¿Y quién paga la ciencia?

La investigación en España se siente maltratada. Al éxodo de cerebros se unen unos presupuestos para I+D+i que han decrecido un 40% en los últimos cinco años. Tal vez por ello, porque en época de vacas flacas el ingenio –y también la solidaridad- se agudiza, científicos y ciudadanos comienzan a tomar cartas en el asunto y a buscar fórmulas alternativas de financiación.

(reportaje publicado en el Magazine el 25 de enero de 2015)

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Léelo online: La ciencia busca fondos

Que el director de uno de los centros de investigación en biomedicina más prestigiosos de Europa se marque unos pasos de baile en un vídeo no resulta nada habitual. Como tampoco lo es ver a un centenar de científicos protagonizando una coreografía al más puro estilo Shakira o Beyoncé, alternando movimientos de cadera con mensajes directos sobre la investigación en cáncer y metástasis, Alzhéimer y diabetes.

Pero es que ni el Institut de Recerca Biomèdica (IRB Barcelona) ni Joan Guinovart, cofundador y al frente de esta institución, son convencionales. Forman parte de una nueva hornada de centros e investigadores convencidos de que la ciencia es un servicio a la sociedad y de que ésta debe formar parte activa de la investigación. “Queremos crear una conciencia social como la que hay en países anglosajones sobre la importancia de que se investigue. Porque el avance científico nos atañe y nos beneficia a todos”, explica este reputado científico.

El vídeo que protagonizan estos expertos puede verse en Internet y forma parte de una campaña de micromecenazgo, pionera en el ámbito científico, que pretende, por una parte, divulgar la ciencia de excelencia que se hace en el IRB Barcelona y, por otra, acercarse al ciudadano, con complicidad. Por cada visionado del clip, el instituto recibe una donación destinada a la investigación por parte de sus dos patronos principales, el Banco Sabadell y la empresa farmacéutica Sanofi.

“¿Hemos reunido mucho dinero? La verdad es que no, pero tanto da, porque estoy seguro de que el dinero acabará llegando y el hecho de que nos conozca más gente nos reportará beneficios, sin lugar a dudas”, considera Guinovart, que tras una pausa, con orgullo afirma que “de hecho, ya pasan cosas” y relata como este curso dos escuelas de primaria de distintos barrios de Barcelona les han comunicado su intención de donar la colecta anual a este centro.

Cada vez son más las instituciones públicas españolas que, como el IRB Barcelona, buscan vías alternativas de financiación motivadas por una necesidad doble: comunicar a la sociedad sus investigaciones, para que los ciudadanos las sientan también “suyas”. Y pedirles que se impliquen, tanto económicamente como presionando a los políticos para que estos hagan una apuesta en firme por la ciencia. Sobre todo ahora, que el país atraviesa una etapa de vacas flacas que agrava aún más la ya maltrecha situación de la investigación en España.

“Vivimos un contexto de estrecheces. El presupuesto español dedicado a la ciencia está al mismo nivel que en el año 2000, con la diferencia de que la masa crítica de personas que se dedican a investigar ha aumentado en estos 14 años. De ahí que tengamos que ser imaginativos para aumentar las formas de financiación”, explica el profesor de investigación ICREA Roger Gomis, al frente del grupo de cáncer y metástasis del IRB Barcelona.

Mara Dierssen, neurobióloga del Centro de Regulación Genómica (CRG) y presidenta de la Sociedad Española de Neurociencia, se lamenta de que “la falta de apoyo económico a la ciencia española ha producido una situación muy deletérea para los científicos en nuestro país. Los recortes continuos y la falta de estrategia en política científica ha limitado nuestra capacidad y productividad científica. Nos estamos quedando, inevitablemente, rezagados respecto a nuestros colegas alemanes, americanos o ingleses”.

 

La ciencia, en España

El gobierno de Mariano Rajoy dedicó a I+D+i (Investigación, desarrollo e innovación) 6146 millones de euros y este año aumentará la cifra en casi 300 millones. Aún así, está muy por debajo de la cifra alcanzada en 2009, la más elevada en la historia del país: 9662 millones. Y por si fuera poco resulta una miseria si se compara con, por ejemplo, nuestros vecinos alemanes, que no han dejado de invertir en ciencia desde 1989, ni a pesar de la crisis. Según publicó la revista Nature en noviembre, los presupuestos germánicos para investigación son de aproximadamente 100.000 millones de euros al año –sí, han leído bien-, y cuentan con un pacto en ciencia e innovación, firmado en 2005, que blinda un 3% de incremento anual hasta el 2020.

