La pareja, ¿cultura o evolución?

Bien extraña si se compara con el resto del reino animal, la monogamia, para muchos investigadores en evolución humana, es el comportamiento que nos ha permitido desarrollar cerebros más grandes y complejos, conquistar el mundo, convertirnos en la especie dominante. Sin embargo, cuándo y por qué surgió esta necesidad de estar en binomio se desconoce.

(reportaje publicado en el Magazine, de La Vanguardia, el pasado 8 de febrero de 2015)

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Léelo en PDF: La ciencia de la pareja

“¡Ay mi Isabelita!”, exclama Francisco haciéndole una caricia mimosa en la cara a su mujer. Se conocieron cuando ella aún no había cumplido los 18 y él estaba a punto de alcanzar los 30. Y de eso ya hace más de seis décadas, cuatro hijas en común y ocho nietos. “Yo sigo enamorado de mi mujer como el primer día”, afirma con una chispa de brillo en los ojos este cordobés nonagenario.

Los seres humanos somos unos animales bien raritos, ¿no les parece? Nos enamoramos. Algunos para toda la vida, como Isabel y Francisco. Escribimos canciones de amor, libros, películas, que reflejan nuestro deseo de conocer a alguien especial, de estar en pareja, de compartir un proyecto de vida. Incluso tal vez, de tener hijos con esa persona. Cuidarla y que nos cuide. Amarla y que nos ame. Las ganas de estar en binomio son inherentes a la condición humana y la forma de organización social más frecuente. Aunque a veces, muchas, no sea para siempre.

Y sin embargo, ese comportamiento trae de cabeza a los científicos. Que seamos monógamos resulta bastante excepcional si nos comparamos con el resto de animales: la inmensa mayoría son –muy- promiscuos. La excepción son los pájaros; nueve de cada 10 especies de aves suelen vivir con la misma pareja toda su vida; aunque, si son o no fieles, es otra historia. Los machos, además, se implican en la incubación de los huevos y en el cuidado de los polluelos una vez rompen el cascarón.

No es el caso de los mamíferos. Existen unas 5000 especies distintas y sólo el 3% practican la monogamia. Ni tan siquiera los primates, nuestros parientes más cercanos, son en general proclives a ceñirse a una sola pareja. Teresa Abelló es conservadora de primates del zoo de Barcelona y vicepresidenta del programa de conservación de grandes simios de la red europea de zoos, y explica que “los gibones son los únicos que viven en pareja generalmente de por vida. Machos y hembras suelen ser de tamaño similar y parece que son más o menos fieles. En cambio, el resto de primates, como los chimpancés, los gorilas o los orangutanes son polígamos o promiscuos”.

Pero, ¿por qué los humanos y ciertos primates son monógamos? Atención, lectores, si son ustedes románticos, mejor absténgase de seguir leyendo este reportaje, porque la respuesta, al parecer, está intrínsecamente ligada a necesidades básicas de alimentación y también a la protección. Y en esa ecuación, al menos en su origen, de amor, nada de nada.

Desde hace décadas arqueólogos, antropólogos, biólogos tratan de hallar respuesta a esa pregunta buscando pistas en los fósiles de nuestros antepasados y también analizando comportamientos animales actuales e intentando extrapolarlos a los humanos. En los últimos dos años se han publicado algunas investigaciones que han arrojado algo de luz sobre el tema que, con todo, sigue moviéndose en el terreno de las hipótesis, algunas con más consenso entre la comunidad científica que otras.

Para numerosos expertos en evolución, la monogamia fue una adaptación crucial de nuestros ancestros al entorno que acabó convirtiéndose en un rasgo de comportamiento crucial para los sistemas sociales humanos. Algunos científicos incluso van más allá y alegan que la monogamia es la clave de nuestro proceso evolutivo, lo que nos condujo a sentar las bases de aquello que nos identifica y caracteriza como seres humanos, y a desarrollar un cerebro como el que tenemos que nos ha permitido convertirnos en la especie predominante que habita la Tierra.

“Entender cuándo y por qué comienza en nuestra especie la monogamia, el vincularnos a otro, mantener cierta fidelidad sexual, cooperar en la cría de los hijos, establecer lazos emocionales, afectivos, es importante porque en el fondo nos explica algo más acerca de qué nos hace humanos”, sostiene Marcos García, profesor de la Universidad del País vasco y miembro del Grupo de Investigación de prehistoria del gobierno vasco-UPV-EHU.

