«Aceptar las pérdidas nos hace más humanos»

En la revista Cuerpo Mente del mes de diciembre entrevisté a Joan Garriga, terapeuta Gestalt y todo un referente en constelaciones familiares. La versión que cuelgo aquí en texto seguido es algo más larga que la que finalmente se publicó. Por temas de publicidad, al final pasó de 6 a 4 páginas.

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Lee la entrevista en PDF: Entrevista a Joan Garriga

Joan Garriga (Bellpuig, Lérida, 1957) tiene ese don de conseguir que, apenas sin haber cruzado palabra con él, uno ya se sienta como en casa. De hablar calmado y mirada cálida, este psicoterapeuta escucha, con atención y delicadeza, mientras lanza de ombligo a ombligo un cable invisible de empatía a quien tiene delante. “Clec”. Ya está. Sincronizados. Ahora ya podemos hablar de vida y de muerte, de pérdidas y ganancias, de alegrías y tristezas, de avanzar y retroceder, de perderse a un mismo y encontrarse de nuevo.

Seguramente es esa capacidad la que blande en sus terapias para conectar con sus ‘clientes’, como llama a él a las personas que acuden a su consulta, pues la palabra ‘paciente’ evoca a una situación pasiva, impropia de la psicología humanista. Y confiesa que la vida es muy difícil, dura, complicada para muchas personas: “Si me hubieran explicado de jovencito algunos de los casos que he visto en la consulta, seguramente no me hubiera dedicado a esto”.

En 1986 creó junto a Vicens Olivé y Mireia Darder el Instituto Gestalt de Barcelona, un centro pionero en aplicar terapias humanistas, donde desarrolla su actividad como psicólogo y también como formador en constelaciones familiares. En ambas disciplinas –Gestalt y constelaciones– Joan Garriga es hoy un referente en España y Latinoamérica.

Ha publicado numerosos libros, entre ellos La Llave de la buena vida, el último, un breve ensayo sobre la danza que es la vida y que parte de una historia: el regalo que unos padres hacen a su hijo en el día de su 18 cumpleaños. En apariencia sencillo, ese regalo alberga el secreto para disfrutar de una buena vida.

Uno a uno van llegando los invitados;/ los invitados están ahí./Muchos con el corazón afable;/algunos con el corazón roto./ Uno a uno van llegando los invitados; / los invitados están ahí. / Algunos con el corazón roto; /muchos con el corazón afable.

Es un poema, Los invitados, de Leonard Cohen.

Y que recupera en su último libro, La llave de la buena vida. Tras leerlo queda claro que le gusta este artista.

¡Mucho! Tenía yo apenas 15 o 20 años y Cohen era ya alguien mítico para mí y mi entorno. Como yo no hablaba inglés, tampoco entendía mucho de sus canciones, pero siempre me ha parecido que su música era sumamente conmovedora. Más tarde, me interesé por conocer su vida y descubrí que es un hombre de enorme sabiduría; pasó muchos años en un monasterio zen y en muchas de las cosas que escribe y que he leído de él hay una búsqueda espiritual muy enriquecedora. Y aunque confieso que no he podido leer alguna de sus novelas, porque son demasiado complejas, sus poemas, más sencillos, me son muy útiles.

De hecho, los utiliza a menudo en su libro para ejemplificar aquello que quiere contar.

Me dedico mucho a la terapia, a las constelaciones, y el discurso terapéutico acaba siendo muy aburrido. Cuando leo cosas que empatizan con la teoría o con aquello que explico y que me permiten abordar un tema de una forma más poética, menos dura, me gusta utilizarlas.

La llave.. comienza con el relato de unos padres que le regalan a su hijo, que acaba de cumplir los 18 años, una llave con tres dientes con la podrá abrir todas las puertas que la vida le depare.

