Vida más allá de la Tierra

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(reportaje publicado en Magazine, en agosto 2015. Puede leerse online aquí)

¿Hay alguien hay afuera? Cuesta pensar –o tal vez sea que no queramos hacerlo- que la Tierra sea un mero accidente, fruto de una casualidad única. Que más allá de Orión, entre los cientos de miles de millones de planetas que orbitan alrededor de miles y miles de millones de estrellas, en una infinidad de galaxias, no haya nadie más.

“Existen dos posibilidades: que estemos solos en el Universo o que no lo estemos. Las dos son igual de aterradoras”, resolvía el escritor de ciencia ficción Arthur C Clarke, autor de la conocida novela y luego película, dirigida por Stanley Kubrick, 2001: una odisea del espacio.

Desde la época de los filósofos griegos, o quizás antes, cada vez que al caer la noche un manto de bellos puntos titilantes arropaba la Tierra, los seres humanos nos hemos preguntado si nuestro planeta es el único mundo de todos los mundos posibles. Y quizás ahora, tras décadas espiando a nuestros vecinos de galaxia, estemos cerca de conseguir por primera vez en la historia de la humanidad averiguar la respuesta a esa cuestión.

“La exploración espacial y las observaciones realizadas desde la Tierra nos han enseñado que en las regiones donde nacen las estrellas hay una gran riqueza de moléculas orgánicas y de astroquímica, de la que se conocen muchos detalles. Y ahora es el momento de aplicar todos esos conocimientos y los que nos proporciona la astronomía para buscar trazas de vida en otros lugares”, considera Benjamín Montesinos, uno de los investigadores del Centro de Astrobiología (CAB, CSIC-INTA).

Aunque ésta, para desilusión de muchos, no es del tipo que la ciencia ficción lleva décadas presentándonos -nada de humanoides verdes ni de seres cabezudos de ojos saltones que llegan a la Tierra a bordo de platillos volantes-, sino microscópica, bacteriana, microorganismos invisibles al ojo humano adaptados a vivir en condiciones extremas. Hallarlos permitiría demostrar que otros mundos son posibles. Y eso sería una enorme noticia para nuestra especie, sobre todo teniendo en cuenta que nuestro planeta tiene los días contados.

¿Qué es vida?

Resulta difícil establecer con claridad el momento en que este ámbito dejó de ser propio de la ciencia ficción y se convirtió en una cuestión de estudio cientfica que estudia laen ciencia. rtros siete planetas que tenemos pla zona habitble, del tamaño adeucado con una atmras vidas distífico. Seguramente, un episodio crucial en ese proceso fue la reunión que en 1961 mantuvieron un grupo de astrónomos, químicos, biólogos e ingenieros, entre los que se encontraba el joven cosmólogo Carl Sagan. El encuentro, convocado por un radioastrónomo llamado Frank Drake, llevaba por título “Búsqueda de vida extraterrestre”, un tema tabú entonces en ciencia. Aquellos investigadores aquel día comenzaron a discutir y a sentar las bases de lo que hoy llamamos astrobiología, la disciplina científica que estudia la vida más allá de la Tierra.

Desde entonces, existen numerosos programas de investigación centrados en este ámbito. La Agencia Espacial Europea (ESA), por ejemplo, sólo en la primera década de este siglo ha enviado diversas misiones de exploración del Sistema Solar, como la Mars Express o la Venus Express, que han ayudado a determinar las condiciones de habitabilidad, pasadas, presentes e incluso futuras de los planetas vecinos.

“Y la archipopular sonda espacial Rosetta ha permitido esclarecer si los océanos terrestres pudieron ser pudieron ser alimentados por impactos de cometas en la superficie de nuestro planeta. O en qué medida los materiales orgánicos que encontramos en esos cometas se parecen a los constituyentes básicos de la vida tal y como la conocemos aquí en la Tierra”, señala Pedro García-Lario, director del Observatorio Espacial Herschel de la ESA.

Y aunque parece un sinsentido, el primer problema con que deben lidiar esas y otras misiones es con algo tan básico como la propia definición de vida. ¿Qué quiere decir que algo está vivo? ¿Sabremos reconocer un organismo si no se parece a nada de lo que conocemos? ¿Se atreve usted, lector, a intentar definirla?