De vuelta en nuestro país, Carmen Vela, Secretaria de estado de investigación, desarrollo e innovación, optimista destaca que “nuestro objetivo sigue siendo que el gasto en I+D+i alcance el 2% del PIB en 2020. Para ello hay que elevar la inversión pública y sobre todo la privada”. Esta biotecnóloga es lo más parecido a una “ministra” de ciencia que tenemos desde que en 2011 el Gobierno decidiera transferir las políticas científicas al Ministerio de Economía y Competitividad. Desde entonces y, por primera vez, los términos “ciencia” e “investigación” dejaron de aparecer en un departamento del Estado. “Es una muestra del menosprecio de la política hacia la ciencia”, insisten con pesadumbre los investigadores entrevistados por el Magazine para este reportaje.

A los flacos presupuestos públicos se une que en España el sector privado, las empresas, invierten poco en comparación con otros países en I+D y que “la ciencia española no atrae mucha inversión extranjera porque no es tremendamente innovadora”, considera José Ignacio Fernández Vera, director general de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECyT)

Paradójicamente, y a pesar de todos los pesares, la investigación made in Spain se sitúa entre las mejores del mundo. Un buen indicador son el número de grants del Consejo Europeo de Investigación (ERC por sus siglas en inglés) que captan los centros españoles. “Somos la décima potencia mundial en producción científica. Y aunque nuestra situación es con seguridad mejorable, debemos sentirnos orgullosos de contar con investigaciones que tienen impacto mundial, científicos excelentes y centros que son referentes internacionales. Nos queda hacer el mismo ejercicio en innovación y en eso estamos”, subraya Vela.

En este sentido, Catalunya y el País Vasco ya han tomado la delantera. Son las dos únicas comunidades autónomas que cuentan con unas –exitosas- políticas científicas propias que buscan, por una parte, atraer talento y por otra parte, disponer de un sistema de centros modernos con modelos de contratación flexibles basados únicamente en la meritocracia que fomenten la competitividad científica.

El primer paso lo dio Catalunya cuando en 2001, el consejero catalán Andreu Mas-Colell impulsó la creación de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA), un programa 100% público costeado por la Generalitat de Catalunya. “Se apostó por un sistema basado en el mérito donde sólo se tiene en cuenta la capacidad de liderazgo y la excelencia científica del investigador que contratamos”, explica Emilià Pola, director ejecutivo de esta entidad. Los investigadores ICREA pasan rigurosas evaluaciones por parte de comités internacionales de expertos, externos e independientes. Si su trabajo es bueno, conservan su plaza de investigador y, además, obtienen incrementos salariales, que se van consolidando, lo que resulta muy atractivo dado que los sueldos ofrecidos a los científicos en España son bajos.

“La ciencia de excelencia resulta un negocio muy rentable. Según nuestros datos de 2013, los 243 investigadores ICREA costaron a la Generalitat 20 millones de euros y ellos, a su vez, captaron hacia Catalunya 63 millones; además, cada uno generó de media unos siete puestos de trabajo directo. Todo eso es riqueza para el país”, señala Pola.

ICREA fue un programa pionero en el mundo. Basado en él, más tarde aparecieron el European Research Area Chairs, en ámbito europeo e Ikerbasque, impulsado en 2007 por el gobierno vasco. “Por cada euro que invertimos en un investigador de Ikerbasque, calculamos que nos retornan casi dos“, señala Ainhoa Madariaga, gestora de proyectos y responsable de comunicación de esta institución.

Mecenas y filántropos

Dado que la financiación pública y privada a través de las empresas es insuficiente, los científicos españoles miran con anhelo el modelo anglosajón, en el que la filantropía y el mecenazgo tienen un papel clave. “Uno de mis colegas de EEUU está casado con una gran científica decana de una facultad de medicina. Tres o cuatro veces por semana cenan con donantes; sólo el año pasado esta mujer consiguió levantar 400 millones de dólares”, explica Guinovart, del IRB Barcelona, que reconoce que “es cierto que allí hay más ricos y que, además, están más concienciados de que tienen el deber moral de hacer donaciones”, .