El primer paso es averiguar cuándo pasamos de tener comportamientos promiscuos -como los chimpancés, que suelen vivir en grupos en los que las hembras mantienen relaciones sexuales con diversos machos-, o polígamos, -como los gorilas, un macho dominante se aparea con varias hembras-, a ser monógamos.

Se sabe que el dimorfismo sexual, esto es la diferencia de tamaños entre sexos, está ligada a un comportamiento polígamo. De ahí que algunos investigadores comparen el tamaño de los restos conservados de esqueletos masculinos y femeninos de nuestros antepasados para tratar de hallar alguna pista. En este sentido, los fósiles hallados del Homo erectus, que habitaba África hace 1,5 millones de años, muestran que machos y hembras eran casi iguales, lo que ha llevado a algunos expertos a considerar que tal vez este homínido ya poseía un cierto concepto de unión prolongada entre dos individuos. Pero, ¿es suficiente tomar en consideración este aspecto para determinar si eran ya monógamos? Porque los hombres actuales son de media un 20% más grandes que las mujeres…

Emma Nelson, de la Universidad de Liverpool, publicó un estudio en 2011 en el que tomaba como medida para establecer el origen de la monogamia la longitud de los huesos de los dedos de la mano de fósiles homínidos. La proporción entre el dedo anular y el índice está ligada a la cantidad de testosterona, una hormona masculina que en niveles elevados se relaciona con la agresividad, que recibe el feto durante el embarazo. Mucha testosterona se podrían relacionar con peleas entre machos por conseguir hembras. Tras analizar fósiles de hace 4,4 millones de años y de un millón de años después, Nelson y su equipo concluyeron que los primeros probablemente eran muy promiscuos, mientras que la longitud de los dedos de los segundos indicaban que ya debían ser monógamos.

Algunos investigadores usan los dientes para tratar de inferir las costumbres sexuales de nuestros antepasados: unos caninos enormes sirven como arma para luchar y conseguir pareja. El Austrolopithecus afarensis, la especie a la que pertenecía Lucy, una de las homínidos fósiles más famosas de la historia, bautizada así en honor a la canción de los Beatles Lucy in the Sky with Diamonds, vivió entre 3,9 y 3 millones de años, y tenía caninos anchos y cortos, como los humanos. ¿Quiere decir que ya era monógama? Pues no se sabe, porque los restos óseos que se conservan muestran cierto dimorfismo sexual. Una evidencia contradice a la otra.

“Hay algunas teorías más resbaladizas basadas en el concepto de la belleza”, apunta Marcos Garía, experto en prehistoria de la UPV y autor de Sexo en Piedra. Sexualidad, reproducción y erotismo en época paleolítica. “Los animales cuadrúpedos exhiben los genitales e indican mediante feromonas cuándo están ovulando para atraer a los machos. En cambio, los humanos, al pasar a ser bípedos, se ocultan esas señales químicas, lo que tuvo consecuencias en la reproducción [humana] y empezamos a desarrollar estrategias vinculadas a la belleza: se estrecha la cintura de la mujer, se acentúan las caderas, se pierde el vello que recubre el cuerpo. Y muy probablemente eso se vincula al concepto de emparejamiento permanente”, explica.

Además, todo eso sucede mientras se producen grandes movimiento migratorios de homínidos fuera de África. En esas oleadas, para la subsistencia de la especie tenía que estar garantizada la natalidad. “Suponía una enorme carga para la mujer, que tenía que criar a los niños, amamantarlos, a la vez que buscar alimento. Puede que no tuvieran la energía necesaria, por lo que algunos expertos creen que comenzaron a ser más dependientes de los machos para encontrar alimento y protección. Seguramente, además, en esa época se comienzan a establecer grupos, se empieza a desarrollar la capacidad social y la monogamia”, explica García.

El paleontólogo de la Kent State University, Owen Lovejoy tiene una teoría similar. En un estudio publicado en Science en 2009 afirmaba que el Ardipithecus ramidus, la especie mejor conocida que data de hace 4,4 millones de años, ya desarrolló una serie de comportamientos que transformaron su forma de vivir y relacionarse. Al ser bípedo, tenía los brazos libres para transportar comida y los machos empezaron a agasajar con alimentos a las hembras para lograr sus favores sexuales, que preferirían un proveedor de comida en quien pudieran confiar que un competidor agresivo. Y fue así como, según Lovejoy, surgieron las parejas.