“Hace un tiempo la NASA propuso una lista de características para considerar que algo tenía vida. Debía ser un sistema químico autosuficiente capaz de replicarse y llevar a cabo evolución darwiniana, esto es que debe evolucionar y adaptarse, reproducirse y transmitir herencia genética”, explica Ignasi Ribas, investigador del Instituto de Ciencias del Espacio (CSIC-IEEC), que apuntilla: “ahora bien, a veces doy charlas en colegios y con los chavales hacemos broma porque, según esta definición, una mula no es un ser vivo mientras que una llama de fuego, sí”.

No sólo la definición es controvertida, también los ingredientes básicos que la conforman generan debate. Los biólogos parecen estar de acuerdo en que el carbono y el agua son los dos componentes indispensables. Sin ellos, aseguran, no hay vida. O al menos no como la conocemos en la Tierra. Esos elementos son también los más abundantes en el Universo, por lo que parece lógico que si hay vida más allá de la Tierra también esté basada en una química similar a la nuestra.

Extremófilos

Ahora bien, ¿y si hay más posibilidades? El estudio de algunos microorganismos terrícolas que consiguen sobrevivir en condiciones sumamente extremas, los llamados extremófilos, también podría aportar muchas pistas. Se descubrieron en la década de los años 70, en los chorros de agua hirviendo que brotan de las dorsales oceánicas. Desde entonces se han descubierto más en lugares tan inhóspitos como salinas, desiertos, lagos helados, cuevas con gases tóxicos.

”Un ejemplo es la bacteria Deinococcus radiodurans: puede sobrevivir en ambientes fríos, a la deshidratación, en el vacío, en un medio ácido, y aguantar sin inmutarse dosis de radiación 1000 veces mayores de las que matarían a un humano, por lo que se la conoce como un ser poliextremófilo y ha sido catalogada como la bacteria más resistente conocida”, comenta Montesinos, quien explica que desde hace años, astrobiólogos del CAB investigan a este tipo de extremófilos en un río costero de Huelva, llamado Tinto.

Sus aguas ron rojizas y muy ácidas, con un alto contenido en metales pesados como cobre o cadmio y en cambio un contenido bajo en oxígeno. Y sin embargo, existen microorganismos que subsisten alimentándose de esos minerales y generando, como producto de desecho, ácido sulfúrico y hierro oxidado. Y lo más sorprendente es que no están solos, también se han hallado algunas especies de algas y hongos.

Ahora bien, en la Tierra podemos tomar muestras y analizarlas para rastrear señales de vida, pero ¿y en otros planetas? Víctor Parro, microbiólogo investigador del CAB, trabaja desde 2001 en el desarrollo de un instrumento al que han llamado SOLID (Signs Of Life Detector o Detector de Signos de vida) que pretende resolver justamente esa cuestión. SOLID ha de servir para detectar microorganismos y compuestos bioquímicos analizando muestras del suelo, rocas, hielo molido o incluso líquidos extraterrestres en otros cuerpos celestes.

“El corazón de SOLID es un biochip que contiene más de 300 anticuerpos y que llamamos Life Chip Detector (Chip Detector de Vida)”, explica este científico. Este instrumento toma una muestra de un gramo de la que extrae el material biológico y orgánico mediante ultrasonidos. Y lo enfrenta al panel de anticuerpos que tiene el biochip capaces de detectar restos de vida.

¿Algún candidato?

No todos los cuerpos celestes son habitables, sino que deben cumplir una serie de requisitos: orbitar alrededor de su estrella, como la Tierra hace con el Sol. Y contener agua líquida y para que eso ocurra es imprescindible que estén ubicados en la llamada “zona habitable”, esto es ni muy lejos de su estrella, puesto que se helarían, ni tampoco muy cerca, porque se abrasarían y el agua se evaporaría y disiparía en el espacio. “A partir de los descubrimientos realizados hasta el momento, creemos que en nuestra galaxia existen al menos 20 mil millones de planetas de tipo terrestre que orbitan en la zona adecuada y es probable que tengan agua”, afirma Ribas, del IEEC-CSIC.

