El casco de Juan Luis Arsuaga

Es uno de los paleoantropólogos más eminentes del mundo. Lleva más de 30 años bajo tierra, investigando quiénes fuimos, cómo fuimos, de dónde vinimos. Y sus descubrimientos han revolucionado la visión clásica de la teoría de la evolución humana en Europa. Codirector de Atapuerca y un excepcional divulgador, le gusta definirse como ‘profesor’.

(Perfil publicado el 20 de septiembre de 2014 en el suplemento Estilos de Vida, de La Vanguardia)

 

Fotos: Dani Duch

Fotos: Dani Duch

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“Si quieres saber lo que es la prehistoria, vete a un bosque. Porque la prehistoria es eso, la vida en la naturaleza. Tal vez no veas bisontes pero te encontrarás corzos, ciervos, zorros. Y si aguzas el oído, escucharás pájaros, el viento en los árboles, lo que era el paisaje sonoro de nuestros antepasados, su música”, afirma Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954), codirector de los yacimientos de Atapuerca y toda una referencia mundial en paleoantropología.

A este vasco nacido en Madrid, el 7 de julio de 1992 le cambió la vida. Fue ese día cuando realizó un hallazgo que convertiría a aquel yacimiento en uno de los más importantes del mundo. Bajo tierra, en una pequeña cavidad llamada Sima de los Huesos, enclavada a 13 metros de profundidad en la Cueva Mayor de la Sierra de Atapuerca, desenterró diversos cráneos de Homo heildelbergensis, un antepasado nuestro de hace unos 400.000 años.

Y entre esos restos se hallaba el número 5, bautizado como ‘Miguelón’, por Miguel Indurain, que aquel año ganó el Tour de Francia y el Giro; su importancia radica en que se trata del cráneo más completo que se conserva en el registro fósil mundial. Y todos los museos dedicados a la evolución del mundo exhiben hoy en día una réplica, a excepción del de Burgos, el MEH, donde se muestra el original.

Desde que encontraran a Miguelón, se han ido sucediendo nuevos e importantísimos hallazgos que han ido arrojando algo de luz aunque también misterio a la historia de los linajes humanos. Y desde entonces, también, Arsuaga no ha salido de esa cueva, a la que accede usando técnicas de espeleología. “¡Qué paradójico!, ¿no? A mí lo que siempre me ha gustado es el campo, la naturaleza, nunca pensé que me fuera a dedicar yo a la espeleología como científico. Y mírame, he terminado pasándome la vida en cuevas, sin sentir el canto de los pájaros ni ver el sol ni las nubes”. Y el casco forma parte imprescindible de su indumentaria.

“Representa mi lugar de trabajo, donde tengo mi oficina”, bromea este científico, miembro de la Academia de ciencias de los Estados Unidos, un honor reservado a muy pocos investigadores (sólo cinco españoles han conseguido entrar), además de Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica y otros cuantos galardones más. “Es fascinante estar allí abajo y espero poder bajar hasta los 100 años”.

 

Hijo de futbolista

Su padre fue futbolista profesional, Pedro Mari Arsuaga, quien jugó en el Real Madrid muchos años y también en la selección española. Y aunque Juan Luis también le daba al balón, asegura que su padre nunca le animó demasiado a ello. “Muchos dicen que cambiarían todo lo que han conseguido por jugar un minuto en el Camp Nou o en el Santiago Bernabéu. Pues yo no, no cambiaría Atapuerca ni por todas las Copas de Europa”, asegura.

 

Los Gentiles

De niño, hubo dos libros que le marcaron y que despertaron su interés por la prehistoria. Uno fue El Libro de la Selva, que leyó y releyó varias veces de chico; y otro, En busca del fuego. Más tarde, en Bilbao, ya de adolescente, solía ir a un yacimiento de neardentales al que luego ha vuelto de adulto. Estaba cerca de Vizcaya y debía coger varios autobuses de línea para llegar. “¡Era una matada!”, recuerda, riendo. “El paisaje era muy bonito, con brumas, y el yacimiento estaba muy cerca de una cueva. Al lado hay un enorme arco de piedra, natural, que en vasco se llama ‘Jentilzubi’, que quiere decir ‘puente de los gentiles’. Y gentiles es el nombre que se le da a unos seres que supuestamente habitaban el mundo, antes de que llegaran los humanos”. En la mitología vasca, los humanos aprendieron de estos jentilak, como, dice Arsuaga, ocurrió con los neardentales. “Aquel arco, aquel paisaje, me calaron, porque me hicieron ver el trabajo como algo más que una profesión, como algo más íntimo, más sentimental”.

 

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