Si hallar consenso acerca de cuándo el ser humano comenzó a ser monógamo resulta complejo, más difícil todavía es argüir el motivo por el que adoptamos este comportamiento. En 2013 se publicaron dos investigaciones que trataban de responder a esa pregunta, el problema es que sus resultados apuntaban en direcciones opuestas. El primer estudio, en Science, estaba realizado por Dieter Lukas y Tim Clutton-Brock, de la Universidad de Cambridge, y analizaba estadísticamente datos ya registrados y recopilados en la literatura científica de más de 2500 especies de mamíferos. “Nuestro objetivo era comprobar si había algún factor en común entre aquellos mamíferos que vivían en monogamia social”, explica Lukas a Magazine, “para ello, revisamos la frecuencia con la que evoluciona ese rasgo en las distintas especies y fuimos retrocediendo en el tiempo”.

Lukas y Clutton-Brock hallaron que todas las especies monógamas habían sido especies solitarias, como el tigre: el macho defiende el territorio de varias hembras y se aparea con todas. No se queda demasiado tiempo con una sola y las hembras entre ellas no interactúan, se limitan a buscar su alimento y a criar a los cachorros.

“La monogamia podría estar relacionada con cambios en la dieta. Cuando las hembras empezaron a necesitar alimentos más ricos en calorías, empezaron a dispersarse por el territorio para garantizarse el acceso exclusivo a comida. En esas condiciones, la mejor estrategia para los machos era quedarse junto a una sola hembra, en lugar de pasar mucho tiempo yendo de un lado a otro, con el riesgo que grandes distancias entrañaban: desde ser atacados por otros machos a descubrir que otro individuo se había quedado con una hembra de tu harén. Una vez macho y hembras están juntos, el macho comienza a invertir en las crías porque tiene más garantías de ser el padre”, argumenta Lukas.

Ahora bien, ¿es esa estrategia aplicable a humanos? Los investigadores de Cambridge alegan prudencia. “Puede que nuestros ancestros fueran demasiado sociables como para tener a las hembras diseminadas por la sabana como ocurrió con otros mamíferos. Aunque tal vez la monogamia se originó antes de que los humanos empezaran a formar grupos”, puntualiza este académico de Cambridge.

El segundo de los artículos, publicado también en 2013, aunque esta vez en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) y liderado por científicos de la University College London, llegaba a otra conclusión bien distinta: nos hicimos monógamos para evitar que nuestros retoños fueran heridos o asesinados por machos de fuera del grupo o por otras hembras celosas.

“Nuestra hipótesis es que el infanticidio fue el detonante de la monogamia”, explica a Magazine Kit Opie, antropólogo de la University College London y autor principal del estudio. Realizaron millones de simulaciones por ordenador de la evolución de 230 especies de primates y aplicaron un algoritmo matemático que analizaba cualquier conexión entre el surgimiento de la monogamia y comportamientos como el cuidado biparental de las crías, la protección de las hembras frente a machos rivales y el riesgo de infanticidio.

Mientras están amamantando a las crías, las hembras mamíferas no ovulan y no son, por tanto, fértiles. Por eso, cuando llega un macho de fuera del grupo mata a la descendencia, para forzar a la hembra a que vuelva a ovular de nuevo. Es, por ejemplo, un comportamiento muy frecuente en los leones y también en los gorilas, apunta Teresa Abelló, experta en primates.

Matar a las crías de otros se ha observado, señala Opie, en más de 50 especies distintas de primates, que son promiscuas o polígamas. Y aunque la monogamia es poco frecuente entre nuestros parientes más cercanos, aquellas especies en las que sí se ha desarrollado, siempre ha estado precedida de un sistema de cría en el que había un riesgo elevado de que los hijos murieran a manos de otros machos.

“Creemos que nuestra conclusión puede ser aplicable a humanos”, dice Opie, para quien está claro que una vez que la monogamia evoluciona, el cuidado de la descendencia por parte del padre es mucho más probable. El macho comienza a proporcionar a las crías alimentos, ricos en calorías y proteínas, de forma constante. Y eso, asegura este investigador, se considera un punto de inflexión en la evolución humana. “Podría explicar por qué tenemos cerebros mucho más grandes que otros mamíferos”, apunta.

Para Marcos García, investigador de la UPV, “quizás la monogamia podría estar detrás del concepto de niñez prolongada que caracteriza al ser humano, puesto que permite un periodo mayor de aprendizaje, mejor atención, transferencia de conocimientos, procesos más complejos de aprendizaje”.

Hay más investigadores que exploran la idea de que la monogamia, de alguna manera, está vinculada con el desarrollo de nuestra extraordinaria capacidad cerebral. La antropóloga Sarah Hrdy, de la Universidad de California, señala que un bebé humano es sumamente costoso, en términos energéticos: necesita unos 13 millones de calorías hasta que madura. Esta investigadora alega que eso requiere que haya un macho y una hembra implicados en su crianza y que estén ayudados por otros miembros del grupo, los abuelos, tíos, primos de las crías. Y para Hrdy eso comienza con el Homo erectus, hace casi dos millones de años, que ya tenía un cerebro más grande que su antecesor.

