La vida de pareja no se acaba al tener un bebé

Entrevista a Francisco Palacio Espasa, psiquiatra, terapeuta parental y psicoanalista. Publicada en la revista Cuerpo Mente, del mes de septiembre de 2014.

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Asegura este experto en la psique infantil que somos padres desde bebés. Desde la psiquiatría y también el psicoanálisis, Francisco Palacio lleva medio siglo tratando de entender los conflictos que a veces nos gobiernan y nos hacen tremendamente infelices. Este alicantino de aspecto bonachón y risa honesta y contagiosa, es experto en parentalidad, es decir, en ver cómo las experiencias como hijos nos marcan como padres y condicionan la forma en que trataremos a nuestros niños.

Fue discípulo del eminente neuropsiquiatra Julian de Ajuriagerra, fundador de la escuela de Ginebra en Suiza, de la que él después fue catedrático y jefe de servicio de Psiquiatria del Niño y del Adolescente. Y es autor de numerosos libros que ahondan en la mente de los más pequeños, entre ellos Niños pequeños, problemas pequeños. Las soluciones más prácticas (Ed Península), publicado en 2010, un manual de primeros auxilios para padres primerizos.

Palacio Espasa es capaz de sentar en el diván a niños de hasta tres años y de desenmarañar sus sueños para dar con sus miedos y sentimientos. Alienta a los padres a querer a los hijos, pero también a ponerles límites en las cosas importantes. Y recuerda, a los progenitores, que la vida no se acaba al tener un bebé. Que deben continuar saliendo, trabajando, disfrutando. Porque de lo contrario generarán sentimientos de culpa en el hijo, y muchas frustraciones.

Para hablar sobre parentalidad y arrojar algo de luz a ese camino de continuo aprendizaje que es ser padre, este eminente psiquiatra participó recientemente en Barcelona en unas jornadas organizadas por el Hospital Sant Joan de Déu.

–¿Trabaja con los sueños infantiles?

Claro. Una vez vino a mi consulta un niño de ocho años que tenía ganas de suicidarse. La primera vez que lo vi estaba muy abatido, deprimido, no tenía ni ganas de hablar. Tras un buen rato tratando de sonsacarle, le pregunté si a veces tenía sueños extraños. Entonces me explicó que soñaba que venía un camión enorme que atropellaba a sus padres y a su hermanita, y los mataba. Y a él le aplastaba la pierna.

–¡Menuda pesadilla!

La tenía de forma recurrente. Así es que le pregunté: “¿Puede ser que a veces estés un poco enfadado porque tus papás miman a la hermanita, que es la nueva reina de la casa?”. “Puede”, me respondió. Entonces le dije: “Y cuando estás enfadado, ¿crees que eres como ese camión, que tienes ganas de pasar por encima de todos, y luego te sientes mal y lo pagas con la pierna?”. Se quedó callado, mirándome. Cuando llegó el final de la sesión, le dije que tendríamos que ver aquello y que si estaba de acuerdo, nos veríamos la semana siguiente. Me dijo que sí. Llamó a su madre a la puerta y antes de poderle decir nada, el pequeño le espetó: “¡Casi hemos encontrado la causa de mi problema!”. Había sentido un alivio enorme. Luego nos estuvimos viendo casi un año.

–Parece complicado poder hacer una terapia de psicoanálisis con niños.

Qué va. A partir de los dos añitos o tres, ya se puede hacer. Les cuesta menos que a los adultos ver el origen de sus insatisfacciones y de sus miedos.

–Sus hijos deben haber sido conejillas de indias…

No, pero sí que han hecho psicoterapia desde muy pequeños y creo que les ha ido bien. O al menos no se me han quejado [ríe].

–Cuénteme otro caso de otro paciente ‘bajito’ que haya tenido.

Hace un tiempo vino a verme una niña encantadora, de tres añitos. Tenía muchos problemas de sueño, pesadillas y mucho miedo. No quería ir ni a la guardería. Acababa de tener una hermanita, con la que parecía que se entendía bien.