En nuestro propio Sistema Solar, de hecho, hay varios objetos en los que se ha encontrado indicios de agua, como Europa, una de las lunas de Júpiter, o Marte, en donde varias misiones de la NASA y de la ESA han hallado pruebas concluyentes de es probable que el agua fluyera por el planeta rojo, lo que hace plausible que en algún momento de su historia hubiera hospedado vida microbiana. También en Encélado, la luna de Saturno, se han observado chorros de agua.

El tamaño del planeta es también importante. Cuando es demasiado pequeño, no tiene gravedad suficiente para mantener su atmósfera. Pero si es demasiado grande, más de 10 veces la masa de la Tierra, deja de ser rocoso para ser gaseoso. Y que sea rocoso es otro de los requisitos imprescindibles.

Ahora bien, ¿cómo saber de los cientos de miles de millones de cuerpos celestes que existen en nuestro Universo cuáles reúnen las condiciones adecuadas para ser candidatos a albergar vida? Y para empezar, ¿cómo verlos?

En 1995 científicos de la Universidad de Ginebra detectaron el primer exoplaneta, que bautizaron como 51 Pegasi b, y que estaba a unos 50 años luz de la Tierra. Se trataba de una masa amorfa gaseosa enorme con una órbita que hacía que su “año” durara tan sólo cuatro días y que la temperatura de su superficie ascendiera a 1100ºC. En esas condiciones infernales, la vida era impensable. Pero el descubrimiento era muy relevante. Por primera vez se había podido observar un planeta más allá de nuestro Sistema Solar.

Al año siguiente se encontró el segundo, luego el tercero y desde entonces los astrónomos han encontrado miles de estos exoplanetas. Algunos, por ejemplo, orbitan dos estrellas, por lo que de poder visitarlos, contemplaríamos dos puestas de sol (¿Recuerdan Tatooine, de La Guerra de las Galaxias?). Por el momento ninguno parece ser idéntico a la Tierra, pero los científicos se muestran convencidos de que no tardando mucho darán con uno. Y es que calculan que más de una quinta parte de las estrellas como el Sol albergan planetas habitables similares al nuestro. Y eso implica que, estadísticamente hablando, el más cercano podría estar a tan sólo 12 años luz, un vecino, vamos, en términos cósmicos.

El problema es que, a diferencia de la nave Enterprise, de Star Trek, capaz de atravesar enormes distancias a velocidades increíbles para que Spock, el oficial científico pueda analizar las atmósferas de planetas lejanos y ver si son habitables, los astrónomos no pueden hacer eso y deben resolverlo de otra forma. “Llegar en un cohete a la estrella más próxima a nuestro Sistema Solar, viajando a 100.000 kilómetros por hora, nos costaría 50.000 años, de modo que es impensable analizar los exoplanetas in situ. Pero podemos hacerlo utilizando la luz como vehículo de transmisión de información, que es lo que nos diferencia a los astrónomos de otros científicos: conocemos el universo sólo a través de la luz que emiten las estrellas, las galaxias”, explica Benjamín Montesinos, del CAB (CSIC-INTA).

Por el momento, ni los más potentes telescopios de que disponemos en la Tierra y en el espacio tienen la capacidad de detectar directamente los exoplanetas. Los astrónomos aprovechan cuando estos pasan por delante de su estrella y disminuye el brillo de ésta. “Tenemos instrumentos que nos permiten medir variaciones en el brillo de las estrellas con altísima precisión y para un número enorme de ellas””, explica Ribas. Son los denominados tránsitos.

“Cuando el planeta tiene tránsito, la luz de la estrella pasa a través del anillo de atmósfera del planeta. Ese anillo puede ser más o menos opaco, según su composición química. Y nosotros podemos hacer un espectro de la luz que absorbe el planeta, lo que nos da información sobre la composición de su atmósfera”, explica Ribas. Como si se tratara de un eclipse, en que la Luna se sitúa por delante del Sol, parte de los rayos de luz nos llegarían atravesando la parte gaseosa –si la tuviera, que no, es sólo un símil- de nuestro satélite. Esa capa de gases actuaría como una especie de prisma. Y al analizar el espectro de colores resultante, obtiene información sobre los elementos que la componen.

El plan es entonces intentar analizar con los telescopios que tenemos en tierra o en el espacio las atmósferas de esos exoplanetas para ver si los gases que contienen están producidos por la vida. Explica Pilar Montañés, investigadora del programa Severo Ochoa del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC), que “por el momento no disponemos de instrumentos que nos permitan detectar señales biológicas de forma remota, así que nos las tenemos que ingeniar de otras maneras”.