Sin esa crianza cooperativa, puede que aquellos homínidos, defienden Karin Isler y Carel van Schaik, de la Universidad de Zurich, no hubieran podido aumentar su capacidad cerebral. Elementos como la cooperación, la sociabilidad y también la monogamia son los ingredientes que configuran nuestro éxito como especie, consideran. “La cooperación es seguramente la mayor habilidad que hemos adquirido los humanos, porque nos permite adaptarnos al entorno y las situaciones cambiantes, sobrevivir”, opina García, de la UPV.

No obstante, todas estas ideas no son más que hipótesis. Arcadi Navarro, profesor de investigación Icrea en la Universidad Pompeu Fabra (UPF), al frente del laboratorio de genómica evolutiva, se muestra escéptico y explica que “es sumamente difícil demostrar que haya una relación entre el cerebro social y la monogamia. Solemos tender a pensar que hay una cadena en la evolución, que primero pasa una cosa, luego otra y así, como una reacción en cadena. Sin embargo, en la evolución te encuentras muchas cosas interrelacionadas, un batiburrillo de funciones que surgen más o menos a la vez. No sería de extrañar que la monogamia, la fidelidad, el cerebro social fueran fruto de una coevolución de unos rasgos que se refuerzan unos a otros”.

 

 

Despieces

 

Pero, ¿y qué hay del amor?

“La mejor manera de asegurar que un macho y una hembra se encuentran y se mantienen juntos es el amor, es una emoción evolucionada”, alega Opie, del University College London. Arcadi Navarro, de la UPF, explica en esta línea que “las emociones son muy antiguas y no son otra cosa que un sistema de recompensa y castigo del cerebro. Cuando una cosa resulta beneficiosa para nuestra subsistencia, el cerebro genera endorfinas que nos producen placer, como un sistema de refuerzo”. El amor es, tal vez, la herramienta con que nos ha dotado la evolución para mantenernos junto a nuestra pareja y asegurar, así, la supervivencia de nuestros hijos. “Primero se producen factores naturales, nos enamoramos, y eso es un proceso químico. Pero luego desarrollamos factores sociales para revitalizar la relación. No es algo biológico, sino artificios que las personas creamos para estar juntos”, añade Marcos García, experto en prehistoria.

 

El cartero… ¿llama dos veces?

Los antropólogos sostienen que un 85% de las culturas humanas antes de la homogeneización judeocristiana eran polígamas. Hoy en día la gente se casa. Pero se divorcia, tiene escarceos amorosos, aventuras.. La mitad de los hombres y un tercio de las mujeres admite haber tenido un lío fuera de la pareja. Y eso lo corroboran las investigaciones genéticas: un 10% -al menos- de nosotros no somos hijos biológicos de quienes creemos ser.

Al realizar estudios poblaciones con un elevado número de sujetos en busca de genes causantes de enfermedades como la fibrosis quística, los genetistas se han encontrando a hermanos que en realidad son medio hermanos, padres que no comparten ni un gen con sus hijos, e incluso tíos que tienen mucho más en común con sus sobrinos de lo que nadie podría imaginar.

“Puede que seamos polígamos secuenciales”, considera el biólogo evolutivo Arcadi Navarro, investigador Icrea en la Universitat Pompeu Fabra (UPF). “Todo el mundo pasa por varias parejas a lo largo de su vida –prosigue-. Puede que eso no fuera relevante en épocas ancestrales, en que la gente vivía pocos años y todo era mucho más acelerado. Pero ahora que tenemos vidas mucho más largas, esta tendencia a la monogamia no absoluta se manifiesta más. De hecho, los registros históricos, la propia Biblia y los datos antropológicos actuales demuestran que no es cierto que los humanos seamos una especie 100% monógama”.

Se hecho, sólo el 17% de las culturas humanas son estrictamente monógamas, afirma el antropólogo evolutivo Bernard Chapais, de la Universidad de Montreal, en un artículo en Evolutionary Anthropology. Este experto explica que la gran mayoría de sociedades humanas aceptan un mix de tipos distintos de uniones: algunos monogamia, otros poligamia. Hay incluso algunas sociedades en que una mujer puede casarse con diferentes hombres, como ocurre en el Tíbet, donde una fémina es frecuente que despose a dos hermanos que comparten el mismo terreno.

 

 

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