–Parecía…

Le pedí que me explicara esas pesadillas que no la dejaban dormir. “Viene un monstruo enorme y se come a mis papás y a mi hermanita. Y yo me despierto entonces, porque tengo mucho miedo”. “Claro –le digo–, qué miedo ese monstruo”. Y ella me miraba toda seria. “Pero oye, ¿tú a veces estás enfadada con tu hermanita porque tus papás se ocupan mucho más de ella que de ti?”, le pregunté. Me respondió que bueno, que un poco podía ser que sí. “¿Y puede ser que te sientas como un monstruo cuando te enfadas, porque tienes miedo de hacerle daño a papá, a mamá y a la hermanita?”. “Pero yo no soy un monstruo, ¿a que no?”. “Claro que no, tú eres una niña”. Y ya no volvió a soñarlo más, ni a sentir angustia al irse a la guardería y dejar a la madre con la hermanita. Se dio cuenta de que estaba celosa pero de que aquello no era una monstruosidad, como la pesadilla infantil que tenía.

–¿Siempre resulta tan fácil averiguar qué le pasa a los niños?

Qué va, aunque ellos son más transparentes que los adultos. Es curioso porque sabemos mucho del funcionamiento del cerebro pero carecemos de una teoría unitaria. Creo que eso fue justamente lo que me atrajo de la psicología y la psiquiatría, intentar entender cómo los determinantes genéticos, que existen y son importantes, pueden contribuir a reforzar o a crear conflictos que luego son tremendamente difíciles de modificar, porque tienen tendencia a instalarse en nuestra mente.

–¿Y por qué decidió dedicarse a la psiquiatría infantil?

Primero estuve diez años tratando a adultos y entonces me pasé al ámbito infantil, donde he trabajado cuarenta años más. Pensé que tal vez desde la psiquiatría infantil podríamos saber más de la génesis de los conflictos psíquicos de los adultos. Una de las razones por las que me vine a Ginebra es porque quería hacer la formación psicoanalítica. Ya había estudiado psicoterapia en Madrid, pero en aquel tiempo no había escuela psicoanalítica en España. Así que cogí las maletas y me fui a Ginebra, con la intención de estudiar la génesis de los conflictos psíquicos, las bases del psicoanálisis. Y en concreto, aquellos aspectos infantiles que determinan ciertas dificultades de adulto, que son un obstáculo para nuestro funcionamiento.

–Comenzó de la mano del neuropsiquiatra y psicoanalista vasco Julian de Ajuriagerra.

Tuve esa enorme suerte. Entonces, Ajuriagerra daba clases de psiquiatría en la Universidad de Ginebra y en 1972 puso en marcha un servicio para estudiar ya la psique del bebé. Quería estudiar la relación entre lo innato y lo adquirido, que aún no hemos descubierto. Y así fue como creamos el servicio de psiquiatría del niño y del adolescente, del que fui catedrático y jefe de servicio después de Bertrand Cramer, que sucedió a Ajuriagerra cuando éste se marchó al Collège de France.

–Cada vez se diagnostican más casos de niños con TDA, depresión infantil o con algún tipo de problema psiquiátrico. ¿Cree que hay realmente un aumento real de pacientes?

Desgraciadamente, no es un problema social, sino que tiene que ver más bien con las herramientas de diagnóstico. Tomemos por ejemplo la frecuencia de los casos del espectro del autismo. Antes se solía decir que había un caso por cada 5.000 nacimientos. Cuando se empiezan a hacer pruebas de forma más sistemática, vemos que el porcentaje es bastante más alto, en torno al 0,5 al 1% de la población . Y la repartición de la psicopatología en general tiene relación con el grado de bienestar y pobreza.

–¿En qué sentido?