No soy un creador original de historias. Me gusta usar cosas que he escuchado y que voy ampliando. Un buen amigo una vez me contó que tenía mucha amistad con un hombre de Marruecos. Una vez, este amigo, descubrió que su propio padre y el padre de aquel hombre marroquí les solían explicar la misma historia a ambos: un padre que le regala una llave al hijo que abre todas las puertas. De aquella historia surgió la idea para la metáfora del libro, una llave que abre las puertas que conducen a la vida; algunas de esas puertas conducen a las ganancias y otras a las pérdidas. Creo que las historias llegan más, son más educativas.

A la mayoría de personas nos ocurre como al protagonista de su historia, que sólo queremos atravesar las puertas de la izquierda, las del éxito y las ganancias. Y no las de la derecha, las que conducen a las pérdidas.

Todos queremos atravesar las puertas de la izquierda, las del ganar, las de que todo nos vaya bien, las que confirman nuestras hipótesis, nuestras suposiciones de la vida. Pero la vida es una gran danza, de acción y retracción, de alegría y de lágrimas, de pérdidas. Debemos aprender a dejar ir, a soltar. En la vida tenemos pérdidas muy poderosas la mayoría de veces. Cuánta gente no enferma y le gustaría estar sana; cuánta gente se separa de la pareja y es para ellos una gran pérdida. Pero, y a pesar de que tal vez resulte un poco extraño al comienzo, la vida necesita usar también la adversidad. No quiero decir con esto que haya una especie de plan trazado ni nada por el estilo. Pero una pérdida es salir de un status quo que uno tenía, porque ha pasado algo que lo ha roto. Además, las ganancias, como advierto en el libro, también pueden ser peligrosas. A veces la gente se identifica mucho con las ganancias y pierde un poco su alma, el aspecto fundamental de su humanidad.

A menudo sentimos que no estamos preparados para atravesar las pérdidas.

En general es muy difícil atravesarlas sin perderse. La cultura mitifica un poco la superficialidad, la banalización de las cosas; nos dice que todo nos tendría que ir bien y nos prepara poco para estar con un latir más existencial que sabe acoger las cosas que vienen, a veces dolorosas y difíciles. En ocasiones, además, a través de las pérdidas algunas personas se corrigen. Una pérdida da más humanidad, más humildad. A veces nos saca del punto de vista que teníamos sobre las cosas, como cuando se pierde una pareja en una separación, por ejemplo; en esa situación, uno se ve obligado a hacer una reflexión, porque a lo mejor el lugar en que estaba no era el más adecuado. En el fondo es importante saber perder, porque en definitiva la vida es una camino de pérdidas.

A muchos nos han inculcado que si nos esforzábamos, trabajábamos duro y no desfallecíamos conseguiríamos aquello que nos propusiéramos. Sin embargo, muchos jóvenes se esfuerzan y, sin embargo, no obtienen ganancias sino pérdidas.

A nivel socioeconómico o cultural, me resulta muy difícil hacer un análisis de la situación actual en la que es cierto que muchos jóvenes tenían unas expectativas que han acabado frustradas. Y esto es inadecuado en el sentido político, porque la vida la tendríamos que saber diseñar para que todo el mundo pudiera ganar, en el sentido de expandirse, de autorrealizarse. Si esto, por diversas razones, no es posible, la persona se frustra, no se desarrolla y hay una pérdida de talento. También es cierto que ante las adversidades resulta muy importante la actitud personal.

Cuando escribía este libro pensaba que yo me crié en el campo, en el mundo rural, de la agricultura, y ahí uno hace un aprendizaje vital: que las cosas no dependen sólo de nosotros. A veces la cosecha se pierde porque ha habido una granizada. En el campo, independientemente de que trabajes duro, a veces las cosas van muy bien y otras fatal. Y creo que esta enseñanza falta en la sociedad en general hoy en día.

Prevalece, tal vez, el pensamiento positivo.

