¿Un mundo mejor?

Hace un tiempo, en el Caixaforum de Barcelona, montaron una exposición que me pareció muy interesante. Abordaba aquellos inventos que estaban pensados para mejorar el mundo, por naïf o utópico que pueda sonar. Nada más comenzar, daban una cifra que daba mucho que pensar:  Sólo uno de cada 10 inventos nuevos que aparecen cada año en el mundo están pensados para el 90% de la población, esto es 6500 millones de personas que carecen de acceso regular a agua potable, cobijo y alimentos. Mientras que 9 de cada 10 inventos se diseñan y fabrican para un 10% de privilegiados, los que vivimos en países llamados “desarrollados” que podemos pagar por ellos. Tras visitar la exposición, pensé que quería escribir algo sobre ello. Empecé a buscar información y vi que había incluso un movimiento internacional de científicos que intentaban cambiar esas estadísticas. Porque, como ya dijo Nikola Tesla, “la ciencia no es sino una perversión de sí misma a menos que tenga como objetivo final la mejora de la humanidad”

(reportaje publicado en el suplemento Estilos de Vida, de La Vanguardia, el 27 de setiembre de 2014)

 

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Léelo en PDF: Inventos para un mundo mejor o si ho prefereixes, llegeix-lo en català: Invents per a un món millor

Cada año nacen en el mundo 20 millones de bebés prematuros, de los cuales cuatro millones acaban muriendo a los pocos días. De hecho, se calcula que cada hora perecen 450 de estos pequeños, la mayoría en países en vías de desarrollo. Uno de los principales problemas a que se enfrentan estos niños es la hipotermia, no son capaces de regular su temperatura corporal. En Occidente, no supone grandes problemas, puesto que los recién nacidos pasan el tiempo necesario en incubadoras hasta que consiguen nivelar por ellos mismos los grados de su organismo.

Sin embargo, en países de África subsahariana y sudeste asiático, donde se registran las tasas más altas de nacimientos tempranos, la historia es otra, desgraciadamente bien distinta: carecen de acceso a incubadoras -que ascienden cada una a unos 15.000 euros- y también a la electricidad necesaria para mantenerlas en funcionamiento. De ahí que muchos pequeños no superen el primer mes de vida y los que sobreviven, a menudo acaben desarrollando problemas de salud como diabetes, cardiopatías y un coeficiente intelectual bajo.

Hace más o menos una década, un grupo de estudiantes del Instituto de diseño de la Universidad de Stanford, en Estados Unidos, se propuso cambiar el destino de estos niños y sus familias. Viajaron a Nepal –pagándose el viaje de su bolsillo-, uno de los países con tasas de prematuros más altas del mundo, con el objetivo de estudiar in situ la cuestión. Y de vuelta en los Estados Unidos, investigaron durante un par de años hasta que, por fin, dieron con la solución.

Diseñaron una incubadora portátil que tan sólo cuesta 25 dólares y no necesita electricidad para funcionar. Es una especie de saco de dormir pequeño que en la parte trasera tiene un compartimento con una placa de pastillas de ceras, que derrite en agua caliente, se introduce en el saquito y mantiene al bebé a una temperatura constante de 37 grados durante seis horas. Acabado este tiempo se repite la operación. Una idea sencilla pero sumamente eficaz que ya ha salvado cientos de miles de vidas.

En 2008, estos cuatros chavales de Stanford crearon Embrace Global, una organización sin ánimo de lucro a través de la cual tratan de concienciar sobre el problema de la hipotermia y de financiar la fabricación de estos saquitos. Que estos diseñadores hayan dedicado esfuerzos y recursos propios a desarrollar esta incubadora es algo realmente excepcional. De hecho, tan sólo uno de cada 10 inventos y servicios se piensan y desarrollan para el 90% de la población mundial. Sí, sí, han leído bien: únicamente el 10% de la innovación se pone al servicio de los 6500 millones de personas que viven en el planeta y que carecen de acceso regular a agua potable, cobijo y comida. En contraste, nueve de cada 10 se diseñan y dirigen a los apenas 700 millones de personas que pueden pagar por un proceso de creación.