En comunidades empobrecidas es más probable que los padres tengan problemas depresivos, de abuso de sustancias, de alcoholismo. Eso repercute en el niño y genera una mayor psicopatología infantil. No es una moda esto de las enfermedades psicológicas de los niños, sino que la realidad es muy compleja. Además, los estudios epidemiológicos señalan que a los 20 años la mitad más o menos de la población está diagnosticada con alguna psicopatología, que se puede tratar o no. Pero la enfermedad forma parte de la vida. Y en este sentido, los trastornos graves, como los del espectro autista, si se tratan precozmente, antes de los siete u ocho años, se pueden obtener muchos mejores resultados. Luego ya es más aleatorio tener influencia sobre ellos.

–El tratamiento con fármacos de estos niños suele ser polémico.

De hecho, es además relativamente poco eficaz. Es cierto que se administran fármacos y en muchos casos son necesarios. Pero no tienen por qué ser el mejor tratamiento. En estos casos es esencial la psicoterapia. Con un tratamiento adecuado realizado por un psicoterapeuta especializado, estos niños pueden acabar integrándose en la escuela y llevar una vida más o menos normal.

–¿Es suficiente el amor para educar a un hijo?

Es muy necesario, pero no suficiente. Hay un riesgo que corren todos los padres, del que ya alertó Freud, que aunque habló muy poco de parentalidad sí lo hizo mucho de lo infantil. En su Introducción al narcisismo (1914) ya explicó que los padres tienen tendencia a depositar en el niño su propio narcisismo, el propio ideal infantil al que ellos han tenido que renunciar penosamente. De ahí que el niño acabe transformándose en algo así como, en palabras de Freud, “Su Majestad, el Bebé”.

Y sin embargo, es esencial ponerle límites al niño para las cosas importantes. Tiene que empezar a respetar aquello fundamental para sus padres, como la pareja, y la relación que hay entre madre y padre. Hay que enseñarle que de esa pareja él no está excluido para algunas cosas, en cambio para otras sí. Por ejemplo, tiene que dormir en su cuarto, en su cama. Aprender aquello que no puede hacer, como pegar o insultar. Y es muy importante que los padres estén o traten de ponerse de acuerdo en las normas familiares.

Es más, la llegada de un niño absorbe gran parte del amor de cada uno de los padres, lo que debilita los vínculos de la pareja.

–“No se ocupa más que del bebé”, suelen quejarse ellos.

¡Así es! Los hombres, y no solo las madres, tienen tendencia a la idealización del niño, a desinvertir en la relación de pareja. De hecho, la llegada de un hijo hace correr entre un 30% y un 50% de posibilidades de divorcio en el año que sigue. ¡Y eso con la llegada de cada hijo! Sucede así porque la parentalidad impulsa a proyectar las expectativas e imágenes idealizadas en el niño, las cuales antes se estaban delegando en la relación de pareja.

–¿Se puede evitar de alguna manera?

Estando los padres muy atentos a preservar la propia pareja. También la vida personal y profesional, tanto hombres como mujeres. Se puede tener un hijo y continuar divirtiéndose, saliendo, desarrollando actividades propias. Sólo así evitamos que el niño tenga un sentimiento de estar arruinando la vida de sus padres, de estar esclavizándolos. Es un conflicto de parentalidad que tratamos muy a menudo, padres que se sienten esclavos de sus hijos. ¿Quiere que le cuente un chiste?

–Adelante…

Una madre española se asoma a la ventana y está a punto de tirarse porque su hijo no quiere comer. En esas que entran los bomberos en la casa: “¡Señora, señora, no se tire que el niño ya está comiendo!”, le gritan. Ella se gira y pregunta: “¿Y las verduras también?”. [Ríe a carcajadas] El chiste refleja algo de realidad. Muestra a esa madre sacrificada, que se autoerige en salvadora. La madre que se gana la palma de las mártires, la madre supraóptima que le da todo al niño. Eso parece muy bueno pero puede ser muy problemático.

–Resulta paradójico. Parece que los sacrificios sean inherentes a la paternidad.