Soy muy crítico con la llamada “ley de la atracción”, que asegura que nuestros pensamientos influyen sobre nuestra vida. Esa creencia puede hacerle daño a las personas y me parece un poco infantil, en el sentido que va dirigida a aquellos que se quieren aferrar ciegamente a la idea de que si hacen las cosas correctamente, si piensan adecuadamente, encontrarán, por ejemplo, párking para el coche o.. ¡el amor de su vida! Y eso es darle sumar importancia al yo y al propio pensamiento y no tener en cuenta que la vida tiene sus propios planes también. Hay un exceso de egocentrismo en esa idea. Hace unos años me prestaron el dvd de la película El Secreto. ¿La has visto?

No…

A mi cuando me dejaron el dvd me aseguraron que era una maravilla. Y al verlo me sorprendió mucho, porque me pareció una tontería absoluta. Se centra en la idea que enfocarse en cosas positivas puede mejorar la salud, la felicidad, la riqueza… El protagonista decía que si todo el mundo hiciera igual que él, todos podrían dar la vuelta al mundo. Para empezar, ¿qué necesidad hay de dar la vuelta al mundo? A parte de que no sé si tenemos tantos recursos. La idea de fondo es falsa, está equivocada. ¿Cuánta gente quiere tener hijos a día de hoy y organizan sus pensamientos y acciones para así sea y los niños no llegan? ¿Cuánta gente quiere estar sana y hacen todo lo que está en sus manos para ello, deporte, alimentación sana, meditación, y llega la enfermedad? Creo que hay un exceso de vanidad personal.

Tal vez es un intento de intentar controlar aquello que nos ocurre.

A veces las cosas pasan porque pasan y no tienen explicación. Hay una parte de misterio en la vida que hay que respetar. Dicho esto, ya se sabe que si haces deporte, comes bien, meditas, tienes muchas posibilidades de que gozar de buena salud. Por tanto, ¡hazlo! Haz todo aquello que esté en tu mano para estar bien. Pero ten en cuenta que luego la vida tiene cosas que decir y que nosotros, humanos, no podemos gobernarlo todo.

Trabajo con gente a la que le ocurren cosas que ellos hubieran deseado que no les pasaran, como la muerte de un hijo. De ahí la importancia de saber integrar las pérdidas, porque de lo contrario, vivimos con parte de nuestra energía más conectada a la muerte que a la vida. Una madre que pierde a su hijo es muy probable que desee morir. Si ese sentimiento le dura tres, cuatro meses es aceptable. Pero después tiene que hacer el proceso de vuelta a la vida. Aprender a respetar el destino de su hijo y no quedarse enganchada en el sufrimiento. La única manera de enfrentar las pérdidas es aceptándolas, vivir el proceso emocional, el enfado, la rabia, el dolor, las emociones que vengan para después volver con fuerza al camino de la vida.

Hay gente que, en cambio, ante una pérdida así vive amargada el resto de su vida escudándose en la cantinela de “mira qué me ha pasado”. Esa gente, con esa actitud, ha comprado el pasaporte para tener una vida complicada, infeliz.

En La llave de la buena vida habla de que a menudo adoptamos roles y nos aferramos a ellos con uñas y dientes.

Decimos ‘soy esto o soy aquello’. Y a menudo nos quedamos pegados a viejas pieles que arrastramos cuando ya perdieron su vigencia, sin percatarnos de que siempre estamos en movimiento, fluctuando, sujetos a metamorfosis. Nos parece que necesitamos construirnos una identidad para vivir, pero no hace falta aferrarse a ella. No hace falta morir por nuestros soles. Yo te aseguro que de aquí a 50 años no seré ni psicólogo, ni padre, ni hombre, porque habré sido engullido por la eternidad. Los roles son identidades en movimiento. Si te identificas, por ejemplo, con el rol de profesional de éxito, lo pasarás muy mal cuando el apogeo laboral decline. Ahora soy la pareja o el marido de tal persona, pero a lo mejor de aquí a tres años ya no. Cuando no lo sea, deberé aprender a soltar esa identidad. En ese sentido, mucha gente mayor vive mucho más ligera.

