es que resulta realmente importante. Ese conocimiento no se guarda tal cual, sino que se descompone en fragmentos de información que quedan almacenados en distintas redes neuronales. Y al recordar, esos pedacitos de conocimiento vuelven a recuperarse y a unirse. Para que algo que aprendemos pase una memoria a otra se necesita que se active la amígdala, una región del cerebro encargada de las emociones.

“Cualquier cosa que aprendamos que esté vinculada a las emociones, tiene muchas más probabilidades de acabar almacenada en la memoria a largo plazo, que una cosa aséptica”, explica David Bueno, al frente del blog de divulgación criatures.ara.cat/elcerbell. Aprender como un “lorito de repetición”, sin comprender ni interiorizar aquello que memorizamos, tiene poco sentido. Con frecuencia, ese conocimiento dura hasta el examen y luego, desaparece.

Este profesor de genética pone como ejemplo algo que suele hacer en sus clases con jóvenes universitarios. Cuando debe explicarles una fórmula para resolver muchos problemas de genética, antes de escribirla en la pizarra, les cuenta una anécdota sobre Tartaglia, el científico que la enunció. “Les digo que Tartaglia no se llamaba así, que eso era un apodo porque era tartamudo. Los estudiantes suelen estallar en risas. Y lo mejor es que así ya no se les olvida la fórmula, porque he apelado a su cerebro emocional”.

Y aunque la memoria no tiene el mismo peso que hace medio siglo, en el sentido de que ahora tenemos un acceso inmediato a la información, por lo que ya no hace falta recordar tantas cosas, eso no significa que no sea importante. Para Jaume Sarraona, catedrático de pedagogía de la Universidad Autónoma de Barcelona, “seguimos necesitando aprender algunas cosas de memoria para usar en la vida cotidiana, como por ejemplo las tablas de multiplicar o un vocabulario determinado en inglés, o si somos estudiantes de medicina, los huesos y demás partes del cuerpo.”

Y eso implica que también debemos aprender muchas cosas de memoria, como listas, que tal vez sea difícil encontrar motivantes. Una buena opción para ayudarnos son los recursos nemotécnicos, como las rimas que solemos encontrar divertidas y, en cierta manera, eso ya estimula a nuestra amígdala.

Otro gancho es la repetición, “es una técnica muy eficaz -considera Sarraona-. Porque cuanto más repetimos una cosa, más se graba en nuestra mente. Pero no repeticiones de lorito, sino implicándonos en el aprendizaje. Debemos enseñar a nuestros alumnos a sentirse emocionados por aquello que hacen”.

Explicarle aquello aprendido a otros puede resultar una buena táctica, porque en este caso además se activa el cerebro social, la parte más nueva del órgano rey, que hace que las cosas queden mucho más fijadas. Además, como se suele decir popularmente, sólo llegamos a comprender algo cuando somos capaces de hacérselo entender a otros. Además, “el contacto con los demás es también fundamental en el aprendizaje, porque activa nuestro cerebro social y nos recarga las neuronas”, añade Bueno.

La importancia de los hábitos

Las pautas de sueño y alimentación influyen también enormemente en nuestra capacidad de aprendizaje. Las horas de descanso, para empezar, son básicas. Varían en función de la edad pero todos debemos descansar de forma regular para poder consolidar nuevos aprendizajes. Al parecer, es como si cerebro utilizara esas horas para repasar y reforzar una y otra vez las nuevas conexiones cerebrales que se establecen con cada nuevo recuerdo. Asimismo, una dieta sana y equilibrada, rica en ácidos grasos Omega 3, resulta fundamental para el buen estado de las neuronas.

También el deporte resulta influyente. Estudios científicos recientes han demostrado que al practicar ejercicio se segrega una proteína que estimula la formación de nuevas conexiones neuronales e incluso de nuevas células nerviosas justamente en los centros de memoria. “No se debe dejar nunca a los niños sin patio. Pedagógicamente es absurdo. Porque en ese rato están corriendo, chutando el balón, saltando… recargando sus neuronas de energía para poder aprender cosas nuevas. Castigar a los chavales sin ir al fútbol o al baloncesto tampoco es deseable por la misma razón”, considera Bueno, que apostilla “los chavales tienen que ir tanto a la biblioteca como al gimnasio”.

 

-DESPIECES-

Manteniendo en forma la memoria

A menudo vamos por la vida con el piloto automático puesto. Como cuando llevamos un tiempo conduciendo del trabajo a casa y nos percatamos de que no somos conscientes del trayecto porque estábamos pensando en nuestras cosas. “Es el enemigo número uno del cerebro: el piloto automático”, sentencia el profesor de genética David Bueno, quien explica que cualquier cosa que haga trabajar al órgano rey puede ser un potente estímulo para la memoria. Y recomienda algo tan sencillo como intentar cambiar de recorrido cada día en nuestro camino hacia el colegio y el trabajo. La lectura es también un buen ejercicio, como aprender un idioma nuevo o un instrumento. En el fondo se trata de plantearle retos continuamente, para que deba estar siempre activo, considera Francisco Mora. En Australia lo tienen claro. Y por ejemplo en los carteles luminosos de las autopistas muestran preguntas tipo Trivial para ir implicando a los conductores y que no se duerman –ni pongan el piloto automático- al volante.

La necesidad de una rutina

A menudo una de las cosas que más dificultan el estudio es carecer de una rutina, porque lleva a la dispersión. Helena Matute, catedrática de psicología experimental de la Universidad de Deusto, recomienda disponer de un espacio cómodo, con luz, con una silla confortable, en silencio, en el que cada día ponernos a trabajar. Repetir esa rutina acaba generando conductas propicias para el estudio e incluso una posible concentración. Es como si el cerebro se preparar de forma automática al encontrarse en ese contexto para estudiar.

Sin estrés

El peor aliado de la memoria es el estrés. Intentar que los niños hagan muchas cosas es totalmente contraproducente, aseguran los neurocientíficos. Si bien una ansiedad moderada puede mejorar nuestra productividad, cuando es elevada y sostenida en el tiempo nos puede abocar al fracaso. “Si a un alumno le cuesta una determinada materia y lo inflamos a deberes para que la refuerce, lo que conseguiremos es justamente el efecto contrario, que se bloquee y sea incapaz de aprender”, indica Bueno.

 

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