Hay que dar afecto al niño y mostrarle todo el interés que necesita. Pero también tenemos que ponerle límites para que pueda desarrollar su propia autonomía, que tenga sus actividades y diversiones y que no sacrifique a los padres o absorba completamente su espacio vital. Porque si tiene el sentimiento de estar haciéndolo, esos niños hemos visto que primero se transforman en una especie de ‘Tirano Banderas’. Pero a la larga, a partir de los siete o diez años, se deprimen, porque tienen tendencia a sentirse tremendamente culpables.

Estadísticamente hablando se trata de críos que de pequeñines han sido terremotos, pequeños dictadores, y de más mayores acaban en nuestra consulta porque sobre los ocho o diez años tienen problemas en el colegio: no prestan atención, son inhibidos, retraídos, incluso se dejan pegar por otros. Pueden tener depresión infantil. Al preguntarles que por qué acuden a la consulta, dicen cosas como: “Es que no escucho en clase, no me concentro.” “Es que soy muy malo, mi madre dice que la voy a matar, que voy a ser la causa de su muerte”. A la larga, la sumisión de las madres es contraproducente y resulta culpabilizante para el niño.

–Hay adultos que no desean ser padres porque consideran que tener hijos es esclavizante.

¡Suelen ser esos niños! Temen que sus hijos les hagan lo mismo que ellos le hicieron a sus padres. Repiten como un mantra: “Esto de ser padres es una cruz, acaba con la vida’”. Detrás de esas afirmaciones lo que hay es un sentimiento de culpabilidad respecto a sus padres. Y eso, además, lo acabarán pagando de nuevo con sus propios hijos, porque serán incapaces de ponerles límites en las cosas importantes.

–¿Por qué?

Porque temen frustrarlos. Y claro que los frustras, ellos no van a estar contentos si les decimos que no pueden hacer esto o aquello. Pero no pretendemos que estén siempre contentos, sino que lo estén con aquello a lo que tienen derecho. Pero no por hacer actos antisociales, abusivos u hostiles. Si les permitimos este comportamiento, luego, tras el triunfo, se sienten culpables. Además, este tipo de niños triunfantes suelen tener más accidentes que otros, porque toman más riesgos sin darse cuenta de ello y tienen tendencia a tener más caídas, a hacerse daño. Eso puede generalizarse y tomar el primer plano del psiquismo del niño, que acaba presentando una modalidad de trastorno de tipo depresivo.

–¿Intentamos tal vez compensar como padres nuestra experiencia como hijos?

Es algo inherente al ser humano, así es. De hecho, la dimensión parental de la personalidad la tienen ya los bebés. Hemos visto en terapias madres-bebés a mujeres hablar de un conflicto importante que han tenido con sus propios padres, ponerse a llorar y sus bebés, de 12 a 15 meses, acariciarlas y consolarlas como los consuelan a ellos cuando lloran. Eso implica que el bebé por pequeñín que sea tiene una dimensión parental, una identificación con los aspectos de la madre protectora. Se ve muy claro en las niñas, por ejemplo, que juegan al año y medio con muñecas y las tratan como si ellas fueran mamás y los juguetes, bebés.

–¿Y los niños?

También tienen esa dimensión parental, pero las niñas la suelen presentar más abiertamente, claro.

–Dice que los niños empiezan queriendo a los padres; cuando crecen, los juzgan y que a veces los perdonan.

Así es. Aunque la frase se la he tomado prestada a Oscar Wilde. Y es más o menos así. Si a un niño de seis años le preguntas, los padres son maravillosos. Si le vuelves a preguntar de adolescente te dice que nunca será un padre tan estricto, que trabaja tanto, o tan exigente como el suyo. Los niños más pequeños tienden a ser más conformistas con la imagen de los propios padres, en cambio los adolescentes quieren hacer todo lo contrario de lo que ellos consideran que los padres han hecho mal.

–Si de niños hemos tenido padres muy rígidos o controladores, cuando somos padres, ¿tratamos de compensar esa vivencia?