La vida no sólo la vivimos, también la pensamos.

Es cierto. Con frecuencia escuchamos a personas de 70 o de 80 años decir que a pesar de que saben qué edad tienen, por dentro siguen sintiéndose como aquellos jóvenes 25 años que fueron. La vida no sólo la vivimos, como decías, también la pensamos. Y para darle un sentido, es importante ser consciente del tramo de vida que transitamos, darnos cuenta de que en cada tramo las energías cambian, como también los proyectos, los deseos, los objetivos, los valores. Hay un momento para “comernos” la vida y otro para ir más ligero.

Pero, insiste usted en La llave, caminando cada tramo siendo, sobre todo honestos.

Sabiendo quién eres, apartando la cobardía que te impide darle a la vida lo que tienes para darle. A veces es una cuestión de aceptar los propios límites. Y eso suele costar mucho de asumir.

Claro, siempre está y el “¿los otros qué dirán?”

Mi experiencia me dice que las personas aceptan mucho mejor que seamos honestos, tal como somos, que representemos un personaje. Esto se ve muy claramente en los grupos de terapia, puesto que allí se amplifican las vivencias, y hay una especie de brújula que detecta a las personas enmascaradas. Cuando somos capaces de estar en nosotros mismos, vivir desde nosotros, eso genera un respeto, una apreciación, una acogida, un amor espontáneo y natural. En cambio, cuando alguien se imposta, intenta “venderse”, genera rechazo.

¿Y cuando la falta de honestidad es para con uno mismo?

Todos hacemos cosas que no nos gustan hacer y mucho más si somos padres o tenemos personas a nuestro cargo. Pero eso es distinto de estar perdido de nosotros mismos, engañarnos, identificarnos con algo que queda muy lejos de nuestra propia voz interior. Tenemos que tomar responsabilidades, no vale tragarse imágenes ajenas y no tomar consciencia para percibir bien qué nos está pasando.

Hace poco me escribió un hombre que era directivo de una empresa y me decía que todos los días se sentía mal, aunque, aparentemente, no tenía motivos para ello. En los negocios le iba bien, estaba casado, con hijos. Pero me contó que él hubiera querido estudiar psicología y que no lo hizo porque su familia le insistía en que con eso se moriría de hambre. Ahora ya adulto, a pesar de que todo el mundo le decía que debería sentirse feliz, él se sentía insatisfecho, desdichado. Pero este señor era capaz de soportar esta tensión entre lo que anhelaba y lo que era. No digo que este hombre tenga que cambiar. Entiendo que si tiene que alimentar a tres criaturas a lo mejor necesita ese trabajo, aunque no sea lo que le mueve más profundamente. Pero al menos este hombre es capaz de decir esto no me gusta y lo hago porque me conviene en este momento, y si pudiera, trataría de desarrollar otra cosa. Hay personas que ni siquiera pueden preguntarse qué quieren hacer.

¿La culpa es de los padres, que le aconsejaron un futuro que no quería?

Hay un momento en que debemos emanciparnos de los padres. Asumir qué queremos hacer con nuestra vida. Y tomar decisiones tiene un precio, que es asumir que puede que nos equivoquemos y que posiblemente a los padres no les gusten nuestras opciones. Pero es que no siempre les va a gustar a los padres lo que queremos hacer y tampoco tiene por qué. Ahora bien, escudarnos en el ‘decidieron por mí’ y no posicionarnos, ni tomar decisiones, es muy infantil.

¡Pero mucho más cómodo!

Claro, porque así me siento como un satélite de otras personas y si algo no sale bien, puedo echárselo en cara a los demás. Hace un tiempo, en el mundo de la terapia estaba muy de moda culpabilizar a los padres; hubo un engrandecimiento de lo filial. Por ejemplo, Freud y el psicoanálisis señalaban a los padre como la causa de muchos de los problemas que padece la gente. Y se llegó a un punto donde incluso había cierta tiranía filial. Por suerte, creo que ha habido un poco de cambio en la cultura y se ha vuelto a reivindicar el honor de los padres.