Esas cifras son una extrapolación de datos del Foro Global de Investigación sobre la Salud. “Seguramente, este sector es en donde el desequilibrio tan enorme que existe en el mundo se ve de forma más patente”, señala José María Medina, director de la oenegé Prosalus y comisario de la muestra “Inventos. Ideas que cambian vidas”, que pudo verse en el Caixafòrum Barcelona el año pasado. Es probable que esta descompensación en otros ámbitos también se produzca y aunque se carece de datos específicos, según Medina “es lógico pensar que si en temas de salud la población es en donde recibe más apoyo, tanto por parte de iniciativas públicas como privadas, en otros sectores como ocio, tecnología, vehículos, educación, la desproporción sea incluso mayor”.

A estos datos se suman los publicados recientemente por la OMS, junto a Médicos sin Fronteras y la iniciativa Medicamentos para Enfermedades Olvidadas, que señalan que tan sólo el 4% de los nuevos fármacos y vacunas que salieron al mercado entre 2000 y 2011 en todo el planeta están dirigidos a enfermedades que azotan a los países más pobres, como la malaria, tuberculosis o diarreicas, que dejan millones de muertos cada año. La mayoría de estas afecciones carecen en la actualidad de fármacos eficientes para ser curadas.

La situación no es para nada halagüeña, de acuerdo. Pero algo está empezando a cambiar, aunque sea tímidamente. De un tiempo a esta parte proliferan más proyectos e iniciativas como la de los chicos de Stanford y su incubadora Embrace, en los que se conjuga talento e ingenio para buscar soluciones low cost destinadas a ese 90% de mundo olvidado. Y no están aisladas, sino que forman parte de un movimiento global creciente –aunque de momento sea poco significativo- de científicos, ingenieros, diseñadores industriales, médicos, estudiantes, profesores universitarios, ONG y emprendedores sociales comprometidos, que no buscan lucro ni prestigio personal, sino dar respuesta a las necesidades de la población con mayores carencias.

 

Altamente sencillos y eficaces

Ingenio, creatividad y solidaridad son los tres ingredientes que combinan la mayoría de los inventos sociales. Algunos son sumamente sencillos, tanto que sorprende lo eficiente que pueden llegar a ser, como ocurre con la botella de luz solar. En Manila, miles de personas viven en barracas que están tan apiñadas que no penetra la luz solar y las familias viven casi en completa oscuridad durante todo el día. Porque la electricidad ni les llega ni pueden pagarla.

A comienzos de 2000, a un mecánico brasileño llamado Alfredo Moser se le ocurrió iluminar su taller usando una botella de plástico con agua y un poco de cloro para evitar que aparecieran algas. La colocó en un agujero en el techo y la usó para reflectar los rayos de sol hacia el interior del hogar. Aquella simple idea, barata y sostenible, tenía la misma potencia que una bombilla de 55 vatios. Nueve años más tarde, estudiantes del Massachusetts Institute of Technology (MIT) mejoraron la idea, contactaron con la fundación filipina My Shelter y empezaron a colocar estas botellas en los hogares de Manila a través del proyecto “Un litro de luz”. Hoy en día esta entidad calcula que unos 28.000 hogares están así iluminados en la capital de Filipinas y otros tantos en la India, Indonesia e incluso Suiza.

Cada vez más el talento procede de la universidad. La Universitat Politècnica de Catalunya (UPC) cuenta desde hace casi dos décadas con el Centro de Cooperación para el Desarrollo (CCD) desde el que fomentan que los estudiantes dediquen sus proyectos de final de carrera a hallar soluciones a realidades concretar y se impulsan proyectos de cooperación. “No todos los futuros ingenieros piensan sólo en ganarse muy bien la vida y cobrar mucho dinero. También tienen conciencia social y pueden aportar mucho a estos países”, señala Antoni Sudrià, profesor de la UPC y director del CITCEA, un centro de transferencia de tecnología de este centro.

Hace un año, una pequeña oenegé de Tarragona, Misión y desarrollo para Goundi, se puso en contacto con el CITCEA para ver si podían encontrar forma de generar energía de forma sostenible en una pequeña población del Chad, Goundi. Hasta el momento, se usaba el diésel, pero era caro, contaminaba y además era de mala calidad y poco eficiente. En el CITCEA crearon una comisión formada por estudiantes, profesores e investigadores comenzaron a investigar opciones hasta que optaron por un gasificador de biomasa.