En España, haber filántropos y mecenas, haylos. Aunque de forma mucho más limitada. Un buen ejemplo es la Fundación Pro CNIC, integrada por potentes empresas españoles como Inditex, Gas Natural, Repsol o Telefónica, y creada en 2006 para canalizar aportaciones privadas al Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC), dirigido por el cardiólogo Valentí Fuster.

En el caso del Institut de Ciències Fotòniques (ICFO), creado en 2002 para el estudio de la luz y considerado uno de los mejores del mundo, “las donaciones privadas -sobre todo de la Fundación Cellex Barcelona y la Fundación Mir-Puig, y en menor grado de otras […]-, representan una parte pequeña del presupuesto total pero con un extraordinario valor estratégico para la institución, porque nos permite realizar acciones y programas de gran impacto”, explica su director, Lluís Torner.

Tal vez una mejor Ley de Mecenazgo ayudaría, insisten los científicos. En España las personas que realizan una donación se desgravan un 25%, una cifra que asciende a un 35% en el caso de ser una empresa. En cambio, en Francia esa deducción es del 65% y en EEUU casi del 100%. Un buen incentivo, sin duda, para ser generosos.

Ciudadanos solidarios

Ahora la ciencia comienza a mirar a la ciudadanía y la ciudadanía a la ciencia, aunque tímidamente. Porque no sólo de grandes mecenas vive la investigación. “Está empezando a surgir una conciencia común de que es un bien de todos. El ciudadano ya no quiere pagar simplemente sus impuestos y que el estado decida de forma unilateral en qué los gasta. Ahora empieza a reclamar participar activamente en la toma de decisiones”, explica Roger Gomis, investigador del IRB Barcelona, que pone como ejemplo la Marató de TV3, un referente mundial de solidaridad ciudadana. Se puso en marcha hace 22 años y se ha convertido en una fuente impulsora de la investigación biomédica de la comunidad autónoma. En su última edición, celebrada en diciembre y dedicada a las cardiopatías, consiguió recaudar casi 9 millones de euros.

Además de las asociaciones de pacientes que llevan muchos años aportando su granito de arena, un ejemplo reciente de solidaridad y cooperación ciudadana son las plataformas de micromecenazgo. Hace años que el popular crowdfunding funciona en el ámbito de la cultura y ahora ha dado el salto a la ciencia. En España, una de las plataformas pioneras fue I Love Science (ILS), impulsada por el biotecnólogo Roi Villar.

“La pusimos en marcha en una reunión por Skype en enero de 2012, después de que el Centro de Investigación Príncipe Felipe, en Valencia, emprendiera un ERE. Queríamos acercar la ciencia a los ciudadanos, hacerlos partícipes y además, ayudar a tirar adelante proyectos científicos. Somos una especie de plaza de abastos de la ciencia”, explica este joven científico al Magazine.

En ILS, los investigadores exponen su proyecto en la plataforma y piden una cantidad de dinero determinada. Cada pequeño mecenas puede contribuir con cantidades que van de los 10 euros a los 1000, 2000, 3000, lo que el científico establezca; a cambio reciben pequeños premios, como por ejemplo visitar el laboratorio en el que se lleva a cabo el proyecto. “Para los ciudadanos es muy positivo porque tienen una información de primera mano y se sienten responsables de estar invirtiendo en lo que ellos consideran importante”, considera Villar, quien también ha puesto en marcha Capitall Cell, un proyecto que permite que la gente de a pie se convierta en pequeño inversor en proyectos científicos.

Hace apenas un par de meses surgió otra iniciativa similar, aunque esta vez pública, la plataforma Precipita.es, impulsada por la FECYT. “No es que con el micromecenazgo se quiera suplir la financiación del gobierno. Al revés, lo que buscamos es que los científicos tengan más dinero a través de las ayudas directas de los ciudadanos”, recalca José Ignacio Fernández, al frente de esta Fundación, que apostilla que además “todo no lo puede financiar el Estado”.

De momento, cuentan con 12 proyectos procedentes de centros públicos que tienen 90 días para conseguir financiación. Uno de ellos es el de la neurocientífica Mara Dierssen y su equipo del CRG, un videojuego que pretende mejorar la capacidades cognitivas en personas con trastornos del aprendizaje o con alguna discapacidad intelectual. No obstante, y a falta de pocos días para que finalice la campaña, no parece que vaya a conseguir tirar adelante.“Es complicado que este tipo de proyectos encuentren financiación convencional porque hay poca sensibilidad por las discapacidades intelectuales. A veces oímos como argumento que no hay que invertir en ellas porque no tienen solución.”, comenta Dierssen.