La tendencia es a delegar en nuestros hijos la propia omnipotencia infantil, aquello a lo que hemos tenido que renunciar, como tener un padre tolerante o presente. Llevar eso al extremo conlleva generar problemas en los niños, porque tratarlos como si estuviéramos idealmente a su disposición les puede crear a los chiquitines, por ejemplo problemas de sueño. El bebé llora, la madre piensa que la necesita y corre a ver qué pasa.

–Pero hay quienes aseguran que es neurotóxico para el bebé estar separado de los padres durante los primeros meses de vida y que, si llora, hay que acudir a ver qué le ocurre.

He visto muchos trastornos funcionales del sueño y del apetito que vienen provocados por una excesiva hipersolicitud. Si cada vez que llora, se da cuenta de que la madre acude a ver qué pasa, se puede generar un trastorno de sueño. No acudir cuando se ha verificado que no hay ningún problema especifico no significa que no se responda al niño, sino que se promueve su autonomía, su independencia y sus ritmos desde el primer día, poco a poco. Cuando tienen un par de meses o tres, ya no piden mamar cada hora, sino cada cuatro, cinco o incluso seis, a partir de entonces es plenamente viable que el bebé duerma en su cama, en su habitación, porque no favorece para nada que el niño esté al lado. Eso no es beneficioso para que desarrolle su propio modo de funcionar. Estar demasiado presente puede acabar dando niños caprichosos y exigentes.

–A veces excelentes profesionales son padres desastrosos.

Hay muchas razones que lo explican. Para empezar, en numerosas ocasiones detrás de grandes profesionales hay personalidades muy egocéntricas y narcisistas, del yo-yo-yo. Otra causa bastante frecuente son madres que trabajan y se sienten culpables por ello, porque creen que no se ocupan suficientemente de los hijos, porque creen que lo hacen todo a medias. Pero eso no es cierto. Si el tiempo que se pasa con el hijo es de calidad, el niño se hace a la idea de que sus padres trabajan, se adapta a ello. Eso sí, es esencial establecer un vínculo estrecho entre los papás y el niño. Que el niño sepa que, si tiene una necesidad, hay alguien plenamente a su disposición.

Y no es una relación sólo para sobrevivir, sino también para incorporar la experiencia de lo que es el otro. Tenemos neuronas espejo en el cerebro que nos permiten compartir lo que siente el otro. Por eso el bebé consuela a la madre con 12 meses, porque siente lo que ella siente. Porque ha visto y experimentado cómo la madre se comporta con él, y utiliza ese mismo comportamiento parental para consolarla. Al mismo tiempo desarrolla un conocimiento de lo que es el otro y una previsión de cómo se comporta el otro. Un bebé “ya sabe” y esta a la espera cuando ve a la madre en la cocina y usa la batidora que está preparando una papilla. Pero si resulta que ese puré no es para él, se siente decepcionado.

–Como padres, ¿queremos que nuestro hijo sea el niño que nos hubiera gustado ser?

Delegamos en los hijos nuestros ideales infantiles. Puede ser normal hasta cierto punto, pero no se debe exigir. Porque eso puede resultar alienante para el niño. Es importante que los hijos desarrollen sus propias capacidades, deseos y opciones. Es cierto que la selección de los padres va a permitir a los niños tener más posibilidades y facilidades, pero los padres que apuntan a los niños a música, a pintura, a inglés, y a los niños no les gusta y lo hacen por pura imposición. Eso no es beneficioso. El niño debe elegir su propio camino. Así, cuando el niño comienza a realizar una oposición sistemática, lo mejor es parar. Lo cual no quiere decir que los padres no tengan que tratar de motivar, de estimular y de reforzar con su interés y su presencia las capacidades del niño.

– ‘Hijo, yo sé qué es lo mejor para ti’

Eso es justo lo que no hay que hacer, porque lo más conveniente para él es la expresión de sí mismo. Obligarlo puede crear oposiciones tales que se acaben transformando en fuentes de inhibición y de dificultades de desarrollo o de expresión. Es uno de los conflictos de parentalidad más frecuente con que nos encontramos.

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