“Queríamos generar economía local, de ahí que optásemos por el gasificador”, explica Jordi Giral, ingeniero al frente del proyecto. La idea es que agricultores del Chad planten maíz que venden a la población, que a su vez se alimenta mejor. Una vez consumido, se lleva el corazón de la mazorca, un residuo orgánico no comestible, a la planta donde esté ubicado el gasificador. Allí se somete a una serie de procesos químicos y térmicos, por los que se obtiene un gas que, una vez depurado, alimenta un motor capaz de generar electricidad”. El proyecto, open source, ha sido financiado en parte con una campaña de micromecenazgo.

 

Ciencia ciudadana

Omar Masera es uno de esos científicos convencidos de que las instituciones públicas, como las universidades, tienen una responsabilidad social y deben desarrollar invenciones accesibles a toda la población. Es investigador al frente del laboratorio de bioenergía de la Universidad Nacional de México (UNAM) y hace unos años puso en marcha un proyecto junto a una comunidad indígenas mexicana para desarrollar una estufa “limpia”. Y lo consiguió, la estufa Patsari.

“Es un ejemplo de tecnología social, porque a partir de la necesidad de una población y de un problema ambiental muy grave, conseguimos hallar una solución”, explica Masera a Estilos de Vida en una entrevista por Skype.

Como ocurre en otras muchas regiones del mundo la mayor parte de la población rural mexicana cocina con fogones alimentados con leña, sin sistemas de ventilación apropiados ni chimeneas, lo que provoca que el humo se concentre en las estancias y provoque graves problemas pulmonares y de visión. Los fogones, además, son altamente ineficientes y requieren muchos tarugos y troncos.

Lo que hicieron Masera y su equipo fue organizar un grupo de trabajo formado por ingenieros, científicos, promotores de las comunidades locales y usuarios. “Queríamos que el diseño fuera participativo. Íbamos proponiendo mejoras a las mujeres indígenas, a las que incorporamos al proceso, y ellas nos decían si les servían”. Así fue como diseñaron una estufa “limpia”, sostenible, que se podía construir en las propias comunidades con materiales y mano de obra locales. Hoy unas 150.000 familias mexicanas la usan y los investigadores ya han dado talleres para que se puedan fabricar en Centroamérica.

De la estufa Patsari, sólo el nombre está patentado, en un intento de controlar la calidad. Han desarrollado un esquema de certificación social y todas las estufas que quieran llamarse Patsari deben cumplirlo. “No estamos en contra de las patentes. Muchas veces hay un costo de la innovación y debe poder recuperarse. Pero en el caso de las universidades públicas, donde todos ya cobramos por nuestro trabajo, creeremos que tiene que haber un compromiso social”, opina Masera.

Frenando la brecha tecnológica

Aunque la salud es el ámbito principal de acción de la ayuda que llega a estos países en vías de desarrollo, también se están implementando proyectos que buscan estrechar la brecha digital. En África, cuenta Pedro Guerra, especialista en protección de la infancia de UNICEF, el acceso a la tecnología es muy bajo. Apenas el 15% de la población tiene electricidad. Y esa cifra desciende hasta tan sólo el 3% en Burundi, el país en que trabaja él.

Desde hace años esta oenegé desarrolla proyectos en los que la tecnología es el protagonista principal. En Uganda diseñaron una especie de plataforma construida con dos bidones de metal reciclados y soldados entre ellos, dentro de la cual colocaron un ordenador portátil, teclados resistentes al agua y paneles solares. Y lo conectaron o a Internet. La experiencia fue un éxito rotundo y recientemente se ha puesto en marcha en Burundi, uno de los 10 países más pobres del mundo, donde han colocado estos tambores en escuelas y centros sociales para jóvenes. “La primera vez que estos chavales tocaron un ordenador tenías que ver la velocidad con que aprendían a usarlo”, explica emocionado Guerra.

Ahora, dice, tienen como reto llevar estos tambores digitales también a aldeas remotas. Para ello, trabajan con otras ONG de la zona y usan estos ordenadores como apoyo o complemento a la escuela, ya que llevan preinstalado contenido de refuerzo escolar. También pueden conectarse a Internet. “Vivimos en un mundo globalizado y las tecnologías e Internet les permiten tener acceso a información, mejorar su educación y su conocimiento del mundo. También hacer escuchar su voz. Para unos críos que están donde nunca nadie va, donde nadie les escucha nunca, poder colgar sus fotos en Internet, contar sus historias, intercambiarlas con niños de otros lugares, es muy beneficioso”, considera Guerra.