Es un argumento demasiado fácil el de que mis males son la causa de todo lo que me pasa. Además es falso. Hay quienes han tenido heridas profundas con los padres y que se desarrollan bien como adultos. Porque en el fondo no depende de las heridas, sino de lo que hacemos con ellas, cómo las cuidamos, cómo las tratamos.

Estudiabas derecho en la universidad pero has acabado de terapeuta gestáltico.

Una crisis personal me hizo abandonar los estudios de derecho. Entonces, decidí meterme en el mundo del teatro. Imagínate aquella época. Eran los años del postfranquismo y había mucha efervescencia artística, mucha búsqueda. También comencé a participar en grupos de crecimiento personal hasta que fui a parar a un centro en Barcelona que se llamaba Estel y que dirigía Ramón Vila. Era un centro pionero en terapias humanistas, del movimiento, del potencial humano. Y fue ahí donde conocí la terapia Gestalt. Me interesó especialmente porque la encontraba muy viva, muy activa, dinámica. No era una terapia ‘muerta’ como muchas veces resultan las discursivas que sólo trabajan con el pensamiento. Y me apasionó tanto que decidí crear junto a otros compañeros el Instituto Gestalt.

¿En qué se diferencia una terapia Gestalt de una terapia clínica clásica?

La clínica clásica seguramente te hará reflexionar sobre lo que te ha pasado con tu padre. En cambio, la Gestalt te dirá: pon a tu padre en esa silla vacía delante de ti, habla con él, dile lo que le tengas que decir. La Gestalt considera que todo son proyecciones de nuestro psiquismo y ayuda a rescatarlas, a tomar responsabilidad, a integrarlas, a reconciliar voces contrapuestas. Es un trabajo personal muy potente, como una filosofía de vida que se mueve desde la salud y la alegría de vivir.

¿Llegó a conocer a Fritz Perls, el creador de esta terapia?

No, pero por los pelos, porque murió a finales de los 70 y yo comencé a trabajar de terapeuta a comienzos de los 80. En España sólo sé de una persona que lo haya conocido personalmente, Luis Racionero.

¿El escritor?

Sí. Coincidimos en un programa de radio hace años y explicó que había estado en Salem (Massachusetts, EEUU), que es la meca de las terapias, y allí lo conoció.

A quien sí conociste en persona es a Bert Hellinger, el psicoterapeuta alemán creador de las constelaciones familiares.

La persona que comenzó a traducir a Bert Hellinger me contactó, me envió algunos textos que eran interesantísimos, maravillosos, conmovedores. Y decidimos invitar a Hellinger en mayo de 1999 a que viniera a España y nos enseñara lo que él hacía y qué era aquello de las constelaciones familiares, que son una de las grandes aportaciones que se han hecho en el mundo de las terapias. Aunque últimamente se está haciendo un poco de abuso

¿En qué consisten?

Se trata de una metodología escénica donde se hacen representaciones de tu sistema familiar, de tus vínculos. Permite de una forma bastante rápida detectar y calificar de forma precisa las dinámicas en las redes relacionales o en la dinámica familiar, que es lo que genera los problemas, lo que aporta dificultades. Se suele trabajar en grupo normalmente; a través de otras personas tú plasmas tu imagen de tu sistema familiar o de las personas que están involucradas en el conflicto que sientes.

Por ponerte un ejemplo, vino a verme una mujer que se había casado hacía 4 años y tenía un hijo de 3. Desde que había sido madre, se sentía muy confundida y no sabía bien cuál era su lugar en la pareja. Hicimos una constelación familiar y vimos que estaba únicamente centrada en el hijo y el marido quedaba apartado.

Muy típico..