Más suerte tiene la investigadora Francisca Mulero, del CNIO, que pretende crear una herramienta personalizada de diagnóstico capaz de detectar a tiempo la presencia de un tumor cerebral. Mucho antes de que acabara el plazo había obtenido una cantidad de donaciones superior a la que pedía. “El crowdfunding me parece una iniciativa muy buena, en cuanto a la visibilidad social que aporta para los científicos, y la ciencia en general. Ayuda a acercar a la gente a los científicos y viceversa”, considera y explica el caso de una familia que donó para este proyecto la recaudación de un día de su panadería.

Ante iniciativas de micromecenazgo de este tipo, surgen voces reticentes que cuestionan si los científicos deben “mendigar” en lugar de centrarse en investigar. “Los científicos dedicamos ya un 50% de nuestro tiempo a levantar dinero. Lo único que cambia es la modalidad de cómo lo hacemos. Antes era exclusivamente a través de las fuentes que eran accesibles, el estado. Ahora la sociedad se empieza a implicar más con estas iniciativas de micromecenazgo; es hora de cambiar el chip, de adoptarlas y darles la bienvenida porque la implicación de la sociedad es clave para el progreso de la ciencia”, considera Elena Sancho, del IRB Barcelona.

También el parque científico de la Universidad de Valencia ha presentado la plataforma Uniempren, un portal de micromecenazgo, al igual que el Hospital infantil San Juan de Dios, que tiene implica-t.org, de financiación colectiva y directa de programas solidarios del centro. Y cada vez más instituciones incorporan en sus webs la pestaña “donaciones”, como el CNIO, que acaba de lanzar “amigos del CNIO”. “Lo que buscamos en implicar a distintos agentes de la sociedad a participar de la investigación en cáncer. Es muy importante que los ciudadanos sepan lo que hacemos y que necesitamos su ayuda para poder seguir avanzando”, asegura María Blasco, al frente de este centro.

El sumiller leridano Xavier Ayala, antes de comenzar las catas de vino solidarias y multitudinarias que organiza, dedica unos minutos a explicar qué es la metástasis, la causa del 90% de las muertes por cáncer. En febrero y a raíz del anuncio del prestigioso oncólogo Joan Massagué de que había dado un paso para entender este proceso por el que células malignas migran del tumor primario e infectan otros órganos, decidió montar junto a su familia Vi per Vida, una asociación sin ánimo de lucro que organiza catas solidarias. “Mi padre murió cuando yo tenía 11 años a causa de una metástasis provocada por un cáncer de pulmón. Desde entonces siempre me ha rondado por la cabeza la idea de hacer algo a favor de la investigación”.

Por cinco euros, como aportación mínima, los asistentes degustan 6 o 7 vinos que Ayala les explica de forma sencilla. Las botellas que se consumen están cedidas por las bodegas, que también se han sumado a la causa. Y todo el dinero recaudado se dedica al IRB Barcelona, centro de referencia internacional en el estudio de la metástasis.

“Somos una sociedad dependiente de las decisiones de los políticos, al menos a nivel presupuestario. La única forma de incidir en esas decisiones es consiguiendo que la sociedad aprecie la ciencia. Y eso solo se alcanza con estas movilizaciones ciudadanas”, considera Roger Gomis, profesor de investigación ICREA e investigador del IRB Barcelona.

Para este experto en biología del cáncer y metástasis, más importante que el dinero que puedan conseguir todo este tipo de acciones ciudadanas, desde las asociaciones de paciente hasta las microdonaciones, las catas solidarias o las telemaratones, “es el hecho de que hay 500, 600, miles de personas que están tomando conciencia de que aquello es importante. Y tengo la esperanza de que al final los políticos entenderán que la sociedad está dispuesta a hacer ese esfuerzo extra, más allá de lo que ellos digan o hagan, y además de los impuestos que pagan. Y que, por tanto, ellos tienen que potenciar eso que resulta importante para sus ciudadanos, la ciencia”.

“Es que –comienza a decir Emilià Pola, apesadumbrado- si no nos convencemos de que la investigación es muy importante para el futuro, si no apostamos en serio por ella, no podremos aspirar a nada más que ser los camareros de los europeos ricos”.

 

 

 

 

 

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