Por lo general, el modelo de emprendeduría humanitaria se basa en el desarrollo de inventos subvencionados con ayudas públicas, de gobiernos, fundaciones o privadas por parte de oenegés o donantes. Sin embargo, no existe conflicto alguno entre hacer el bien y negocios, como demuestra el caso de Mikkel Vestergaard Frandsen y su pajita de la vida. Este danés había trabajado con el Carter Centre, una organización para los derechos humanos fundada por el ex presidente de los EEUU Jimmy Carter y su esposa, Rosalynn, en campañas para erradicar el gusano de Guinea, un parásito que entra en el cuerpo a través de agua contaminada y que emerge a través de dolorosísimas ampollas en la piel.

Este danés comenzó a darle vueltas a cómo conseguir purificar el agua que aquella gente bebía, a menudo sin hervir. Fue así como inventó LifeStraw, una especie de pajita que contiene una serie de filtros que eliminan el 99% de las bacterias y virus del agua. Cada una pueden purificar unos 700 litros y también existe un modelo familiar.

Pero lo más interesante de este caso, además de que gracias a estas pajitas cientos de miles de personas han salvado la vida, es la fórmula que ha encontrado Vestergaard para financiarlas: realiza una contabilidad exhaustiva de la cantidad de CO2 que se arroja a la atmósfera cada vez que se debe usar leña para hervir el agua y contabiliza la cantidad que se ahorraría de usarse LifeStraw. Entonces comercializa ese ahorro de CO2 en el mercado internacional del carbono. Con el dinero conseguido, mantiene el programa y lo va extendiendo a otros países.

 

Ciencia comprometida

Tanto la pajita purificadora de agua como la incubadora Embrace o la estufa Patsari, no buscan tanto un rendimiento económico como un beneficio social. “Muchos de estos inventos ganar ganan dinero, lo que pasa es que la retribución que consiguen es modesta, no es comparable a la que tal vez obtendrían si dedicaran sus esfuerzos a otro tipo de empresa”, considera Medina, de Prosalus. Y entonces, ¿para qué invertir en ellos?

Por responsabilidad y compromiso con el mundo, responden sin titubear los creadores de los inventos de que hemos hablado en este reportaje. Decía Nikola Tesla, quien seguramente fuera el inventor más genial y prolífico de todos los tiempos, que “la ciencia no es sino una perversión de sí misma a menos que tenga como objetivo final la mejora de la humanidad”. Esto parece una obviedad, porque la ciencia en general pretende mejorar la humanidad y, de hecho, tiene un retorno social. El problema, señala Masera, es que a menudo “bajo la lógica tradicional capitalista, la mayoría de estos inventos acaba siendo capturados por el mercado y no llegan a las poblaciones que más los necesitan”.

Para Guido Barbujani, catedrático de genética de la Universidad de Ferrara y miembro del consejo directivo de la asociación internacional Science for Peace, el problema es que es una cadena de consecuencias difícil de romper. “Vivimos en un sistema en que los científicos necesitan dinero para investigar y preparan proyectos que puedan ser financiados. Parte del dinero viene de fondos públicos pero la mayoría procede de empresas, en mi sector por ejemplo sobre todo de farmacéuticas. ¿Por qué escogerían desarrollar fármacos que llegan sólo al 10% de la población? Eso sólo salvaría vidas y no daría dinero. Y el dinero se invierte para generar más dinero”.

Desde que en 1955 Albert Einstein y Bertrand Russell redactaran el manifiesto contra la bomba atómica, en el que alertaban –en plena Guerra Fría- de los peligrosos que entrañaba la proliferación de armamento nuclear, se creó la conferencia Pugwash , encuentros internacional sobre ciencia y otros asuntos en que participan científicos, pero también filósofos y humanistas. Uno de los temas que se debaten desde hace tiempo en estos encuentros es la responsabilidad social del científico en temas como la sostenibilidad humana del planeta. Y reclaman un nuevo contrato social de la ciencia.

La ecuación es muy compleja. “Veo el problema, no la solución”, apunta pesimista Barbujani. Tal vez, el cambio pueda venir desde la ciencia que se hace en universidades y centros públicos. Mientras que para algunos científicos, generar patentes es una manera que crear riqueza que revierte en fondos para investigar, otros como Masera opinan que “todos los que dependemos del sector público deberíamos ejercer una especie de responsabilidad social y desarrollar productos que resolvieran las necesidades de la sociedad, pero de toda, no sólo de la más rica que puede pagar para ello. Si ya estamos remunerados por nuestro trabajo, no tenemos por qué lucrarnos con nuestros inventos”.