Sí, pero tiene causas que se deben examinar en detalle. Es típico pero no general. En el caso concreto de esta mujer, su desazón procedía de su relación con sus padres. Cuando tenía 6 años, por un tema de infidelidad de la madre, su padre, que era un hombre poderoso, dictaminó que la mujer no vería nunca más a los hijos. De manera que ella creció sin madre.

¿Siempre se encuentra con casos tan complicados?

Yo me crié en un pueblecito de Lleida que se llama Bellpuig. Y te prometo que si me hubieran explicado lo que yo veo hoy cada día, en mi trabajo, no hubiera entrado en este mundo. Si todo dependiera del amor, las familias no tendrían problemas. Pero el amor no es suficiente. Y las constelaciones te muestran qué dinámicas faltan, aquello que está desajustado. Y una vez se dispone de esta comprensión, se generan movimientos de solución que la persona incorpora. Se cierran temas de la historia familiar, se liberan cosas.

¿Qué consejos le daría a alguien que quiere hacerse una constelación?

Que no la haga por capricho. Solo tiene sentido hacerla si existe un problema real, en su vida. No son aconsejables, por ejemplo, como terapia de mero crecimiento personal. Hacer un trabajo de este tipo es muy poderoso y no es necesario gastar cartuchos si realmente uno no tiene un verdadero problema.

La Gestalt suele trabajar con el eneagrama, un sistema que clasifica la personalidad en nueve números. ¿Cuál es el suyo?

¡No! [ríe] No creo que aporte nada decir mi número si el lector de Cuerpo Mente no sabe a fondo de eneagrama. En todo caso, soy un caso soy un carácter deseante y que justamente evita compulsivamente el camino de las pérdidas y el dolor. El eneagrama fue desarrollado por el psiquiatra chileno Claudio Naranjo, hunde sus raíces en antiguas tradiciones y establece nueve tipos de carácter, nueve pasiones dominantes que corresponden a los siete pecados capitales más otros dos: el miedo y la vanidad. Es un modelo de trabajo que aporta mucho conocimiento de cómo funciona tu máquina interior, en un sentido positivo y negativo. En varias ocasiones he explicado que en mi trayectoria como terapeuta las dos cosas de las que más he aprendido son el primer taller que hice de eneagrama con Claudio Naranjo y el taller con Bert Hellinger. Con Claudio Naranjo fue como si me pusieran una lupa de aumento y viera cómo funcionaba, quién era.

¿Le gustó lo que vio a través de esa lupa?

Cuando descubrí cuál era mi eneagrama estuve un año deprimido, no en el sentido clínico, sino en el sentido de que me sentía como desenmascarado. Y si eres tú mismo quien te desenmascara no sabes bien cómo vivir, ya no te sirve tu máscara habitual. Te quedas un poco como desnudo.

Eso parece parte del proceso de la terapia Gestalt. ¿Qué sigue luego?

Pues después del vía crucis de tener que enfrentar tu forma manipulativa y engañosa de vivir e interactuar con los demás, empieza a surgir un mayor corazón y una mayor autenticidad con todo lo genuino que uno es. Uno se apoya más en su propia verdad y aprende a respetar mejor todo lo que alberga en su interior y todo aquello que experimenta a cada momento. A vivir más en el presente, orientado a sus aportaciones futuras a la vida en lugar de seguir dando vueltas a su reconcomio y sus pasiones que vienen de lo carencial. Se descubre que nada de lo que uno vive adolece de corazón y utilidad, y siendo como uno es y evitando murallas pseudodefensivas, la vida se vuelve más coloreada, rica, entrañable y amorosa; las relaciones con los demás ganan vida y veracidad. Además la Terapia Gestalt, las Constelaciones Familiares y la mayoría de enfoques de la terapia humanista acaban siendo enfoques psicoespirituales que despiertan y ponen en movimiento un sentido trascendente y estimulante del vivir. La vida cobra pleno sentido.

 

 

 

 

 

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