En el IAC Montañés y su equipo trabajan generando modelos artificiales de señales. Tratamos de simular las señales que esperamos detectar y para ello usamos una alternativa un tanto ingeniosa, que nos permite observar la Tierra como si fuera un planeta distante, para poder aprender qué señales detectamos en su atmósfera y distinguir así qué se debe a fenómenos atmosféricos, geológicos y cuáles a la vida”

Pero, ¿cómo observar la Tierra desde la Tierra? en el IAC usan la Luna como si fuera un espejo. Se fijan en el lado oscuro cuando el satélite está en posición menguante. La iluminación de esa parte procede de la Tierra, que refleja la luz del sol pero ‘tamizada’ por la atmósfera. Y los astrofísicos miden así los diferentes gases y sus concentraciones. Una vez obtienen esos datos, los usan para ver cómo sería la atmósfera en otros planetas con condiciones ligeramente diferentes a las de nuestro planeta.

“Eso sí, las señales que encontremos no nos dicen si lo que hay ahí arriba es vida bacteriana o más compleja, ni siquiera inteligente. Lo que por el momento podemos plantearnos es la detección de cosas como plantas, que tienen una señal de clorofila detectable”, explica esta investigadora del IAC.

¿Qué es lo que tratan de detectar los astrofísicos en la composición de la atmósfera? Biomarcadores. Huellas de la vida. “Se buscaría aguay además la coexistencia de componentes oxidantes y reductores, como oxígeno, ozono, metano. Esta coexistencia conlleva desequilibrio químico, que sólo es explicable si existe vida”, explica Montañés.

Sin noticias de Gurb

Y si embargo, por el momento la vida se resiste. Las estrellas siguen silenciosas. Y las misiones que hasta ahora hemos enviado al espacio, las sondas robóticas que durante las últimas décadas han visitado planetas y sus satélites, no nos han enviado la esperada noticia. Quizás con las próximas empresas espaciales la cosa cambie. Recientemente, por ejemplo, la ESA ha aprobado dos misiones que, en palabras de Pedro García-Lario, podrían ser fundamentales en el marco de la astrobiología.

“Una de ellas es Juice, con lanzamiento previsto en el 2022, que tiene la intención de explorar las condiciones de habitabilidad de Ganímedes, Calixto y Europa, tres de los satélites en órbita alrededor de Júpiter. Otra es PLATO, que se lanzará en el 2024, cuyo objetivo es la búsqueda de exoplanetas alrededor de estrellas cercanas a nuestro sol con la intención de determinar cuáles son las condiciones que determinan la formación o no de planetas alrededor de otras estrellas y la posible emergencia de vida en estos planetas”.

Es una búsqueda contrarreloj. Porque a medida que nuestro Sol cumple años, cada vez fusiona más hidrógeno, está más caliente y luminoso. El final de la Tierra podría estar, dicen los astrónomos, más cerca de lo que esperamos.

“Entraremos en un efecto invernadero descontrolado, se evaporará mucha agua de los océanos, que se acumulará en forma de vapor de agua e la atmósfera que se condensará tanto que se irá todo al garete. Ese será el final trágico de la Tierra, tal vez dentro de unos 500 millones de años. Y aunque parece mucho tiempo, si pensamos que la vida sólo lleva en la Tierra 3500 millones de años, apenas nos queda una séptima parte del tiempo que hemos vivido”, señala Ribas, del IEC. Más vale que para entonces hayamos sido capaces de encontrar otros mundos habitables.

(DESPIECE)

¿Vida marciana?

En 1996 un equipo de científicos estadounidenses de la NASA anunció que había encontrado una posible prueba de vida en el Planeta Rojo. Habían estudiado un meteorito marciano hallado en la Antártida, llamado Alan Hills 84001, y encontrado restos químicos y físicos que podían ser huellas de vida, decían. Los astrónomos alegaron que se trataba de restos de bacterias fosilizadas. Aquel descubrimiento sembró la polémica entre la comunidad científica. Muchos investigadores no acababan de ver claras las conclusiones de aquel estudio. Y hoy en día nadie considera que aquel meteorito contuviera evidencia alguna de vida marciana.

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