Y este mexicano no se detiene aquí y defiende que la ciencia deber escuchar e incorporar a la sociedad, para enriquecerse con conocimientos mutuamente. El nuevo movimiento global de científicos apuesta por incorporar a los usuarios, que tengan un peso mayor en el qué, el cómo y también en el por qué investigar. “Debemos hacerlos participantes activos en las innovaciones –señala Masera-. No puede ser que los usuarios se queden de brazos cruzados y se limiten a opinar sobre una invención que ya está sobre la mesa, como puedan ser los transgénicos. La ciencia debe establecer un verdadero diálogo de saberes”.

 

Despieces

Generando economía local

La médico gallega Carmen Parreño involucró a toda una comunidad para crear las nutrihojitas, unas cápsulas con las que combate la desnutrición infantil en algunas zonas rurales de Perú. Junto a los lugareños, ha ido aprendiendo sobre las propiedades de las plantas andinas de los habitantes de la zona. “‘Aquí todo es farmacia’, me decían”, recuerda esta médico que es hoy directora de Ayuda en Acción en Perú. Es así, gracias a ese conocimiento, como desarrolló estas píldoras.

Ha puesto en marcha una pequeña economía local en la que los campesinos de la zona recolectan las plantas, las secan, muelen, extraen el principio activo y rellenan las cápsulas. La fórmula exacta de las nutrihojitas sólo la conoce esta gallega, que asegura que lo hace así para evitar la depredación de la zona. Las píldoras se suministran a niños de entre 0 y 5 años dentro de un programa global de alimentación. Las financian las ONG que trabajan en la zona; un tratamiento de ocho meses de duración para 100 niños cuesta alrededor de unos 7000 u 8000 dólares.

 

Transportador de agua Hippo Roller

Según la ONU, un billón de personas en el planeta no tienen acceso a agua potable. Eso implica que a diario millones de mujeres y niños, sobre todo, tienen que luchar para conseguirla y llevarla a sus casas. A menudo tienen que recorrer largas distancias, de hasta 10 km, para lo que emplean de tres a nueve horas. De hecho, se calcula que cada día en el mundo se dedican unos 200 millones de horas a obtener agua, lo que equivale al trabajo que hacen los trabajadores de cinco multinacionales en una semana. Recolectar agua resulta, además, sumamente agotador para estas personas y, encima, en numerosas ocasiones deben realizar varios viajes al día.

Hace 20 años, los sudafricanos Pettie Petzer y Johan Jonker intentaron cambiar el destino de esas personas. Idearon un bidón enorme, con una capacidad de hasta 90 litros (los que llevan las mujeres en la cabeza son de 15 litros), de un plástico hiper resistente para poder aguantar bien las dificultades del terreno. Pensó en una obertura grande, para poder limpiar el interior del bidón con facilidad, y en lugar de hacer que la gente lo cargara, le puso un agarre para que pudieran arrastrarlo. De esta forma, se puede transportar en una sola vez grandes cantidades con un esfuerzo mínimo. Ya se han distribuido más de 44.000 unidades en más de 20 países. De eso se encarga Grant Gibbs, que explica desde Johannesburgo el desafío que tienen por delante: “para alcanzar al 1% de la gente que cada día deber caminar horas para conseguir agua potable, necesitaríamos distribuir al menos 12.000 Hippo Water Rollers al mes durante 10 años”.

 

**También escribí sobre el tema hace tiempo en la revista QUO México, donde recogía ejemplos de inventos sociales en Latinoamérica.

 

Una respuesta a “¿Un mundo mejor?

  1. Es posible un mundo mejor, quizá no tanto como quisiéramos, pero sí mejor. Al menos si somos capaces de no perder la conciencia social y la empatía con los que menos recursos tienen. Los ingenieros aplicando sus inventos, los periodistas denunciando y comunicando, y cada profesional, ciudadano y ser humano aportando su conocimiento. A veces no son las donaciones de dinero lo que salva vidas, sino un conocimiento compartido y solidario. Estas personas merecen un reconocimiento social que pocas veces reciben.

    Es positivo y motivador ver que estas cosas son posibles y ocurren, que hay algo de luz entre tanta oscuridad con la que nos aporrea el periodismo cotidiano de masas, día a día.

    Enhorabuena y gracias por tu entrada.

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